17.12.07

Horas de soledad

Varias son las películas que han tenido como protagonista a un guardaespaldas. Unas han cosechado mejor fortuna que otras (como, por ejemplo, la espléndida En La Línea de Fuego) pero ninguna, hasta el momento, se ha acercado a ellos, de modo tan íntimo y personal, como lo ha hecho desde El Custodio el joven realizador argentino Rodrigo Moreno.

El Custodio es un trabajo distinto a lo que estamos acostumbrados a ver en cine. Se trata de un ejercicio de estilo en toda regla, aunque en nada pedante e inteligente al cien por cien. En él, Rodrigo Moreno se propone respetar, de forma estricta, uno de esos mandamientos sagrados del Séptimo Arte: el del punto de vista narrativo; una de esas normas que, para bien o para mal, suelen saltarse a la torera la mayoría de realizadores. Aquí no. En momento alguno la cámara se escapa del lugar en el que se localiza Rubén, un tipo solitario y silencioso que ejerce de guardaespaldas de un ministro en Buenos Aires.

Es por ello que el espectador sólo conocerá las sensaciones que vive o atisba su protagonista. Cuando, por ejemplo, su jefe asiste a una reunión o a una entrevista en un plató televisivo, el objetivo perderá a éste y se centrará en las monótonas vivencias de un empleado de seguridad que ha de pasar interminables horas en medio del vacío más absoluto; siempre en la retaguardia, entre pasadizos o en el interior de un automóvil. O sea: el patio de butacas verá y oirá exactamente lo mismo que Rubén. El abrumador ruido de una ciudad abarrotada, la silenciosa paz del bosque, conversaciones entrecortadas, músicas lejanas o ensordecedoras... Su trabajo es callar y observar. Observar, ante todo, la monotonía que le rodea. Una monotonía asfixiante que le perseguirá incluso en sus mínimas relaciones familiares pues, fuera de su ámbito laboral, su círculo íntimo queda reducido, casi en exclusiva, a una hermana que lleva años internada en un psiquiátrico.

No negaré que, por lo expuesto, pueda parecer una propuesta aburrida. A mí gusto no lo es en absoluto. Se trata de un film diferente y muy arriesgado; una película en la que la naturalidad y la sensación de realidad son totalmente palpables. Y es que, precisamente por esa impresión de autenticidad que desprende, se me antoja una propuesta intrépida. Les aseguro que, una vez rota la barrera y el desconcierto inicial, se acaba uno enganchando a su mínima historia. Mínima pero, al mismo tiempo, jugosa y magistralmente descriptiva.

No todo el mérito del film recae en el guión y en su espléndida realización, ya que uno de los elementos imprescindibles para su buen funcionamiento es la rotunda y expresiva interpretación de un magnífico Julio Chávez, un actor procedente del mundo del teatro sobre el que recae todo el peso de su metraje. Él ha revestido de una ternura y una humanidad increíbles al personaje de ese custodio que afronta, con la mayor profesionalidad del mundo, el rol de inmutable y servil ángel de la guarda. La verdad es que al hombre no le han otorgado demasiadas líneas de diálogo en su papel, pero sólo con sus miradas y sus (lentos) movimientos tiene suficiente para dar a conocer al espectador sus sentimientos más íntimos.

El Custodio abre nuevas fronteras narrativas y demuestra, con su atrevida originalidad, que aún se nos puede sorprender desde una pantalla grande . Denle una oportunidad y déjense seducir por un modo diferente de plasmar una historia.

Lástima que al igual que Muerte de un Presidente, en Barcelona se haya estrenado en una sola y minúscula sala.

16.12.07

Qué no estaba muerto, no, no... ¡qué estaba tomando cañas!... lereileré...

Estrenada en Barcelona en una única (y pequeñita) sala, llega Muerte de un Presidente, una recomendable película que, a modo de falso documental, muestra el hipotético asesinato de George W. Bush a la salida del hotel Sheraton de Chicago, tras haber intervenido en una charla sobre la economía actual de los EE.UU. Un film que, por su evidente interés y su modesta y modélica puesta en escena, ha conseguido, entre otros, el premio de la crítica internacional (FIPRESCI) en el Festival de Toronto y el Plácido de Plata a mejor largometraje de género en la última edición del Festival de Cinema Negre de Manresa (FECINEMA).

A pesar de lo que muchos puedan pensar y de lo vertido –sin apenas contrastar nada- en algún que otro de esos diarios gratuitos, no se trata de ninguna producción norteamericana. En realidad es un producto íntegramente británico, respaldado por Channel Four y dirigido por un tal Gabriel Range quien, en compañía de Simon Finch en el guión, ha trazado la original y atípica historia de Muerte de un Presidente; un título que, por su tema y tratamiento (nada escabroso), merecía haber tenido mejor suerte en la exhibición en nuestro país.

No es de extrañar que, en EE.UU., hayan recibido la cinta de mala manera. Un par de las principales cadenas cinematográficas americanas se han negado a proyectar la película en sus salas, mientras que la CNN ha prohibido el inserto de publicidad sobre la misma en sus emisiones televisivas. Está claro que meter el dedo en la llaga resulta generalmente molesto. Y eso es lo que precisamente hace Gabriel Range cuando, para llevar a cabo este trabajo (que también podría calificarse de política ficción), entre otras cosas, ridiculiza sutilmente al presidente Bush y a todos sus colaboradores más cercanos.

Políticamente muy contundente y a modo introductorio, opta por mostrar el ambiente de crispación de un numeroso grupo de habitantes de Chicago ante la inminente visita de Bush a su ciudad. Miles de manifestantes expresan su rechazo al presidente luciento todo tipo de pancartas, entre las que destacan aquellas que hacen referencia a la insostenible guerra de Irak. Las fuerzas de seguridad han salido a la calle para proteger la caravana presidencial. El cuerpo de antidisturbios mantiene a los (mal llamados) agitadores lo más lejos posible del Sheraton para evitar una desgracia. Pero tanta movida de seguridad no servirá finalmente para nada.

