24.9.06

Ustedes lo han querido: EL TREN DEL INFIERNO

El Tren del Infierno es un film de aventuras, aunque al mismo tiempo se podría inscribir dentro del género del thriller. Y, ante todo, se trata de un producto altamente exótico. Basado en un guión del desaparecido Akira Kurosawa, está dirigido por el moscovita Andrei Konchalovsky y filmado entre Alaska y Montana, en los EE.UU. Y por si ello fuera poco, está coproducida entre Norteamérica e Israel, concretamente por Yoram Globus y Menahem Golan, los propietarios de la nefasta Cannon, una productora que, durante varios años, lanzó una serie de productos al mercado a cuál más infumable. La verdad es que, con la presencia de tan aciagos productores, este tren infernal, por su consistencia, es la prueba fehaciente de que aún existen cierto tipo de milagros cinematográficos.

Una mixtura peculiar al servicio de un título que, en su día, consiguió tres nominaciones de la Academia: mejor actor, mejor secundario y mejor montaje. Sobre todo, el nombre del primero, el de Jon Voight, sonaba como firme ganador tras haber obtenido, ese mismo año, el Globo de Oro, aunque finalmente se llevó el Oscar un espléndido William Hurt por su comprometido trabajo en El Beso de la Mujer Araña.

Jon Voight, a través de una sólida interpretación, cercana al histrionismo pero sin caer en él en momento alguno (lo cual le va como anillo al dedo a su personaje), da vida a Oscar Manny, un violento asesino confinado en una prisión de alta seguridad en Alaska. Tras haberse pasado tres años encerrado en una oscura celda sin ver la luz del sol, decidirá pillar el expreso de medianoche a la mínima de cambio. Más que encontrar su libertad, pretende –con su fuga- ganarle la partida al alcaide del centro penitenciario, un tipo duro y perverso que la tiene tomada directamente con él. Manny, junto con Buck, otro joven recluso que siente admiración por él, conseguirán huir una noche del recinto, utilizando como transporte un viejo ferrocarril retenido en una estación relativamente cercana al lugar en el que estaban internados. Lo que ambos reclusos ignoran es que, tras haberlo puesto en marcha, el maquinista caerá muerto a causa de un infarto. Un convoy desbocado, a toda velocidad y con una dificultad añadida: la casi imposible posibilidad de llegar hasta la aislada cabina del conductor para parar la máquina.

Muy pocos elementos componen este atípico y trepidante producto: dos reclusos y un tren embravecido a punto de estrellarse en menos que canta un gallo. La presencia de una joven en el interior del ferrocarril y la utilización, como segundo frente narrativo, del desbarajuste y nerviosismo creado en el centro de control de la empresa ferroviaria, son los dos ejes principales por los que se moverá, con una profesionalidad increíble, el realizador de Siberiada y Los Amantes de María.

Resulta curioso que Konchalovsky, acostumbrado a otro tipo de productos, de narrativa más lenta (y, a veces, hasta soporífera), dominara con tanta seguridad y eficacia la acción, el ritmo y el suspense en un film como El Tren del Infierno. Éste, a pesar de sus irregularidades (que, aunque pocas, haylas), mantiene la tensión desde el primer minuto de proyección, sin dejar que se le escape de las manos y mostrándose un tanto satírico a la hora de retratar, todo cuanto acontece, a aquellos personajes que, desde el exterior del desmelenado tren, intentar salvar la situación al precio que sea. Para ello, se acerca mucho más a las coordenadas de la comedia, y tal y como habría hecho Billy Wilder, le otorga un puntito de cinismo para definir a un grupo de seres chapuceros, incapaces de demostrar su verdadera responsabilidad ante un suceso inesperado. Ese contraste de tonos, entre lo que ocurre dentro y fuera del tren, es una de las bazas más brillantes de su guión, pues ello aún resalta más el dramatismo sin fisuras con el que plasma el sufrimiento y el terror de los dos evadidos y su accidental compañera (una jovencísima Rebecca de Mornay, casi recién salida del cascarón).


Lo único que rompe esa ingeniosa funcionalidad existente entre los dos frentes narrativos, es la sosería innata con la que Eric Roberts desempeña su personaje (el del joven reo que escapa con Voight) y, sobre todo, el tratamiento, en exceso caricaturesco, con el que define a Warden Ranken, el incasable alcaide de la prisión, quien –interpretado por un desmadrado John P. Ryan-, en su furibunda obstinación por dar caza a Manny, acaba convirtiéndose en un ridículo émulo de Pierrenodoyuna. Una lástima, pues esos dos errores, rompen un tanto el vigor con el que Konchalovsky planteó un título que, visto 21 años después de su estreno, aún sigue conservándose igual de fresco que los paisajes fríos y nevados en los que transcurre su acelerada acción; unos paisajes que, por cierto, recuerdan muchísimo a los de la tierra en la que nació su director.

Vista la eficacia taquillera y crítica de El Tren del Infierno, Hollywood confió de nuevo en el realizador para otro film de acción: Tango y Cash. Pero eso ya fue algo más que lamentable.

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