15.9.07

El coleccionista

El tipo es un friki de mucho cuidado. Atiende por el nombre de Jacob Goodnight. De gran estatura y en extremo cabezón, se distingue del resto de los humanos por ostentar un orificio en la parte posterior de su inmenso cráneo. Le gusta pasear acompañado de su hacha -el arma preferida de entre todas las herramientas de su preciado taller de bricolaje-, con la cual se desplaza con la habilidad de un alien por pasillos laberínticos. Deudor de las fechorías de Leatherface, su carácter malsano y solitario viene marcado por una compulsiva pasión coleccionista; mientras unos atesoran canicas de cristal, él acapara los ojos de sus víctimas en tarros llenos de formol. Cuentan las malas lenguas que sus mórbidos instintos y su colérica chifladura los arrastra desde muy temprana edad. En mis tiempos, los sacerdotes aseguraban que la masturbación secaba el cerebro; a buen seguro, el caballero de la testa perforada jamás estudió en un colegio de curas pues, ya de muy jovencito, se mataba a pajas ante los desnudos del Playboy, el Penthouse y similares. Y así ha quedado.

Él tal Jacob, en definitiva, es la estrella indiscutible de Los Ojos del Mal, un film terrorífico que, a pesar de tratarse de una producción norteamericana y dirigida por un californiano, ha sido rodado en su integridad en Australia; concretamente en unos estudios cinematográficos de la Costa Dorada de Queensland, lo cual podría significar un velado (y merecido) homenaje al buen estado del cine fantástico actual en ese país.

Los Ojos del Mal tiene varios puntos en común con el también estimulante Para Entrar a Vivir, el telefilm que realizara Jaume Balagueró para Películas Para No Dormir, la serie coordinada por Narciso Ibáñez Serrador. Al igual que éste, la mayor parte de su metraje transcurre en el interior de un sórdido, gris y destartalado inmueble, al tiempo que, una de las coordenadas principales de su argumento, entronca directamente con el título de Balagueró.

La película de Gregory Dark, su realizador, huye del realismo visual y narrativo con el que, por ejemplo, ha sido dotada la excelente Wolf Creek (con la que, por cierto, coincide en la cartelera actual de Barcelona). Su estilo es mucho más tosco, muy a lo aquí te pillo, aquí te mato; un poco como si se tratara de un cartoon de la Warner, pero en plan bárbaro, sin demasiadas concesiones y apuntando claramente hacia el público más gore (no en vano, su guionista, Dan Madigan, había ejercido de animador para la Disney durante años). Posee un ritmo endiablado y destila tensión por todos sus poros, recurriendo, al mismo tiempo, a un negrísimo sentido del humor que dulcifica un tanto su enrarezido ambiente y las numerosas atrocidades cometidas por el violento Jacob Goodnight, personaje que, como dato anecdótico, ha sido interpretado por Glen Jacobs “Kane, un hombre muy popular en Norteamérica gracias a ser uno de los más apreciados expertos en el arte de la lucha libre americana.

Los Ojos del Mal se abre con una escena potente, de aquellas que dejan huella. En ella se recogen diversos elementos clásicos del género para solidificarse en un cuerpo único y contundente. El miedo a lo desconocido; el culto a la linterna (tan de moda gracias a los chicos del CSI); la oscuridad y un inesperado e impresionante golpe de efecto visual y sonoro, obran el milagro. Luego, se devanea por terrenos más estandarizados, apuntando hacia una nueva repetición de la típica película en la que, los integrantes de un grupo de jóvenes, irán siendo mutilados y asesinados uno a uno. De hecho, es una más de ellas, aunque abriga en su (sencillo) guión más de una sorpresa nada habitual en este tipo de trabajos... Para no entrar en detalles y sin chafarles el argumento, tan sólo les diré que el orden de los factores no altera el producto.

14.9.07

Miedo

A pesar de tratarse de una película modélica en cuanto al cine de terror se refiere, la australiana Wolf Creek llega con un par de años de retraso a España. En ella se plasma la dantesca aventura vivida por tres jóvenes durante unas vacaciones estivales en Australia. Dos chicas británicas y un joven del país quienes, a bordo de un coche de segunda mano, se adentraron en los parajes más inhóspitos de la tierra de los canguros con la intención de admirar la belleza de sus atípicos paisajes. Pero un desconocido, salido de las tinieblas y a mitad de su recorrido, justo en el Parque Nacional de Wolf Creek, decidió cortar por lo sano la ruta turística prevista.


Wolf Creek es un film claramente deudor de La Matanza de Texas made in Hooper y de la primeriza Las Colinas Tienen Ojos. El árido y solitario escenario en el que transcurre la acción, y la ruinosa y oxidada escenografía en la que se desenvuelve el vicioso y sanguinario personaje de Mick Taylor (casi, casi, por su brutalidad, un primo hermano del atroz Leatherface), son los principales instrumentos utilizados por su director, Greg Mclean, para crear una atmósfera tan angustiosa como enfermiza.

El miedo y la inseguridad que siente el trío de adolescentes ante lo desconocido, son sensaciones que se transmiten por igual al espectador. Éste presiente que algo fuerte está a punto de acontecer, aunque desconoce exactamente el qué, cómo y cuando. La temblorosa sigilosidad de la cámara, el frío ambiente que se respira y la negrísima oscuridad de la noche australiana, forman parte de ese decorado psicológico y tenso con el que el debutante Mclean influye, de modo subliminal, sobre el grueso de la platea. Y por ello, justo cuando la película entra a saco en uno de los episodios más agónicos y brutales del género, el público, inevitablemente, se siente identificado con la impotencia y el pavor de unas víctimas a las que nos les cuesta absolutamente nada adivinar su macabro futuro. De piel de gallina, sudores fríos y calambrazos en la espina dorsal, vamos.

