17.6.07

Infiltrados

En el momento más difícil, y cuando todo parecía perdido para los merengues, se infiltró en las gradas el agente Ethan Hunt y, tras abrir su maletín, empezó a repartir por el estadio cienciología gaseosa a diestro y siniestro. Y se obró el milagro. La Cibeles podrá tener su bufanda.


Con la intención de desmoralizar a la plantilla madridista, los culés enviamos al Bernabeu a Maxwell Smart cargado de estampitas de La Moreneta. Y así nos ha ido (aunque, personalmente, sigo pensando que ésta era una buena opción). Esta misma noche ha sido despedido. En estos momentos, comparte una gigantesca sobrasada con los jugadores del Mallorca.

Para el próximo año, ya se barajan nuevos fichajes para sustituir a Smart. Entre los posibles, suenan los nombres de Jack Bauer, Jacques Clouseau, la sargento Ripley y Santo el Enmascarado de Plata. Según fuentes bien informadas, las simpatías del presidente del club, Joan Laporta, se inclinan por los servicios del mítico luchador mejicano.

16.6.07

Los asesinos de la Luna de Miel

Corazones Solitarios se basa en un caso real ocurrido, entre finales de los 40 y principios de los 50, en el condado de Nassau (EE.UU.). La historia de una pareja de timadores y asesinos, Ray Fernández y Martha Beck, que unieron sus fuerzas en el arte del engaño para aproximarse a mujeres solas que anunciaban la búsqueda de un compañero a través de revistas de contactos. Un relato que anteriormente ya había sido llevado al cine en varias ocasiones siendo, el primero de ellos, Los Asesinos de la Luna de Miel, un film considerado de culto que fue dirigido, en 1970, por Leonard Castle y en el que se actualizaron las fechas de los acontecimientos al transportar la acción a la misma época en que se rodó. La crudeza visual y el frío tratamiento que dio a la pareja de criminales fueron también las mismas constantes de (para mí) la mejor aproximación al tema: la que hizo Arturo Ripstein en Profundo Carmesí. En el título del mejicano, se optó por trasladar los hechos a su país natal y por darle un sobresaliente (aunque amargo y brutal) toque de humor negro.

La cinta que acaba de estrenarse, dirigida por Todd Robinson, apuesta por centrarse en la investigación policíaca antes que en la minuciosa descripción de los actos sanguinarios de la criminal pareja de amantes. O, al menos, en el apartado en que se muestra la relación entre los dos agentes de policía que condujeron el caso, es en donde mejor funciona la película. Partiendo del teórico suicidio de una mujer solitaria, Robinson presta una especial atención a la conducta obsesiva del personaje interpretado por un brillante John Travolta, el agente Elmer C. Robinson, un hombre que, traumatizado por la violenta e inesperada muerte de su esposa, no cesará en su empeño enfermizo por demostrar que, tras ese aparente suicidio, se encuentran unas manos asesinas. Un tipo éste al que no creerán ni sus superiores ni su propio compañero de fatigas, un James Gandolfini tan inmenso (en todos los aspectos) como siempre.


Jared Leto y una atractiva Salma Hayek dan vida a los dos amantes que acabaron recibiendo el largo apodo de los Asesinos de los Corazones Solitarios, los ya citados Ray y Martha. Y, precisamente, en la elección de Salma Hayeck para interpretar a la virulenta Martha Beck, reside el gran error de la cinta ya que ésta, tal y como demostraron los otros productos anteriores, era una mujer feúcha y marcada por una extrema obesidad, todo lo contrario de lo que ocurre con la actriz nacida en Veracruz. Los arrebatos de celos y la dependencia que tiene de Ray Martínez, en una mujer tan bella y sensual como la Hayek, resultan difíciles de creer, con lo cual, algunas de las situaciones de alta tensión que se crean entre ellos y sus víctimas, se me antojan demasiado forzadas para resultar creíbles. Aún y así, su director, solventa con una elegante e insospechada sequedad aquellos asesinatos que muestra en pantalla.


La valentía de usar a una niña pequeña como otro de los cebos expiatorios del dúo criminal, es un signo inequívoco de que el tal Todd Robinson ha pasado (por suerte) de la corrección política y de la falsa moral hollywoodiana que, en los últimos años, intenta mantener a los más pequeños alejados del alcance efectivo de criminales sin cuartel. Una norma, casi estricta, que solamente se han saltado a la torera gente como Cronenberg, en Una Historia de Violencia, y Florent Emilio Siri en el magnífico prólogo de Hostage. Una manera ésta de compensar la fallida elección de la protagonista de Frida quien, por cierto, no está nada mal en su correcto trabajo. Para dar más el pego, aquí tendrían que haberle colocado de nuevo ese bigote que lucía bajo la nariz de la pintora mejicana.