Narrada en clave de thriller policiaco y jugando con el aspecto de un reportaje real, para su realización no sólo se ha recurrido a un buen número de imágenes de archivo -en las que, gracias a los efectos digitales, se ha colocado a la figura de Bush en el lugar y momento apropiados-, sino que también se ha contado con la colaboración de un nutrido grupo de actores, la mayoría de ellos desconocidos, para dar vida los principales testigos y protagonistas directos del homicidio. Así, ante la cámara, desgranan su testimonio, entre otros muchos, el jefe de la escolta de seguridad del presidente, la consejera personal del mismo y el principal sospechoso del asesinato.

Una investigación criminal de amplia envergadura. La tergiversación de la realidad desde las más altas esferas gubernamentales. Las ansias por convertir aquello que podría tratarse de un caso personal, en un atentado terrorista con numerosas connotaciones post 11-S. Todo ello y más está expuesto en este documento que, según su propio director, sería el reportaje que muchas de las televisiones a nivel mundial emitirían un tiempo después de la muerte de su presidente.

Una sonora patada en plena entrepierna de la administración Bush y sus aires imperialistas, pero que sin embargo, y a pesar de esas buenas intenciones que parecen dominar el cine político y social actual, falla en su (para mí) errrónea resolución al caer en el mismo y grave error que llevan arrastrando, desde hace centenares de años, los distintos gobiernos y cierta parte de la sociedad de ese país.

Me imagino al propio Bush asistiendo a un pase privado de la película y, además de ver su fotografía en medio de una gigantesca corona de flores durante su pomposo funeral, descubrir que ha sido retratado como un fascista y un palurdo graciosillo a través de sus parlamentos. Levantarse de su asiento con cara de pocos amigos y echar mano del teléfono, deberían ser su primer y segundo movimientos tras el visionado. A continuación tocaría mover fichas, soltar cuatro alaridos, activar contactos y frenar una posible distribución y exhibición masivas del film en todo el país. Éste muerto aún está muy vivo; hoy mismo lo he visto pavoneándose en televisión.

14.12.07

La colmena no es para mí

La verdad es que tenía elevadas perspectivas de que Bee Movie rompiera un tanto con la monotonía en la que han caído, en general, los films de animación informática. Quizás ello sea debido a que Jerry Seinfeld, uno de sus guionistas, productor y al mismo tiempo doblador (en su versión original) de la abeja protagonista, siempre me había gustado en la teleserie que llevaba por título su propio apellido, Seinfeld; una sitcom cuya mayor parte de episodios también estaban escritos por él. Tras ocho temporadas seguidas triunfando en antena (de 1990 a 1998), está claro que al hombre no le falta sentido del humor.

Bee Movie parte de la idea de mostrar la ajetreada vida laboral en el interior de una colmena; un concepto inicial (y principal) que, una vez puesto en pantalla, funciona a las mil maravillas. El primer cuarto de hora, aparte de ingenioso y divertido, resulta visualmente deslumbrante y original. En él asistimos al día en que la abeja Barry B. Benson, tras su graduación, ha de optar por un puesto de trabajo en concreto dentro de la cadena de producción de la fábrica de miel.

Barry es un heminóptero inquieto e inconformista que no ve con buenos ojos el tener que realizar la misma faena hasta el día de su muerte. Buscando una posibilidad laboral más acorde con su díscolo carácter, saldrá de su colmena y, cargado de esperanzas, pobrará suerte como esparcidor de polen. El Central Park y los habitantes de la ciudad de New Yok serán sus primeros acercamientos fuera de su ambiente natural. De todos modos, lo que para él se había iniciado como una jornada festiva y aventurera, cambiará de modo radical cuando en un supermercado descubra una realidad “alimenticia” que le hará recelar seriamente de los humanos.


Es innegable que la base argumental tiene su gracia. Convertir a una abeja en un personaje contestatario y nada acomodaticio, resulta divertido. Y más teniendo en cuenta que se trata de un insecto que forma parte de una de las comunidades más organizadas y trabajadoras del planeta; igual que los japoneses, pero en bicharraco y con aguijón. Hasta aquí todo funciona a la perfección. Los chistes y los diálogos son agudos y punzantes (nunca mejor dicho hablando de abejas), sucediéndose uno detrás del otro a un ritmo vertiginoso. Incluso esos guiños cinéfilos tan recurrentes en este tipo de productos, quedan aquí mejor perfilados que en otras ocasiones. O al menos, se me antojan un tanto más sutiles y menos evidentes, como ocurre con ese velado e inteligente repaso a una escena de El Graduado; aquella en la cual un joven Dustin Hoffman, ataviado tan sólo con oscuras gafas de sol y un bañador, descansaba sobre un colchón hinchable flotando en la piscina de sus padres.

Un intraducible juego de palabras sobre los aguijones y el nombre artístico del cantante Sting (aguijón en español) o el modo en que Ray Liotta (dando voz a su episódico personaje) se toma a cachondeo a sí mismo, son ejemplos claros de las buenas intenciones acuñadas por los responsables de Bee Movie. La pena es que, al llegar justo al epicentro del film, éste cae inesperadamente en picado. La buena articulación de su guión se desmorona en un abrir y cerrar de ojos. Da la impresión que Seinfeld y el triplete de guionistas que le respaldan agotaran el saco de las ideas brillantes, entrando en una monotonía ciertamente alarmante. La cuestión es alargar el metraje, sea como sea, hasta cubrir el habitual estándar de hora y media y, ante todo, (¡ojo a la moralina!) convertir al indisciplinado Barry en una ovejita más dentro del engranaje social de su especie... no sea que los más pequeños (a los que seguramente les encantará la película en su integridad), siguiendo los atrevidos pasos de su héroe animado, se nos desmadren y empiecen a tirar demasiado de la manta.

Técnicamente, la película es impecable (¡cómo han evolucionado los descendientes de la Abeja Maya!). Raro es, en una producción animatrónica actual y respaldada por la DreamWorks, que falle en este aspecto. Y, sobre todo, si se tiene en cuenta que el rodaje ha durado (entre pitos y flautas) la friolera de cinco largos años. Aunque, en este aspecto, pienso que ya es obligatorio un mínimo de calidad; calidad que, por cierto, queda bien manifiesta en Bee Movie... Pero la técnica, sin una buena historia, no es suficiente y no sirve de nada. Contando con media década por delante, se podrían haber esmerado un poco más a la hora de perfilar una historia más consistente.

Está claro que, para bien o para mal, la fantástica Ratatouille ha colocado el listón muy alto en el género.

12.12.07

¡Qué tiernecitas son las mujeres!

Viendo El Atardecer, lo único que he sacado en claro es que sus actrices (de la primera a la última) están espléndidas y que su fotografía es de una belleza visual increíble. Lo cierto es que, en este aspecto, el húngaro Lajos Koltai, en su segundo título como realizador tras Sorstalanság, lo tenía muy fácil pues, desde 1970, ha estado en la friolera de 69 films como director de fotografía.

Lo malo es que una película no puede sustentarse sólamente de la belleza visual y las buenas interpretaciones. Y es que, en El Atardecer, no hay más que eso y una magnífica escena, capaz de romper su soporífera narrativa, en la que Claire Danes danza con Hugh Dancy al son del rítmico I’ve Got the World On a String vía Michael Bublé. Su argumento es lo mismo de siempre. Una historia tierna y lacrimógena pensada especialmente para el público femenino. En ella, el recuerdo de un amor imposible y una tragedia inesperada provocarán falsos sentimientos de culpa a Ann Lord, una anciana mujer en su lecho de muerte.

Narrada entre el presente y el pasado, la cinta se centra ante todo en un larguísimo flashback al que, de vez en cuando, se le van intercalando escenas del momento actual; justo cuando dos hijas cuarentonas asisten en su casa a su madre moribunda. Ésta, entre delirios y visiones, las irá poniendo al día de un episodio que vivió en los años 50 antes de contraer matrimonio. De hecho, la mayor parte del trabajo de Koltai transcurre en ese periodo de tiempo: un inacabable fin de semana en un costero y lujoso enclave de Rhode Island, lugar al que una joven Ann acudió para asistir como Dama de Honor a la boda de su mejor amiga. Allí, entre devaneos con el borrachín hermano de la novia y el descubrimiento paralelo del que sería el amor de su vida, vivió uno de los pasajes más intensos y mejor guardados en secreto de su existencia.

Una sobredosis de azúcar a la que sus guionistas, Susan Minot y Michael Cunningham, cargan de todos los estereotipos habidos y por haber en este tipo de productos. El amor materno filial, las frustraciones sentimentales, la negación a comprometerse de por vida, la aceptación de un embarazo no deseado o la auténtica amistad, entre otros muchos, son los temas que han ido apilando, uno encima de otro y sin orden alguno, para darle cierto cuerpo a su mínimo argumento. Aún y así, todo cuanto nos expone El Atardecer resulta totalmente previsible.

La posible dureza que podrían ofrecer ciertos pasajes, ha sido disfrazada rápidamente de manera dulzona y cursi. Así, una muerte se enmascara con un futuro nacimiento, mientras una tragedia cantada se anula con el emotivo reencuentro de dos viejas amigas. “La melaza que no falte”, se debió decir para sus adentros el tal Lajos Koltai. Y, efectivamente, no falta en ningún momento. Suerte, de todos modos, que allí están damas de un gran nivel como Glenn Close, Vanessa Redgrave o (una fugaz) Meryl Streep para hacer olvidar al espectador el tostón que se está tragando.

Si a esas señoras de alto postín y su preciosista fotografía les sumamos los nombres y el buen hacer de otras mujeres de generaciones posteriores, como Natasha Richardson, Toni Collette o una inesperada Claire Danes (en plena forma y cargando con la mayor parte del metraje), incluso se podría pensar (erróneamente) que se trata de un producto bien acabado.

Por cierto: ¿por qué el cartel publicitario asevera, textualmente y sin ningún pudor, que se trata de un film del autor de Las Horas (¡vaya otro palo!) cuando, en realidad, el literato aquí tan sólo ejerce de coguionista al lado de Susan Minot, la verdadera y única escritora de la novela en la que se basa El Atardecer?

11.12.07

Ustedes lo han querido: LA GRAN EVASIÓN

Steve McQueen (aka El Chico de la Nevera), sentado en el suelo de un frío calabozo y lanzando sin cesar una pelota de béisbol contra la pared de enfrente, con toda la tranquilidad del mundo, es una de las imágenes imborrables del cine de aventuras de la década de los 60 y, por extensión, de la historia del Séptimo Arte. La escena, que se repite en varias ocasiones a lo largo de la proyeción, pertenece a La Gran Evasión, uno de los títulos emblemáticos de John Sturges, uno de los maestros (menos reconocidos por la crítica especializada) del género.