La manera rutinaria con la que inicia la historia –a través de una presentación tópica de los tres jovenes y demostrando cierto afán consciente por la postalita turística de rigor-, nada tiene que ver con el resto del metraje. Paso a paso, sin prisas, se olvida del paisaje y se centra sólo en el paisanaje. La entrada a esa Australia profunda, tal y como se describe en Wolf Creek, es similar al de un ralentizado descenso a los infiernos. Las desagradables insinuaciones que sueltan, a las dos muchachas, los parroquianos de un sucio bar en medio de la nada, sirven a modo de presentación (o de preparatorio) de la que luego será la aparición en escena del mismísimo Satanás. Un demonio que, en un principio, se mostrará a los recién llegados como un ángel salvador y encantador...

Un verdadero bombón cinematográfico; aunque un bombón amargo y pavorosamente siniestro. Según reza un letrero (tanto en el cartel promocional como en los créditos iniciales), el film está basado en un hecho verídico; un verídico que personalmente entrecomillaría pues, a pesar de su escalofriante apariencia real y de la credibilidad que ofrecen sus imágenes, se me antoja como otro truco sibilino para elevar la intranquilidad del espectador unos cuantos grados más. En lugar de un suceso verdadero, apostaría por la lectura fantasiosa que el director y guionista ha realizado sobre las desapariciones de una serie de personas en tierras australianas. O, al menos (y sin caer en spoiler alguno), ello es lo que me inducen a pensar sus cuatro apuntes finales y un fundido sobre uno de los protagonistas en concreto.

Sin más: una maravilla de terror que hará las delicias de todos aquellos a quienes les encante comerse las uñas de puro nerviosismo. ¡Qué aproveche! Yo, por si las moscas, no pienso ir de turismo a Australia..., al menos hasta que olvide esta película. Y eso que los canguritos me chiflan...

13.9.07

Barrio Sésamo

Queridos niños y niñas, hoy conoceremos el número 3 y la manera de obtener una suma que nos dé como resultado también el 3.

Tres (3) palotes es la cantidad obtenida déspués de sumar un (1) palote + un (1) palote + un (1) palote. O sea, 3 palotes = III.

Tres (3) son los muñecotes que aparecen en la fotografía. Epi, Blas y un camarero peludo. Está claro, entonces, que cada personaje representa a una unidad y que, agrupados, forman ¡¡¡3 unidadessss!!!

Bien. Procedamos, acto seguido, a realizar tan básica operación matemática con ejemplos más prácticos y comunes que os podais incontrar, a diario, por las calles de vuestra ciudad:

Chevy Chase + Steve Martín + Martín Short = 3 amigos

El Pato Donald + José Carioca + Panchito = 3 caballeros

Gary Cooper + Franchot Tone + Richard Cromwell = 3 lanceros bengalíes

azul + blanco + rojo = 3 colores

100 + 100 + 100 = 3cientos

La Prehistoria + El Imperio Romano + La Era Actual = 3 edades

Athos + Porthos + Aramis = 3 mosqueteros

John Wayne + Pedro Armendáriz + Harry Carey, Jr. = 3 padrinos

George Clooney + Mark Whalberg + Ice Cube = 3 reyes

vosotros + el cine + Spaulding = 3 años de Spaulding’s Blog.

Felicidades, a todos ustedes, por tener la moral suficiente como para soportarme durante 3 años y 943 posts.

12.9.07

Ustedes lo han querido: EL GRAN LEBOWSKI

El Gran Lebowski, film realizado en 1998, es el último gran título (por el momento y salvando al interesante El Hombre Que Nunca Estuvo Allí) de los hermanos Coen. En él, mezclaron los típicos y tópicos de sus comedias iniciales con los del cine negro más clásico. De hecho, se trata de un incuestionable homenaje a El Sueño Eterno, una de las obras cumbres del género.

Un genial Jeff Bridges, desaliñado y colgado, es Jeffry Lebowski, más conocido por sus amigos como El Nota. Él es un tipo sin oficio ni beneficio, un vago con todas las de la ley, y tres son las únicas grandes pasiones de su vida: los bolos, los porros y el licor de café. Cultiva, a conciencia, una vida monótona y sin sorpresas. De la bolera a su casa y de casa a la bolera. No tiene más aspiración, al acabar su jornada, que un buen y relajante baño acompañado de un canuto de maría. Todo cambiará para El Nota el día en que unos extraños entren de forma violenta en su domicilio, y echen una larga y densa meada sobre su única y ajada alfombra.

Al igual que en las grandes comedias, los malentendidos están a la orden del día en El Gran Lebowski. Tras la irrupción se esconde un equívoco que acabará convirtiendo al Nota en un detective privado de tres al cuarto. Un rapto y un chantaje le enfrentarán a una fauna tanto o más delirante que su propia existencia. En sus chapuceras pesquisas para dar con el paradero de una mujer secuestrada, contará con la ayuda de sus dos compañeros de bolos: Donny (Steve Buscemi) y Walter Sobchak (un inconmensurable John Goodman). El primero es un bonachón de mínimas entendederas, incapaz de distinguir entre Lenin y Lennon, mientras que el segundo es un orondo y agresivo ex combatiente del Vietnam, un individuo de caracter irritable que intuye conspiraciones por todos lados.

