
Hace días que por nuestras pantallas cabalga un nuevo
thriller. Un
thriller de esos
trillados, totalmente previsible pero que, en resumidas cuentas, resulta entretenido, sin más. Aunque yo lo haga (porque soy un tío perverso y maligno), no hay que buscarle tres pies al gato a
La Sombra de la Sospecha, un producto realizado para potenciar la figura de un
Michael Douglas en declive, pues pocas son las escenas en las que el carrozón actor deja de aparecer. Por algo se ha tomado la molestia de ser uno de los productores.
“Si Tom Cruise no para de chupar cámara en las que él produce, yo quiero hacer un tanto de lo mismo”, debió de cavilar el viejecito
Douglas. Y, ¡hala!, a correr, a disparar y a saltar se ha dicho. Aunque uno no esté para estos trotes, el cine es mágico y lo cuela todo.
La Sombra de la Sospecha no es más que el resultado de una simple fórmula. Una sencilla suma de varios largometrajes anteriores y de una serie televisiva:
En la Línea de Fuego +
El Guardaespaldas +
El Fugitivo +
24 =
La Sombra de la Sospecha. Para que tengan más claro el resultado de la operación matemática, punto y seguido voy a desglosar todos los elementos, uno a uno.
Clint Eastwood, en el interesante film
En la Línea de Fuego, es un guardaespaldas traumatizado por haber fallado en su labor el día en que fue asesinado
JFK, mientras que
Michael Douglas, en el título que ahora nos ocupa, representa a otro guardaespaldas que también cometió un error cuando atentaron contra la vida de
Ronald Reagan. Ambos siguen en activo, ya un tanto apergaminados, al servicio de los habitantes de la Casablanca.

En ese desaguisado que llevaba por nombre
El Guardaespaldas,
Kevin Costner ejercía de guardaespaldas privado (también con un pasado tormentoso) que acababa enamorándose de
Whitney Houston, una famosa estrella de la canción que contrataba sus servicios al sentirse amenazada de muerte por un desconocido. A
Michael Douglas, en
La Sombra de la Sospecha, como no tiene suficiente con sus problemas personales, tan sólo se le ocurre liarse con la Primera Dama, una espléndida
Kim Basinger que, en el fondo, acaba resultando lo mejorcito de la película. ¡Hay que ser valiente (o tonto) y tenerlos muy cuadrados para tirarse a la mujer del Presidente norteamericano en su propia casa! Seguro que si en lugar de la atractiva
Basinger la esposa hubiera sido
Stockard Channing, la del Presidente
Bartlet en la estupenda serie
El Ala Oeste de la Casablanca, el personaje de
Douglas, el agente
Peter Garrison, no hubiera caído jamás en la tentación. Y las cosas habrían transcurrido más tranquilas para él. En este punto, valdría la pena recordar que un arrugado
Charles Bronson también vivió una historia similar, al lado de
Jill Ireland, en la patética
El Guardaespaldas de la Primera Dama.
Al igual que
Harrison Ford en la excelente versión cinematográfica de
El Fugitivo (y emulando, en parte, una de las constantes del cine de
Hitchcock),
Peter Garrison se convierte en un
falso culpable. O sea, en el primer sospechoso de ser un
topo en el interior de la Casablanca; un tipo dispuesto a colaborar con terroristas para acabar con la vida del Presidente. Perseguido y acosado por sus propios compañeros de trabajo, se verá obligado a reunir pruebas que indiquen su inocencia, al tiempo que intenta desenmascarar al verdadero infiltrado para evitar el asesinato del Primer Mandatario.
La lealtad demostrada por el agente
David Breckinridge hacia el servicio secreto para el que trabaja (el personaje interpretado por
Kiefer Sutherland), remite directamente a la serie televisiva
24, al igual que también lo hacen su acelerado ritmo narrativo y la brillante manera de filmar sus bien acabadas escenas de acción. Un buen ejemplo de ello se encuentra en un tiroteo que transcurre en unas galerías comerciales: trepidante, compacto y efectivo.

La falta de originalidad y la alarmante previsibilidad (en todos los aspectos), son los problemas más graves que denota el film de
Clark Johnson, aparte de poseer un bache narrativo central digno de tener en cuenta. Después están los otros errores; menores, pero errores al fin y al cabo:
Michael Douglas, como gran registro interpretativo, hace muecas con la boca (posiblemente la dentadura empiece a desencajársele y tenga que recolocarla bien con la lengua);
Kiefer Sutherland repite los mismos tics y modos de su popular
Jack Bauer televisivo, sin aportar nada nuevo a su personaje, y
Eva Longoria, metida con calzador en la historia, sólo ejerce de mujer florero, como si fuera un adorno estético más. Si se obvia todo ello y se olvida que el
topo es fácil de descifrar a los pocos minutos de proyección, incluso puede resultar un producto entretenido. Y más si se tiene en cuenta que uno de los anteriores trabajos de su realizador fue esa cosa nefasta titulada
S.W.A.T.: Los Hombres de Harrelson.

Podría haber sido peor. Mucho peor. Yo, al menos, me distraje.
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