Su ambientación en la norteamerica de los 40 y 50, la voz en off del personaje de Gandolfini, su sobriedad narrativa (casi cercana al documental) y el decaimiento psíquico y moral del detective Elmer C. Robinson, la aproximan (aunque manteniendo las distancias) a algunos de los títulos nacidos al amparo del cine negro. Su falta de pretensiones, la serenidad de un guión conciso y en nada rocambolesco (escrito por el propio realizador y, asimismo, nieto real del agente Robinson) y la sencillez de una producción efectiva hacen, de éste (y a pesar de sus errores), un título recomendable que amplía, un poco más, la mítica existente sobre la macabra pareja que inmortalizó en el cine Leonard Castle.



14.6.07

¿Spoiler?

Llevo dos días encerrado en casa, a cal y canto. Las ventanas cerradas. El teléfono descolgado; el interfono también. Y todo para poder ver, sin que nadie me molestara, los últimos nueve episodios de una de las mejores series de la historia de la televisión: Los Soprano. Justo hace una hora que he podido ver el final de Tony Soprano; ese mismo final que ha causado una fuerte polémica en los EE.UU. tras su emisión el pasado domingo por la noche.

Hace un tiempo lo confesé claramente: soy un soprainómano y, por esa razón, tras empaparme de casi un tirón los citados capítulos, no he podido resistir la morbosa tentación de desvelar el The End que se tenía reservado David Chase, su creador. Si usted no tiene escrúpulos de ningún tipo y le importan un bledo los spoilers, pinche sobre la ennegrecida imagen de abajo y conocerá toda la verdad sobre el destino definitivo de la familia Soprano. Quien avisa no es traidor.


Exorcizando demonios

Memorias de Queens significa la ópera prima, como director, del músico y escritor Dito Montiel quien, para este debut, ha adaptado su novela autobiográfica A Guide to Recognizing Your Saints. Su entrada en el mundo del cine no podía estar mejor apadrinada pues, entre los productores, figuran nombres tan populares como los de Sting y Robert Downey Jr., este último también con un significativo papel en la película ya que, en ella, interpreta al propio Dito en su edad adulta.

Narrada en dos tiempos y con una muy correcta utilización de la técnica del flash-back, la cinta está ambientada en Astoria, el barrio del distrito neoyorquino de Queens en el que transcurrió la infancia y parte de la adolescencia de su autor. Memorias de Queens arranca en la época actual, justo cuando el escritor está a punto de hacer una lectura pública de su libro en Los Angeles, su lugar habitual de residencia desde que decidió abandonar el hogar paterno. Allí, ante su público, rememorará el día en que -tras haber estado alejado de su familia y amigos durante más de 15 años- tuvo que regresar al lado de ellos debido a una llamada urgente reclamando su presencia.

La película, avanzando y retrocediendo en el tiempo, analiza las memorias de juventud del escritor; una juventud que se vio marcada por la violencia, la rivalidad entre bandas y por las tensas relaciones que mantuvo con su padre, un emigrado nicaragüense que arreglaba máquinas de escribir en su domicilio.

La primera media hora de proyección puede resultar un tanto descabellada pues, aparte de estar rodada con la ayuda de una frenética cámara en mano en constante movimiento, va presentando a todos los personajes que rodearon a Dito Montiel de manera abrupta y sincopada. El film parece no querer centrarse en ningun tema en concreto hasta que, inesperadamente, un hecho brutal le impregna un ritmo mucho más soportable. Es entonces, en ese momento clave y tras haber golpeado las pupilas y la mente del espectador, cuando Memorias de Queens se transforma totalmente y, aparte de otorgarle relevancia a su dispersa introducción, cobra la apariencia de un producto elegante, emotivo y dotado de una dureza poco usual en el cine. Y no se trata precisamente de dureza física ya que, la mayor parte de escenas violentas (que las hay), transcurren fuera de plano. Es la dureza de los sentimientos, del rencor, de no poder gritar a los cuatro vientos aquello que en realidad nos hiere en lo más profundo, de aquella mierda acumulada a lo largo de demasiados años; de la mierda propia y de la ajena; de aquella que uno ha de llevar encima sin haberlo comido ni bebido. De ese tipo de mierda que es necesario echar fuera para poder vivir en paz el resto de los días.

Algunos de los pasajes del film, de la parte que transcurre durante los años 80, recuerdan al estilo visual de Una Historia del Bronx, a pesar de que sus intenciones y décadas sean muy distintas. Estas Memorias de Queens son el claro auto exorcismo de Dito Montiel. Exculpar y reconocer culpas, enfrentarse al pasado y admitir, con la frente bien alta, los errores propios y los de los demás. Saber perdonar e intentar ser perdonado. Una filosifía que, a buen seguro, encantará al cristianismo no confeso de Martin Scorsese, pues entre este personaje arrepentido y el del Jake La Motta de Toro Salvaje hay una distancia mínima.

Un buen trabajo, apoyado de manera genial por sus actores (en especial un espléndido Robert Downey, Jr.) y por una selección de temas musicales que, por sí mismos, son capaces de enmarcar un tiempo concreto como fue el de la década de los 80. Y es que la música, en muchas ocasiones, es la mejor terapia para ayudar a recuperar ciertos pasajes personales del pasado.

Y atención, sobre todo, a una escena inolvidable y única, altamente emotiva: la del reencuentro entre un Dito Montiel adulto y su novia de adolescencia. Su construcción escénica, la manera de mantener físicamente alejados a los personajes que intervienen en ella, los diálogos que éstos se cruzan, la utilización de la banda sonora y las interpretaciones del citado Robert Downey y de una impagable y bellísima Rosario Dawson, la convierten, a mi parecer, en una de las mejores y más atípicas escenas de amor de los últimos tiempos. Sólo por este instante de gran cine, vale la pena darle un vistazo a la película.

12.6.07

Fantasías Animadas de Ayer y Hoy presentan: EL OTRO VIETNAM


Apocalypse Now y Platoon son una nimiedad absoluta al lado de un peliculón como Boinas Verdes. El otro día, en un claro acto de contrición, decidí fustigar mis neuronas con uno de los títulos más fascistoides y propagandísticos que jamás filmara El Duque. Y es que, a finales de los 60 y en plena Guerra del Vietnam, justo cuando más de medio planeta abogaba por la retirada de las tropas norteamericanas del lugar, con tantos hippies e izquierdosos melenudos pidiendo a gritos la finalización del conflicto, a John Wayne se le hincharon las narices. Allí estaba él, todo un hombretón, hecho y derecho, para honrar a su ejército y dejar constancia de lo perversos y sanguinarios que eran esos rojos de color amarillo.

Ni corto ni perezoso, aunque con la ayuda -en la realización- de Ray Kellogg y de un Mervin LeRoy que ni se atrevió a acreditarse, se embarcó en la alucinada cruzada de ensalzar su rancio patriotismo, defendiendo a capa y espada la férrea continuidad de los soldados yanquis en tierras vietnamitas. Vistos los resultados, el cowboy cinematográfico por excelencia, poco debería saber sobre la verdadera e infernal realidad que ocurría en el espeso frente de batalla pues, en la primera parte de Boinas Verdes, aparte de cargar con mala saña contra el comunismo y todo lo que oliera mínimamente a progresismo, orquestó un espectacular combate bélico, mucho más cercano a lo ocurrido en El Álamo que a la cruenta guerra de guerrillas que se organizó en ese país.

Y digo lo de primera parte porque, en Boinas Verdes, hay dos películas en una. En la primera, se encuentra el anteriormente citado acoso y derribo, por parte de los malditos kongs, a una desamparada base del ejército norteamericano, mientras que, en la segunda, Wayne y un seleccionado grupo de sus soldaditos, se apuntan a una misión ultrasecreta, en plan comando y en plena selva, para pillar a uno de los principales responsables de la guerrilla. Cine basura en estado puro. Demagogia histórica para levantar la moral de un país que no creía en esa guerra. El soldado yanqui, bueno y heroico; el guerrillero amarillo: un hijoputa de mucho cuidado, una bestia hambrienta a la que había que machacar. Todo un estereotipo patriotero y anticomunista en manos de un John Wayne más heroico y sacrificado que nunca; tanto que, incluso, se atrevió a vestir con una sospechosa prenda de color abutanado, muy a lo Guantánamo, a su presa amarilla más preciada.


No contento con dibujar al enemigo como un monstruo furibundo y despiadado, que sólo se cebaba con los niños y los militares más simpatiquillos y chistosos (tal y como sucede con el personaje de Jim Hutton), también coló, de manera sutil, algún que otro toque xenófobo a lo largo de la narración. El más claro de ellos lo suelta un boina verde de color, el cual, después de curarle una leve herida a una niña del Vietnam del Sur, y tras descubrir la mirada anhelante de la pequeña al ver ésta la medalla de otro soldado, acaba espetándole la siguiente frase a su colega: “es mujer... al fin y al cabo”. ¡Y lo dice un negro refiriéndose a una chinita! Un espeluznante cocktail de racismo y machismo para paladares poco refinados.

Tampoco podía faltar el obligado proceso de concienciación del tipo de izquierdas y defensor, a ultranza, de la retirada de las tropas. Ésta transformación recae sobre el periodista al que da vida David Jansen, un hombre que, tras mostrarse alterado ante el militarismo y la rabia exhibida por John Wayne antes de partir hacia el Vietnam, decide acompañarlo con la intención de calibrar -a fondo- su claro posicionamiento en contra de la guerra y exponer todo cuanto allí vea a sus lectores. Una vez en el frente, y después de haber conocido el sadismo y las malas artes empleadas por los kongs, decidirá alistarse en el ejército como voluntario. Él y su lettera portatil estaban totalmente equivocados. Y es que los rojos siempre han sido muy mal pensados.

Es de suponer que, gracias a una de las frases épicas del film, Francis Ford Coppola tuvo la genial idea de partida para iniciar la gesta de Apocalypse Now, uno de sus mejores títulos y, al mismo tiempo, la visión más lúcida y valiente sobre la psicotrónica permanencia de las tropas norteamericanas en Vietnam. Y es que, durante uno de los desplazamientos en helicóptero de los paracas al mando de El Duque, uno de ellos, ya con cierta experiencia anterior en el país, le asegura a su compañero de asiento que “el LSD, comparado con este viaje, es una humilde aspirina”. Tela marinera.

Suerte que, años después, algunos cineastas con una fiabilidad política más elevada que la del protagonista de La Diligencia, decidieron dar una visión más ecuánime y real de esa guerra y de las secuelas písiquicas y físicas que la misma dejó en sus participantes.

Y lo peor de todo es que la historia se repite... y se repite... y se repite...

11.6.07

Después de las vacaciones, llega el buen trabajo

Los chicos de Danny Ocean han vuelto a la acción. Han dejado atrás esas innecesarias vacaciones en Europa (Ocean’s Twelve), burdas y en forma de tomadura de pelo, para instalarse de nuevo en Las Vegas, la ciudad de cartón piedra y luces de neón que mejor se conocen. Allí, con la seguridad de un guión brillante e ingenioso, recuperarán el estilo que les hizo famosos en la primera entrega de la saga.

Y es que, bajo mi punto de vista, esta tercera parte, Ocean’s 13, es la mejor de la serie; al menos, hasta el momento. Steven Soderbergh, su realizador, deja de lado a las dos muñequitas de turno (Julia Roberts y Catherine Zeta-Jones) y, a pesar de que el personaje de George Clooney hace varias y sutiles referencias a la relación con su pareja, se centra en el grupo que ha reunido éste para desbancar el nuevo Casino de la ciudad. Un Casino cuyo propietario, el cínico y desalmado Willie Bank (un Al Pacino a punto del desmadre total), ha hecho una imperdonable jugada a uno de los suyos (un inmejorable Elliot Gould) que casi le acerca a las puertas de la muerte. La venganza es un plato que se come frío.

Si Ocean’s Eleven resultaba un entretenimiento más cercano a la Mission: Impossible de De Palma que al film original en el que se escudaba (La Cuadrilla de los Once), Ocean’s 13 apuesta por una estrategia más metódica y calculada, con menos piruetas circenses que en la primera. La acción no falta, aunque sea en pequeñas dosis. La fuerza de esta secuela reside ante todo en su guión, en sus controlados diálogos y en un montón de situaciones cómicas que nada tienen que envidiar a las de las grandes comedias. En este aspecto, su escena final en un aeropuerto, con el rostro de Andy Garcia asomando por un monitor de televisión, es una buena muestra de ello: una manera excelente de terminar un film excelente (y valga la redundancia).

Soderbergh recupera una manera de hacer cine que le aproxima a las entrañables cintas sobre grandes robos que se realizaron entre los 60 y 70. Su pulso narrativo, la mala leche que destila sobre la artificiosidad de una ciudad como Las Vegas y la fuerza de sus actores, priman sobre otros conceptos. De entre éstos, cabe destacar la presencia de una madura y aún atractiva Ellen Barkin (la mano derecha del oscuro Willie Bank) y la relevancia otorgada, en esta ocasión, al personaje del anciano Saul Bloom, interpretado por un modélico y destructor Carl Reiner (el que fuera director de esa gamberrada llamada Cliente Muerto No Paga), con el que recupera un papel que, en los anteriores capítulos, quedaba un tanto desdibujado. Incluso el soseras del Matt Damon -en su particular guiño a las artes del camuflaje exhibidas por el inspector Clouseau- tiene su coña.


El par de enfrentamientos verbales entre Clooney y Pacino -con algún que otro necesario guiño al gran Sinatra-, el sádico y cachondo tratamiento que hace sobre un gafado inspector de Hacienda, la obsesión de Danny Ocean por el programa televisivo de Oprah Winfrey y el celebrado chiste sobre el propietario de la casa Samsung, son algunos de los mejores momentos de una cinta prácticamente redonda. Un auto homenaje a su descalabrada entrega anterior, con Vincent Cassel como invitado estelar, es la manera que tiene el director de estampar su sello personal: un sutil modo de reivindicar un título vilipendiado por casi todos. Y es que a Soderbergh, uno de los pocos enfants terribles capaces de dinamitar Hollywood desde el mismo Hollywood (y, al mismo tiempo, respetándolo), siempre le ha encantado el concepto que abriga la palabra camarilla.

Ocean’s 13: un film tan trepidante como su rítmica banda sonora, la cual, debida a la maestría musical de David Holmes, consigue trasladar al espectador hasta Las Vegas de cuando las grandes orquestas arropaban al clan Sinatra al completo. Una delicia de comedia, sí señor. Diferente a la primera, pero con su mismo espíritu y en nada irreverente con ella.

9.6.07

Encuentro con Terry Gilliam

El pasado miércoles, a primera hora de la tarde y bajo el radiante sol que lucía sobre Barcelona, tuve el placer de compartir unos minutos con Terry Gilliam. El encuentro fue en la terraza del Claris, un lujoso hotel situado en el centro mismo de la ciudad. La cita era justo a las 16.15. El director de pequeñas joyas como El rey Pescador o 12 Monos, a pesar de hacer gala de ser el único miembro norteamericano de los Monty Python, hizo su aparición con una puntualidad británica.

De apariencia afable y divertida, es un hombre con un carisma y una cultura envidiable. Su aspecto apayasado y su espíritu gamberro e infantil, para nada están reñidos con su educación. Les puedo asegurar que el poco rato que estuve a su lado, se ha convertido para mí en una experiencia tan grata como inolvidable. O al menos, esa camisa dicharachera y a lo Magnum que me llevaba, resultará un detalle imposible de borrar de mi memoria. Quiero comprarme una igual que la suya.

Nos dimos un fuerte apretón de manos, al tiempo que procedimos a las pertinentes presentaciones mediante la espléndida traductora que nos tocó en suerte. Antes de iniciar la entrevista, no pude redimir la tentación de conseguir un autógrafo o un dibujo suyo como recuerdo de esa tarde. Para ello llevaba encima, durante todo el día, el voluminoso libro que, bajo el título de Monty Python La Autobiografía, escribieron el pasado año los miembros del mítico grupo humorístico.

- Mr. Gilliam –le dije tímidamente y tendiéndole el pesado ejemplar-, me encantaría que me echara una firmita o un dibujo en el libro. En su defecto, y si no le apetece mucho la idea, me conformaría con que chupara un poco la portada...

El hombre, ni corto ni perezoso, acercó el libro a su rostro y sacó repetidas veces la lengua demostrando su disposición por soltarle unos cuantos lametones. Acto seguido, lo abrió y, en la primera página en blanco, estampó su firma, un pequeño dibujo y una dedicatoria.

Así empezó lo que fue una corta pero productiva entrevista en la que, ante todo, resaltó las reacciones, tanto positivas como adversas, que ha causado Tideland entre el público y la crítica de todo el mundo. Refiriéndose al espectador norteamericano, imbuido de una moral mucho más estricta y falsa que la del europeo, aseguró que “la reacción de éste fue más o menos como me esperaba antes del estreno. Siendo una historia tan dura, hubo quien reaccionó muy bien ante ella, mientras que otros la aborrecieron al momento. Y muchos, en lugar de echar pestes de la película, optaron por no hablar de ella”.

Ante su respuesta, le cuestioné la posibilidad de que no supieran leer bien las intenciones de su film.

- Creo que reaccionaron a las cosas que yo esperaba que reaccionaran - aclaró -. Y en lugar de enfrentarse a ello, hablar sobre ello y pensar sobre ello, simplemente hicieron ver que no había ocurrido eso en pantalla. Tampoco esperaba que surgiera la polémica, aunque creía que al menos surtiría algún tipo de debate. Pienso que las opiniones negativas no se tomaron demasiado en serio la película. A mí me parece raro, pero éstos se quedaron como en un estado de negación.

A continuación, le comenté el paralelismo que creí intuir entre Tideland y El Laberinto del Fauno, el film de Guillermo del Toro.

- Me encantó esa película. Hace poco, Guillermo vino a Londres, fuimos a cenar juntos y me dijo: “¿has visto, Terry?: tu y yo hicimos la misma peli el año pasado” - rememoró Gilliam luciendo una amplia sonrisa -. Ante su afirmación, le respondí a Guillermo que “la diferencia entre las dos es que, a la critica, la tuya le encantó y, a la mía, la detestó”

Remató su explicación con una sonora carcajada, añadiendo a continuación un epílogo a la citada comparación: "Su película no molesta; no perturba. La mía, más o menos preocupa: se te mete dentro, duele..."

-
Quizá la suya duele porque sugiere temas que mucha gente, por culpa de la doble moral, no quiere aceptar- le señalé.

- En efecto, toca temas sobre los que mucha gente tiene ciertos prejuicios. Las drogas, para los niños, es uno de los mayores peligros que hay en el mundo; pero no el único. Y, en ese aspecto, ya sabía exactamente lo que pasaría. Pero me interesaba fomentar ese asunto al tiempo que mostraba las dos caras que tiene la película.

Hablamos de su relación con Jeff Bridges, un actor con el que se siente a gusto trabajando, aunque, puntualizó, “en esta ocasión haya estado muerto y en descomposición durante la mayor parte del metraje. Jeff es el mejor; una verdadera bestia”.

- Siguiendo con Bridges–le propuse-, en su película, el actor interpreta a un personaje que no para de soltar sonoras ventosidades. Sobre esta cuestión, me ha quedado una duda que me impedirá el sueño durante varias noches si no logro desvelarla. ¿Los pedos se los tiraba el propio Bridges, eran efectos sonoros o los hacía usted con la ayuda de una alguna trompetilla?

Gilliam soltó otra de sus sonoras carcajadas para, al instante, empezar a echar pedorretas sin parar con la ayuda de la boca:

- Las hacía yo mismo; de verdad –aseguró soltando un par más de flatulencias bucales-. Lamentablemente, debería haberme llevado yo el mérito de esas ventosidades y haber hecho constar, en los créditos finales, que yo soy, en realidad, el responsable directo de los pedos de Jeff Bridges.

Hablamos de posibles proyectos en compañía de Monty Python, aunque me aseguró que, aparte de la edición del libro Monty Python La Biografía, no hay ninguna cosa más prevista:

- De momento no. Eric Idle ha montado Spamalot, una comedia musical basada en Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores. Como grupo tenemos varias empresas, somos los propietarios de una serie de televisión y, como ya no nos apetece mucho ponernos medias y cosas raras en la cabeza, vamos reciclando el material antiguo que poseemos.

Me habla de su futuro film, el cual, contando con la presencia de Heath Ledger y Tom Waits, va a titularse, en un principio, The Imaginarium of the Dr. Farnasius. Pero asegura que, antes de dar nada por sentado, tiene que recaudar aún el dinero necesario para ello.

Aquí, tristemente, llegó el momento de la despedida. Hubiera estado mucho más tiempo al lado de ese tipo maravilloso, al que pude darle la mano en repetidas ocasiones y que inclinó su cuerpo, un poquito, para que le estampara en la frente uno de mis más cariñosos besos. Estoy convencido que Terry Gilliam, desde hace muchos años, atesora en su casa el buscado Santo Grial.

7.6.07

Alicia en el País de las Tinieblas

Parecía imposible que llegara a estrenarse en España Tideland, una de las películas más conflictivas y polémicas de Terry Gilliam. Pero, por suerte, llega ya a nuestras pantallas el producto del monty python norteamericano que, desde su pase por el Festival de San Sebastián, ha ido creando polémica por aquellos lugares en los que se ha proyectado. Y es que, tal y como dice su propio director, ante Tideland hay que tomar partido; o a favor o en contra de él. No hay termino medio ante un trabajo tan comprometido como éste. Debido a su particular estilo y a la crudeza con la que expone ciertos temas, difícilmente su visión pueda dejar indiferente a nadie.

La película, en un sentido muy concreto, guarda un claro y gran paralelismo con El Laberinto del Fauno ya que, al igual que Guillermo del Toro, Gilliam se ha centrado en el mundo infantil, plasmando en pantalla las surrealistas fantasías que acuden a la mente de una niña de 9 años cuando intenta evadirse del horror cotidiano que le ha tocado vivir.

Jeliza-Rose es el nombre de la pequeña imitadora de la Alicia de Lewis Carroll que protagoniza la cinta: una jovencita que ha crecido en medio de un ambiente infernal y que, criada por un par de yonquis, partirá en compañía de su padre, hacia tierras lejanas, tras la muerte de su madre por sobredosis de metadona. Adentrándose en esa árida América profunda, padre e hija se instalarán en el abandonado y solitario caserón propiedad de la que había sido su difunta abuela. Allí, aprovechando las interminables vacaciones de su padre, Jeliza-Rose ampliará su hermético universo de muñecas decapitas y jeringuillas, al establecer contacto con los peculiares habitantes de una mansión cercana.

Terry Gilliam, a través de ese mínimo argumento, orquesta un delirio visual en el que brujas, seres deformes, animales disecados y tiburones hambrientos rodearán los macabros juegos infantiles de Jeliza-Rose. Un provocador toque de humor negro y cierto regusto perverso por la escatología, son la clara signatura de un realizador al que le gusta deformar la realidad mediante grandes angulares y planos torcidos. Y allí, en el mismo epicentro de ese espectáculo dantesco y prohibido a los menores, brilla con luz propia Jodelle Ferland, la jovencita que, a través de un tour de force sobresaliente, da vida a la niña soñadora que ha ejercido de enfermera de sus padres durante demasiados años: una genial interpretación que incluso deja en paños menores a un Jeff Bridges inmenso (aunque rayano en el histrionismo).

Algunos catalogarán a Tideland como uno más de los desvaríos habituales (aunque magníficos) de su director. Pero, a mi parecer, caerán en un profundo error. Hay que acercarse a Tideland poco a poco, con cautela, dispuestos a leer con honestidad la propuesta de Gilliam pues, detrás de esos aparentes hachazos alucinógenos, se encuentra una gigantesca y dolorosa realidad que muchos se negarán a reconocer. Una realidad diaria y, por desgracia, muy cercana a todos; una de esas realidades que se quieren eliminar del mapa social esgrimiendo la batuta de la falsa moral que tanto viste en la actualidad. Y son precisamente los que practican esa doble (o falsa) moral, los que huirán raudos del cine a la media hora de haber empezado la proyección.

