


Fredo Corleone, el más desdibujado de los hermanos; el puente entre la rabia de Santino y la imparcialidad aparente de Michael, el más pequeño. John Cazale dio vida a Fredo, un joven introvertido e inseguro, incapaz de encontrar su espacio dentro del imperio creado por su padre y que, por ello, dejará que sus familiares le manejen a su antojo, jugando con él como si se tratara de un peón más sobre un tablero de ajedrez.
Connie Corleone, la espléndida Talia Shire, la única chica de los cuatro hermanos. Con su boda se abre El Padrino. Una boda que sirve para describir, a la perfección, el enrarecido ambiente que rodea a la familia Corleone. Una fiesta felliniana, con música incluida del mismísimo Nino Rota. La mafia neoyorquina en pleno. Un banquete que muchos de los invitados aprovecharán para felicitar y honrar al Don, el padre de la novia, mientras, en los alrededores de la finca, agentes federales y paparazzis controlan todos sus movimientos. Un enlace que, sin saberlo, acercará a Connie hasta el mismísimo corazón del infierno.
Y, por último, Michael, el más pequeño, un incipiente Al Pacino que, a través de un papel lleno de matices, demostró sus grandes dotes interpretativas. Michael Corleone es un joven que, tras regresar del frente en la Segunda Guerra Mundial, no tiene intención alguna de integrarse en los negocios de la familia. De hecho, Coppola, ante la inocencia inicial demostrada por este personaje, lo utilizará para mostrar un contundente proceso de transformación humana. El desengaño y el resentimiento, aunados, para crear un nuevo monstruo: un Don mucho más vengativo y retorcido que su propio padre.
La lista de personajes secundarios es inmensa y, por si fuera poco, cada uno de ellos tiene asignado un rol determinado e imprescindible dentro del maravilloso guión urdido, en comandita, por Mario Puzo (autor de la novela original) y el propio Coppola. Una fauna de seres impresentables que, a pesar de su maldad, poseen un código de honor del que muchos políticos y responsables de ciertos medios de comunicación actuales tendrían que tomar buen ejemplo. El conseglieri Tom Hagen (el abogado de la familia al que da vida un cínico Robert Duvall), el actor y cantante Johnny Fontana (una mezcla maliciosa entre Frank Sinatra y Tony Bennett), el oficial de policía McCluskey (el gran Sterling Hayden) o, entre otros muchos, los integrantes y sicarios de las familias Tattaglia y Barzini, son algunos de los más representativos. Nadie sobra en este espléndido fresco sobre la mafia italoamericana en Nueva York.
El melodrama y la violencia conforman uno de los mejores films sobre gángsters jamás filmados. En realidad, El Padrino es mucho más que un simple film de gángsters, pues la cámara indaga, constantemente y casi por primera vez en el género, en el interior del ámbito familiar de sus personajes principales. Detalla a la perfección las relaciones entre cada uno de los miembros de la familia Corleone y, como integrantes de una clara entidad patriarcal, para Coppola, las mujeres quedan siempre desdibujadas y en un segundo plano. Y cuando debido a circunstancias argumentales consiguen un papel más específico, el Don y sus aledaños no les permiten tener voz ni voto.
Una película llena de momentos inolvidables; de escenas que quedan imborrables en la memoria. El primer y doble asesinato cometido por Michael Corleone, el brutal ametrallamiento de uno de los miembros de la familia protagonista ante un peaje o la masacre final -expuesta a través de un montaje paralelo durante el bautizo de uno de los hijos de Connie Corleone-, son ciertamente pasajes de antología.
Una obra maestra absoluta, a la que hay que añadir su sobrio tratamiento fotográfico (debido al maestro Gordon Willis), en el que los colores tenues y oscuros con los que retrata la ajetreada vida neoyorquina de los Corleone contrasta, de modo impactante, con el cálido e iluminado interludio en el que Michael se establece en Sicilia durante una larga temporada.
Un film magno, único, especial. Un título que nunca me cansaré de revisar y que, al mismo tiempo, necesita ser complementado con sus dos continuaciones, a cual mejor. Cualquier día de estos me pongo en ello. Y es que, El Padrino y sus secuelas, son droga dura.
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