19.11.11

Nazi Boy

Al barcelonés Christian Molina ya no se lo cree nadie. Tras debutar con la nefasta Rojo Sangre, insistió a continuación con la innombrable Diario de una Ninfómana y, posteriormente, con Estación del Olvido, un melodrama acartonado que a duras penas tuvo repercusión. Pero el hombre es persistente y, no contento con sus tropiezos, vuelve al ataque castigando a las plateas con su cuarto título, De Mayor Quiero Ser Soldado, un presunto alegato rodado en inglés en contra de la proliferación de la violencia en el mundo de la televisión que cuenta, como principal gancho, con dos secundarios de (dudosa) fama internacional, Danny Glover (a la vejez viruelas) y Robert Englund, el tenebroso Freddy Krueger de la saga Pesadilla en Elm Street.

A pesar de querer endilgarnos la plana de que la historia planteada sucede en una de esas urbanizaciones yanquis tan típicas en la filmografía de Spielberg, la cinta está filmada íntegramente en L’Hospitalet (Barcelona). Un engaño de lo más simplón e innecesario, ya que todo cuanto acontece bien podría ocurrir en nuestro país.

La cinta nos acerca al universo de Álex, un niño de 8 años que, de ser el rey de la casa, pasa a ser un segundón al tener que acomodarse a la llegada de un par de mellizos. Los celos y su fascinación por las imágenes bélicas que desgrana el televisor y por la iconografía nazi con la decora su habitación, harán de él un personaje iracundo y peligroso que se saltará a la torera a sus propios padres y a las normas de la escuela en la que estudia. Antes del nacimiento de sus hermanos tenía a un santurrón y angelical astronauta como amigo invisible; con la venida de los pequeños, su nuevo amigo invisible pasa a ser un militar enfebrecido y fascistoide.

La idea, a priori, resulta interesante y bienintencionada. Lo peor es que Molina la lleva a la pantalla de la peor forma posible. En su propuesta, resulta demagogo y en exceso efectista: tal y como pretende denunciar, no sólo es la televisión la que marca el carácter del joven, pues la poca atención que recibe de sus padres aún es mucho más alarmante; detalle éste que no queda bien reflejado en pantalla. Además hay que tener en cuenta que, desde un inicio, antes del presumible cambio de carácter, ya presenta a Álex como un tarado en potencia: ni su guión ha sabido perfilarlo, ni se ha sabido dirigir con inteligencia a Fergus Riordan (el chaval que lo interpreta) a la hora de descifrar correctamente a su personaje. Y ello sin hablar de los nefastos registros de los actores que dan vida a sus padres (Ben Temple y Jo Kelly) y de las ridículas (por tendenciosas) apariciones de Robert Englund en la piel de un psicólogo escolar.

Un quiero y no puedo más de Christian Molina quien, en su producto más ambicioso hasta el momento (y espero que desista en su empeño), no ha conseguido en absoluto sus objetivos. Ni cuela al espectador el más mínimo sentimiento afectivo por el agresivo Álex, ni logra hacer creíble su precaria crítica a la constante lluvia de bestialidad surgida de la televisión.

En definitiva, un film tan plano, desatinado e insostenible como el grotesco speech de Danny Glover insertado en los títulos de crédito finales; un Danny Glover, por cierto, más perdido que un gusano en medio de una plaza de toros, al igual que le sucede a Valeria Marini en sus insustanciales apariciones. Apaga y vámonos. La moralina barata y sin fundamento ya cansa.

18.11.11

El hermano empalagoso de Hanna

Sin Salida (el mediocre título español sustitutivo del original Abduction) no es más que un film de puro entretenimiento dirigido claramente al público adolescente y, al mismo tiempo, un producto construido con todo el descaro para el lucimiento de su joven protagonista, el sosísimo Taylor Lautner, el hombre lobo (o mejor dicho, lobezno) de la saga Crepúsculo. Todo tiene su explicación: el productor de la cosa no es otro que Dan Lautner, el padre de la criatura. Dirige el cotarro John Singleton, ese californiano afroamericano que debutó con la prometedora Los Chicos del Barrio y que, con el paso de los años, ha ido yendo a menos.