El Gran Lebowski es un film de personajes, casi todos ellos al margen de la normalidad y subsistiendo gracias a su instinto de supervivencia, como esos tres amigos que no quieren meterse en líos pero que, instigados por las facultades crispadoras y temerarias del exaltado Sobchak, caen una y otra vez en el mismo error. Gente que aprovecha cualquier oportunidad para beneficiarse de sus congéneres, tal y como hace un surrealista grupo de nihilistas al intentar beneficiarse de un oscuro negocio, o un millonario inválido e influyente que, gracias al escatológico episodio de la alfombra del Nota, se vale de los servicios accidentales de éste para resolver ciertos asuntos personales.

La mayoría de ellos están directamente implicados en la trama que conduce por el camino de la amargura a Lebowski y a sus dos colegas. Otros, al igual que hizo Howard Hawks en El Sueño Eterno, aparecen y desaparecen de escena con una tranquilidad pasmosa; una opción, esta última, ideal para enmarañar aún más la trama policiaca y que, al mismo tiempo, les sirve a los Coen para dar rienda suelta a su espíritu satírico y gamberro: el hortera hispano Jesús Quintana, un irrepetible jugador de bolos con el careto de John Turturro, es una buena muestra de ello. A pesar de esos (raudos y celebrados) personajes, nada sobra ni falta en El Gran Lebowski, pues la ingeniosidad de su guión hace comulgar con ruedas de molino al espectador. Quedan muchos cabos sueltos en la historia, pero es tal la fuerza de sus diálogos y de las numerosas situaciones que plantea, que no es necesario cuestionarse ciertos detalles jamás resueltos. No se podía ser más fiel al trabajo (imperfectamente perfecto) de Hawks que dejando algunos puntos por aclarar.

El universo peculiar y distorionador de los Coen de los mejores tiempos volcado, al cien por cien, en este título. Un film hilarante y fascinante a partes iguales. Incluso, a veces, onírico (ver a Julianne Moore embutida en un disfraz de vikinga minifaldera y danzando con Jeff Bridges es toda una gozada. Con ésta, ya es la tercera vez que lo reviso. Y, al igual que en la primera ocasión, la profunda voz de Sam Elliott, ejerciendo de narrador en su versión original), ha logrado seducirme de nuevo y mantenerme enganchando a la pantalla durante dos deliciosas horas.

Espero y deseo que los hermanitos de Minneapolis vuelvan pronto a sus raíces cinematográficas.

10.9.07

De joven delicada a mala pécora

Fue la sufrida novia del alcoholizado Ray Milland en Días Sin Huella de Billy Wilder. En Noche y Día, una falsa y engañosa biografía sobre Cole Porter, secundó a Cary Grant. A las órdenes de Jean Negulesco y en Belinda, dio vida a una joven sordomuda que era violada por un vecino de su aldea, papel por el que obtuvo un Oscar de la Academia. El orondo Hitchcock la convirtió en una ingenua estudiante de teatro, metida a detective ocasional, en Pánico En La Escena. La melodramática mano de Douglas Sirk consiguió que se enamorara, en dos ocasiones, de Rock Hudson: primero en Sólo El Cielo Lo Sabe como mujer madura colgada de su jardinero, un joven quince años menor que ella; y luego, en Obsesión, como ciega atraída por el hombre que acabó con la vida de su marido y provocó su propia ceguera. En la década de los 80 y durante la friolera de 212 episodios, inmortalizó a la pérfida Angela Channing en la serie Falcon Crest.

De 1940 a 1949 estuvo casada con Ronald Reagan.

Hoy, a la edad de 93 años, ha muerto Jane Wyman en su casa de Palm Springs, lugar en el que vivía retirada desde finales de los 90. Tenía cara de requesón, se equivocó de marido pero, sin embargo, fue una actriz excelente. Descanse en paz.

Dinosaurio McClane


John McLane es un poli duro; un tipo expeditivo y de gatillo fácil y, al mismo tiempo, un gafe de tomo y lomo al que su propia hija no puede ver ni en pintura. Tal y como cita uno de los malos de La Jungla 4.0, “de nuevo vuelve a estar en el sitio equivocado y en el momento inapropiado”. Con el paso de los años, McClane se ha convertido en una caricatura de sí mismo. Anclado en el pasado, en su coche aún escucha a todo volumen el Fortunate Son de los Creedence. Odia su trabajo, aunque lo realiza con una profesionalidad sin par: la adrenalina, la mala leche y la brusquedad son los mejores aliados de un vaquero solitario como él, por mucho que, tras cada una de sus turbulentas e inesperadas misiones, termine gastando una buena parte de su sueldo en gel de ducha, tintorería y tiritas. Hay cosas que nunca cambiarán.

Ese es, a breves rasgos, el Bruce Willis que da vida al detective de la policía de Nueva York que, de la mano de Jim McTiernan y en 1988, debutara en la pantalla grande con Jungla de Cristal. Han pasado casi 20 años y el hombre aún se aguanta casi igual de fresco y lozano que el primer día, a pesar de sus constantes referencias al inevitable peso físico causado por dos décadas de ver sus mejores camisetas hechas trizas. El espíritu sigue siendo el mismo; incluso sus intenciones, pues entretener es la única meta que siempre ha buscado la serie cinematográfica.

