15.5.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Terrorcillos

Tras el título español de El Retorno de los Malditos se esconde, en realidad, la segunda parte del remake de Las Colinas Tienen Ojos que, en el 2006, estrenara Alexandre Aja. Probablemente, ese cambio tan descarado de título, se deba a que el trabajo de Aja, a pesar de tratarse de un film interesante y bien acabado (a mi parecer mucho mejor que la versión original de Wes Craven), no llamó demasiado la atención de los espectadores en nuestro país. En definitiva: un método bastante patatero para disimular los orígenes reales de un producto que ya, de buenas a primeras ( y tratándose de una segunda parte), hubiera ahuyentado a más público del previsto.

La cinta, escrita y producida igualmente por Craven, arranca justo al final y en el mismo escenario de la entrega anterior; o sea, en esa parte del desierto californiano que, durante varios años, fue machacada por el ejército norteamericano con numerosas pruebas nucleares. En esta ocasión, una unidad de marines se acercará al lugar para entregar cierto material a un grupo de científicos allí instalados. La sorpresa de los militares será mayúscula cuando descubran que no hay ni un sólo humano en el lugar; sólo el equipo pertinente y las tiendas de campaña. Muy cerca de ellos, un grupo de mutantes sanguinarios acechan desde su escondite.

Al pasar la realización a manos de un tal Martin Weistz, la corrección con la que Aja afrontó el título anterior desaparece por completo. Aquí no existe ningún tipo de crescendo narrativo. Todo tiene el mismo tono, incluidas las interpretaciones de sus insípidos actores (la mayoría de ellos desconocidos y procedentes de la televisión). El gore dosificado que vertía Las Colinas Tienen Ojos (2006), aquí se convierte en un festival inexcusable de sangre y vísceras. Y, al estar filmada, en su mayor parte, en el interior de lo que significa una oscura mina –enclave por el que pululan los alopécicos habituales de la serie-, El Retorno de los Malditos acaba convirtiéndose en un cruce insoportable y forzado entre The Descent y Aliens.

En definitiva: un cúmulo de despropósitos (a cuál más descabellado) al servicio de una secuela que nunca tendría que haberse filmado. Una película de lo más zetoso y falso que, por suerte, no sobrepasa la hora y media de metraje.


Otro que llega a la pantalla grande con sus terrores a cuestas es Nacho Cerdà, un barcelonés que, tras una amplia carrera como cortometrajista, debuta finalmente en el campo del largometraje con Los Abandonados. Presentada en la última edición del Festival de Sitges y no muy bien acogida por la crítica y público asistente, la película se resiente, ante todo, de su alargadísima parte final, de la que, tras haber caído en un bucle narrativo y para desespero total del espectador, su realizador demuestra no saber cómo salir de él.

La cinta es el clásico producto de la Fantastic Factory, con el hombre del puro al frente de la producción (Julio Fernández). La historia -bastante incomprensible, por cierto- muestra los avatares de una mujer que viaja hasta un espeso bosque ruso (aunque, en realidad, haya sido rodada en Bulgaria) para enfrentarse con su ignoto pasado y, al mismo tiempo, cobrarse una herencia, en forma de viejo y destartalado caserío, que le ha dejado una madre a la que jamás llegó a conocer. En ese sombrío espacio -de laberínticos pasillos y numerosas habitaciones-, dará de bruces con un tal Nikolai, un tipo que afirma ser su hermano de sangre. Por si fuera poco con tal descubrimiento, ambos empezarán a cruzarse con sus propios clones. ¡Tela marinera, creánme!

Ni guión, ni diálogos naturales, ni tensión, ni nada de nada. Un puro desenfreno en el que su director mete a presión, y sin ton ni son, todos los tópicos habidos y por haber en el género. Noches de tormenta, niebla, ventoleras huracanadas, casas con vida propia, fantasmas del pasado, falsos sustos... Todo lo imaginable (y más) tiene cabida en una espiral (pretendidamente) diabólica que, finalmente, no conduce a ninguna parte. Y es que, con cuatro efectos especiales de baratillo y alguna que otra escena de tintes desagradables, es imposible hacer una película mínimamente digna.


Es una pena que Nacho Cerdà se haya desvirgado en esto de los largos con una nimiedad como Los Abandonados. Y más teniendo en cuanta que, hace unos cuantos años, sorprendió a propios y extraños con el espléndido Aftermath, un tenso y necrófago corto en el que un depósito de cadáveres se convertía en su principal foco de atención.

Por cierto: supongo que "los abandonados", en este caso y vistos los resultados, deben haber sido sus guionistas.

14.5.07

Annie Lloll

Hace tiempo que pensaba emigrar fuera de Catalunya para no tener que aguantar, de vez en cuando, a Lloll Bertran, una de las actrices más insoportables e histriónicas que pulula por los escenarios teatrales y la televisión catalana. No saben lo tranquilos que viven fuera de aquí, por ejemplo en Cáceres, Albacete o Murcia, tanto da; la cuestión es poderse alejar de esta mujer quisquillosa y de voz insultantemente aguda. No me avergüenza, en absoluto, reconocer en público que no puedo con ella: es superior a mí.

Posiblemente, algunos de ustedes (seguro que una minoría), ya hayan sufrido su presencia por culpa de Ventura Pons (¡otro que tal, con ese careto de muñeco de ventrílocuo que me pone!), pues este realizador, con total nocturnidad y alevosía, colocó a la Lloll de protagonista en sus primeras comediejas.

Su paso por el cine parecía algo ya prehistórico, superado totalmente, pues desde el 92 no ha hecho nada más en este medio. Al menos, los cinéfilos de una pequeña porción del mundo, hemos tenido 15 años de tranquilidad sin la Lloll en una pantalla grande... ¡hasta hoy!, pues Woody Allen la ha fichado para un papel en la película que filmará, este verano, entre Barcelona y Asturias.

¿Un ataque de senilidad por parte del realizador de Annie Hall? ¿Una broma de mal gusto urdida por ciertos medios de comunicación? Sea como sea, si es cierta la noticia, que Tutatis les pille confesaos a todos aquellos que no tenían el placer de conocerla. Espero que sea un papel muy cortito... y, a ser posible, de figurante.

13.5.07

Del celuloide al papel

Ediciones Carena acaba de lanzar al mercado una nueva colección de libros sobre el mundo del cine, orquestada por el prestigioso Ruiz de Villalobos. Tom Cruise: Nacido el Tres de Julio es el título que, escrito por el barcelonés Marc Servitje, inaugura lo que será una surtida selección de estudios sobre variopintos aspectos del Séptimo Arte. En medio año, ya estará en las librerías una segunda entrega que analizará la figura de Martin Scorsese, uno de los realizadores más influyentes de la actualidad cinematográfica.

Ensayos tan distintos como los de una revisión sobre el cine musical español o la profundización en torno a nombres tan dispares como los de Oliver Stone, Javier Bardem y James Cameron, entre otros muchos, irán conformando lo que se ha dado en llamar la “Colección Cine”.

La lectura del primero de ellos -el dedicado a Cruise bajo el subtítulo de un mito en la industria de Hollywood- resulta sumamente agradable y entretenida, pues su autor se muestra ágil en sus planteamientos y va al grano en todo momento, consiguiendo acercar, de manera muy fresca al lector, las vivencias personales y profesionales de un actor que se ha ganado más de una antipatía debido a su proclamada ideología religiosa y a su desmesurado afán por controlar todo cuanto le rodea.

Denle una oportunidad a esta recién estrenada “Colección Cine” de Carena. Creo que, al contrario que otras colecciones similares (mucho más ampulosas y dirigidas a un público más especializado), ésta está enfocada a divulgar los entresijos del cinematógrafo desde una óptica más abierta y popular.

EN RESUMIDAS CUENTAS: planicies narrativas en ciudades deshumanizadas

Con tres largos años de retraso llega a España Keane, un film independiente que viene avalado por la producción de Steven Soderbergh y por una excelente reputación de la crítica internacional. Su director es un tal Lodge Kerrigan, un neoyorquino que, con ésta, firma su segunda película; uno más de esos experimentos con los que tanto disfruta su productor: una introspección al interior de la mente de un hombre que acaba de perder a su hija en una terminal de autobuses.

Sin apenas diálogos y filmada cámara en mano, el objetivo de ésta sigue constantemente a su protagonista en la búsqueda esquizofrénica de su pequeña. El deambular sin rumbo por las calles de Nueva York y la plasmación de la locura que va apoderándose de un padre desesperado, son los dos primordiales (o, mejor dicho, únicos) focos de atención de Kerrigan. La alegría de la huerta, vaya.

Aparte de la perfecta actuación de Damian Lewis –quien lleva, casi en solitario, toda la carga interpretativa del film- y de las buenas intenciones volcadas en mostrar el dolor que provoca la pérdida de un hijo, Keane acaba convirtiéndose en un trabajo repetitivo y aburrido. La falta de diálogos y el mínimo apoyo de un guión prácticamente inexistente, hacen de éste un título difícil de digerir.


Con muchos puntos de contacto con Keane -sobre todo estéticos y narrativos-, el vasco José María de Orbe se estrena tras la cámara con La Línea Recta, una película filmada en Barcelona y cuyo único interés reside en la magnífica interpretación de Aina Calpe, una joven promesa mallorquina que, procedente del mundo del teatro catalán, hace también sus pintos en la pantalla grande. Y, la verdad, es que esta chica se merecía un debut cinematográfico mucho más estimulante que éste.

Al igual que el film de Kerrigan, está filmado cámara en mano, aunque (lógicamente) cambiando el escenario neoyorquino por el de las calles y alrededores de la ciudad condal (y siempre buscando exteriores desoladores). Dotado de una aspereza visual y narrativa un tanto tediosas, el producto hace honor a su título, pues esa línea recta a la que se refiere es similar, por su nimio y reiterativo tratamiento conceptual, a un encefalograma plano. O sea: 95 minutos de pura aridez -llenos de planos muertos e inacabables-, en los que únicamente se muestra el devenir diario de Noelia, una chica solitaria y un tanto autista que, encerrada en su particular y vacío universo -y ante un futuro incierto-, irá saltando de un empleo a otro.

