Ayer, a los 80 años de edad, se nos fue una de los iconos
más aclamados del cine español, Alfredo Landa; el gran ALFREDO LANDA, con
mayúsculas. Actor único e irrepetible. Nadie cómo él (con la excepción del también desaparecido José Luis López Vázquez, otra
bestia de la interpretación) dio vida con tanta
firmeza al españolito de a pie; ese españolito de clase media del que, en los años
sesenta y setenta en pleno franquismo, explotó su vertiente más grotesca, resaltando como únicos ideales en su vida el comer (mayoritariamente paellas) y follar (a ser posible con una sueca), aparte de
pegarse el piro al extranjero en busca de mejor fortuna. Como ahora, vaya. Poco hemos cambiado.
No Desearás Al Vecino del Quinto, Vente a Alemania,Pepe, Dormir y Ligar: Todo Es Empezar o Una Vez Al Año Ser Hippy No Hace Daño,
son buenos ejemplos de los títulos que, protagonizados por Landa, acuñaron el término landismo; un término que, en el fondo, esconde todo un
tratado sociólogico de una época pasada a la que parece tenemos cierta tendencia a regresar.
En 1977 con El Puente se cruzó una etapa. Con la película, Juan Antonio Bardem nos
descubrió a un actorazo inmenso que, aparte de representar a tipos calentorros
y cortos de entendederas, podía afrontar a personajes de mucha más
envergadura, tal y como hizo años después con Germán Areta, el detective privado
de El Crack de José Luis Garci, o con Paco el Bajo, el maltratado y bonachón trabajador
de Los Santos Inocentes que tantos premios le supuso (Goya y Palma de Oro en
Cannes incluidos).
Personalmente, de entre sus muchos y entrañables
personajes, me quedó con Malvís, ese bandido Fendetestas que, desde El Bosque Animado de Cuerda, cimentó una peculiar
amistad con una ánima en pena atemorizada por la presencia de la Santa Compaña.
En su memoria, hoy me declaro landista total.
Descanse en paz.


















