Es innegable que La Jungla 4.0 distrae y, fiel a sus constantes y a la edad del personaje, apuesta por una realización más clásica y con menos efectos digitales que otros títulos de acción más actuales. Todo correcto hasta aquí, pues Len Wiseman, su director, ha sabido dejar a un lado la tecnología que utilizó para sus dos Underworlds y-sin renunciar al cien por cien a ella- adentrarse en un estilo mucho más formal y visualmente menos informático. La informática, en este caso, pasa a formar parte del núcleo argumental de la película ya que, a través de ella, un grupo de terroristas, capitaneado por un hacker resentido, está dispuesto a provocar, con su red de ordenadores, un insuperable caos a nivel mundial. Tal es el amor de McClane por la prehistoria que, en una determinada escena, llega a preguntar qué narices significa la palabra hacker; una escena desde la cual y aprovechando la curiosa presencia en ella de Kevin Smith, se homenajea a Clerks y por defecto a Star Wars.

El gran problema de esta cuarta entrega se localiza en la historia que plantea, pues resulta excesivamente inverosímil en demasiados aspectos. Todo parece pillado muy por los pelos y algunos de sus pasajes más trepidantes (como el desmadre automovilístico en el interior de un túnel o el del paseo de McClane por el ala de una avioneta), debido a su exceso, ofrecen una credibilidad nula. De todas formas, y siguiendo la tónica formal de toda la saga, ese generalizado desmelene acaba convirtiéndose en una de sus constantes (en el fondo) más atractivas.

La Jungla 4.0 ha perdido garra y vigor en cuanto a guión se refiere. Éste es casi nulo, mientras que sus diálogos y, ante todo, los comentarios de McClane cada vez que se ve en peligro, suenan a forzados; casi igual de forzados que la construcción que de su apayasado personaje hace Justin Long quien, recogiendo el testimonio de Samuel L. Jackson en la penúltima Jungla, da vida al compañero accidental de Willis. De hecho, este capítulo es un claro ejemplo de como aguantar una formula cinematográfica con el mínimo esfuerzo y, sin embargo, funcionar de modo correcto como mero pasatiempo y sin buscarle los tres pies al gato.

De Jungla sólo hay una, la primera, la genuina e insuperable Jungla de Cristal: un film modélico y el nacimiento de un héroe sinvergüenza y cachondo, modelado, casi en exclusiva, para el lucimiento de Bruce Willis quien, por suerte, y a lo largo de su carrera, ha demostrado que puede hacer más y mejores papeles al margen de sus celebrados héroes de acción. Después, la serie fue alargándose y degenerando, pero sin caer nunca en el error de ofrecer un producto aburrido que dejara a su público con ganas de distanciarse de su poli más chistoso y brutote. Precisamente y a pesar de sus errores, La Jungla 4.0 es un compendio de lo que han sido (y pueden ser) las aventuras de ese detective que una Nochebuena perdió sus zapatos y se quedó encerrado en el interior de un rascacielos ultramoderno. Aunque no se crea nada de lo que pueda ocurrirle a este tipo, dificilmente vaya uno a aburrise. Y ello es una buena garantía dentro de las coordenadas de un thriller de acción.

9.9.07

Insulten, con moderación y a según quién

Según informaba el pasado viernes El País Digital, el próximo día 12 de setiembre, se resolverá en un juzgado de Madrid la denuncia interpuesta por el rockero Ramoncín (conocido también como El Rey del Pollo Frito) a la página web alasbarricadas.org y en la que acusa a la misma de publicar una serie de comentarios anónimos que atentaban contra su honor. La indemnización que solicita por lo que considera insultos a su persona es de 6.000 euros más el pago de las costas.

Lo curioso del caso es que los supuestos insultos se vertieron desde el apartado de comentarios de los lectores, y todos ellos hacían referencia a la labor del artista como miembro activo de la SGAE (Sociedad General de Autores). Según la acusación, “pedante, creído, vendido, toca pelotas, payaso o chupacámaras”, son algunas de las injurias a Ramoncín que se colgaron en la web.

Para el correcto funcionamiento de esta bitácora, espero que a partir de hoy, los seguidores de Spaulding’s blog, en sus siempre apreciados comentarios, cuiden mucho su lenguaje y las posibles chanzas sobre famosos y famosetes. Ruego prudencia y discreción sobre ellos. En todo caso, si tienen la urgente y comprensible necesidad de insultar (pues todos somos humanos), háganlo entre ustedes mismos. Si fuere necesario, y siempre en última instancia, pueden someter igualmente a escarnio a quien esto escribe. Acto seguido, me veré obligado a poner una denuncia a mi propia página y a exigir una auto indemnización de 6.000 euros por sus improperios. De este modo, al menos, me ahorraré el tener que devolverme los gastos de las costas.

Amén.

6.9.07

Onanismo

En primer lugar, quiero dejar claro que, en general, el cine de Quentin Tarantino me gusta. Su particular lenguaje narrativo, y el modo en que sus películas han influido en buena parte de cineastas actuales, son aspectos que le honran. Nunca ha renegado de sus referentes cinéfilos, sino todo lo contrario. En sus películas los homenajea constantemente, al tiempo que les lava la cara y les otorga una apariencia más fresca y actual. Pulp Fiction, por ejemplo, bebe directamente del montaje utilizado por Kubrick en Atraco Perfecto aunque, gracias a la perspectiva distinta que le aplicó, consiguió un film totalmente innovador. Limpiar y pulir es un arte que domina a la perfección.