La práctica constante del bostezo está garantizada para el espectador.

10.5.07

El día en que la Kidman se colgó del Chewbacca

Retrato de una obsesión está basada en el libro que escribió Patricia Bosworth sobre la vida de la fotógrafa neoyorquina Diane Arbus; aunque más que una biografía propiamente dicha, se trata de una serie de elucubraciones (un poco sin pies ni cabeza) sobre los sueños y fantasías que se podrían haber albergado en la mente de la prestigiosa artista. Dirigida por Steven Shainberg, la cinta, aparte de aburrida y vacía, rezuma un olorcillo a pedantería que tumba de espaldas –cosa que no es de extrañar si se tiene en cuenta que se trata del mismo realizador de Secretary-.

Ambientada poco tiempo antes de que Diane Arbus se convirtiera en una reputada fotógrafa, la película se centra, ante todo, en la crisis matrimonial que acabó destruyendo su unión con Allan Arbus, un famoso retratista al que ella ayudaba en sus tareas profesionales. La amargura de sentirse un cero a la izquierda, sumada a la imposibilidad de hacer realidad su latente creatividad, harán que cada vez se distancie más de su marido. Involuntariamente absorta por sus tareas domésticas y por el cuidado de sus hijos, encontrará una válvula de escape con la llegada de un nuevo vecino.


El conejito de la Alicia de Lewis Carroll hará su aparición en la cabeza de Diane, haciéndole vivir una impensada historia de amor con Lionel Sweeney, el recién llegado; un tipo misterioso, que anda a hurtadillas por el inmueble portando una máscara que no deja adivinar su rostro. Y es que, tras sus disfraces a lo Hombre Elefante o Tortuga Ninja, se esconde un ser tocado por una extraña enfermedad: un mal que hace que el pelo de su cuerpo crezca de manera desorbitada. Vaya, que en pelota picada, Chewbacca, a su lado, es una pura nimiedad. Y como el tío es un perezoso, en lugar de afeitarse diariamente o depilarse de vez en cuando, opta por quedar cubierto de pelo por todas partes.

Mucha fantasía y alucinaciones varias, pero de la posterior carrera profesional de Diane Arbus apenas se menciona nada. Ni mu. La verdad es que, por lo que cuenta el film, en lugar de fotógrafa podría haber sido propietaria de una tienda de legumbres cocidas o castañera. Al realizador sólo le interesa mostrar las frustraciones de una mujer que quiere dejar de ser marujona para dedicarse a otros menesteres más satisfactorios y, al mismo tiempo, buscarse otro maromo que no sea el soseras de su marido. Y como eso ya se ha visto tropecientas veces en una pantalla, el amigo Shainberg se las da de listo y coloca a su protagonista femenina en medio de un universo plagado de citas cultas.

Referencias y guiños culturales hay un montón: demasiados y totalmente forzados, como ese infantiloide homenaje a la mítica La Parada de los Monstruos. Pero, en cambio, el guión brilla por su ausencia, ya que éste lo va supliendo con múliples sandeces. Está claro que, para acercarse al mundo onírico del maestro Fellini, se necesita algo más que la presencia de enanos y seres extraños.


La Kidman sencillamente está ahí. Su presencia física se nota. Y punto. Ni bien, ni mal. Y es que a ella le encanta que, de vez en cuando, la llamen para un producto de coordenadas teóricamente intelectuales como éste, por muy peludo que vea el asunto. Para una actriz de su talla, eso siempre da esplendor... a pesar de que, para ello, tenga que depilar, de los pies a la cabeza, al pobrecillo del Robert Downey Jr antes de encamarse con él... Y que conste que digo lo de pobrecillo porque, durante el rodaje, el hombre debió sufrir unos calores tremendos, tanto por los sacos y capuchas que le encasquetaron, como por la inmensa y tullida pelambrera que luce cuando se despoja de su ropa para echar un quiqui. No me extraña que, interviniendo en productos como éste, después se meta un poco de todo en su cuerpo.

Como bien demuestra su cartel original (lo único realmente majo de este despropósito), Retrato de una Obsesión no es más que una inmensa y consciente tomadura de pelo. Y es que esa maquinilla de afeitar, perfectamente delimitada y delineada, no engaña a nadie; ni el barbero de mi barrio, don Manolo, hace unos rapados tan perfectos como los de Shainberg (y eso que Don Manolo es un manitas). Dicen que quien avisa, no es traidor. Y este póster habla por sí mismo.

9.5.07

Spider-man 1 + Spider-man 2 = Spider-man 3

Spider-man y Sam Raimi se han encallado, pues la tercera entrega sobre el héroe arácnido de la Marvel no ofrece nada nuevo al espectador con respecto a las anteriores. Parece que, para afrontar Spider-man 3, el realizador haya construido una especie de bricolaje con varios de los conceptos ya expuestos en las dos primeras, con lo cual, a mi entero parecer, se me antoja excesivamente reiterativa.