Y es que La Gran Evasión es una gozada en todos los aspectos. Basada en un hecho verídico en el que, durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, un nutrido grupo de oficiales aliados escapó de su encierro en un campo de reclusión alemán para después, tras ser atrapados de nuevo, morir fusilados la mayoría de ellos. Es cierto que, para traspasar el suceso a la pantalla grande, Sturges se tomó sus (numerosas) licencias; licencias que, en cierta medida, rompían con la credibilidad del acto real. Pero el cine es imaginación y entretenimiento. No era cuestión de amargar a las plateas con una historia que podría haber resultado un dramón de mucho cuidado y el hombre, de forma inteligente, optó por suavizar (aunque no esconder) su apartado final y otorgarle cierto tono de comedia a su primera parte.

El modo satírico de representar al ejército nazi o el desparpajo de los personajes interpretados por Steve McQueen y James Garner (ambos espléndidos en sus respectivos papeles), son dos de las bazas más fuertes con las que jugó el realizador para darle ese aspecto de comedia a su trabajo. Mientras McQueen da vida a un oficial norteamericano en cuyo expediente figuran un montón de fugas frustradas, el rol de Garner, también americano y experto en evasiones, se caracteriza ante todo por su habilidad en conseguir todo tipo de utensilios y documentos birlados a los alemanes. Tanto el uno como el otro, a pesar de su desfachatez innata y su condición de extranjeros entre un abundante número de militares británicos, se ganarán la confianza de sus compañeros gracias al espíritu heroico y campechano con el que se acercan a ellos.

Y es que, entre otros factores, el heroísmo es la clave principal para comprender mejor La Gran Evasión. Pero no sólo el heroísmo, ya que la vertiente humana y sensible que muestra James Garner con un colega que está perdiendo la vista a marchas forzadas (un impagable Donald Pleasence), es digna de tener en cuenta. La bondad, el espíritu de sacrificio y las ansias de libertad frente a la mala hostia y el rencor que ofrece el ejército alemán.

Casi tres horas de duración que, por su poder de síntesis y el dominio de saber ir al grano en todo momento, pasan como un suspiro para el espectador. John Sturges nunca se pierde por las ramas, alzándose al mismo tiempo como un excelente retratista pues, teniendo en cuenta que se trata de un producto coral con un numeroso grupo de actores en su haber (a cuál más destacable), fue capaz de definir con sólo cuatro trazos a cada uno de los distintos y variopintos personajes; un aspecto éste en el que tiene una importancia vital el compacto guión de James Clavell y W. R. Burnett. Desde la prepotente insolencia de Big X (Richard Attenborough), el coordinador oficial de la fuga, hasta el valor de un claustrofóbico Danny Velinski (un Charles Bronson fuera de serie), quedan todos perfectamente delimitados en sus caracteres y funciones. Cada uno en su sitio, cumpliendo con sus tareas específicas para conseguir el éxito de la fuga y, al mismo tiempo, cargando con los problemas del personaje que les ha tocado representar.

La Gran Evasión es una película claramente dividida en dos partes. En la primera, Sturges muestra las relaciones entre los prisioneros y con los nazis que les custodian, así como el proceso de preparación de la escapada. En la segunda, entra a saco en el espíritu de la aventura por la aventura. La huida y el acoso a que se ven sometidos por parte del ejército alemán, rompen definitivamente con ese tono de comedia que iba esgrimiendo a ráfagas. La cinta, a partir de ese momento, se convierte en un trabajo mucho más sórdido aunque con un ritmo trepidante. Acción y suspense a partes iguales.

Trenes, bicicletas, barcas, aviones y motocicletas. Cualquier vehículo es válido para pegarse el piro y buscar nuevas fronteras. Unos intentarán llegar a Suiza. Otros, por el contrario, probarán suerte internándose en España con la ayuda de la resistencia francesa. La mayoría, sin embargo (tal y como ocurrió en la vida real), caerán en el intento. Pero, sea como sea y a pesar de la tragedia, Sturges sabe darle la vuelta y hacer olvidar el mal trago. Lo más importante es el valor, el heroísmo y la lucha por la libertad.

Steve McQueen haciendo acrobacias sobre una motocicleta mientras es perseguido por un abultado grupo de nazis; James Coburn, en Francia, asistiendo casualmente a un atentado perpetrado por la resistencia a una cuadrilla de mandos alemanes, o Donald Pleasence escondiendo su ceguera a James Garner y a Attenboroug para poder evadirse junto a ellos, son sólo tres de entre muchas de las escenas que han quedado grabadas, para siempre, en la memoria de los que hemos visto la cinta de Sturges; sin olvidar tampoco la magitral partitura musical compuesta para la ocasión por Elmer Bernstein: todo un clásico en cuanto a bandas sonoras se refiere.
Una película que jamás me cansaré de revisar. Épica y comedia. Ritmo y tensión. Una maravilla totalmente milimetrada. Cine para todos los públicos con un espíritu que ya no suele respirarse en producciones actuales. Sencillamente inmensa. De lo mejor de entre lo mejor del género. Y, además, con El Chico de la Nevera incluido.

10.12.07

La retórica clase del profesor Redford


En su faceta como realizador, Robert Redford siempre se ha mostrado como un tipo inquieto por los problemas sociales y la política de su país. No es de extrañar por ello que en Leones Por Corderos, su nuevo film, aborde un tema al que otros cineastas ya se habían acercado desde perspectivas muy distintas. La guerra de Irak nuevamente en la piqueta desde la pantalla grande, aunque esta vez lo haga desde un punto de vista más íntimo y en exceso discursivo.

El abuelete Redford se viste de maestro, sube a la tarima e imparte su opinión sobre el modo de afrontar su gobierno el conflicto iraquí, al tiempo que esboza un filosófico retrato de los efectos del fatídico 11 de setiembre sobre la sociedad norteamericana. El desengaño, la mentira como gran recurso político, los oscuros tejemanejes del gabinete Bush y el sempiterno sentimiento patriótico de la gente de a pié, son algunos de los puntos más destacados de la disertación progresista del director. Un esforzado discurso que, sin embargo, no ofrece nada nuevo al espectador. Cualquier debate televisivo sobre la actualidad en Irak dice exactamente lo mismo (o más) que Leones Por Corderos.