Una de las principales claves de su originalidad se apoya, de manera indiscutible, en esos diálogos tan particulares que se establecen entre los protagonistas de sus películas. Diálogos que quedan totalmente al margen del argumento central pero que, sin embargo, se acoplan perfectamente a él; un recurso que, en cierta manera, han imitado otros directores.

Death Proof es su último trabajo; un film que, al contrario que en Europa, se estrenó en Estados Unidos en forma de programa doble, junto con el Planet Terror de Robert Rodríguez. La única ventaja que tenemos respecto a los norteamericanos es que aquí podemos verlo en su versión íntegra... Rectifico lo de la ventaja pues, según se mire, más que una ventaja puede convertirse en una desventaja. A mí entero parecer, me da la impresión que le sobra metraje por todas partes. Es tan mínima la historia que cuenta que sus casi dos horas de duración resultan excesivas.

Es indudable que Grindhouse (el título genérico que agrupa la labor conjunta de Rodríguez y Tarantino) está orquestado como un cariñoso guiño a los films de serie B (fantásticos y de terror) que tanto se prodigaron a lo largo de los años 70. Y Tarantino, siendo consecuente con su cine anterior, ha seguido tratando con la misma simpatía a sus referentes de adolescencia, tocándole ahora el turno a esos locos de la velocidad y/o asesinos de carretera, que fueron inmortalizados en pequeñas obras artesanales como Punto Límite Cero o Asesino Invisible. Incluso, a modo de broma interna y personal, le ha otorgado el papel de un conductor kamikaze y pirado a Kurt Russell, cuando el actor, a mediados de los 90 y en la olvidable Breakdown, dio vida a una de las víctimas de otro psicópata motorizado. De cazado a cazador.

El problema de Death Proff es que no hay argumento. Todo se apoya en esos diálogos antes citados, los cuales, sin un guión compacto detrás, acaban por resultar empalagosos e inconsistentes. Es tanto su afán por auto homenajearse que se olvida, casi por completo, de narrar una historia mínimamente efectiva, con lo cual, y por culpa de esa desmedida exhibición onanista, no cesa de colar constantes referencias a sus propias películas. Aquel Twisted Nerved de Bernard Herrmann que sonaba de fondo en una escena de Kill Bill Vol. 1 (la del hospital con la primera aparición de Daryl Hannah), se convierte en el tono de la llamada del móvil de Rosario Dawson, mientras que, por otra parte, transforma a las ocho chicas protagonistas en émulas femeninas de aquel emblemático grupo de atracadores que, desde Reservoir Dogs y sentados ante una mesa, filosofaban sobre la figura de Madonna antes de pasar a la acción.

Al igual que su colega en Planet Terror, ha retocado el negativo para simular ser una cinta deteriorada, llena de saltos de imagen y con la fotografía rayada. Pero ello sólo lo hace durante la primera parte, ya que luego (una vez sobrepasado el mejor, original y más tenso pasaje del film) se olvida de tal detalle y recurre a una filmación más académica y brillante que, por su brusquedad, rompe con el burdo y divertido tipo de realización empleado al principio. Digo yo que esa será una decisión con alguna lectura implícita aunque, para serles sinceros, ignoro su significado. Él sabrá.

Niñatas calientabraguetas y mujeres hechas y derechas se reparten las dos mitades de Death Proff, pues se trata de un producto con un epicentro muy claro y definido. Como ven, en cuanto a féminas, hay para todos los gustos y colores, aunque personalmente me quedo con el tratamiento que hizo de ellas a través de Jackie Brown o de la misma Kill Bill.

El nombre de Tarantino se ha convertido en un icono cinematográfico, en una etiqueta de marca. Ahora ya puede hacer lo que le venga en gana, incluso servir en bandeja de plata la Gran Tarantinada. La pena es que tan sólo se queda en eso: en Tarantinada. La chicha no aparece por ninguna parte, a excepción de los muslámenes de sus protagonistas y del insinuante baile de Vanessa Ferlito (aka Mariposa)... Recuerden: siempre hay que calentar los motores a fuego lento; luego, en caso contrario, pasa lo que pasa.

5.9.07

¡Están locos estos romanos...!

Gladiator volvió a poner de moda el cine épico y los péplums. A partir de este título, han sido varios, con mayor o menor fortuna, los que han ido desfilando por las pantallas de todo el mundo. Ahora, justo tras el éxito de la epopeya de los 300 espartanos, hace un aterrizaje forzoso en nuestras salas La Última Legión, una aventura cinematográfica en la que se mezclan, sin orden ni concierto, varios conceptos históricos y legendarios, tales como la caída del Imperio Romano y la mítica espada Excalibur. Por en medio, un niño emperador y repelente, el mentor de éste y el reducido grupo que forma su escolta personal: un grupo del que cabe destacar a una guerrera damisela hindú, experta en artes marciales y que se cubre el rostro con un burka en forma de tienda de campaña.

Varias luchas cuerpo a cuerpo, una batalla campal a lo Braveheart (pero en plan cazurro) y uno de los secuestros más raros jamás presenciados, son algunos de los pasajes más delirantes de un producto que bien podría haberse estrenado directamente en televisión, ya que su aspecto y su plana realización la emparientan, directamente, con el citado medio. Por algunos momentos tuve la sensación de estar presenciando una de esas mini-series compuestas de un par de episodios que, a modo de relleno, emiten las cadenas televisivas en fechas vacacionales.