Es más: diría que, aparte de repetitiva, resulta aburrida, ya que, en todo momento, antepone el efecto melodramático por encima de la espectacularidad de sus escenas de acción. Haberlas, haylas, pero con demasiados tiempos muertos (e innecesarios) entre ellas. Una curiosa contradicción, pues esto ocurre precisamente en el capítulo que más atención se ha dedicado a sus (perfectos) efectos especiales. De hecho, en este momento, Spider-man 3 es el film más caro de la historia del cine.

Las únicas novedades argumentales destacables se encuentran en ese anunciado lado oscuro del héroe (muy forzado y mal explicado) y, ante todo, en el enfoque de la relación entre Peter Parker (el alter ego de Spider-man) y su novia, Mary Jane Jackson, tras que ésta descubriera su doble personalidad. El resto es más de lo mismo, empezando por la rivalidad creada entre el protagonista y el vengativo hijo del Duende Verde, Harry Osborn, quien, siguiendo los pasos de su progenitor, evocará las peripecias de éste para deshacerse del hombre araña.

Y como parece que un único villano por film no es suficiente para las ambiciones del Hollywood actual, Raimi carga las tintas de su producto con dos tipos perversos más. Uno es el hombre que acabó con la vida de su tío y, el otro, un fotógrafo resentido que, tras sentirse humillado por Parker, planeará la muerte de éste. Demasiados conceptos dispares -y no muy bien agrupados- para que el relato quede bien hilvanado.


Siempre me he considerado un defensor (a capa y espada) de los dos primeros títulos de la serie, ante todo del segundo, el cual hacía gala de un guión excelente que, en este caso, se echa de menos. Quizá sea por ello que esta entrega me haya defraudado tanto. Esperaba mucho más de un Sam Raimi que, por desgracia, parece haberse acomodado demasiado -y de manera fácil- con el personaje, olvidándose de trazar una historia bien definida y conformándose, tan sólo, con mostrar, una y otra vez, las mismas escenas de siempre. Al final, uno acaba cansándose de aquellas (bien) filmadas secuencias en las que Spider-man, a modo de Tarzán urbanita, va saltando de rascacielos en rascacielos. Y más si Tobey Maguire -por vez primera desde que dio vida al personaje-, da la impresión de no encontrarse muy cómodo en su papel.

De todos modos, es innegable que, a pesar de sus defectos, la cinta posee momentos únicos y dignos de un cineasta que (cuando quiere) sabe poner la cámara adecuadamente. Un buen ejemplo de ello se encuentra en el momento en el que el superhéroe debe salvar a una mujer que, por culpa de una grúa desbocada y colocada en lo alto de un gran edificio, está a punto de caer al vacío.

A veces, la informática, un excelente montaje y un director con garra, hacen maravillas. La pena es que se olviden del guión. Para muestra, un botón.

8.5.07

Ustedes lo han querido: SOR CITROEN

Ingrid Bergman, Audrey Hepburn, Julie Andrews y Deborah Kerr, entre otras grandes damas del Séptimo Arte, interpretaron, en alguna ocasión, a una religiosa a lo largo de sus dilatadas carreras profesionales. Incluso hasta en un par de veces, tal y como ocurrió en el caso de la última, Deborah Kerr. Pero ninguna de ellas fue tan salada y pícara como Gracita Morales cuando dio vida a la monja hispana por excelencia, Sor Citroen. Desde que Pedro Lazaga realizara la película en 1967, la mayor parte de españolitos de una generación concreta, al ver un Dos Caballos circulando por las calles, pensamos instintivamente en la peculiar motorización de la Hermana Tomasa.

Y es que, para más señas, la Hermana Tomasa es el nombre religioso que se oculta tras ese mote tan pintoresco de Sor Citroen; el sobrenombre adquirido por esa Gracita Morales que, tras luchar contra viento y marea por conseguir el carné de conducir, y para desgracia de Rafael Alonso -el señor ingeniero y examinador de la monjita-, logra aprobar después de múltiples y accidentadas tentativas. Por el camino queda un tenderete de melones barrido por los suelos y un repartidor de leche a punto de ver arrollada su bicicletra. ¡Por poco, la muy Santa, nos deja sin el Señor Lechero, pardiez!

Pero Sor Citroen no pasa de la pura anécdota y de tres chistes más o menos graciosos. La salsa de la propia Gracita Morales (con esa voz aguda capaz de desmoronar al más pintado) y el buen hacer de la inmensa Rafaela Aparicio –la comparsa religiosa de la hermana Tomasa- ayudan, sin lugar a dudas, a una mejor digestión de una de las películas más rancias y ñoñas de la cinematografía española. Ellas dos, ataviadas con sus respectivos hábitos, fueron la imagen más cercana (pero en femenino) que se consiguió, desde España, de Stan Laurel y Oliver Hardy. El resto es infumable. Indiscutiblemente se trata de un producto que ha pasado a la historia nacional sólo por su título; un título tan popular que, entre otras cosas, ha llegado a generar hasta una bitácora: el blog de la Sor Citroen.