La película es una mezcla, en clave teenager, de las andanzas del amnésico Jason Bourne (incluso, en la película, se compara al actorcillo protagónico con el físico de Matt Damon) y los vericuetos educacionales de la sorprendente Hanna, esa niña, émula de Nikita, que desde su más tierna infancia fue aleccionada para salvar con solvencia todo tipo de obstáculos. De la serie sobre Jason Bourne extrae su sentido del ritmo y sus brillantes escenas de acción, mientras que de Hanna roba parte de su argumento, aunque eliminando cualquier atisbo de morbo o de violencia excesiva. Vaya, que tratándose de una cinta para quinceañeros entusiastas del cine de acción y ante todo del impúber del Lautner, hay que reciclarlo todo por el tamiz de la corrección política y la simplicidad argumental. Tanto es así que, en la única escena mínimamente tórrida entre el mozalbete y Lily Collins -su partenaire femenina e hija del cantante Phil Collins-, Singleton decide cortar por lo sano los arrumacos de la pareja (o sea, cuatro morreos y unos pocos sobeteos inocentes) para que no lleguen a mayores.

Aburrir, lo que se dice aburrir, no aburre. La mínima (minimísima) historia que propone, la de la huida del gazmoño del Taylor en compañía de su vecinita tras ver morir a sus (teóricos) padres en manos de una misteriosa organización, no hay por donde pillarla. Progenitores de adopción, organismos serbios sin escrúpulos, psicoanalistas reciclados en miembros de la CIA y agentes gubernamentales corruptos, se mezclan en una intriga delirante con muy poca lógica. Suerte que, en medio del caos organizado por su guionista (Shawn Christensen), allí está el pobre de John Singleton para arreglar el entuerto con sus correctas escenas de acción. De trama tiene poca (y altamente ridícula), pero de acción tiene un mucho.

Lo que aprieta el hambre (o la falta de buenos papeles) que hasta gente como Maria Bello, Alfred Molina o la reputada Sigourney Weaver, se ven metidos en un producto tan vacuo (aunque entretenido, repito) como éste.

17.11.11

Las que tienen que servir

De la mano de Tate Taylor llega Criadas y Señoras, una película muy de la época Obama que supone un fuerte alegato en favor de la integridad racial. Ambientada en la Norteamérica de los años 60 en Jackson, una pequeña localidad del estado de Mississippi, en ella se da un repaso a las tensas relaciones existentes entre las criadas de color y las señoras que estaban a su mando; una relación que no distaba mucho del esclavismo.

Narrada entre el melodrama y la comedia y dotada de una sustancial dirección artística pareja a la de la televisiva y encomiable Mad Men, la cinta se centra en la figura de Skeeter, una joven blanca, progresista y contraria a la xenofobia, que tras regresar de la Universidad a su ciudad natal, Jackson, opta por iniciar su prometedora carrera como escritora con un libro que retrate varias de las desagradables historias que marcaron la vida de muchas de las mujeres negras que trabajaban al servicio de influyentes familias sureñas del lugar. Para ello, ni corta ni perezosa, empezará una serie de entrevistas con algunas de las víctimas para luego plasmarlas, en forma de relatos, en su tratado.

Criadas y Señoras es una cinta antiracial y claramente femenina, ya que la presencia del hombre es puramente anecdótica. Ante todo se centra en dos sirvientas afroamericanas y sus encuentros con la escritora para narrarles sus experiencias, resaltando siempre la prepotencia y despotismo -excepciones a parte- con las que eran tratadas por sus patronas. En definitiva, un claro vehículo de lucimiento para un montón de buenas actrices, todas ellas muy comedidas y de entre las que cabe destacar la brillantez con la que Emma Stone afronta el papel de Skeeter y la fuerza con la cual Viola Davis da vida a Aibileen, la primera asistenta que abre sus sentimientos y recuerdos a la difícil petición de la incipiente literata.

A resaltar, por su positivismo, los personajes de la citada Skeeter (quien en su niñez fue criada por la mujer de color que asistía en su domicilio) y de Celia Foote (excelente y divertida Jessica Chastain), una mujer blanca, un tanto corta de entendederas y de muy buen corazón, que contrata a una doméstica de color con la que procede de forma cariñosa. Por el contrario, siguiendo en el lado blanco y como chivo expiatorio de la función, se aposenta la malvada figura de Hilly Holbrook, una tiparraca sin escrúpulos, manipuladora y racista hasta los topes a la que Bryce Dallas Howard interpreta de modo extremo, caricaturesco y con ciertos ramalazos a lo Cruella de Vil.

Quizás su tratamiento, un tanto jocoso por momentos y demasiado dulzón y (truculentamente) emotivo en otros, no sea el más adecuado para un film que se aproxima con desparpajo a un tema tan duro, aunque, en definitiva, se trate del más apropiado para llegar a un público más amplio. Y eso es lo que se supone pretendía su director.

Por cierto: atención a Sissy Spaceck haciendo de abuelita. No tiene desperdicio.

16.11.11

Malas calles

El guionista de Infiltrados y Red de Mentiras, el norteamericano William Monahan, debuta en el campo de la dirección desde la capital británica con London Boulevard, un thriller redentor tan aburrido como previsible. Su principal reclamo comercial se apoya sobre Colin Farrell y Keira Knightley, una pareja de la que, por mucho que se esfuerce su realizador, no desprende la química necesaria para hacer creíble la relación que nace entre los dos.

London Boulevard parte de la salida de la cárcel de un tipo que se ha ganado cierto estatus entre los bajos fondos de la ciudad por su fama de violento. Presionado por viejos colegas y por un capo mafioso (excelente Ray Winstone) para que vuelva a las andadas, sus ansias de redención son tan fuertes que decidirá pasar de ellos y entrar al servicio de una joven estrella del cine, presa de una fuerte depresión y encerrada en su gran mansión londinense, con la finalidad de ejercer como una especie de securata para ella y así librarla del acoso a que la someten los paparazzis. Inevitablemente, y a pesar de las intimidaciones que recibirá el ex convicto, entre él y la abatida actriz nacerá una fuerte atracción.

Su tema central, o sea, la historia de amor entre los dos personajes, resulta tan forzada que, a veces, hasta roza el ridículo en alguna de las situaciones plasmadas. Colin Farrell se pasea por la pantalla con cara de tristón, mientras que la Knightley usa y abusa de sus mohines de niña mimada. Un tête à tête imposible de digerir y cuyo final, por otra parte, está más que cantado desde su primer encuentro.

Monahan, al margen del insostenible love story planteado, se esfuerza en dotar a la cinta de una intriga paralela, mucho más visceral y en parte cercana a viejos thrillers británicos de los años 60 y 70, muy a lo Asesino Implacable, aunque, claro está, salvando las distancias; de aquellos en los que el ambiente soterrado de las calles de los suburbios de Londres se convertían en el alma mater del producto. En este apartado se recrea, ante todo, en los enfrentamientos del personaje de Farrell con su pasado como maleante y en los constantes problemas que le acarrea el tener que controlar a una hermana, con tendencias ninfómanas, que está como una puta regadera. En este aspecto la historia funciona un poco mejor, pues se muestra hábil resolviendo con solvencia sus pasajes más violentos (que haberlos, haylos), aunque sin brindar nada nuevo al género.

Un film irregular, aburrido y previsible, con ciertos (mínimos) destellos de lucidez en su vertiente más salvaje, que se ve marcado inexorablemente por esa sensación de déjà vu que transmite al espectador, por la poca credibilidad que ofrece su historia de amor y por el cansino (y nada original) matiz redentor y moralista que asoma en su recta final. Un mención al margen es necesaria para el patético personaje al que da vida David Thewlis, el otro “chico para todo” al servicio de la angustiada Keira Knightley.

15.11.11

El dulce (y amargo) sabor del chocolate

De Francia y Bélgica llega una comedia afable y sencilla, totalmente funcional, divertida y emotiva. Se trata de Tímidos Anónimos, un sensible tratado sobre la timidez en forma de cuento, muy en la tradición de Amelie. Dirige Jean-Pierre Améris.

La cinta nos acerca al flechazo surgido entre dos tímidos de armas tomar quienes, debido a su apocamiento, se verán incapaces de reconocerse mutuamente su amor. Ellos son el vergonzoso propietario de una pequeña chocolatería a punto de la quiebra y su nueva empleada, una mujer igualmente retraída aunque dotada con una extrema sensibilidad, de la que no le gusta alardear, en la elaboración de los mejores bombones del mercado.