No busquen ningún tipo de rigor histórico ni mitológico a la cinta, ya que no lo van a encontrar. Cualquier tebeo de Astérix está más cerca de la realidad que esta descabellada propuesta de Doug Lefler, su realizador, a quien parece no haberle preocupado demasiado la falta casi total de documentación. Seguramente, el tipo es de los que piensan que a los espectadores les debe importar un bledo la historia... Entonces, ¿vale la pena estrujarse las neuronas contrastando datos, si con varias escenas de acción y una buena tanda de mamporrazos está todo resuelto?

El tal Lefter, por lo visto, también debe considerar al guión como otro elemento nimio y prescindible. Total: con cuatro líneas de diálogo, en las que se repita siempre el mismo concepto, está zanjado el asunto. La cuestión es que ocurran cuantas más cosas mejor, ya que el resto es pura paja, empezando por la mínima lógica interna de la película. Y no hay que tirarse de los pelos si de la isla de Capri a Gran Bretaña se llega en menos que canta un gallo. ¿Elipsis narrativas?... ¿pá qué? Más se pasó el Ridley Scott en Gladiator haciendo trotar, a lomos de un caballo, a un maltrecho Rusell Crowe, desde Alemania a España y en un solo día.

Acción y más acción, sin venir a cuento de nada y a pesar de que jamás asome ese espíritu romántico que siempre debería existir en un film de aventuras que se precie. Lo más romántico, en este caso, es la cantidad de pasta que deben haber pagado por la contratación de un actor de la talla de Ben Kingsley, aunque sólo sea para disfrazarle de druida y soltarlo por esos montes de Dios. Desaprovechar a un hombre así, no tiene nombre (a pesar de que a su personaje le hayan encasquetado el de Ambrosinus). Y, además, se nota que el Kingsley no se creía su papel en absoluto. Nunca lo había visto tan descafeinado (y ridículo) como en este film.

¡Por Tutatis que algún día se nos va a desplomar el cielo sobre nuestras cabezas!

Por cierto: los de la última foto no son Pep Munné y Penélope Cruz. En realidad se trata de la pareja compuesta por Colin Firth y Aishwarya Rai; o sea, el jefe de la escolta personal del pequeño emperador y la del burka.

4.9.07

Reality Penguin Show

Competir en cartelera con otro producto de animación de las características de Ratatouille debe ser difícil. Y más cuando el protagonista principal es un pingüino surfero. Entre el reciente abuso cinematográfico de pingüinos (El Viaje del Emperador o Happy Feet, son claros ejemplos de ello) y lo mal que funcionan en general las películas sobre surf en España, está claro que Locos por el Surf lo tiene peliagudo. Si además le añadimos que, a pesar de tratarse de un genero normalmente dirigido al público infantil, éste es un producto tratado de un modo demasiado adulto para que algunos de sus chistes puedan ser pillados por los más pequeños.

Locos por el Surf abriga una broma descarnada hacia los reality shows y los docudramas, a los que satiriza de manera ingeniosa. La falsedad y el cinismo de la mayoría de este tipo de reportajes quedan totalmente reflejados en la película. En ella, una cámara de un equipo de filmación, tras la que se esconde un reportero anónimo, observará a Cody Maverick por donde quiera que éste vaya e, interesándose por su personaje, acercará también el micrófono a sus más allegados. De este modo, su madre, su hermano, sus amigos y sus compañeros laborales, verterán (o, mejor dicho, escupirán) todo tipo de opiniones y anécdotas sobre él. Y es que Cody no es más que un pingüino adolescente cuya máxima aspiración en la vida es convertirse en un surfero famoso. Nadie comprende la enfermiza obsesión del jovencito palmípedo por lograr situarse en lo más alto del pedestal... y menos cuando se trata de un patoso de mucho cuidado.

La cámara seguirá a nuestra ave marina a lo largo del recorrido que separa su tierra natal, la Antártida, de Pen Gu, una pequeña isla tropical en la que va a celebrarse un campeonato de surf a nivel mundial, el Penguin World Surfing Championship. Una vez allí, dedicará la mayor parte de su atención a analizar la relación nacida entre el novato Cody y el otrora popular Big Z, un viejo y famoso surfero al que todos daban por muerto, y al que la cazallosa voz de Jeff Bridges, en su versión original, le otorga un carácter muy especial.

Por tratarse de una película de animación, rompe moldes con respecto a otras similares y, debido a ello, empieza por rehuir la aparición de esos guiños cinéfilos tan habituales (y a veces innecesarios) en este tipo de cine. Y, aún así, ante el trato del alumno Cody con el anciano maestro resurrecto, resulta casi imposible dejar de pensar en Kárate Kid.

Su humor es sutil, en exceso complicado a veces para el público infantil, pues incluso ciertas referencias a la drogadicción (aunque un tanto encubiertas) hacen acto de presencia durante el metraje. Un pollo aficionado al surf se coloca metiendo la cabeza justo encima de uno de los aventadores de una ballena, consiguiendo cierto efecto alucinógeno y anestésico cada vez que el cetáceo expulsa un fuerte chorro de agua; al mismo tiempo, el deprimido y acabado Big Z es un pingüino adicto a las ostras: sin ellas no puede sguir adelante.