La historia de la películoa es simple; muy simple. Y presuntamente didáctica y moralista (por no decir patética), pues el afán de nuestra monjita por poder conducir un Dos Caballos es con la única y sana intención de pasear a las niñas del orfanato en el que presta sus servicios. Con el automóvil, acercará a las pequeñas hasta la institución benéfica dirigida por el padre Jerónimo (fabuloso Juanjo Menéndez), lugar en el que una de sus niñas, la Luisi, tiene hospedado a su hermano menor. Y es que, en aquellos tiempos, no estaba permitido que niños y niñas conviviesen en un mismo centro. ¡Qué buena es Sor Citroen! Incluso llega a arriesgar su carrera religiosa cuando, entristecida por el sufrimiento de los dos hermanitos separados, realiza un acto piadoso volviéndolos a juntar. ¡Pero qué rebuena es Sor Citroen!


Pero, a pesar de esa aparente santidad que se esconde bajo los ropajes de la hermanita, ésta nos ha salido un poco carca y machista. Vaya, de lo que ahora tildaríamos de incorrección política. O, mejor dicho, en el caso de Sor Citroen, directamente de facha y retrograda. La mujer, durante sus largos y angostos peregrinajes por barrios madrileños, en busca de limosnas para el bien de su orfanato, topará de frente con una feligresa maltratada brutalmente por su marido. Moretones por todo el rostro y cuerpo son pruebas, más que fehacientes, con las que demostrar las palizas diarias que recibe por parte de su esposo, Don Santiago, el pescadero del barrio. Ante los lógicos lamentos de la pobre mujer, Sor Citroen hace oidos sordos, y apuesta a que no debe estar cumpliendo bien con su hombre para que éste se ensañe con ella de esa manera. A pesar de las evidencias, le pide paciencia y le recomienda rectificar la actitud con su pareja. Y acto seguido, en lugar de acudir a la comisaría para denunciar los hechos, se planta ante la pescadería del tal Santiago (que no es otro que el mismísimo Alfonso del Real in person) y le solicita, de manera muy suave, que deje de darle de hostias a su consorte. El tendero, ante la hermana, se disculpa avergonzado, aunque le asegura que se ha casado con una inútil, añadiendo -con toda la tranquilidad del mundo- que, si de vez en cuando se le va la mano más de lo necesario, es debido a que ella no sabe ni cocinar ni planchar. Así, tal cual, a lo bruto. Ahí queda todo. Y la única que sale ganando con todo este episodio de violencia de género es nuestra espebilada monjita, la cual sale a la calle, para montar de nuevo en su Dos Caballos, portando entre sus manos el regalo y la penitencia de Don Santiago: un inmenso besugo.


Ciertamente, es muy triste repasar un título como éste y descubrir de qué modo tenían que ganarse la vida los actores y actrices de esa época. José Sacristán, José Orjas, Mari Carmen Prendes, Antonio Ferrandis o Margot Cottens, entre otros muchos, se veían obligados a aceptar estas pequeñas colaboraciones, a cuál más disparatada, para poder llevarse algo a la boca. Suerte que, de vez en cuando, cineastas más dignos como Bardem o Berlanga, les brindaban magníficas oportunidades a muchos de ellos, como ocurría, por ejemplo, con uno de los mayores histriones de nuestro cine: un José Luis López Vázquez que, en esta ocasión (y más pasado de rosca que nunca), daba vida a un quincorro, de aspecto "acantinflado", al que intenta redimir, durante todo el metraje, la lanzada Sor Citroen.

El spanish show estaba servido: un toque de comedia de lo más simple; cuatro tópicos amontonados sin ton ni son; un mucho de religión y de actos piadosos y, como complemento, una desagradable pestilencia reaccionaria que tiraba de espaldas. Así era buena parte del cine español de un tiempo muy concreto. No había otra cosa, excepto el encontrar la gloria en el esmerado servicio de bar en el hall.

7.5.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Las dos joyas de la cartelera

Zhang Yimou se ha superado a sí mismo y con La Maldición de la Flor Dorada ha conseguido el trabajo más compacto de su filmografía. Siguiendo con el estilo estético y temático iniciado en Hero y La Casa de las Dagas Voladoras, aunque conservando, en parte, ese tono intimista que le caracterizó en sus primeros títulos, el realizador chino se ha embarcado en una magnética historia en la que mezcla, de manera magistral, el folletín con el cine de acción y las intrigas palaciegas.

La Maldición de la Flor Dorada recrea el mal ambiente que se vivía en el Palacio Imperial de la Dinastía Tang Posterior, en el siglo X. Las confrontaciones entre el Emperador y su segunda esposa, sumadas a la tensión establecida entre sus propios hijos, tan sólo serán el inicio de una confabulación política para derrocar al primero. Odios, rencores, adulterios, incestos y pócimas envenenadas, colocarán al espectador en medio de una tragedia de tintes shakesperianos, en la que destaca su exuberante y espectacular planificación visual y estética y el brillante trabajo de una insuperable Gong Li. Ella, en el film, da vida a la torturada Emperatriz Phoenix, mientras que el también popular Chow Yun-Fat (en el rol del Emperador Ping), a pesar de su excelente composición, queda un tanto deslucido al lado de la fuerza interpretativa de su compañera.