Tímidos Anónimos atrapa por su cándido y tierno guión y, ante todo, por la forma cariñosa con la cual Améris arropa a sus dos protagonistas, unos excelentes Benoît Poelvoorde e Isabelle Carré, esta última en su faceta más pizpireta. Entre las sudoraciones excesivas de él y la propensión al desmayo y a las ruborizaciones de ella, acaba creándose una química excelente entre ambos personajes.

Una historia de amor diferente, con pasajes ciertamente jocosos y otros directamente entrañables y en la que cabe destacar las escenas de terapia de grupo a los que asiste ella, las continuas visitas al psicoanalista de él y los distintos encuentros, fracasados y embarazosos, de ambos enamorados cohibidos.

No le hagan ascos a la película. Ochenta minutos totalmente aprovechados, sin asperezas y yendo siempre directo al grano. Su visionado es como la ingesta de un bombón de calidad suprema: ligera, aunque navegando entre la dulzura y el amargor.

14.11.11

Tintín Jones en busca del tesoro perdido

Soy de los que se consideran tintineros de toda la vida. Crecí devorando los álbumes de Tintín. Es más, aún conservo en una de mis estanterías toda la colección de Hergé, la original, la del lomo de tela. Y aún hoy en día, en mis momentos más melancólicos, acudo a repasar alguna que otra de las aventuras del avezado periodista belga. Las Aventuras de Tintín: El Secreto del Unicornio, vía Steven Spielberg (director) y Peter Jackson (productor), no ha hecho más que reavivar mi pasión por uno de los mayores héroes de mi niñez junto con Astérix.

En su adaptación, Steven Spielberg ha sido fiel al espíritu del cómic y del personaje, aunque no tanto a ese trazo simple que caracterizaron las viñetas dibujadas por Hergé. Eso es debido a que Spielberg, para la traslación del personaje a la pantalla grande, ha optado por el mismo sistema virtual y de animación usado anteriormente por Zemeckis en Polar Express: o sea, filmar con actores reales, de carne y hueso, pero dotándolos, a través de la informática, de las mismas características físicas que los protagonistas ideados por Hergé. Mejora la técnica utilizada por Zemeckis aunque, en su afán por hacer totalmente realista el resultado, sobrecarga la imagen hasta extremos ciertamente exagerados. Un abuso visual, en el fondo perdonable, para realzar el método empleado así como para darle más fuerza a la opción del 3D.

Al margen de esa pequeña desavenencia con el universo de Hergé, Spielberg y Jackson han seguido perfectamente los cánones que dominan el mundo de Tintín y sus colegas. Han partido de tres libros en concreto (El Cangrejo de las Pinzas de Oro, El Secreto del Unicornio y unas mínimas pinceladas de El Tesoro de Rakham El Rojo), alterando el orden de ciertos pasajes con la finalidad de otorgarle continuidad y uniformidad a la historia (como sucede con el primer encuentro con el capitán Haddock) y, a través de un toque inevitable a lo Indiana Jones europeizado, se han enfrentado a la primera hazaña made in USA del joven aventurero. No faltan momentos de cosecha propia, como el concierto de la Castafiore en medio de un exótico escenario moruno, aunque siempre apegados a la quintaesencia del personaje original. En definitiva: una forma como otra de enriquecer las andanzas del intrépido personaje, aunque con ello, y sólo de vez en cuando, se les haya ido un poco la bola, tal y como sucede con la lucha de grúas entre Haddock y Shakarine, el villano de la cinta.

Unos títulos de crédito iniciales -muy a lo Saul Bass y en claro auto homenaje a Atrápame Si Puedes-, abren El Secreto del Unicornio. A partir de aquí, sólo se trata de viajar hasta nuestra infancia y volver a reencontrarnos con un Tintín renovado, puesto al día, aunque conservando la misma estela de simplicidad con la que se planteaban todos los misterios a resolver; un Tintín que, al igual que en las páginas de Hergé, se ve un tanto desplazado por la fuerza del personaje del capitán Haddock, ese inolvidable, bravucón y borrachín marinero que de pequeños nos enseñó a despotricar a grito pelado y de forma poco elegante y que, en esta ocasión, se ha colado sobre la piel de Andy Serkis, un inmenso actor, de rostro casi desconocido, especializado en dar vida a los seres más extraños del Séptimo Arte durante la última década (Gollum y King Kong incluidos).