Una maravilla que llega a nuestro país con la engañosa etiqueta de incomprendida. Una cariñosa alabanza a la fortaleza psíquica de los más pequeños de la casa. Un film único y espléndido. Una provocación feroz y cruda ideal para despertar conciencias dormidas y ojos cerrados. Una verdadera obra de arte creada por un tipo valiente y cargado de ideas brillantes. En definitiva: un título difícil pero de visión obligatoria, aunque sea de los que remueven las entrañas.

El Sentido de la Vida

Ayer tarde, tras darle un beso en la frente a Terry Gilliam, descubrí finalmente el verdadero sentido de la vida.

Mañana les cuento más detalles sobre este encuentro tan místico.

5.6.07

El Bello y la Bestia ("hola mi amor..., yo soy tu loba...")

Aunque su título español pueda darlo a entender, La Marca del Lobo, poco o nada tiene que ver con La Marca del Hombre Lobo, esa entrañable casposidad que, contando con la sempiterna presencia de Paul Naschy (el licántropo hispano por antonomasia), dirigiera Enrique López Eguiluz en 1968. El único paralelismo entre el film estrenado ahora (de título original Blood and Chocolate) y el de Jacinto Molina, es que ambos están protagonizados por hombres lobo. Y, en concreto, en el caso del que ahora nos ocupa, por una mujer loba. Una fémina sálvaje y sensual que, en el fondo, es lo mejor del producto orquestado, con capital norteamericano, por otra mujer, la alemana Katja von Garnier.


La verdad es que, aparte de la presencia de la tentadora Agnes Bruckner (una suculenta jovencita de 22 añitos, con reminiscencias físicas que recuerdan a Maria Bello), La Marca del Lobo no aporta ningún concepto nuevo a la extensa filmografía existente sobre el tema. Lejos del espíritu innovador del Landis de Un Hombre Lobo Americano en Londres y mucho más cercana a la olvidable secuela de ésta (Un Hombre Lobo Americano en París), Katja von Garnier toma prestado, un poco de aquí y otro poco de allá, para construir una historia de amor triangular con un toque a lo Romeo y Julieta. La misma estética de vídeo-clip utilizada en las dos entregas de Underworld, demuestra que la película está dirigida preferentemente al público adolescente aunque, sin embargo y para contentar a los cinéfilos de cierta edad, se atreve con un (forzado) guiño a El Malvado Zarov, uno de los pequeños clásicos del cine de horror nacidos de la RKO de los años 30.

La loba Vivien es guapa, muy guapa; no en vano está interpretada por la tal Agnes Bruckner. Pero también es guapo, y un rato largo, el lobo Gabriel, pues éste tiene las facciones y el cuerpo de Olivier Martinez. Si a estos dos personajes les sumamos la presencia del también atractivo Hugh Dancy -el tercero en discordia-, daremos con la combinación ideal para que, tanto ellas como ellos, se lo pasen en grande disfrutando con los avatares de un triángulo amoroso enfrentado por amor y por especies. Y es que Dancy -al que recientemente se le ha podido ver en la flojita Disparando a Perros-, da vida a un norteamericano, dibujante de novelas gráficas, que viaja hasta la ciudad de Bucarest en busca de datos sobre licantropía. Según cuentan, en la capital rumana, existen cientos de leyendas en torno a una extensa comunidad de hombres lobo que aún sigue viviendo en el lugar.

Vivien conocerá casualmente a Aiden (el personaje interpretado por el soseras del Dancy). Aiden, como es de esperar, se sentirá atraído por tan bella y dulce figura (ya que, durante el día, la chica trabaja en una chocolatería). Y a ella le ocurrirá lo mismo con respecto a él. Amor a primera vista. Él no sabe que su chica está marcada por ese maleficio sobre el que está recabando información y ella, la muy picaruela, le esconderá sus verdaderas raíces con tal de no perderlo. El resto resulta excesivamente previsible, y más si se tiene en cuenta que Gabriel, el jefe de toda la manada de lupus búlgaros, estaba dispuesto a convertir a la cortejada Vivien en su nueva compañera. Y es que para éste, el humano recién llegado al país. tan sólo significa un cacho carne para alimentar a la hambrienta jauría que preside.

La Marca del Lobo, aparte de un bonito tratado turístico sobre la ciudad de Bucarest (lleno de cuidadas fotografías de sus enclaves más visitados), abriga un desfile continuo de jovencitos y jovencitas ataviados con ropas de diseño. Una especie de pasarela lobuna en la que, de vez en cuando, hay una mínima explosión de violencia y acción. En definitiva: una muestra de cómo reciclar el cine fantástico en un catálogo de moda actual y perfumado con el aroma del mismísimo Nenuco.

Es posible que esté errado en mi lectura, y que la realizadora alemana tan solo quisiera buscar la sencillez en la exposición de su trabajo. O, al menos, eso es lo que me induce a sospechar la falta casi total de efectos especiales en su postproducción; una carestía que, sin embargo, la distancia de las cintas a las que ha copiado.