Ríanse de los numerosos y violentos combates de la interminable 300 pues, en este caso, Zhang Yimou -aparte de ese aspecto más doméstico y trágico, ambientado en el interior de los salones del Palacio Imperial- ha orquestado una media hora final digna del mejor cine de acción. Una única batalla -en la cual intervienen centenares de guerreros- y varias escaramuzas aisladas (en las que tampoco faltan los efectos especiales digitalizados), logran superar (muy por encima) la media con la que Zack Sneider afrontó sus múltiples escenas de acción espartana.

Un excelente análisis de la maldad humana y de la salvaje corrosión de una familia. Una obra inteligente que afianza definitivamente a Yimou como uno de los mejores realizadores orientales de la actualidad. Una maravilla con regusto a cine clásico del de toda la vida.


De temática y nacionalidad totalmente distintas, también está en cartelera otra joya en bruto a valorar: La Segunda Noche de Bodas; una comedia con toques emotivos, muy cercana al espíritu de trabajos como Cinema Paradiso o El Cartero (Y Pablo Neruda). De hecho, mediante su cuidada y bella banda sonora (debida al gran Riz Ortolani) y algún que otro pasaje en concreto, el italiano Pupi Avati hace varias referencias a los dos títulos citados.

La posguerra en Italia de nuevo reflejada en el cine de ese país, aunque alejándose un tanto del neorrealismo con el que los grandes maestros afrontaron el tema y a los que, un Avati extremadamente sutil y respetuoso, lanza un guiño satirizando el posible y oscuro modo en que algunas de esas grandes obras fueron financiadas.

Un pequeño pueblo de Puglia será el enclave ideal para que el realizador desarrolle su tierna y divertida historia; un minúsculo enclave en el que, días después de finalizar la Segunda Guerra Mundial, la miseria se hace más llevadera que en las grandes ciudades, y en donde el estraperlo aún es una palabra por descubrir. Allí vive Giordano, un hombre bueno, aunque algo tocado del ala, que invierte todos sus días en la busqueda y desactivación de las bombas que han quedado sin explotar por la zona, al tiempo que comparte una vieja casona con sus dos refunfuñonas hermanas. Entre estos tres personajes y la aparición de una cuñada a la que daban por desaparecida, transcurrirá una bella, emotiva y a veces tensa relación cuadrangular.

Un film honesto y delicado. Una película entrañable que no hay que dejar escapar, en la que el humor –perfectamente dosificado- se baraja con los sentimientos más íntimos. Una gozada: cine en estado puro. Y, atención, ante todo, a Antonio Albanese, el fabuloso actor que da vida al bonachón Giordano, un hombre de la misma escuela y con los mismos recursos interpretativos que el desaparecido Jacques Villeret, el protagonista -entre otras- de La Cena de los Idiotas.

5.5.07

Una proposición indecente

¿Se acuerdan ustedes de Álvaro Vitali, ese excelso actor italiano que en su época de máximo esplendor, durante los 70 y 80, participó en una serie de películas en las que dio vida a un rocambolesco personaje que atendía por el nombre de Jaimito? Bueno, en realidad, su nombre, en las versiones originales, era casi siempre diferente (desde Pierino a Peppino, pasando por Beccafico), pero por esas extrañas cosas del doblaje y el marketing español, aquí le encasquetaron el de Jaimito.

Jaimito: un adolescente calenturiento y un tontolculo integral. Para aquellos que no conozcan la magna obra cinematográfica de ese actor (desde finales de los 90 relegado, en su país, a rancias colaboraciones televisivas), y para que se hagan un poco la idea del tipo de productos que lanzaron a la fama a su popular personaje, les citaré algunos de sus títulos más preciados: La Estudiante, el Rector y Jaimito el Playboy; Jaimito y la Enfermera Arman la Guerra en el Hospital; Jaimito el Chulo; Jaimito Contra Todos y Jaimito Delantero Centro.

Creo que ahora, a principios del siglo XXI, sería el momento ideal de recuperar a ese mentecato que, con tanta arte y pasión, creo Vitali. Para ello, teniendo en cuenta la madurez de un actor que ya sobrepasa la cincuentena, valdría la pena que se tratara de una cara nueva, en el mundo del cine, quien resucitara la figura de Jaimito.

Creo haber descubierto al actor ideal, y con todas las constantes perfectas, para interpretar a un botarate baboso, calentorro y despreciado por su entorno más directo. De hecho, ni tendría que actuar demasiado para dar credibilidad a las andanzas de ese anti héoe italiano por excelencia. Es más; por primera vez, Jaimito sería muy nuestro: un español de pura cepa. Hijo de torero y tonadillera. Un joven al que hay que separar con urgencia de sus malas compañías.