La película está narrada desde tres campos distintos que se van intercalando a lo largo de su ajustado metraje. En uno, una comprometida periodista mantiene una extensa entrevista con un senador republicano, el cual la ha citado en su despacho para exponerle, en exclusiva, la nueva estrategia bélica que piensan llevar a cabo para zanjar una guerra de más de seis años de duración. En el segundo, Robert Redford, metido en la piel de Stephen Malley, un idealista profesor universitario, tiene una compleja charla en su oficina con su alumno mejor considerado para, ante el desencanto de éste, incitarle a seguir al pie del cañón y hacer algo positivo en favor de su país; mientras que, en el último, la cámara se sitúa en pleno frente afgano con la intención de asistir al sufrimiento de dos de los antiguos alumnos de Malley: el claro contrapunto al idealismo de salón que practican el resto de personajes.

Quizás lo mejor del film se localice en el enfrentamiento interpretativo de una sobria Meryl Streep con un más que sorprendente Tom Cruise. La primera es Janine Roth, una madura e inquieta reportera cansada de los engaños y el arribismo político. El segundo es Jasper Irving, un engreído senador cuya máxima ambición es conseguir, al precio que sea, poner sus pies en el despacho oval. Ambos actores están que se salen. Ninguno de ellos intenta figurar por encima del otro: una pugna cinematográfica (aunque con demasiados ribetes teatrales) que hace de Leones Por Corderos un producto más interesante de lo que en realidad es. Y es que ver, al mismo nivel, a Streep y a Cruise es toda una gozada.

El propio Redford se ha reservado el pasaje más empalagoso y dogmático de la cinta. Más que dar vida a su personaje, se reinterpreta a sí mismo para verter muchas de las frustraciones que un hombre activo como él puede haber cultivado a lo largo de su carrera. De hecho, el profesor Malley es un intelectual encallado y acomodaticio sobre el que pendula la sensación de haber hecho muy poco por los demás.

Dejando al lado su tedio narrativo y la machacona reiteración de ideas (entre las que se encuentran contínuos referentes al Vietnam y a la figura de JFK), es innegable que, política y socialmente, Leones Por Corderos posee muy buenas intenciones. Pero no va más allá de aquello que todos sabemos de antemano. En este aspecto (y a mi entero parecer), Brian De Palma, con un tema similar en la reciente Redacted, ha resultado mucho más convincente y contundente.

7.12.07

El abogado que barría la escalera


Michael Clayton
está licenciado en Derecho y trabaja para un poderoso bufete de abogados en Nueva York. No ejerce estrictamente de abogado, sino que se limita a llevar a cabo las acciones más bajas y rastreras para los interesas de la compañía. Se trata de una especie de basurero que se encarga de limpiar lo que otros no quieren ni ver. Sus deudas en el juego y su precaria situación económica, le obligan a mantener su contacto con la empresa para poder subsistir y cubrir sus gastos. Todo cambiará para él cuando un buen amigo suyo, empleado como letrado en la misma empresa, empiece a desmoronarse psíquicamente por culpa de un caso en el que está implicada una multinacional agro-química.

La cinta corre paralela a las intenciones de otras con temáticas similares como, por ejemplo, Erin Brokovich o Acción Civil (A Civil Actino); títulos de esos que, por su aspecto liberal y anticorporativista, le encantan a un cineasta progresista de la talla de Sydney Pollack quien, en este caso, aparte de dejar su sello personal al abordar las funciones de productor, se ha reservado en la historia un pequeño pero consistente papel, el de Marty Bach, uno de los jefes supremos del bufete que echa mano de Clayton para las faenas de barrido y fregado.

Michael Clayton es George Clooney; un Clooney diferente, mucho más comedido de lo habitual. El actor, metido en la piel de ese abogado rastrero que empieza a tomar conciencia, se mueve como pez en el agua. Un perdedor nato, solitario, cínico, egocéntrico y con su vida familiar totalmente arruinada debido a su despreocupado carácter. Una interpretación sorprendente que deja encerrados en un cajón los tics habituales que en general caracterizan a los personajes de Clooney.

Y allí detrás, secundándolo a la perfección, dos fuera de serie en el mundo de la escena: Tom Wilkinson y Tilda Swinton. El primero aborda, sin ningún tipo de histrionismo, a un hombre al borde de la locura, mientras que ella, dando vida a una mujer sin escrúpulos, demuestra una sobriedad digna de las mejores damas de la historia del cine: fría, calculadora y maniquea. Una arpía en toda regla; de aquellas que Bette Davis disfrutaba encarnando.

En Michael Clayton casi todo funciona a la perfección pues, aparte de los actores y las ansias por denunciar ciertos aspectos del mundo corporativo, hace gala de una hora final tensa y con pequeñas dosis de suspense bien insertadas. Pero su director, Tony Gilroy, un hombre con excelentes antecedentes como guionista (la trilogía sobre el amnésico Jason Bourne es un buen ejemplo de ello), en su debut tras la cámara falla, precisamente, en lo que más domina: en el guión. La primera parte del film resulta en exceso confusa. Es innegable que, una vez superada la laberíntica (e innecesaria) narrativa de sus cuarenta minutos iniciales, el espectador construye sin problema alguno la especia de puzzle planteado. Un puzzle al que, sin embargo, siempre le queda alguna que otra pieza por encajar. Es más: no sólo atribuiría el error al guión, ya que su montaje, en muchos aspectos, da la impresión de no estar bien coordinado del todo.

