18.7.07

Ustedes lo han querido: MIEDO Y ASCO EN LAS VEGAS

En un principio, Miedo y Asco en Las Vegas, la adaptación cinematográfica de la novela homónima y con toques autobiográficos de Hunter S. Thompson, parecía el producto ideal para que Terry Gilliam vertiera su habitual imaginario visual y alucinante en pantalla. Los ingredientes eran perfectos pero, a pesar de ello, al ex Monty Python se le escapó la película de las manos.

Miedo y Asco en Las Vegas denota una falta de guión y de cuerpo argumental que acaba pesando en el espectador. La verdad es que casi no hay historia que contar. Es por ello que la cámara sólo se preocupa de seguir los movimientos y los actos de un par de tipos colgados y enganchados a las drogas y al alcohol que, en pleno 1971 y para cubrir un acontecimiento deportivo en Las Vegas, iniciaron un viaje, a bordo de un descapotable, que les llevaría desde Los Angeles hasta la ciudad de los casinos y las luces de neón. El desmesurado cargamento de estupefacientes y ácidos varios que llevaban, les fue más que suficiente para hacer totalmente llevadera su alucinógena estancia en el lugar.


Uno de ellos es Raoul Duke, claramente el alter ego del autor del libro en que se basa la cinta: un reportero desengañado y pasota, de andares y de movimientos rápidos y siempre dispuesto a catar cualquier tipo de fármaco que le ponga a tono. Un desmadrado Johnny Depp que, precisamente por la manera histriónica con la que lleva a cabo la construcción de un personaje tan desbordado (y con ciertos tics sacados del mismísimo Groucho Marx), se convierte en lo mejor (y más divertido) de un producto con muy poca sustancia.

Su amigo y compañero de viaje es el barrigón Dr. Gonzo, su propio abogado (apellido, el de éste, que abriga un claro guiño al estilo literario adaptado por S. Thompson): un letrado que alterna sus casos judiciales con su desmesurada afición por las drogas y las mujeres. Sí estas últimas son menuditas, menores de edad y se llaman Lucy -en honor al Lucy in the Sky with Diamonds de The Beatles, tal y como ocurre en el caso de Christina Ricci-, mejor que mejor. Un engordado Benicio del Toro se encarga de dar vida al tal Gonzo, aunque su desmedida bufonería interpretativa resulta excesivamente forzada en comparación con el trabajo de Depp. Y es que la figura de ese hombre de letras, se me antoja demasiado fatigosa.

El problema estriba en que no tan sólo el rol de Benicio del Toro es lo más cargante del film, ya que los rocambolescos planos que utiliza Terry Gilliam para retratar los colocones continuos del par de colegas, son de lo más enervante que me he tirado en cara. Planos picados, contrapicados, y grandes angulares a tutti plen, sin un mínimo segundo de descanso: un agresivo festival visual que se hace difícil de soportar durante más de media hora seguida. Y Miedo y Asco en Las Vegas, por desgracia, se acerca a los 120 minutos de proyección. Un par de horas que se basan, única y exclusivamente, en mostrar los viajes lisérgicos de Hunter y Gonzo.

Es cierto que, conociendo el tipo de realización habitual del cine de Gilliam, su esperpéntica planificación podría haber sido la manera más acertada para introducir a la platea en el psicotrónico universo en el que viven inmersos sus dos protagonistas. Lo que en realidad me parece abusivo, es afrontar todo su metraje de este modo y sin intentar ir más allá de las narcotizadas experiencias de éstos.

También es innegable que su escenografía resulta brillante, y que algunas de sus escenas poseen un envidiable puntito de genialidad, como aquella en la que el experto Rob Bottin se encargó del diseño de un grupo de lagartos monstruosos y borrachos, poniéndose a gusto en el bar de un casino. Por otra parte, situar a Raoul Duke y a Gonzo en el mismo hotel de Las Vegas en el que se realiza un congreso de policías y fiscales para debatir sobre el narcotráfico, es una de las ideas más perversas, deliciosas y delirantes del particular mundo del director. La lástima es que se queda sólo en eso: en cuatro esbozos bien trazados y punto.

Un film sobrevalorado, alargado de modo inexplicable y en el que, sus buenas intenciones, se diluyen por culpa de su falta de guión y de una aplastante y crispante puesta en escena. Un esforzado y loable apunte central, sobre aquella combativa generación de los 60 (entre los que engloba al personaje de Johnny Depp) que perdió su fuerza y espíritu de lucha para caer en el desencanto y el abatimiento, no es recurso suficiente para enderezar un producto que se desvía hacia derroteros en exceso caricaturescos, grotescos y repetitivos.

Tras haber charlado hace un mes con el propio Gilliam con motivo del estreno de Tideland, les puedo asegurar que este segundo visionado lo inicié con un cariño especial. Tenía verdaderas ganas de redescubrir un título que, en su día, me pareció abusivo e innecesario. Tristemente, poco (o nada) he cambiado en mi parecer sobre Miedo y Asco en Las Vegas. Pero que conste que lo intenté.



17.7.07

Coma mierda y sea feliz


Don Anderson, el vicepresidente de una gigantesca cadena de hamburgueserías en Norteamérica, la Mickeys Burguers, es enviado al pueblo de Cody (Colorado) para investigar a una potente industria cárnica del condado, sobre la que se abrigan fuertes sospechas de que pueda estar contaminando, con residuos fetales, las hamburguesas congeladas que les sirven. Este es tan sólo el punto de partida de Fast Food Nation, uno de los films más vitriólicos (y, al mismo tiempo, sutiles) de Richard Linklater, uno de los cineastas más reputados y arriesgados de la actualidad que, a pesar de trabajar siempre a contracorriente de la industria establecida, se ha hecho un pequeño hueco en Hollywood.

Fast Food Nation no sólo se centra en esa pasión que el norteamericano medio siente por sus hamburguesas y la comida rápida. Linklater da un vistazo a la parte trasera, derriba puertas y muestra lo que cuesta cada uno de esos bocados: la contratación ilegal de espaldas mojadas por parte de las industrias cárnicas; el discutible control sanitario de sus mataderos y la cínica ignorancia que esgrimen, ante ciertos hechos, sus responsables más directos. Tal y como dice el supervisor de la cadena Mickeys Burguers en la zona de Colorado, “todos tenemos que comer un poco de mierda de vez en cuando”. Y ello lo asevera un genial y fugaz Bruce Willis, mientras devora y se relame con una de sus Big One. La triste filosofía del todo va bien y no hay porque cambiarlo.

Un Linklater sobrio y punzante que, en todo momento, va más allá del fast food y sus satélites. Ello es tan sólo la excusa ideal para darle un par de fuertes mazazos al sistema. Todos saben, pero nadie da un paso al frente para evitarlo. El ciudadano de a pie paga por saborear excrementos entre la carne picada de ternera, al tiempo que se hace el sordo, ciego y mudo, ante los sitios de trabajo usurpados por la inmigración mejicana. Y el Gobierno, mientras el empresario no cause problemas y pague sus impuestos, hace un tanto de lo mismo. Incluso, en alguna que otra ocasión, hasta el mismísimo Presidente, si es necesario, se zampará su pertinente hamburguesa.

Un montón de vidas cruzadas son las armas primordiales que utiliza para construir el compacto cuerpo de Fast Food Nation. Unas vidas cruzadas que poco (o nada) tienen que ver con el estilo impuesto por el desaparecido Robert Altman en este tipo de productos, pues en ningún momento Linklater busca el punto sorpresivo en la unión de sus numerosos personajes. Desde un principio, éste queda bien definido: un pueblo y un par de empresas dependientes la una de la otra.

El desengaño ante la imposibilidad de cambiar una sociedad que se está pudriendo a marchas forzadas, y la posición acomodaticia de aquellos que no desean enfrentarse directamente con la mano que les da de comer (aunque sea caca de la vaca), marcan uno de los mejores títulos de este verano. Mezcla a la perfección la comedia con el melodrama y la tragedia. Su humor es diferente; astuto y penetrante, indudablemente nacido de la mala leche que provocan ciertas verdades ocultas.

La impotencia (asumida) de no avanzar hacia ningún lado; el temor (ilógico) a ser rescatados de aquello que nos oprime y el (alarmante) conformismo de aceptar nuestro oscuro destino, son puntos que quedan perfectamente reflejados en Fast Food Nation cuando, un grupo de jóvenes idealistas, intentan liberar de su encierro a centenares de vacas antes de que las conviertan en picadillo para las Big One; unas vacas que, en su nulidad, optan por quedarse inmóviles, sin traspasar el cercado recién derribado y esperando la fatídica estocada en la nuca.

Greg Kinnear, Catalina Sandino Moreno (la joven protagonista de la interesante María, Llena Eres de Gracia), Kris Kristofferson, Patricia Arquette y Ethan Hawke (actor fetiche del realizador), son tan sólo algunos de los espléndidos intérpretes que intervienen en esta contundente crítica social y política, y en la que la verdad sobre el tan manido y esperanzador American Dream queda perfectamente definida cuando Benny (el gran Luis Guzmán), un tipo que se dedica a introducir ilegales en Norteamérica, obsequia con un par de gigantescos bocadillos de Mickeys Burguers a dos pequeños mejicanos que acaban de pisar, por primera vez en su vida, la tierra de Abraham Lincoln. Sencillamente fastuoso.

16.7.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Puro entretenimiento

Tras ver esa cosa que llevaba por título La Isla, no tenía muchas esperanzas en torno a Transformers, el nuevo trabajo de Michael Bay. La verdad es que, al final y limando ciertas asperezas, me lo pasé pipa con los robotijos transformistas. El ritmo imprimido por su realizador y, ante todo, la inesperada recuperación de un tipo de cine fantástico y de aventuras que estuvo muy en boga en las pantallas de los años 80, han obrado el milagro.

Transformers rezuma el mismo espíritu desenfadado que desprendían películas como Los Goonies, Cortocircuito, Regreso al Futuro o Gremlins. Entretenimiento y sentido del humor al cien por cien, sin coartadas de ningún tipo y siguiendo un sencillo, aunque eficiente, hilo argumental: el del combate de dos razas alienígenas robóticas, iniciado muchos siglos antes y que continúa en la Tierra de nuestros días. La lucha por el poder y el destino del Universo, mantenida por los malvados Decepticons y los honrados Autobots, implicará en la historia a Sam Witwicky, un joven adolescente al que, su recién comprado coche de segunda mano (un Autobot camuflado), le solicitará ayuda para frenar la maldad de sus enemigos y salvar el destino de la Humanidad.