La aventura, sin matices ha regresado de nuevo al cine de la mano de Spielberg y de Tintín. Una aventura que honra la obra de Hergé y que nos hace olvidar por completo el par de patéticos intentos francófilos, en los años 60, de acercar al personaje (en carne y hueso) a la gran pantalla con El Misterio del Toisón de Oro y El Misterio de las Naranjas Azules. Ansioso estoy por ver el tratamiento que dispensa Peter Jackson, en el próximo capítulo, a uno de los personajes más olvidados de esta entrega: el inefable y despistado profesor Tornasol. Por el momento, con Tintín, su perro Milú, Haddock y con la pareja de tontorrones policías gemelos Hernández y Fernández, (Thompson and Thomson en la versión original americana) han aprobado con nota alta. Es más, diría que altísima.

10.11.11

Forrest Gump se hace motero y se liga a una Monalisa que ha perdido la sonrisa

Quine años después de haberse colocado tras la cámara para filmar la sencilla aunque atractiva The Wonders, Tom Hanks regresa a la dirección para endilgarnos una de las comedias más vacías e inconsistentes de los últimos años: Larry Crowne, Nuca Es Tarde.

En ella, el propio Hanks se otorga el papel protagonista, el del Larry Crowne del título, un hombre simple, afable y divorciado que es despedido de los almacenes en los que trabaja por culpa de su falta de estudios universitarios. Los numerosos años servidos en la Marina como cocinero no le servirán de nada a la hora de encontrar un nuevo empleo. A medida que va deshaciéndose de muchas de sus propiedades, incluida su casa, se verá en la obligación de matricularse en la Universidad local, lugar en el que, tras comprarse una Vespa para reducir gastos en gasolina, acabará uniéndose a un particular grupo de moteros y quedará prendado de su nueva profesora, una borrachuza insatisfecha con su matrimonio.

El actor/director se acerca al personaje de Larry Crowne como si se tratara de un nuevo Forrest Gump a través de una interpretación tan sosa como revulsiva, mientras que Julia Roberts, en el rol de la maestra resentida, lo hace de manera más compleja a pesar de tratarse de un papel totalmente esteriotipado. Ya ni el uno y el otro son lo que eran. Los tiempos de Tienes un E-mail quedan muy lejanos, al igual que la frescura de la película que, en este caso, brilla por su ausencia.

Filmado sin motivación alguna y apoyándose en un guión plano y falto de sorpresas, da la impresión de tratarse de un telefilm de sobremesa producido con la única intención de cubrir el expediente. Todo suena a manido y cursi. La previsibilidad asoma en cada una de sus edulcoradas escenas. Ni hace gracia (a pesar de intentarlo) ni emociona.

Simplemente, caca de la vaca. Una manera como otra de perder el tiempo.

Por cierto: malas lenguas aseguran que, desde España, se ha interpuesto una denuncia contra los responsables del cartel publicitario debido a que los dos protagonistas van montados en una motocicleta sin llevar los pertinentes cascos. Si ello es cierto, damos tanta pena como la propia película.

9.11.11

La noche más larga

Margin Call arranca justo las 24 horas anteriores al inicio de la caótica crisis económica mundial que ahora nos azota, justo el 14 de setiembre de 2008. Y es que, para narrar los citados acontecimientos, el debutante J. C. Chandor, director de la cinta, se inspira claramente en un hecho real, el de la caída de Lehman Brothers, una compañía global de servicios financieros norteamericana con sede social en el Wall Street neoyorquino que, con sus numerosas y oscuras especulaciones, aparte de hundir a la propia entidad dio paso a uno de los mayores conflictos monetarios y sociales en décadas.

Filmada con un presupuesto mínimo (y casi, casi, ejemplarizante), Chandor se ha rodeado de un grupo de actores mayúsculo, una de las mejores virtudes del producto. Desde Demi Moore a Kevin Spacey, pasando por los más jóvenes Zachary Quinto y Penn Badgley. Todos están perfectos, ninguno de ellos desentona del resto del grupo aunque, en este aspecto, querría destacar la arrolladora presencia de Jeremy Irons (el prepotente líder de la institución) y, ante todo, la controladísima interpretación de Stanley Tucci, el empleado que descubrió en primer lugar los tejemanejes que llevarían al resto del mundo a la bancarrota y, de rebote, a la inestabilidad social.

Capaz de arropar con cierto cariño a los personajes más débiles de la historia y, al mismo tiempo, de tratar con gélida frialdad a los más cínicos y malvados, Chandor se adentra en los vericuetos de una historia a priori complicada (sobre todo para los menos versados en el tema) de forma más o menos asumible. Gestión de activos financieros, inversiones en renta fija, créditos subprime…: una amalgama de términos difíciles de pillar al vuelo que el realizador resume, de modo sublime, en un momento determinado del film, justo cuando Jeremy Irons pide explicaciones del problema de manera sencilla y comprensible.

A medio camino entre el thriller y el melodrama y narrado a lo largo de una sola noche, este es un título imprescindible para adquirir aún más consciencia sobre el convulso momento histórico que nos ha tocado vivir. Con el fin de redondear la función, de pasada también les recomiendo un repaso a Inside Job, un interesante estudio sobre la materia que en la última edición de los Oscar se hizo con el premio a mejor documental.

8.11.11

Y es que tenía que ser la edición número 13...

Por culpa de estar convaleciente en casa con la pata quebrada, me voy a perder unas de las citas anuales que espero con más anhelo, la del Fecinema (Festival Internacional de Cinema Negre de Manresa), que justo inicia su 13ª edición mañana mismo, a las 21 horas, con la proyección de una pequeña joya dirigida por Robert Redford, La Conspiración. Y digo lo de “pequeña joya” con conocimiento de causa pues tuve la ocasión de verla hace cuantos días. En ella, Redford hace una recreación del juicio que se llevó a cabo con los ocho acusados de perpetrar el asesinato de Abraham Lincoln, cargando la tinta en la manipulación que del proceso hacen el gobierno provisional y los militares encargados del mismo. Un film contundente, con una Robin Bright excepcional, que asombra por los paralelismos que entre líneas se pueden leer con el maniqueísmo con el que actúan los políticos de hoy en día. Un dignísimo trabajo para inaugurar un certamen que va creciendo año tras año y cuyos Premios de Honor recaerán sobre dos personajes de vital importancia en el cine español: Álex de la Iglesia y Sergi López.

La sección oficial de cine negro contará con títulos tan atractivos como, entre otros, la esperada Route Irish de Ken Loach, el London Boulevard de William Monahan o el muy psicótico Dernière Séance, un film francés de Laurent Achard que se centra en los movimientos de un cinéfilo convertido en asesino en serie. Como colofón, el domingo y cerrando el certamen, Asesinos de Élite, un thriller adrenalínico con Jason Statham, Robert De Niro y Clive Owen.

Al margen de la sección oficial, el Fecinema ofrecerá una amplia retrospectiva sobre el cine del gran Sidney Lumet en homenaje al desaparecido director norteamericano, así como otro apartado paralelo bajo el epígrafe de “el negro más fantástico” en donde se proyectarán cintas como The Collector, Le Havre o Attack the Block. Para saber más sobre la extensa programación y otras actividades, les emplazo a su página web.

Desde aquí, mi más sincera felicitación a todo el equipo del Fecinema a los que, durante los próximos días, añoraré más que nunca y con cuyo esfuerzo han podido sacar adelante una edición con uno de los presupuestos más bajos de su historia. Sinceramente espero que sea todo un éxito. Os lo merecéis, buena gente. Desde aquí, un beso en la frente a cada uno de vosotros.

Y ustedes, amables lectores, sepan que tienen una cita imprescindible en Manresa del 9 al 13 de noviembre. Les dejo. Voy a llorar mis penas y a poner la pata en alto.

7.11.11

Una terapia peligrosa

Un Papa ha muerto. El Vaticano y sus fieles están consternados. El cónclave ha sido convocado. Tras varias votaciones frustradas en busca de un sucesor, al final se llega a la Fumata Blanca. El nuevo Pontífice ha sido elegido entre los cardenales presentes. Todo parece ir sobre ruedas, pero al tener que salir al balcón para dirigir unas palabras a la multitud allí congregada, al hombre le entra el pánico escénico y decide retirarse acongojado a sus aposentos. Ante la imposibilidad de hacer reaccionar al recién nombrado Pastor Supremo de la Iglesia Católica, se llama a las filas del Vaticano al mejor psicoanalista romano del momento, ateo para más señas, para someterlo a una terapia exprés.