En definitiva, se trata de un producto digno y valiente al que le falta limar ciertas asperezas en su narración. Aparte de ello, su acertado posicionamiento ideológico, la madurez interpretativa de Clooney, un velado homenaje equino a La Jungla de Asfalto y una escena impagable y casi antológica (en la que se muestra la frialdad de un asesinato premeditado y ejecutado por un par de profesionales), hacen de Michael Clayton un trabajo interesante (aunque no imprescindible) dentro de la cartelera actual.

6.12.07

El spot sin burbujas

Si el otro día les colgaba un fantástico anuncio institucional en el que el universo de Hitchcock estaba más que latente, hoy les pongo otro YouTube con la maravilla, en forma de cortometraje, que un Martin Scorsese en plena forma ha ideado para la campaña navideña de Freixenet. Con La Clave Reserva se han acabado para siempre esas burbujas doradas que ya empezaban a fatigar. Y con las burbujas, también ha desaparecido esa lista de decadentes estrellas cinematográficas que se prestaban a protagonizar el spot anual a cambio de una buena remuneración económica. A la gente del cava, el tópico de renovarse o morir les ha salido que ni pintado.

Tal y como narra el propio Scorsese al principio de su trabajo, en él se halla un ingenioso compendio de guiños al inmortal cine de Hitchcock. Apoyado de principio a fin por la música que Bernard Herrmann compuso para Con la Muerte en los Talones, el realizador de Taxi Driver se transforma en el alma mater del desaparecido director británico y se pasea, en menos de 10 minutos, por buena parte de su filmografía. El último fragmento de la segunda versión de El Hombre Que Sabía Demasiado, y un magistral plano secuencia en el que se mezclan conceptos tan distantes como los de Los Pájaros y la imperecedera La Ventana Indiscreta, son los otros referentes más claros del anuncio. Por en medio, ustedes mismos podrán ir descubriendo el resto de refinados homenajes hitchconianos, Vértigo incluido.

Pónganse cómodos ante su pantalla y disfruten de un Freixenet en el que, por fin, las burbujitas brillan por su ausencia. Lo dicho: una maravilla.

4.12.07

El spot indiscreto

El próximo día 16, como cada año por estas fechas, TV3 (Televisió de Catalunya) dedicará una maratón para recaudar fondos a favor de la investigación médica. El spot promocional de dicho programa es sencillamente de una sutilidad ejemplar. Y más si se tiene en cuenta que el objetivo básico es lograr que los espectadores utilicen el teléfono para ofrecer sus donaciones voluntarias.

Les dejo un YouTube con dicho anuncio. Disfrútenlo, pues vale la pena.

3.12.07

Annie Poppins

No sé qué narices les da Woody Allen a las actrices que han intervenido en varios ocasiones en sus películas. Generalmente, en títulos dirigidos por otros cineastas, éstas siguen arrastrando consigo los mismos tics y registros adquiridos al lado de Allen. Una buena muestra de ello es el trabajo que realiza Scarlett Johansson en Diario de una Niñera; una interpretación funcional aunque siempre al borde del histrionismo, plagada de gesticulaciones exageradas y de tartamudeos vacilantes.

Es de suponer que la elección de Scarlett Johansson fue algo totalmente consciente por parte de la pareja de directores del film, los documentalistas Shari Springer Berman y Robert Pulcini, quienes ya en la pedantilla American Splendor, su título anterior, buscaron un claro paralelismo argumental con ciertas constantes del cine de Allen; un paralelismo que ya no existiría en Diario de una Niñera a no ser por la presencia de la actriz y de la ciudad de Nueva York.

En cuanto a intenciones y puesta en escena, ésta es una película totalmente distinta a la citada American Splendor, pues se trata de una comedia mucha más abierta y comercial. Olvidándose por completo de sus inicios en el cine documental y apostando por una narración estándar, en la cinta se relatan las experiencias de Annie Braddock, una joven recién licenciada en antropología la cual, tras varios años dedicados en exclusiva al estudio y con la finalidad de poner en orden su mente, decide trabajar durante una temporada al servicio de un adinerado matrimonio de Manhattan, ejerciendo como niñera de su hijo. Las relaciones entre ella, el pequeño y sus padres, serán el eje sobre el que gire una trama previsible que, en su parte final, se mostrará incapaz de no caer en la moralina más facilona y sentimentaloide.

Si algo tiene de bueno es la acidez con la que se caricaturiza a la jet set neoyorquina actual; unos personajes que viven las 24 horas del día de cara a la galería. La imagen que ofrecen de cara al exterior es un valor que figura muy por encima de la posibilidad de vivir una existencia más apacible y familiar entre las paredes de su inmenso y lujoso apartamento, lugar en el que queda patente el desinterés total por la educación y el devenir de su pequeño Grayer. El distanciamiento que muestran con una empleada del hogar latinoamericana y con la propia Annie –a la que se dirigen con el despectivo calificativo de “niñera” (nanny, en el original, rima con Annie)-, pone en solfa las connotaciones raciales (o, mejor dicho, racistas) y de diferencia de clases que asumen con la frente bien alta el matrimonio (en crisis) compuesto por Mr. y Mrs. X, tal y como se refiere a ellos, en su diario, la explotada institutriz; un diario que, por otra parte, servirá a la protagonista para comparar su introspección en el seno de una familia millonaria con las que los antropólogos realizan en tribus alejadas del mundanal ruido.


El resto es más de lo de siempre. Cuatro chistes resultones a costa del pequeño Grayer y su tierna relación con la nueva niñera; las ensoñaciones oníricas (y más que esperables) de ésta con la mítica y sempiterna Mary Poppins o la forzada (y típica) historia de amor de ella con un joven de la alta sociedad, denotan el rutinario rumbo con el que Berman y Pulcini han adaptado el best-seller homónimo de Emma McLaughlin y Nicola Kraus.