La brillante interpretación de Shia LaBeouf (al que recientemente se le ha podido ver en Memorias de Queens) le otorga una entidad especial al personaje de Sam; un personaje que, sin lugar a dudas, está trazado con el mismo molde con el que se dibujaron aquellos otros jóvenes que, hace un par de décadas, protagonizaron los productos referenciados anteriormente. Vaya, que entre el Marty McFly de Regreso al Futuro (al que daba vida Michael J. Fox) y el tal Sam Witwicky, existe una distancia mínima.

Una cinta trepidante, capaz de rendirle tributo, de manera elegante, a unos juguetes que causaron furor en los Estados Unidos cuando salieron a la venta en 1984, pero a la que, sin embargo, le sobran unos veinte minutos de metraje y unos cuantos helicópteros. Y es que parece que Michael Bay, sin esos artefactos voladores, no es capaz de enfrentarse a un nuevo rodaje por mucho Steven Spielberg que aparezca acreditado en la producción ejecutiva.

Por cierto, me olvidaba. Préstenle mucha atención a Megan Fox: la niña está de rechupete.


Otro entretenimiento, pero en este caso menor e igualmente dirigido al público juvenil, es el que ofrece Geoffrey Sax a través de Alex Rider: Operación Stormbreaker; una distraída nueva vuelta de tuerca al universo de James Bond en versión teenager.

Su protagonista es el tal Alex Rider del inacabable título español: un muchacho que perdió a sus padres en un accidente y que, desde temprana edad, vive al lado del enigmático y viajero tío Ian. Al morir asesinado, descubrirá que la verdadera profesión de éste era la de agente secreto empleado en el MI6 británico. Reclutado por el mismo servicio de inteligencia, Alex recibirá el encargo de terminar la misión iniciada por su difunto pariente: una labor ciertamente peligrosa, en la que una red de ordenadores cargados de un virus letal y destinados de forma gratuita a todas las escuelas del Reino Unido, podrían brindarle, en bandeja de plata, el dominio del país a un villano de claras connotaciones jamesbonianas.

Las presencias, siempre de agradecer, de gente como Mickey Rourke –el estrafalario Darrius Sayle, el malvado de turno-, Ewan McGregor –protagonista de su acelerada aventura inicial- o Stephen Fry –homenajeando, a través de sus gadgets, a un muy particular Mr. Q-, compensan, de largo, la poca entidad que le otorgan, a sus respectivos personajes, el debutante Alex Pettyfer (Alex Rider) y la siempre insulsa Alicia Silverstone.

Un producto sencillo y agradable que, desde la serie B y sin llegar al delirio visual del Robert Rodríguez del primer Spy Kids, está destinado claramente a los más jóvenes de la casa. Y es así como hay que disfrutarlo: con los mismos ojos que ellos y sin buscarle tres pies al gato. Y es que a un servidor le gusta, de vez en cuando y teniendo en cuenta que le quedan menos de tres años para llegar a la cincuentena, sentirse nuevamente picado de acné; aunque sea sólo durante una escasa hora y media.

15.7.07

Más allá de la canción del verano

Qué empiecen a temblar Georgie Dann con su Mecagüentó y la Tata Golosa con Los Micrófonos, pues acabo de descubrir un tema musical que, modernizado y adaptado por el único e incomparable Luis Aguilé, podría convertirse en la verdadera canción del verano.

La clave está en el vídeo-clip introductorio de Santo Contra la Mafia del Vicio, film que el mejicano Fernando Curiel realizara en 1971. Les aseguro que no tiene desperdicio. Filmado en Acapulco, aparte de gozar con la pegadiza cancioncilla, podrán admirar la musculosa figura de Santo El Esmascarado de Plata (marcando paquete) y de las tres macizorras bañistas que le acompañan. Espero que el siguiente YouTube sirva de fuente de inspiración al gran Aguilé.

13.7.07

Barcelona Graffiti

Paseando por Barcelona he observado graffitis de todo tipo y color, pero ninguno igual al que descubrí ayer tarde yendo en coche con mi mujer. Tal fue mi sorpresa ante el descubrimiento, que le rogué a mi esposa que detuviera el automóvil. Antes de que sea borrado por una brigada municipal de la limpieza, un homenaje similar tenía que ser captado por mi cámara e inmortalizado en este blog. Allí, estampado en una pared del Carrer del Perelló, estaba él: el desaparecido Hervé Villechaize, el enano (o gente pequeña, como diría Grissom) protagonista de la serie Isla Fantasía y sicario de Francisco Scaramanga (alias Tres Tetillas) en El Hombre de la Pistola de Oro, uno de los títulos de la serie sobre James Bond interpretados por Roger Moore.

Mis ojos no daban crédito a tal graffitti. ¿Quién estaría detrás de ello y cuales serían sus intenciones?: ¿un fan desconsolado?, ¿una muestra urbana y anónima de apoyo a la gente menuda?, ¿una ofrenda cinéfila a la sin par carrera de Villechaize?...

Sea como fuere, rogaría a su responsable (o responsables) que inicie una colección de murales, por las esquinas de la ciudad, dedicados a nuestros actores más pequeños. Torrebruno, El Fary, James Cagney o Edward G. Robinson, al igual que Hervé Villechaize, también se merecen un lugar en Barcelona.

