

La Momia nació, de la mano del austro-húngaro Karl Freund, en 1932, justo un año después que la criaturita ideada por Mary Shelley pisara la pantalla grande. De hecho, La Momia, a pesar de transcurrir en un teórico Egipto (en realidad, los decorados de cartón piedra de los estudios Universal), no es un film tan exuberante, visualmente hablando, como lo fueron las dos películas de Whale antes citadas. Su director apostó más por el intimismo, transcurriendo la mayor parte de su metraje entre cuatro paredes, bien fueran éstas las del museo de El Cairo y sus dependencias o las de la exótica residencia de Ardaht Bey, el personaje aristocrático y fantasmagórico en el que se encarna la momia del príncipe Im-ho-tep tras haber vuelto a la vida debido a un casual conjuro.


Siempre apoyado en las luces y las sombras de su cuidada fotografía en blanco y negro, La Momia se adentra en una historia de amor inmortal en la que destaca una fuerte carga de vampirismo. Entre la figura del Conde Drácula y el príncipe Im-ho-tep hay muy poca distancia. Ambos, por ejemplo, utilizan el poder de la hipnosis para lograr que se les acerquen sus objetivos, dejándose seducir por unos encantos difíciles de adivinar a simple vista por el espectador.


Su brillante prólogo, ambientado en 1920 y en el que un grupo de expedicionarios da con el sarcófago en el que descansa, desde hace 3700 años, la momia de Im-ho-tep; el despertar de ésta, desapareciendo de escena tras dejar en estado catatónico a un joven arqueólogo o el fragmento final, en el que Karloff pretende llevar a cabo los ritos macabros de un sacrificio humano con la finalidad de volver a estar al lado de su gran amor, son todos ellos momentos de pura antología del cine de horror.
La exagerada interpretación (rayana en la mímica) de sus actores; la frialdad de su puesta en escena o la irregularidad de una banda sonora que a veces brilla por su ausencia, son detalles más que perdonables teniendo en cuenta que la mayoría de actores y técnicos aún denotaban ciertos vicios procedentes del cine mudo.
En poco más de una hora y yendo al grano en todo momento, Boris Karloff, bajo la batuta de Karl Freund, logró aterrorizar a las plateas de todo el mundo con su fúnebre caracterización. Hoy, esa sensación de terror que sintió el público de una época, ha dado paso al reconocimiento de una artesanal e inteligente labor de quienes llevaron a cabo tal empresa. Un film que hay que ver con un cariño especial y recordando, en todo momento, que a la Industrial Light & Magic aún le quedaban muchos años para nacer.
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