La visión crítca de la alta sociedad, la vis cómica de la Johansson, la compacta labor de una madura Laura Linney dando vida a la altiva madre de Grayer y la ingeniosa y colorista escenografía utilizada para recrear los mínimos (pero tópicos) pasajes que homenajean a la citada Mary Poppins son, sin lugar a dudas, sus mejores aciertos. Sin ellos, Diario de una Niñera sería un producto bastante más difícil de tragar. Y más teniendo en cuenta lo insoportable que está, en el rol del despótico Mr. X., Paul Giamatti, actor fetiche de la pareja de directores.

2.12.07

Pinewood Motel


Habitación Sin Salida se inicia con unos espléndidos títulos de crédito muy al estilo de los que realizara Saul Bass para la compacta Psicosis de Hitchcock. Asimismo, el brillante punteado musical de Paul Haslinger que los ampara, muy cercano al de las composiciones de Bernard Herrmann, acercan al espectador a ese micro universo, retorcido y granguiñolesco, que conformaba al solitario motel del escuálido Norman Bates. Por si fueran pocas las referencias a una de las obras maestras de don Alfredo, el californiano (de raíces húngaras) Nimród Artal introduce en su historia la inquietante escenográfica del Pinewood, un motel igualmente cochambroso en el que se desarrollará la mayor parte de la película.

De todos modos, las claras alusiones a Psicosis sólo llegan hasta este punto. El resto es otro cantar, ya que las preferencias del tal Artal se inclinan hacia el oscuro mundo de las snuffs movies, aunque sin profundizar en absoluto en el tema pues, de hecho, tan sólo lo utiliza como mera excusa argumental para crear cierta atmósfera de angustia que no acaba de funcionar bien del todo.

Es innegable que su prólogo, sin ofrecer nada nuevo, está planteado de forma correcta, resultando magnético e incluso tenso. En él nos presenta a la pareja protagonista, David y Amy Fox, un matrimonio en plena crisis y a punto de tramitar los papeles de divorcio. Viajan en automóvil a causa de un tema familiar. El mal rollo entre ambos queda más que latente. La noche es oscura y silenciosa. Un error en la ruta elegida y una inesperada avería del motor, les obligará a elegir los servicios de un pequeño motel situado en una aislada carretera secundaria. La intención es esperar a la mañana siguiente para reparar el coche.

Hasta aquí todo funciona a la perfección. La inquietud y el nerviosismo que demuestran sus dos personajes principales; la presentación del enigmático gerente del local y la toma de posesión de la mugrienta habitación que se les asigna (para más señas, la 4), son todos ellos aspectos dignos de tener en cuenta dentro de una serie B que parece no tener demasiadas ambiciones. La química establecida entre la guapísima Kate Beckinsale (¡por Tutatis cómo me gusta esta mujer!) y un sorprendente Luke Wilson (en un registro atípico en él) levantan muchas y positivas expectativas sobre el posible progreso ascendente del film.

El descubrimiento del horror que abrigan las cuatro paredes de la habitación número 4, y en el que un viejo televisor y un buen número de cintas de VHS adquieren un relieve especial, se convierte en el mejor acierto de un trabajo que, por desgracia, empieza a caer en picado a partir de tan bien orquestada escena. El guión empieza a desmelenarse y a dar tumbos, mientras que la sobriedad descriptiva de la que hacía gala, cambia de tercio y se adentra en un "algo" imposible y difícil de digerir. Un montón de trampas narrativas y visuales se adueñan de la proyección, logrando tan sólo que deje de interesar el devenir del ya deteriorado matrimonio Fox.

Un thriller más, del montón, que, por sus erróneas ansias de rizar el rizo, se olvida de seguir la línea coherente con la que afrontaba su parte inicial, para transformarse en una orgía de violencia light sin pies ni cabeza. Un sinfín de truculencias que, en definitiva, no llevan a ninguna parte. Una verdadera pena, pues en un principio prometía mucho más de lo que en realidad ofrece.

Por cierto: ¿desde cuando, en español, Vacancy (su título original) significa Habitación Sin Salida?

30.11.07

Ustedes lo han querido: SUPERSONIC MAN

Como sigan solicitándome películas como Supersonic Man, tendré que cambiar el título de esta clásica sección por el más explícito de Ustedes Me La Han Metido. Tengan en cuenta que, a mis 48 tacos, empezando a peinar canas y con las neuronas tocadas por demasiadas imágenes acumulados con el paso del tiempo, es una soberana putada (con perdón) obligarme a soportar cosas como la del Piquer Simón..., a pesar de que algunos la clasifiquen (con cierta razón basurera) como la obra maestra de la psicotronía del mundo mundial.

He visto muchos Santos y Blue Demons y pensaba que, en este aspecto, ya estaba curado de espanto. Pero no. Supersonic Man se lleva la palma. Intentar ir más allá del Superman de Donner realizado un año antes, en el 78, tiene su delito, por mucho que, como decía otro día un lector de este blog, al del Piquer Simón se le mueva la capa al volar (lo de volar es un decir) mientras que al extinto Christopher Reeve se le mantenía preocupantemente tiesa (la capa again, claro está).