Han pasado casi 24 horas desde ese magno hallazgo sito en el cruce de Perelló con la Rambla del Poble Nou, un pequeño enclave de la capital, cercano a la Playa del Bogatell y a dos pasos de la Villa Olímpica. Y, a pesar del tiempo transcurrido, aún sigo emocionado. Desde ese instante, la imagen del actor asoma por mi mente cada dos por tres. Es por ello que, desenpolvando viejos uvehacheses, he localizado una de sus intervenciones televisivas más famosas: la que hizo en el espacio Viaje Con Nosotros de TVE y en la que, al lado de un histriónico Javier Gurruchaga travestido de Victoria Prego, encarnó al entonces Presidente del Gobierno Felipe González. Según cuentan, tras visionar el sketch, el propio Felipe González envió una carta de felicitación a Gurruchaga. Aunque su calidad deja algo que desear, y a modo de documento histórico, les dejo con un fragmento de ese programa.

¡Vivan los actores pequeñitos!

11.7.07

Prueba de resistencia

Gust Van Sant tiene problemas. Y los soluciona castigando a su público. Last Days es la prueba fehaciente de ello. Más que una película al uso, es una herramienta de tortura en toda regla. Soportar entera su más de hora y media de metraje, es una prueba de valor y sacrificio por parte del espectador. Según cuenta el propio realizador, está inspirada en los últimos días de vida del que fuera líder de Nirvana, Kurt Kobain, por lo cual entré en el cine conociendo de antemano el final de su protagonista. Tan sólo les avanzaré que me pasé toda la proyección esperando que se pegara el balazo de una vez por todas.

En Last Days no hay guión ni nada que se le parezca. Es tan sólo un puro tormento experimental, narrado sin orden ni concierto, avanzando y retrocediendo en el tiempo y repitiendo escenas sin lógica aparente. Les cuento: de vez en cuando, el hombre decide plantificar su objetivo ante unos helechos durante varios minutos; otras veces se cuelga, cámara en mano, siguiendo los lentos y dubitativos andares de Blake, el personaje principal y émulo del difunto Kobain. Para ello se apoya en los susurros de éste al tiempo que divaga, sin rumbo fijo, por la espesura de un bosque próximo a su caserón o, en su defecto y ya en el interior de éste, observándole mientras se prepara una sopa de sobre o se trasviste en mujer. Cuando está inspirado y con la intención de darle un poco de salsa a la historia, hace que el tal Blake se desplome sobre el suelo para allí, tendido e inmóvil, filmarlo durante un tiempo exacerbante. Luego, al levantarse de sus desmayos, vuelta de nuevo hacia el bosque. Del bosque a la casa y de la casa al bosque: así todo el rato. Un ir y venir crispante que denota la inquietud (aunque ralentizada) del personaje. Vaya, lo que los catalanes llamamos el cul d'en Jaumet.

Los cuatro únicos diálogos que hay también tienen su tela. Diálogos para besugos, pero con pretensiones de algo muy grande, casi inenarrable. Bueno, en realidad, más que diálogos, son frases sueltas, como pilladas al vuelo. Y cuando se cansan de hablar (que se cansan mucho), la cámara regresa a los helechos, a un riachuelo o se entretiene con la fachada del caserón mientras, a todo volumen, suena una atronadora música sin melodía alguna. La pedantería del Van Sant no tiene límites. Pero la paciencia del espectador, SÍ!!!.

Como toque exótico, la Asia Argento (que a duras penas se la reconoce), asoma sus nalgas por debajo de una camiseta. Y se tropieza por la casa con el zombi del Blake, el cual, para no perder la costumbre, se cae de nuevo. Posteriormente, y ya sin enseñar las nalgas, la hija del Dario lo coloca bien puestecito, sentado sobre el suelo y con la espalda apoyada en una puerta. Más tarde, el tipo se desperezará y saldrá a contemplar los helechos de siempre durante muchísimos minutos.

Nada tiene sentido, a pesar de que el alucinado del Van Sant, a través del simbolismo y las segundas lecturas, intenta decirnos algo muy profuso, aunque de perogrullo, que ya se sabía de antemano: la soledad y la incomprensión marcaron la vida del cantante de Nirvana. Y digo yo: ¿para eso es necesario tanto cuento?

De todos modos, y viendo el tratamiento otorgado por el director a los personajes, sólo puedo sacar una (inevitable) conclusión: Kurt Kobain era un tío sucio y piojoso al que le gustaba hablar como el Perro Pulgoso; y los miembros de su grupo musical, también ¡Sólo hay que ver que guarra tenían la casita! Por si fuera poco, bebían, se drogaban, hacían ruido en lugar de música y andaban pasito a pasito como si fueran jubilados ebrios.

Nirvana nunca me gustó. Tras soportar la película, presiento que nunca estuve desencaminado. Me quedo con Sinatra. Éste también se drogaba y bebía, pero al menos era un hombre limpio y su música no me ensordecía.

Si tienen un enemigo al que quieran machacar, aconséjenle ver Last Days. Y el Gus que se vaya buscando otro oficio.

10.7.07

Harry Potter necesita Prozac

Harry Potter está deprimido. Y su guionista también. O, al menos, esa es la impresión que obtuve tras ver Harry Potter y la Orden del Fénix, la quinta, y por el momento, última entrega cinematográfica del personaje creado por la escritora de literatura infantil J. K. Rowling y que se estrena mañana en las pantallas españolas.