Con la finalidad de llevar a cabo esta propuesta, la Sony contactó con Ash Brannon y Chris Buck, dos directores con una amplia experiencia como animadores al servicio de la Disney y la Pixar (antes de la unión de las dos casas). Buscando nuevos matices en el tratamiento de la imagen han conseguido, con ello, distanciarse visualmente del estilo de su rival más directa, la citada y maravillosa Ratatouille y, al contrario que ésta, en ciertos momentos, mostrándose espectacularmente real, tal y como sucede con las imágenes que plasman aquello que los surferos conocen como “el tubo”; o sea, pasar justo por en medio del hueco de agua que forma una ola gigantesca. Una sensación tan bien descrita y filmada que, aunque tratándose de animación, transmite al espectador los mismos sentimientos que a buen seguro recorren la mente de los que practican ese deporte.

Un film diferente que se caracteriza precisamente por ello: por ser distinto y atreverse, incluso, a sustituir la moralina final y apostar, en su lugar, por ridiculizar a una sociedad que, al igual que la nuestra, está basada en la competitividad más agresiva. No se trata de un título redondo al cien por cien, pero su (loable) empeño por distanciarse de la avalancha de animatronics que está invadiendo las pantallas, el (simpático) tratamiento narrativo a modo de falso documental y su (aplaudible) tono crítico, hacen de éste un trabajo un tanto entrañable. Y es que a las buenas intenciones siempre hay que tenerlas en cuenta.

3.9.07

Ustedes lo han queirdo: LA FURIA DEL TIGRE AMARILLO


Tenía unos 14 años cuando vi por primera vez La Furia del Tigre Amarillo. Fue en el Maragall, un desaparecido cine de barrio de Barcelona que, durante una larga temporada y antes de cerrar definitivamente sus puertas a mediados de los 80, se reconvirtió en sala de repertorio. Antes de ello, entrados los 70 y en un programa doble, fue cuando asistí a uno de los pases de la citada película del hongkonés Cheh Chang. Bruce Lee había iniciado la fiebre por el cine de artes marciales y la de Chang llegó a nuestras pantallas como una cinta más de entre la mediocre avalancha de títulos en los que el kung fu y el ketchup compartían, a partes iguales, la mayor parte de sus metrajes. Para más INRI, por aquel entonces, Televisión Española había estrenado una nueva serie para la medianoche de los sábados; se trataba del mítico y místico Kung Fu, una especie de western psicotrónico en el que David Carradine daba vida a Caine (más conocido familiarmente como Pequeño Saltamontes o el colgado del macutito), un tipo que, en defensa de la justicia, aplicaba en el Lejano Oeste las enseñanzas recibidas por un maestro oriental cegato. A partir de este entusiasmo colectivo por el género, las calles de mi ciudad se poblaron de jovencitos con aspecto de quincorro quienes, en honor a los héroes de esos productos, iban soltando patadones al aire y emulando sus rocambolescas posturas de ataque y lucha. Un espectáculo ciertamente lamentable que, con el paso de los años, ha dado paso a una generación de adultos cincuentones aquejados de tortícolis y enfermedades musculares de todo tipo... Pero vayamos al grano, que ya empiezo a parecerme al abuelo Cebolleta con sus batallitas..

La verdad es que de La Furia del Tigre Amarillo conservaba una imagen bastante difusa. Es más: durante mucho tiempo pensé que se trataba de El Luchador Manco, otro film de similares características realizado, al igual que el de Cheh Chang, en 1971. De hecho, el cine de artes marciales nunca ha sido un género que me haya interesado demasiado pero, en este caso, hubo una escena que quedó grabada en mi mente y que precisamente, a lo largo de muchos años, he ido asociando erróneamente con el otro título. Y es que la parte final de La Furia del Tigre Amarillo es ciertamente delirante y atípica pues, en ella, un espadachín tullido, falto de un brazo y él solito, derrotaba a más de un centenar de enemigos que quedaban tendidos y desangrados a lo largo y ancho de un inmenso puente; un puente que daba paso a una espectacular fortaleza. Mi cabecita impúber atesoró ese momento cinematográfico como oro en paño, aunque se olvidó de almacenar su título correctamente en el disco duro.

Hace un par de años pude hacerme con una copia de El Luchador Manco. Y cual fue mi gran sorpresa cuando descubrí, tras visionarla, que en ella no había ni puentes ni fiambres. Durante 33 años la mente me había jugado una mala pasada. Justo ayer por la tarde clausuré ese puzzle mental que me privaba del sueño casi cada noche de mi vida. Y todo gracias a una petición de uno de ustedes. Por fin descubrí que la inolvidable imagen del puente y los muertos pertenecía a La Furia del Tigre Amarillo. Lo único que tienen en común los dos títulos es que, en ellos, hay mucho kung fu, un mogollón de enfrentamientos a espadazo limpio y, ante todo, que a sus respectivos protagonistas les falta un brazo. En cuanto al resto, a pesar de estar inscritos dentro del mismo género y denotar inevitables paralelismos, resultan bastante distintos en su contenido y resolución. El Luchador Manco se me antoja bastante desastroso en cuanto a realización y puesta en escena se refiere, decantándose más hacia las coordenadas del cine basura que a las de un producto más lúcido y formal. En cambio, La Furia del Tigre Amarillo destila una corrección no muy habitual en el cine de artes marciales de los 60 y 70.