Supersonic Man toma las constantes del cine de superhéroes (enmascarados mejicanos incluidos) y las mezcla con una alta dosis sesentera al más puro estilo James Bond; aunque se trate de un Bond de estar por casa, en bata y zapatillas. El villano de la película, el Dr. Gulick, es como uno más de esos típicos enemigos de toda la vida del agente 007; un tío que está tocado de la chaveta y que, en sus delirios de grandeza, aparte de insultar y vilipendiar a sus esbirros más directos, pretende destruir la ciudad de Nueva York. El guión (si es que existe, que aún lo dudo) no deja muy claro el porqué. Debe ser, digo yo, porque sencillamente es un tipo malo de narices. Y nunca mejor dicho lo de “narices”. Si se fijan con atención en la peculiar y extraña forma de la protuberancia nasal del actor que da vida al tal Gulick (un Cameron Mitchell que debería pasar por horas muy bajas), descubrirán que esta es una napia única, tentadoramente sensual y juraría que sin precedentes similares (aunque la de Chicho Gordillo se le acercaba bastante). Un detalle anatómico soberano que, en definitiva, ha sido lo más atractivo (a mi gusto) del film. Les puedo asegurar que, en un momento dado, eché mano de la pausa y me tiré 15 minutos enganchado a la pantalla y, ante el asombro de mi sufrida esposa, loando la plástica nariz del Mitchell. Una nariz que, por cierto, le debería picar lo suyo puesto que no cesaba de tocarsela en todo el metraje.

La historia es una alucinada sin pies ni cabeza. Me explico. El susodicho Dr. Gulick (¿por qué siempre son doctores los más infames en estas películas?), con la ayuda de su particular ejército, ha ido rapiñando, en un tiempo record, todo tipo de materiales radioactivos para llevar a cabo su demoledor plan. Y, por si fuera poco con ello, también secuestra a José María Caffarel en persona (o sea, el Profesor Morgan), un científico de edad avanzada al que utiliza tan sólo para mostrarle sus insanas intenciones, recitarle pasajes de Shakespeare y humillarlo al tildarle, entre otros motivos, de “viejo tonto”, “idiota”, “imbécil” y “estúpido”. De hecho, la figura del pobre Caffarel (descanse en paz el buen hombre) no pinta nada de nada, pues el plan estaba tan “bien” trazado que su presencia era innecesaria. En realidad se trata de un puro artificio de guión (lo de guión sigue siendo un decir) para que entre en juego el gran y absoluto protagonista de Supersonic Man, un alienígena recién llegado a la Tierra y que, adoptando el cuerpo humano de un tal Kronos (una fotocopia perfecta de Manuel Campo Vidal), utilizará todos sus magnéticos poderes en la lucha contra el mal.

Lo que más tienta al tal Kronos es Patricia Morgan, la hija de Caffarel. Ésta, desamparada y temblorosa, se declara inquieta por el destino de su padre, al tiempo que –de nuevo sin ningún tipo de lógica- se ve acosada por las huestes de Gulick que se muestran empeñadas en raptarla a toda costa (o matarla, pues ello tampoco acaba de estar claro del todo). Pero, para salvaguardar a tan delicada mozuela de los envites del nasón, allí está Kronos, el marciano men llegado del espacio exterior y que, al grito de “¡la fuerza de las galaxias sea conmigo!”, se convierte en el todopoderoso Supersonic. Un esquijama rojo similar al de Superman, una larga capa azulada, un prieto taparrabos, unos botines y una máscara igualmente azulada y con cierto parecido a la de Batman, conforman su ropa de trabajo; el disfraz de superhéroe que le acompañará en las labores más arriesgadas. Entre sus poderes, que son numerosos y variopintos, se encuentra (¡cómo no!) el de la facultad de volar..., aunque siempre que alza el vuelo lo hace por delante de unas cantarinas transparencias de Nueva York y apoyado, de fondo, por un tema musical discotequero y machacón. Posiblemente, sin esa canción y sin las transparencias, nunca hubiera volado.


De forma curiosa, y teniendo en cuenta que Kronos jamás da a conocer su nombre artístico a nadie, Gulick y sus secuaces saben a la perfección que atiende por el de Supersonic. Y éste, ataviado con tan discreto y rojizo ropaje, ante sus enemigos hará alarde de un sinfín de proezas a cuál más cazurra. Levantar un tractorcillo con sus brazos; rebotar las balas disparadas por los adversarios con las palmas de las manos; derribar helicópteros de juguete o zafarse a soplidos de un robotijo lanzallamas, son sólo algunos de los insuperables trucos de un superhéroe que, por arte de birlibirloque, pierde su bigote en cada una de las ocasiones en las que implora el auxilio de las galaxias. O sea, de Manuel Campo Vidal (aka Kronos) pasa a convertirse en un nuevo Manuel Campo Vidal (aka Supersonic), depiladito, con máscara y luciendo músculo a través de su ajustado ropaje.

Un montaje apresurado y patatero; situaciones y diálogos dignos de una antología del disparate; maquetas a tutti plen para ser explosionadas cada dos por tres; decorados de puro cartón piedra; artefactos gigantescos y robots de hojalata de inexplicable diseño (que hacen ping y ring continuamente) y la imborrable colaboración de Javier de Campos dando vida a un vagabundo borracho (el elemento humorístico imprescindible en cualquier película seria que se precie), son detalles, todos ellos, que acaban de darle una personalidad única e irrepetible al film de Piquer Simón.


Malas lenguas dicen que Pilar Miró, tras el visionado de Supersonic Man, acuñó al instante la despectiva terminología de “película de fontaneros” para describir cierto tipo de productos. Acto seguido, con los pelos de punta por lo que había visto, se juró a sí misma que, cuando fuera Directora de RTVE, cambiaría radicalmente el sistema de subvenciones cinematográficas a determinados directores, situando a Piquer el número uno en su lista negra. A veces, como en este caso (jamás confirmado oficialmente pero tan cierto como que me llamo Spaulding), uno comprende el porqué de ciertas acciones políticas y económicas un tanto impopulares. Yo, de ella, habría actuado de igual modo.

Y mientras ello ocurría, en Estados Unidos, un tal Spike Lee, un tipo de color (negro), bajito y miope, se apropiaba de una técnica deslizante de rodaje de Supersonic Man; una técnica que luego utilizaría en todas sus películas. El del esquijama y un Caffarel desfallecido así lo atestiguan en la escena vía YouTube que cierra este post.