Voldemort ha regresado de entre las tinieblas, mientras Potter -por utilizar la magia fuera de la Escuela Hogwarts de Magia y Hechicería, en defensa de su odioso primo Dudley- puede ser castigado con la posible expulsión del centro. Los malos rollos se instalan en su cabeza: la muerte de un compañero de estudios; el recuerdo de sus padres asesinados; la sed de venganza y el desprecio personal al que se ve sometido por el director Hogwarts, tras haberle readmitido éste en su academia, harán que se convierta en un ser triste, gris y solitario.

David Yates, el director, se enfrenta por vez primera al universo de Potter y compañía. Y lo hace de manera pesarosa, un poco amparándose en ese abatimiento que marca al propio Harry Potter. La película, aparte de poseer un ritmo alarmantemente lento, resulta confusa y mal narrada en muchos de sus pasajes. Su falta de consistencia en el guión, hace que se vea dotada de un buen número de personajes en nada desarrollados e innecesarios. Un buen ejemplo de ello es lo que ocurre con la fantasmagórica presencia de Helena Bonham Carter la cual, dando vida a la tentadora y malvada Beatriz Lestrange, parece metida a presión en la historia con la única intención de contar con otro famosillo para dar un poco más de brillantez a sus, ya de por sí, lujosos créditos. Cosas del marketing y de la taquilla, digo yo.

A Harry Potter y la Orden del Fénix le cuesta muchísimo arrancar. Y, cuando lo consigue, se queda a medias tintas. Toda la (teórica) tensión que va acumulando a lo largo de su metraje, explosiona en sus últimos veinte minutos de proyección. Es innegable que, en ese momento, la cinta adquiere un calibre más vibrante e interesante pero, a pesar de intentar remontar esa pesadez narrativa con la ha ido desarrollándose, las situaciones de acción que ofrece en su punto culminante, siguen siendo oscuras y con poca fuerza.

Si algo positivo tiene este capítulo, se localiza en la buena intención de romper un tanto con el clásico esquema argumental definido por los cuatro títulos anteriores. De hecho, la cinta se inicia y finaliza en la ciudad y los subsuelos de Londres, dándole menos protagonismo al ya familiar recinto de la Escuela Hogwarts, lugar en el que se desarrolla la parte central (y más pesarosa) de la misma.

Un prólogo espléndido y prometedor, filmado al aire libre y mediante un tono muy cercano al del cine de Steven Spielberg; una maravillosa y muy visual escena en el interior de una gigantesca y ensombrecida estancia, plagada de estanterías llenas de bolas de cristal, y la delirante presencia de una inmejorable Imelda Stanton en el rol de una patética mujer con ansias dictatoriales, es lo más remarcable de un trabajo que denota el cansancio de una serie a la que aún le faltan dos capítulos por realizar.

Harry Potter ha perdido el sentido del humor y, al mismo tiempo, ese arte casi mágico que enganchó a millones de espectadores de todas las edades. Hay que animar a este chico que se está haciendo mayor a marchas forzadas, aunque sea a base de Prozac o similares. Una visita al psiquiatra no le iría nada mal. Alguien tiene que sacarle del pozo en el que se ha hundido. Y, a buen seguro, siempre que se logre, ganaremos todos de cara a próximos títulos.

8.7.07

Mujeres desesperadas en el Viejo Continente

Resulta curioso que Hostel 2 se haya publicitado y estrenado mejor (y en más salas) que su primera entrega. Curioso y extraño, pues este título no ofrece casi nada nuevo en relación al original. La fórmula es la misma. Sólo cambia el sexo de sus protagonistas principales. Mientras en Hostel se trataba de tres muchachos, yanquis y mochileros, que decidían pasar unas vacaciones estivales en Europa buscando sexo fácil y drogas, en esta innecesaria secuela, son tres chicas las que están dispuestas a disfrutar de un loco fin de semana en Roma.

Tras un prometedor prólogo a modo de resumen del anterior episodio, Eli Roth, su mismo director, sitúa al trío de mozuelas en la capital italiana, lugar en el que se les une una atractiva modelo eslovaca que las convence para dejar Roma y adentrarse en la Europa del Este, instalándose en un tranquilo y reposado hostal de un apacible pueblecito.

Al igual que en Hostel, la apacibilidad de la aldea es tan solo aparente. El escenario es exactamente el mismo en el que vivieron su particular infierno los jóvenes del producto inicial. La historia, siguiendo idénticas coordenadas que el primero, se repetirá paso a paso. Primero, durante una fiesta popular nocturna, desaparecerá el patito feo del grupo; al día siguiente, las otras dos muchachas también caerán en las redes de una desalmada banda que comercia con vidas humanas.

Dejando aparte su curiosa, cínica e inesperada resolución final (a mi gusto, lo mejor de la irregular película), Hostel 2 no sorprende en absoluto. Todo sigue su curso, tal y como puede intuir con facilidad el espectador. Pocas son las novedades argumentales y, las que hay, resultan un tanto forzadas, como ocurre con ese guiño bipartito (y un tanto brutal) a ¿Quién Puede Matar a un Niño? y De Repente, el Último Verano, o con la fallida elección, como personajes secundarios, de dos de los protagonistas masculinos de la serie televisiva Mujeres Desesperadas


En comparación con el primitivo Hostel, se ha suavizado un tanto esa "estimulante" vertiente gore que contenía. Bueno, en realidad, más que suavizarla, ha condensado la mayor parte de su brutalidad visual en una única escena, justo la que inspira el cartel publicitario; una escena en la que una antológica ducha de sangre humana, sobre una atractiva mujer madura y desnuda, provocará el delirio en los más adictos al género y a la serie B.

Y como Tarantino es el tío que pone la pasta, era inevitable, por su parte, la ya casi habitual repesca de un actor olvidado por el gran público. La otrora estimulante Edwige Fenech, una de las musas eróticas de los cinéfilos de los años 60 y 70, ha sido la elegida en esta ocasión. Su papel es nimio y olvidable (la profesora de arte romana); un verdadero visto y no visto, metido a saco, para seguir potenciando la fama de recuperador del director de Pulp Fiction.

Si no han visto la primera parte, seguramente no se aburrirán, aunque dudo que descubran algo que no hayan visto antes en otros productos similares. Un trabajo rutinario, realizado claramente para seguir alimentando a la gallina de los huevos de oro y en el que, por desgracia, falta ese genial toque de tensión y suspense que dominaba la media hora final del Hostel original. De todos modos, les aseguro que menos da una piedra y aquí, al menos, se intenta compensar esa falta de nervio e inspiración con una pequeña dosis (demasiado sutil) de vampirismo y lesbianismo.

6.7.07

Lo irrepetible (II)

Un blanco y negro inolvidable y la tensa sequedad de los violines de Bernard Herrmann atronan en forma de banda sonora. Una noche de tormenta y una mujer al volante de un automóvil de segunda mano. Ella es la atemorizada Marion Crane (Janet Leigh) quien, con la mente llena de arduos pensamientos, se dirige hacia unas luces de neón en las que, bajo la parpadeante lluvia, se puede leer un cartel que reza BATES MOTEL vacancy. La pesadilla acaba de empezar.

Interior del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Kate Miller (Angie Dickinson), ataviada con una larga gabardina blanca, cruza una mirada con el extraño que se ha sentado a su vera para admirar la misma pintura que ella. Vuelve su vista al frente y le observa un momento de reojo. Se trata de un tipo atractivo. La distancia entre los dos es mínima. Tras cruzar sus piernas, se despoja del guante que cubre su mano derecha y deja, a la vista del desconocido, su alianza de casada. Sonriente, le mira de nuevo, pero él se levanta para dirigirse, a paso rápido, a una estancia contigua. Pino Donaggio enfatiza su música y Kate, con una nueva mirada hacia su anillo, sospecha que el hombre se haya podido atemorizar ante su situación civil. Se levanta del banco, su guante cae al suelo y, después de unos momentos de indecisión, inicia el acoso para conseguir al recién llegado. Tres travellings insertados al mismo tiempo y el dominio de la cámara subjetiva, muestran la persecución iniciada por la hambrienta Kate a través de los laberínticos pasillos y salones del museo. El guante perdido jugará un papel decisivo en el juego que acaba de empezar; un juego que irá cambiando los roles de sus dos protagonistas de manera continua: de cazadora a cazada y de cazada a cazadora. Seis largos y explícitos minutos, sin diálogo alguno, que culminarán en un caliente revolcón en el asiento trasero de un taxi amarillo.

Noche oscura. La lluvia cae sin cesar. John Rooney (Paul Newman) está de pie al lado de un automóvil en el que un hombre muerto descansa sobre el volante. Michael Sullivan (Tom Hanks) acaba de aparecer de entre las sombras, portando una ametralladora en su brazo derecho. El arma aún está humeante pues, rodeando a Rooney, en el asfalto mojado, yacen cinco hombres más. “Me alegro de que seas tú”, es la única frase que sale de los labios del anciano Rooney mientras observa fijamente los ojos del que ha de ser su ejecutor.

Exterior noche. Una mano pone en marcha un temporizador adosado a una bomba. Una alegre pareja pasea bajo unos pórticos. El hombre que acaba de programar el artefacto, corre hacia un viejo Chevrolet descapotable y coloca el explosivo en los bajos de la parte trasera para, acto seguido, desaparecer del encuadre. La cámara se desliza hacia arriba y, mediante un plano picado, observamos a la pareja entrar en el automóvil. Éste arranca, y la cámara, por entre los tejados de varios edificios, sigue su trayectoria. Desciende de nuevo a nivel de calle y localiza al Chevrolet, el cual se para en un cruce controlado por un policía. Varios automóviles y un hombre con un carrito cargado de souvenirs pasan ante él. Se pone en marcha otra vez, al tiempo que el intermitente de la derecha inicia su parpadeo. Se detiene en un paso de peatones y deja cruzar a una pareja de transeúntes. Vuelve a iniciar su marcha girando hacia la derecha. Traspasa a la pareja. La cámara olvida al descapotable y se centra en los dos paseantes. Ellos son Ramón Miguel Vargas (Charlton Heston) y su esposa Susan (Janet Leigh). Avanzan contentos por un amplio bulevar definido, a ambos lados, por numerosas arcadas. El coche vuelve a aparecer en escena. Se encuentra parado ante un reducido número de cabras que entorpecen su camino. Ramón Miguel y Susan, a pie, sobrepasan al Chevrolet. Éste, rebasa el impedimento y sigue su trayecto. Se observa mucho movimiento de coches y peatones en la calle. La pareja avanza sonriente hasta que el coche se vuelve a estacionar al lado de ellos. Acaban de llegar al puesto fronterizo entre México y Estados Unidos. Intuyendo que pueden ser norteamericanos, el conductor, sin descender del auto, les pregunta sobre su nacionalidad. Al enterarse que Vargas es un conocido jefe de policía mejicano, uno de los aduaneros le interroga sobre la posibilidad de que se encuentre tras la pista de algún traficante. “Ando detrás de un refresco para mi mujer” es la respuesta de Vargas al agente. Pasan al otro lado de la frontera y desaparecen de plano, mientras el Chevrolet aguarda ante las habituales preguntas de los hombres uniformados para poder entrar en los Estados Unidos. Muestran su pasaporte; el hombre asegura que no tiene nada que declarar, mientras que su joven compañera, algo bebida, advierte un par de veces que está oyendo un extraño tic-tac. Nadie hace caso de su aviso. El automóvil se pone otra vez en marcha y la cámara, desde el lateral, sigue a éste hasta que vuelve a rebasar al matrimonio Vargas. Una vez el coche fuera de escena, ésta se centra en los Vargas quienes, abrazados fuertemente, se disponen a unir sus labios. Una fuerte explosión les saca de su embelesamiento. Hacía menos de una hora que Ramón Miguel no besaba a su esposa recién casada. La colosal música de Henry Mancini se encarga de redondear uno de los prólogos más sublimes de la historia del cine.

