

El tratamiento sensacionalista de ciertos temas, y el modo en que el enfoque de un reportaje puede cambiar la opinión pública o trastocar el trabajo de investigación de la policía, son las metas que persigue Sebastián Cordero en su largometraje. Una película sórdida y cruda, de las que desbordan realismo por todos los poros. Un claro homenaje a El Gran Carnaval, una de las mejores cintas de Billy Wilder en la que se mostraba el mal que cierta prensa amarillista podía causar al influir directamente en el devenir de un trágico suceso acaecido en una mina. En ella, Kirk Douglas era el cínico Chuck Tatum, un reportero con tan pocos escrúpulos como los que esgrime en Crónicas el citado Manolo Bonilla, el personaje al que da vida un vibrante John Leguizamo a través de una interpretación llena de matices.
Crónicas no juzga a sus personajes, ni siquiera al presunto asesino y violador de cientos de criaturas. Cordero expone el tema y cita y apunta varias posibilidades, pero jamás dicta sentencia. Su apuesta es mostrar las acciones y ambivalencias de sus protagonistas, con la finalidad de dejar que el propio espectador saque las conclusiones pertinentes. Para ello -y en el papel de Pepito Grillo- está una Leonor Watling guapísima y espléndida, la voz de la mínima conciencia periodística que le queda al personaje de Leguizamo. Ella, como productora del espacio televisivo, plantea sus temores pero, muy a su pesar, se ve absorbida por la lealtad a su compañero y a su profesión.
No se lleven a engaño: este no es un thriller al uso sobre un serial killer, con persecuciones y policías de pasarela tras sus huellas. Nada de eso. Se trata de un melodrama durísimo en el que se suelta un contundente y merecido mazazo a la tele basura, a esa ingente cantidad de programas viciados cuya máxima ambición es cebarse en las vidas ajenas; de esos que están especializados en convertir el asunto más intrascendente en portada de revistas y de espacios inmundos. El morbo siempre antes que la noticia. Y esta última, cuanto más falsa y exagerada sea, más fama le dará a sus innombrables comunicadores. Una responsabilidad que, en definitiva, acarreamos todos juntos, pues la sociedad ha sido la primera en aceptar, como algo normal, la estúpida viscosidad del sensacionalismo en el mundo de los mass media. Y así nos va.
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