Algunos la han catalogado de obra maestra y de clásico del Séptimo Arte. Una exageración como cualquier otra. El que sea un trabajo visible y destaque por encima de otros similares, no es sinónimo de magnificencia. Hay que ser francos y reconocer que el guión y sus diálogos son de lo más básico e infantil que uno pueda tirarse en cara. Y ello sin darle tampoco demasiada relevancia a su banda sonora la cual, firmada por una especie de impostor que atendía por Yung-Yu Chen, copió con tremebundo descaro algunos de los temas que John Barry compuso para la serie James Bond, remezclándolos al mismo tiempo con una sintonía que en nada desentonaría colocada en cualquiera de los spaguetti-westerns que por aquel entonces se rodaban en Almería. Todo un reto auditivo y psicodélico para el espectador y que, sin embargo, le sirvió a Cheh Chang para afianzar aún más ese aspecto de película del Oeste de serie B que aflora de su proyección, tal y como demuestra la escena que acompaña a sus créditos iniciales y durante la cual, David Chiang, su protagonista, derrota a varios enemigos yendo a lomos de un caballo.

La historia que cuenta La Furia del Tigre Amarillo es la de siempre, la de toda la vida. Desde John Ford hasta Joaquín Romero Marchent, multitud de realizadores han recurrido a la figura del héroe caído en desgracia y que, tras ser abatido en un combate, decide refugiarse del mundanal ruido con la intención de olvidar su pasado; un hombre torturado que, en plena decadencia, deberá regresar a la acción motivado por una venganza personal. Hay que tener en cuenta que además, en este caso, el tipo está doblemente atormentado, pues ha sido obligado por un villano a automutilarse el brazo derecho, acto que le hace perder el arte y el gracejo que demostraba en el dominio de la lucha con un par de espadas gemelas. Heroísmo, retiro, meditación y desquite; un desquite tras el que se esconde una velada referencia gay, pues la única mujer que aparece en toda la película ejerce tan sólo de florero ornativo... Para todos aquellos que estén interesados en una mayor información sobre su desarrollo argumental, les recomiendo el extenso y detallado post que sobre el film le dedicó mi cuñado absence, todo un entendido en la materia que, sin embargo y al igual que un servidor, vivió varios años con la misma confusión de títulos.


Lo mejor de La Furia del Tigre Amarillo se localiza en su modélica filmación (apoyada en sinuosos barridos de cámara y numerosos travellings laterales y frontales) y en un magnífico tratamiento de la fotografía, capaz de beneficiarse al cien por cien de las posibilidades que ofrece el (generalmente desaprovechado) formato scope. El modo de acentuar los colores chillones con la finalidad de contrastarlos con los más tenues, es toda una delicia, al igual que ocurre con la manera de plasmar sus elipsis narrativas. En este aspecto, hay una macabra elipsis en concreto que muestra el paso del tiempo a través de la putrefacción de la carne de lo que había sido el brazo derecho del combativo Lei Li, nuestro héroe, antes de caer en el pozo oscuro.

Un entretenimiento de ritmo acelerado, de los de hostia va, hostia viene. No esperen mucho más de las aventuras de un luchador manco que, en su retiro voluntario, termina trabajando de cantinero malabarista. Ni siquiera las coreografías de sus luchas me parecen bien perfiladas, pues la mayoría de enfrentamientos transcurren en un abrir y cerrar de ojos. Un ¡plif plaf! y a por otro enemigo al que degollar o agujerearle la barriga. Es lo que el público pedía y es lo que ni más ni menos supo ofrecerle el artesanal Cheh Chang quien, como buen amante de su oficio que era, además de sumir a las plateas en un frenesí colectivo, sacó partido a la coyuntura y se esmeró en perfeccionar un poco más la técnica de esos peculiares saltos que tanto apasionan a los matrixianos hermanos Wachowski.

En mi memoria, inevitablemente, seguirá residiendo el susodicho puente ensangrentado sobre el que yacen las víctimas de un manco rencoroso y furibundo. El resto, a pesar de su formalismo, acabará desapareciendo o fundiéndose con imágenes y escenas de otros productos casi idénticos. Y, en cuatro días, volveré a pensar que se trataba de El Luchador Manco.

30.8.07

La aristocracia pierde a su Zelig particular

Hoy ha muerto, a los 87 años de edad, José Luis de Vilallonga, un hombre polémico y polifacético, de vida dispersa y agitada. Su condición de marqués le hizo Grande de España, aunque su hijo John –fruto de la relación con su primera mujer-, desde el libro Vilallonga Mi Padre, asegura que en ciertos círculos sociales parisinos se le conocía como el "Glande de España".

Su fama de mujeriego y de bebedor, no le fueron obstáculo alguno para que se codeara con la florinata de la intelectualidad europea y americana de los años 50 y 60, y con personajes ligados directamente con el mundo del cine, desde Federico Fellini hasta Louis de Funès, negocio en el que se coló como actor gracias a Louis Malle. La propia Audrey Hepburn le llamó para que interpretara un pequeño papel en Desayuno con Dimanates, una de las comedias más reputadas de Blake Edwards. Así era su vida social, igual de desordenada que sus pensamientos e ideales políticos: del falangismo al socialismo, llegando incluso a simpatizar con el comunismo... y ello a pesar de autodefinirse como "monárquico genético".

Escritor, actor, contertulio, periodista... Un camaleón de la cultura, la política y el espectáculo que, de la mano de Berlanga y en Patrimonio Nacional y Nacional III, supo tomarse en broma a sí mismo dando vida a un aristócrata venido a menos.

Un poco de todo y a grandes dosis. Su paso por este planeta fue tan complejo como su propio apellido, pues incluso hoy, en muchas páginas de Interney (empezando por la IMDB) y en diversos medios de comunicación, la elle se la han colocado en el lugar incorrecto.

A buen seguro que, en su tumba, algún amigo o alguna amante le dejará unas cuantas botellas del mejor champagne francés. Descanse en paz.