4.7.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Cuentistas

A pesar de no tratarse de un film compacto al cien por cien, Shrek Tercero me parece superior, en muchos aspectos, a la entrega anterior que, sobre el ogro verde y principesco, se realizara hace unos tres años. La recién estrenada no parece una película tan dirigida a los adultos como las otras y, posiblemente, por estar enfocada directamente al público infantil, haya recibido -de manera injusta- numerosas críticas negativas.

No negaré que ante Shrek Tercero, y contra toda previsión después de oír tantas voces negativas, disfruté como un crío con zapatos nuevos. La historia es mucho más sencilla que la de la espléndida primera parte, aunque igual de floja e inconsistente que la de la segunda. Pero al menos, en ésta, han sabido repartir mejor la presencia de todos sus protagonistas, cosa que no ocurría en Shrek 2, pues en ella, la novedosa aparición del Gato con Botas neutralizaba demasiado el argumento y a los otros personajes de la trama, centrando la mayor parte de sus chistes en el felino al que pone su voz Antonio Banderas (y de manera brillante en sus versiones originales). El hilo argumental es más o menos lo mismo de siempre: una nueva vuelta de tuerca al mundo de los cuentos infantiles en la que el sempiterno Shrek, acompañado de Burro y el citado Gato con Botas, partirá hacia tierras lejanas con la intención de localizar al joven Arturo, el posible sucesor de la corona en el país de Muy Muy Lejos; una vacante dejada tras la muerte del padre de la princesa Fiona.

La oposición orquestada por el malvado príncipe Charming y la recuperación que hace éste de todos los malvados, habidos y por haber, concebidos directamente por la literatura infantil, es el principal núcleo argumental sobre el que gira este capítulo. Al igual que en los otros dos, los directores y guionistas encargados del mismo, siguen buscando el gag y el guiño cinéfilo en cada una de sus escenas. Algunos de ellos resultan muy tópicos, pero se ven compensados, por ejemplo, por detalles antológicos como el de lograr que un coro de sapos, durante el funeral del Rey de Muy Muy Lejos, entone el Live and Let Die que Paul McCartney compuso para 007 Vive y Deja Morir.

La pesadilla que atormenta al ogro de tonalidades verdosas y en la que se ve reflejado como un estresado padre de familia con centenares de Shrekitos dándole la tabarra; las continuas caídas de La Bella Durmiente causadas por una latente narcolepsia o aquellas escenas en las que Burro y el Gato con Botas ven intercambiados sus cuerpos por la deficiente magia de un decrépito mago Merlín, son buenos ejemplos de las ganas que muestran sus responsables por querer conservar el frescor agamberrado del título original.

Lástima que por el camino -en esa no criticable y en parte lógica infantilización de los personajes y del argumento-, se haya perdido ese tono políticamente incorrecto que, en su primera entrega, sorprendió de manera grata a propios y a extraños. Pero el film, a pesar de ello, tiene una entidad y un magnetismo que otros productos similares querrían también poseer.


Este es el caso, por ejemplo, de la fallida y manida Érase una Vez... un Cuento Al Revés, una coproducción entre Alemania y Estados Unidos que, dirigida por el irlandés Paul J. Bolger, demuestra claramente la falta de inspiración y recursos narrativos de su guionista.

La cinta coincide (es de suponer que casualmente) con algunas de las constantes de Shrek Tres. El reunir, para un mismo fin, a todos los malvados aparecidos en los cuentos infantiles, es una buena prueba de esa concomitancia. La diferencia estriba en que, en el caso de J. Bolger, no hay ni un solo gag que no resulte previsible. La frialdad y anquilosamiento de su animación, el estar plagada de personajes sin entidad alguna o esa sensación de vacío argumental, hacen de Érase una vez... un Cuento al Revés un trabajo aburrido y muy poco estimulante para los más pequeños de la casa.

La idea de partida original es prometedora ya que, la maldad de cambiar el final feliz de todos los cuentos clásicos para otorgarles un trasfondo más dramático, resulta ciertamente interesante. La pena es que incida muy poco (y sin gracia) en ello, centrándose, ante todo, en trastocar la historia de La Cenicienta sin ton ni son y cayendo, en repetidas ocasiones, en una cursilería de la cual, la misma Disney, en sus horas más bajas, se hubiera arrepentido.

