

Trainspotting es una película rompedora y valiente que, por ser capaz de adentrarse en el aciago mundo de la heroína a través de un nada soterrado sentido del humor, provocó que los más conservadores se rasgaran las vestiduras ante la propuesta, considerándola una peligrosa apología de la droga. Nada más falso que ello, pues Boyle, a pesar del indiscutible tono de comedia transgresora que desprende, en momento alguno llega a pontificar sobre la heroína. Muy al contrario pues, valiéndose de sus atípicos y bien dibujados personajes, plasma a la perfección los terrores y las dolencias que invaden, de forma corrosiva y destructiva, a quienes la consumen.


Guiños a la cultura pop de los años 60 y 70 -a través de icónos de la época (como ocurre con la sutil referencia a la portada del álbum Abbey Road) y numerosas referencias al universo del 007 de la era Connery-; una trepidante banda sonora y, ante todo, cierto regusto por la escatología, son las principales bazas por las que se rige Danny Boyle a la hora de plasmar en imágenes los avatares de tan genuina agrupación de seres descarriados. En la mente de todo aquel que haya visto Trainspotting quedará grabado, como mínimo y en el aspecto escatológico citado, el pestilente viaje al interior de la mierda que realiza Ewan McGregor -con la única intención de recuperar dos supositorios de opio perdidos en la inmensidad de un sucio water público-, por no citar el despertar de Spud en una cama perjudicada por los efectos laxantes de las sustancias ingeridas la noche anterior.
Tras ese tono de comedia gamberra y descerebrada, Trainspotting posee su (gran) punto de crudeza. El drama de la drogadicción, el fantasma del SIDA o la dificultad de estos personajes para relacionarse con los demás, queda totalmente latente en su metraje. Incluso, de manera sorprendente y hacia su parte final, el film da un giro inesperado hacia el thriller. Y, a pesar de tanta desdicha expuesta, ese es justo el momento en el que el director abre una pequeña puerta (por no decir minúscula) hacia la esperanza.
Un producto interesante. Diferente y narrado con brío e inteligencia, que demuestra que, a través de un estimable visión humorística, también se pueden contar grandes dramas humanos. Y el de la heroína es uno de ellos. No es de extrañar que, tras su estreno, le salieran cantidad de imitadores, sobretodo en el estilo sincopado de afrontar la historia y en el que, por derecho propio, su montaje cinematográfico y la utilización de los temas musicales elegidos, cobraban un protagonismo muy especial.
Lástima que, tras Trainspotting, Danny Boyle no haya desarrollado del todo su valía. Películas como la insignificante Una Historia Diferente, la innecesaria La Playa o la sobrevaloradísima 28 Días Después, no hacen honor a sus dos primeros títulos como director.
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