Por favor, señor productor: si usted está leyendo estas líneas, busque y contrate lo más rápido posible a Paquirrín. Con él, en el rol del nuevo Jaimito, a buen seguro conseguirá un éxito taquillero sin precedentes que, al igual que ocurrió en la época dorada de Vitali, podría convertirse en una larga saga que aumentaría su ya envidiable fortuna. Usted, señor productor, alcanzaría con ello un estatus jamás soñado con anterioridad, al tiempo que haría una gran obra de caridad. Piense que, con ese millonario contrato, salvaría de la calle, la droga y los prostíbulos a un pobre ser indefenso al que sus propios amigos maltratan constantemente. Títulos como Jaimito, la Fiera del Lupanar o Jaimito, un Crack Para el Real Madrid, harán de su empresa todo un imperio.

3.5.07

Científico, conquistador y viajero astral

Fue acabar La Fuente de la Vida y encenderse las luces de sala, que un servidor se había quedado estupefacto. Atónito. Con la boca abierta de par en par, sin poder decir ni mu. ¿Qué rayos acababa de ver? ¿Qué narices diría en la página sobre esta película del Darren Aronofsky, el mismo tipo que se atrevió con Pi?

Una vez en la calle, y cavilando aún sobre como enfocar la crítica, recordé que en el bolsillo de mi americana llevaba una pequeña grabadora. ¡Eureka! Era el momento propicio de utilizarla. Miré a diestro y siniestro, buscando una víctima a la que interrogar sobre el film pues, ante un producto como éste, que otro se estruje las neuronas por mí. Un tío greñudo y con gafas de pasta pasó por mi lado, lanzándome una amenazadora mirada; de esas miradas tras las que se esconden un claro “no te atrevas ni acercarte a mí”. Le leí el pensamiento y dejé que se fuera, calle arriba, con El País colocado bajo la axila derecha. Seguramente, la opinión de ese personaje aún hubiera colapsado más mi menguada capacidad de raciocinio.

De pronto, ante mí, aparecieron un hombre y una mujer, ambos de unos 60 años y cogiditos del brazo. Él era un tipo larguirucho y calvo; ella era toda una matrona, de las de antaño, bajita, regordeta y de mofletes colorados. Me aproximé a ellos con la grabadora conectada.

- Por favor, ¿podrían darme su opinión sobre la película que acaban de ver? – les acerqué el micro y ella, al momento y con total soltura, se apalancó ante él, no si antes soltarse del brazo de su marido a la voz de “Alfonso, déjame a mí, que esto debe ser para una radio importante” .

Aquí acaba mi introducción. A continuación les transcribo, textualmente. las sabias palabras de esa mujer, doña Paquita Ballesteros. Y yo, sin vergüenza alguna, subscribo, al cien por cien, todas las opiniones vertidas por ella a lo largo de su clarificador soliloquio. Sin más dilación, dejaré a la señora Ballesteros con todos ustedes:

“Pues mire, caballero... Estoooo.... Está muy bien hecha, ¿no? Se nota que lo de la tecnología y los efectos especiales han avanzado mucho en esto del cine. La historia que cuenta es un poco complicailla, como extraña; parece todo como muy intelectualillo... No, no es que no la haya entendido, no, ¡qué va! Todo lo contrario. Lo que ocurre es que, al estar contada en tres niveles diferentes, una, a mi edad, a veces se pierde un poco. ¿Me sigue, no?

Lo que no he tenido muy claro es que, en la reseña del diario que compra cada día mí Alfonso, ponía que, el chico aquel que hacía de Lobezno en las de los
Equismén, en ésta hace el papel de un astronauta. ¿Astronauta? ¡Cosa más rara! La verdad es que yo no he caído en ello, pues pensaba que se trataba de un médico o de un científico... Aún no lo tengo muy claro, pero el hombre trabaja en algo relacionado con la ciencia y los experimentos, y está siempre en una especie de laboratorio como el del Grissom, aquel tío al que le van los insectos y siempre está con el microscopio arriba y abajo... lo del CeSí, vaya... ¿el de Las Vegas, no?... ¡Qué maja es esa serie!

Bueno, yo juraría que el Lobezno, digan lo que digan, es médico, porque opera de un tumor en la cabeza a un mono. Y el chico, el Lobezno, que es muy bueno, está nervioso y preocupado porque su mujer también tiene en la cabeza algo gordo y con mala pinta, parecido a lo del mono. Y tiene miedo de que se le vaya a morir de un momento al otro. Y como él la quiere mucho, aún se pone más de los nervios al temerse lo peor. Pero, de golpe y porrazo, él empieza a imaginarse que es un conquistador, como el Colón o el Diego Cortés (¿o era Germán?), y de este modo viaja al pasado y se encuentra con los mayas... un poco como en esa del
Eucaliptu del Gibson.... el actor aquel que también dirigió aquella tan bonita en la que pegaban a Cristo. ¡Cómo lloré con la del Cristo, oiga! Pobrete, ¿no?