¿Qué día empezaremos a afirmar, con la cara bien alta, que el cine de animación vuelve a estar de capa caída? Es innegable que, hace unos años y con la revolución digital, cobró una fuerza que parecía imparable. Pero ese empaque ha desaparecido casi por completo y, a las productoras, sólo los queda la fácil opción de copiarse las ideas unas a otras. De entre el considerable número de títulos de este género que se estrenan al año, tan sólo resultan mínimamente aceptables un par o tres de ellos. Y es que, personalmente, me empiezan a agotar esos homenajes cinéfilos a productos de la última hornada y que, metidos a saco en el metraje, sólo sirven para paliar la falta de origionalidad de sus guionistas. ¡Con lo majos que eran Mickey Mouse, Goofy y el Pato Donald, pardiez!

Y mientras, en Harnas TV, un canal palestino de televisión y dentro de un espacio infantil, un terrorista judío acabó con la vida de Mickey Mouse. No me cansaré de repetirlo: "el universo se expande".

1.7.07

Ustedes lo han querido: NOBLEZA BATURRA

Alguno de ustedes, con total nocturnidad y alevosía, propuso que revisara para esta sección Nobleza Baturra, el clásico de Florián Rey de 1935 que, a su vez, se trataba de un remake del film mudo de idéntico título que realizara, diez años antes, Juan Vila Vilamala.

La verdad es que, tras sufrir íntegramente sus inacabables 80 minutos, se me planteó una duda existencial. ¿Quién narices, hoy en día, verá esta película? Sea como sea, yo estuve obligado a ello. Un vilipendio más a añadir a una larga lista de títulos que, en buena manera y solicitados por ustedes-vosotros, considero una especie de merecido castigo provocado por mis habituales salidas de tono.

No esperen que les hable largo y tendido de la película, pues no pretendo arruinar las cuatro únicas neuronas que aún cohabitan en mi cerebro. Tampoco sacarían nada interesante de mis palabras. Es por ello que, por esta vez y sin que sirva de precedente, evitaré extenderme en la reseña de tal producto; un producto, por otra parte, del que tan sólo cabe destacar el buen oficio de su director. Teniendo en cuenta la época en que se realizó y su evidente falta de medios, Florián Rey logró un trabajo técnicamente eficaz y digno del mejor de los artesanos.

Otra cosa es su guión y la historia que se plasma. Narrada, a medio camino, entre la comedia más mañica y el melodrama más moralista y religioso, Nobleza Baturra se centra en la rivalidad creada entre dos hombres por conseguir a la bella y cantarina Pilarica, la hija de uno de los potentados de un pueblecito cercano a Zaragoza. Uno de ellos es bueno y pobre, un asalariado más del padre de la chica a la que ama; el otro es un terrateniente frío y malvado, el cual utiliza el amor de Pilar como parte de los negocios pactados con el padre de ella. Calumnias y mentiras serán las armas que el muy roñoso empleará para atrapar a la mozuela entre sus redes.

Si tienen la moral suficiente para aguantar casi una docena de joticas y descubrir las aptitudes interpretativas y vocales de la ya mítica Imperio Argentina, ya lo saben: quédense con la copla y revísenla. ¡Qué no les pase ! Además, a pesar del oficio y empeño demostrado por Florián Rey, el celuloide suelta un pestiño a rancio que tumba de espaldas.

Para el resto de los mortales -y con la intención de que se hagan un poco a la idea de cual era el tipo de humor vertido en Nobleza Baturra-, les dejo una escena imprescindible y antológica en la que un baturrico, a lomos de un burro, esgrime su dignidad ante un ferrocarril. Tan sólo les diré que el tema de la susodicha escena era uno de los recursos más usados, durante años, por el genial Luis Sánchez Polack Tip en muchas de sus actuaciones. Para ello, no he podido resistir la tentación de volver a entrar a hurtadillas en el YouTube y colarles el vídeo de abajo.

¡Ridiela!, pues eso. Yo me quedo con el chufla chufla y ese curioso anticipo de humor labriego y cazurro que más tarde cultivara Alfredo Landa.

Juan de Orduña (que en este film daba vida al terrateniente malcarado), en un achaque de añoranza, se puso tras la cámara y dirigió una nueva Nobleza Baturra, con Vicente Parra y a todo color.

Comentario esencial: el título de la citada revisión cinematográfica era también el de Nobleza Baturra. Ahora le habrían colocado lo de Nobleza Baturra II (El Regreso del Chufla Chufla).

Me siento viejo (el tunel del tiempo)

Desde que a mediados de la semana pasada se anunció que el 600 acababa de cumplir 50 años de edad, he entrado en una profunda depresión. Yo, soy un Niño 600: nací dos años y unos cuantos meses después de la fiebre del españolito por poseer tan bello artefacto móvil. Por desgracia, las viejas fotos no mienten. Aquí mismo les dejó un par de documentos gráficos en los que podrán apreciar al pequeño Spaulding con mamá y papá Spaulding. Corrían los inicios de los 60 y la familia Spaulding lucía, con un orgullo supino, tan valiosa propiedad automovilística. Y es que antes del 600 habíamos tenido un Biscouter.

¡Qué tranquilo se vivía a tan temprana edad, sin estrés, ni mobbings y paseando con los papás a bordo de un 600! ¡Qué tiempos aquellos en los que aún no nos martirizaban con lo del cambio climático! Me voy a por la medicación: hoy la necesito más que nunca.