Mi mujer, ante tales opiniones, dice que lo que ocurre es que me estoy haciendo viejo.

4.6.07

Sobrevivir

Con dos años de retraso llega a las pantallas españolas The Prize Winner of Defiance, Ohio; o sea, lo que aquí los traductores han optado por simplificar como La Ganadora, un correcto film que en parte, y debido a su estética y a la forma de estar descrito, remite directamente al estilo de Robert Zemeckies, su productor, quien, en un principio, tenía en mente llevar a cabo la realización. Compromisos varios y conflictos de agenda, hicieron que le cediera tal responsabilidad a Jane Anderson, una guionista con cierta experiencia anterior como directora en el ámbito televisivo.

Basada en una historia real, cuenta las vicisitudes que tuvo que sufrir la abnegada Evelyn Ryan para sacar adelante a sus diez hijos y lidiar, al mismo tiempo, con los arrebatos de un marido alcohólico y con graves problemas psíquicos, el cual, cada día, al regresar de su trabajo como mecánico en una fábrica, llegaba a casa sin un dólar en los bolsillos: las míseras pagas que recibía las invertía en una licorería cercana.


La historia se inicia a finales de los años 50, una época que parece motivar al máximo las intenciones de Zemeckis. Un diseño de producción exquisito, el vertiginoso compás del swing como acertada banda sonora, ciertos experimentos narrativos y visuales y una Julianne Moore en uno de sus mejores momentos interpretativos, marcan el trepidante ritmo de un melodrama cargado de toques humorísticos. Los apartes ante la cámara de Evelyn Ryan, con la intención de contar al espectador el modo de subsanar los baches económicos por los que pasó su familia, resultan de lo más ingenioso y original. La mujer, capacitada altamente para la rima, descubrió una mina de oro gracias a sus múltiples participaciones en concursos publicitarios de radio y televisión. Con la ayuda de su mente, papel, bolígrafo, sobres y sellos, ideó una larga cantidad de eslóganes que, durante muchos años, le fueron premiados, con todo tipo de regalos, por las empresas responsables de los productos a promocionar.

La presencia de Woody Harrelson es otro de los factores determinantes para el buen desarrollo del film. En él, mediante una caracterización física demasiado exagerada, da vida a Kelly Ryan, el disperso y conflictivo padre de familia. Su bipolar temperamento significa un trabajo al límite, siempre lindante con el histrionismo, aunque sin caer jamás en él. Al igual que su personaje, juega con los extremos hasta el último momento, mostrándose capaz de remontar su interpretación hacia cauces más serenos.

El libro The Prize Winner of Defiance, Ohio: How My Mother Raised 10 Kids on 25 Words or Less, escrito por la sexta hermana de la numerosa prole de los Ryan, inspiró el guión de la propia Jane Anderson; un guión que sobresale por alternar el drama con la comedia de manera sabia, ensañándose con la cursilería de la publicidad de los años 50 y 60 y consiguiendo, al mismo tiempo, un retrato bastante compacto de lo que significa vivir con la carga de una decena de pequeños y en continuo estado de pobreza. Lástima que, en sus últimos minutos finales, se decante por esa habitual melaza de regusto spielgberiano. Pero, a pesar de ello, posee el mérito de no caer en la lágrima fácil.

2.6.07

Encadenados...

... Cary Grant. Con la muerte en los talones. Spaghetti Western. Sergio Leone. Érase una vez en Ámerica. Bush. Fascismo. Nazismo. Campos de concentración. La lista de Schlinder. Spielberg. Tiburón. James Bond. Licencia para matar. Aznar. Irak. Camino a Guantánamo. Torturas. Saló. Pasolini. Peñazo. Ingmar Bergman. Ingrid Bergman. Las campanas de Santa María. Religión. Opio. Trainspotting. Lavabos. Único testigo. Harrison Ford. Indiana Jones. Látigo. Ángel Cristo. Bárbara Rey. Monarquía. The Queen. Freddy Mercury. SIDA. Anthony Perkins. Madres. Edipo. Un soplo en el corazón. Peter Sellers. Inspector Clouseau. Joan Clos. Políticos. Corrupción. Miami. Scarface. Farlopa. Blow. Johnny Depp. Piratas. Top Manta. Copias. Remakes. La invasión de los ladrones de cuerpos. Comunismo. Caza de brujas. Elia Kazan. Delación. Felación. Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto. Toreros. Paquirri. Paquirrín. Pantoja. Especulación. La Caja 507. Muerte. Serial Killer. Hannibal Lecter. El festín de Babette. El guateque. Borracheras. Leaving Las Vegas. Suicidio. Soga. Alfred Hitchcock. Suspense. Elecciones generales. Mentiras. Acebes. Mala leche. Chulería. Robert Mitchum. Charles Laughton. Incomprensión. Impotencia. Rabia. Prepotencia. Lars von Trier. Björk. Esquimales. Los dentes del diablo...