De este modo tan peculiar se inicia Habemus Papa, la nueva cinta de Nanni Moretti quien, para la ocasión, carga con el papel del psicoanalista, cediéndole todo el protagonismo a un deslumbrante Michel Piccoli el cual, a sus 85 años de edad, demuestra estar totalmente en forma. La verdad es que el rol de Papa apesadumbrado es un caramelito para un actor de avanzada edad como él. Con su brillante interpretación logra hacer creíble el temor de su personaje a cargar con el peso de convertirse en la cabeza visible de un tinglado tan gigantesco como el del Vaticano.

Habemus Papa no se trata de una comedia desmadrada, ni siquiera de una crítica destructiva sobre la Institución ni sobre la religión. Es simplemente una sátira sobre un estamento que se ha creído intocable durante muchos (demasiados) años. Incluso aseguraría que, en su propuesta, humaniza a esa caterva de cardenales que forman parte del cónclave, valiéndose para ello del elemento distorsionador que supone la figura del doctor encarnado por Moretti.

Su sentido del humor navega entre la sutilidad y el surrealismo; ese mismo surrealismo del que hacía gala el cine de Fellini, tal y como sucede con el torneo de voleibol que organiza el terapeuta entre todos los cardenales con el fin de hacer más llevadera la espera hasta que se resuelva la situación depresiva del nuevo Pontífice.

Un trabajo diferente, tanto por su originalidad como por su tratamiento; un tratamiento cercano al de una fábula en la que, aprovechando la frustrada vocación de actor del recién elegido Papa, llega a comparar la estructura del Vaticano con la del mundo del teatro. Y es que, en el fondo, tanto actores como sacerdotes viven inmersos en una farsa constante.

3.11.11

El aprendiz de playboy


Crazy, Supid, Love hace gala de un inicio que, dentro del estándar de las comedias sentimentales, hasta resulta original. En él, una mujer casada, con dos hijos y con 18 años de matrimonio a cuestas, le suelta de sopetón a su marido la intención de solicitarle el divorcio. Así, de buenas a primeras y alegando que se ha acostado con un compañero de trabajo. La respuesta del marido, estupefacto ante tal confesión, es bajarse en marcha del automóvil que ella conduce. Una situación patética y al mismo tiempo grotesca que, plasmada con un cínico sentido del humor, parece anunciar una prometedora película.

En realidad, todo se queda en su inicio. De nada vale su espléndido casting (Steve Carrell, Julianne Moore, Ryan Gosling, Marisa Tomei, Emma Stone y Kevin Bacon). Por muy atractivo que sea, su propuesta se queda en agua de borrajas ya que sus dos directores, Glenn Ficarra y John Requa (los mismos de Philip Morris ¡Te Quiero!), optan erróneamente por sacarse de la manga una historia totalmente insostenible con el fin de aguantar sus casi dos horas de proyección: la de la relación que se establece, una vez separados, entre el marido (un tipo extremadamente clásico e incluso timorato) y un joven playboy que se erige en su maestro en el arte del ligoteo. Una relación ésta que pocas diferencias ofrece, salvando las distancias, con las comedias españolas que, en los setenta, protagonizaron gente como López Vázquez o Alfredo Landa bajo la batuta de Pedro Lazaga o Mariano Ozores.

Incluso Crazy, Stupid, Love se me antoja una película truculenta ya que, para llegar a su desatinado final, aprovecha un personaje que aparece esporádicamente a lo largo del metraje y lo inserta bruscamente en el universo del matrimonio a punto de divorciarse y en el del playboy con ínfulas de educador para, con ello, crear un enredo de proporciones gigantescas pero totalmente ridículas.

Una comedieja norteamericana más, en donde los típicos y tópicos se suceden uno detrás de otro y que, en definitiva, sólo sirve para confirmar que Julianne Moore últimamente hace muy bien de Meryl Streep. Y es que ni la presencia de la siempre estimulante Marisa Tomei, en el rol de una maestra de escuela ex alcohólica, logra salvar este título.