Y aquí no acaba todo. El Lobezno, además de hacer de médico o científico (o austronauta) y de Colón, también hace como de visionario o algo así. Eso no me ha quedado muy claro, pero para ese papel (que es del mismo personaje del médico o el científico, aunque en estado avanzado o futurista), el chico va completamente calvo. Allí me recordo a aquel señor que cada año, por Navidad, se sopla la mano para lo del Gordo. Bueno..., la cosa es que quiere mucho a su mujer y, como teme que se le muera, con la ayuda del mono operado y de un secreto que tienen muy bien guardado los mayas, pretende encontrar la fuente de la vida (por eso el título, ¿no?). Y que, en verdad, no es una fuente: es un árbol plantado por Dios, el Ser Supremo. Y el Lobezno, en una especie de sueño, hace un viaje levitando hasta el cielo para meterse en el interior de una inmensa burbuja que flota entre nubes. Y allí, dentro de la burbuja y vestido con una túnica blanca, empieza a comerse pedazos de la corteza del árbol de Dios... que está plantado allí, en medio del cielo, vete a saber porqué. Lógico: si se va comiendo el árbol a cachitos, es lo mismo que si se metiera todo el cuerpo de su mujer dentro del suyo, pero en metáfora. ¿Es así la cosa, no? No; si no es tan rara la película, no... Ni mucho menos...


¡Que película más trabajada! ¡Y qué fotografía! Y que guapo está él, tanto de normal, como calvo o con los pelos sucios y barbudo. Éste chico, el Lobezno, me gusta mucho. En cambio, la que me hace un poco de rabia y pena, al mismo tiempo, es la pasmarota de la chica, con esa cara de acelga que tiene la pobrecilla. ¿Rachel Weisz se llama, no? Raquel, como la hija de la Antonia... ¡qué también tiene cara de acelga, la pobre! Me parece a mí que a esta actriz le deben de tener mucha manía los directores de allí, ¿verdad? Siempre, siempre, la matan. ¿No era la misma de aquella del Jardinero y las medicinas?

Pues esto. Una película muy culta, ¿no?, como muy profunda, de las que hacen pensar. Parece que no se entienda mucho y que sea un rollete, pero es bonita y tiene muchos simbolismos. Científico, conquistador y viajero astral. Tres en uno. Mira qué bien, ¿no?

Oiga, joven, por cierto: ¿esto es para la emisora del Luis del Olmo, verdad? ¿Cuando se emite?"


Doña Paquita me dio un par de besos en la mejilla y Alfonso, su marido, al tiempo que esgrimía una triste mirada de complicidad, me tendió la mano. Los dos se fueron calle abajo y yo me quedé ahí, solo, inmóvil y mirando el cartel de La Fuente de la Vida. Científico, conquistador y viajero astral. Después de las palabras de esa buena mujer, me fui más contento a casa.

2.5.07

24 razones (y un consejo final) para ver Dame 10 Razones

1 Por su director, Brad Silberling, que hace de la sencillez todo un arte.

2 Por saber cambiar, tan radicalmente de estilo, después de haber realizado la interesante Una Serie de Catastróficas Desdichas de Lemony Snicket.

3 Por la gigantesca y loable capacidad de Morgan Freeman para reirse de sí mismo.

4 Por la garra y naturalidad interpretativa de Morgan Freeman.

5 Por la garra y naturalidad interpretativa de una insuperable Paz Vega.

6 Por la sintonía que se establece entre los dos actores. Más que química; lo de ellos es pura mágica.

7 Por sus diálogos, frescos e inteligentes.

8 Por el juego idiomático y lingüístico que se crea entre esos dos personajes; un toma y daca que, a buen seguro, hará que ciertos pasejes resulten bastante incomprensibles en su versión doblada.

9 Por sorprender gratamente al espectador con una historia mínima.

10 Por su ternura.

11 Por su inusual marco geográfico y suburbial.

12 Por ser un bello canto a la amistad (aunque ésta sea muy fugaz).

13 Por recordarnos que, a pesar de todos los males, siempre hay alguien que, en momentos difíciles, puede tendernos un cable.

14 Por no hablar de religión.

15 Por no ser el típico elogio a la típica familia norteamericana.

16 Por verificar que en las cajas rápidas de las grandes áreas comerciales, siempre hay más de un espibalado que intenta colar, algún que otro objeto de más, entre los diez permitidos.

17 Por mostrar que las cajeras de los supermercados también tienen su corazoncito.

18 Por dejar bien claro, sin ningún tipo de sutilezas, que en Hollywood no es oro todo lo que reluce.

19 Por no hacer dogma de los temas que expone.

20 Por ser cine independiente sin necesidad de estar destinado a los gafapastas.

21 Por su inmenso sentido del humor.

22 Por ser real como la vida misma y, al mismo tiempo, parecer un cuento de hadas.

23 Por el tema Duncan de Paul Simon; una de esas canciones que son capaces de poner la piel de gallina al más pintado.

24 Por durar 80 minutos justitos y contar más que otros productos con (teóricamente) mucha más envergadura.

Por favor: véanla. Y hagan correr el boca a boca. Películas tan sensibles y agradables como ésta se ven en muy pocas ocasiones.