
La ternura y el humanismo son las armas que utiliza la cámara de los cineastas para acercarse a la figura de Judith, una mujer que, aislada en su propio mundo, creó un sinfín de esculturas enigmáticas y surrealistas; aquello que los más cultivados han bautizado como el arte outsider. La tierna forma de acercarse a la enfermedad y de analizar las reacciones emotivas de Judith, es lo mejor de un film tras el que se esconde cierto aire de esnobismo. El querer reivindicar, a toda costa, los inverosímiles objetos nacidos del trabajo de esa mujer (la mayoría de ellos, una masa ingente de objetos apilados sin sentido y en forma de shawarma) y considerarlos como verdaderas obras maestras, me parece tan falso y ampuloso como defender, a capa y espada, el ya denostado arte abstracto.

La película es fría y concisa, aparte de clarificadora. La guerra ideológica y de posición entre psiquiatras y psicólogos queda patente, así como la simpatía de los verdaderos afectados por el trato asignado hacia ellos por los segundos. Un título rodado sin trampa ni cartón que, por vez primera y de manera honesta, intenta acercar al ciudadano de a pie al laberíntico misterio de la esquizofrenia, una enfermedad mental de la que la medicina, por ahora, aún no ha encontrado una solución viable.
Ambos documentales, a pesar de su rigurosidad y seriedad en sus respectivas intenciones (y a pesar de ese tono falsamente snob del primero), no han podido ser peor estrenados en nuestro país. Dos únicas copias de cada uno de los films se exhiben en España, y ello gracias al interés demostrado por la buena gente que gestiona los cines Verdi. Sólo Barcelona y Madrid podrán disfrutar de su visión. No me gustaría pensar que esa es la manera de pasarle factura a Julio Medem por haber tenido la valentía de realizar una película tan sobria como La Pelota Vasca. El mundo de la exhibición cinematográfica, a veces, es ciertamente sorprendente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario