
Supongo que me he tragado X-Men 3: La Decisión Final debido a esa parte masoquista que inevitablemente alojo en mi interior. Vaya, que me gusta sufrir, pues eso es lo que hice durante toda la proyección de una de las películas más vacías que me he tirado en cara en los últimos meses. Hacía tiempo que no me removía tanto en la butaca de un cine esperando que los X-Men de marras tomaran su anunciada decisión final de una puta vez.

Una excusa mínima (a la que algunos se empeñan en llamar guión), disfrazada de vacuna para eliminar los poderes de los mutantes protagonistas, se convierte en el único hilo argumental de una cinta innecesaria. La teóricamente sorpresiva resurrección del personaje de Jean Gray me huele a chamusquina: da la impresión de ser un pretexto banal para recuperar la figura de la exótica Famke Jansen, a la que acababan matando en el episodio anterior; igual que también resulta un tanto forzada –por su breve e insignificante intervención- la aparición del mutante alado, El Ángel.

Por lo demás, los más acérrimos seguidores de la serie, a lo mejor hasta se distraen. Es el mismo menú de cada año, pero con menos sal y más ingredientes transgénicos. Un vomitivo en toda regla. Tormenta monta sus rayos y truenos; Lobezno sus piruetas de animal feroz; alguno convierte en hielo todo aquello que toca, mientras que otro, transformándose en llama, lo acaba derritiendo. Mientras cada uno de ellos va a su bola, el angelote recién llegado al grupo, se pega unos voltios aéreos. De fondo hubiera quedado bonito el Gavilán o Paloma de Pablo Abraira. Pero ni eso.
Tengan en cuenta que el sustituto de Bryan Singer tras la cámara lleva el nombre de Brett Ratner. Un insigne director que, entre sus obras más celebradas e inolvidables se encuentran títulos como Hora Punta y Hora Punta 2 (ambas con Jackie Chan en cabeza), El Dragon Rojo (esa nimia precuela de El Silencio de los Corderos) y, ante todo, ese despropósito turístico, de infausta memoria, que atendía por El Gran Golpe.
¡Que Tutatis nos pille confesados...! aunque, eso sí, tanto la Berry como la Jansen alegran la visión. Les confesaré que aguanté todo el metraje gracias a la presencia (siempre de agradecer) de esas dos mujeres.
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