The Ugly significó, en parte, un tratamiento diferente sobre el cine
de y con serial killers, un género que fue rejuvenecido, unos cuantos años antes, por
Jonathan Demme con la compacta
El Silencio de los Corderos.
Su realizador, el neozelandés
Scott Reynolds, le dio un enfoque especial a la película, distanciándose del estilo del film de
Demme para acercarse más, en ciertos detalles, a ese aire onírico impuesto por
Wes Craven en su
Pesadilla en Elm Street, ante todo en la manera en que su asesino protagonista consigue penetrar en las mentes de sus víctimas, cosa que queda patente en su última y original escena. Por otra parte, debido a su clara vocación de serie B, remite igualmente, en algunos de sus pasajes más realistas, a ese maravilloso
Henry, Retrato de un Asesino, aunque (claro está) salvando las distancias, pues la cinta de
John McNaughton es una de las obras más férreas y serias sobre el tema, a pesar de su sentido del humor negro y sardónico.
Su argumento es sencillo y sin complicaciones, aunque muy efectivo. Casi toda la acción del film transcurre en una pequeña y destartalada sala de un sanatorio psiquiátrico. Una habitación semiacolchada, con las paredes ensangrentadas y con una mesa en el centro es su escenario principal. A un lado de la mesa se sitúa
Simon Cartwright, un psicópata convulso, con un largo historial de asesinatos en su haber, que afirma haberse recuperado de su locura; al otro lado se encuentra la
Dra. Karen Schumaker, una psiquiatra que ha sido llamada por el propio interno para que intente declarar en su favor, afirmando que ya se puede reintegrar con total normalidad a la vida diaria.

The Ugly bien podría haberse titulado
Memories of Murder, pues la mayor parte de la acción se ampara en la cruda confesión, por parte de
Simon, de los diversos crímenes perpetrados por él. Numerosos
flash-backs muestran diversas facetas de la vida del asesino, desde que torturaba a pequeños animales domésticos en su infancia hasta el cínico galanteo que ofrecía a sus víctimas antes de rebanarles el pescuezo. Sus devaneos fálicos con los objetos y las armas punzantes; la relación edípica con su absorbente madre o la atracción morbosa que siente por su nueva psiquiatra, son los aspectos que más destaca el film sobre la personalidad del
serial killer. Un
serial killer que, por otra parte, está perfectamente interpretado por un magnífico
Paolo Rotondo, un actor no muy conocido que sin embargo bordó al cien por cien las pretensiones del realizador: dotar de ambivalencia a ese personaje resultaba en extremo complejo, pero el trabajo de
Rotondo hace que, por momentos, el espectador sienta cierta simpatía por él para, acto seguido, convertir esa mínima estimación en un odio y un terror profundos. Inmejorable, sin más. Lástima que ese chico no se haya prodigado más en la gran pantalla. Y eso que
Rebecca Hobbs, la que da vida a la
Dra. Schumaker (una especie de émula de la agente
Scully de
Expediente X, tanto por su físico como por su
look), no ayudó mucho en la creación del personaje de su compañero, pues ella resulta un tanto sosa y poco creíble a su lado.

Un producto curioso aunque un tanto irregular, lleno de detalles sorprendentes y originales que, sin embargo, peca de un excesivo abuso de sustos falsos y trampas engañosas, así como de una desmedida pasión por los detalles
gores. Juega demasiado (y sin control) a mezclar los recuerdos del criminal con la realidad y con los sueños de la doctora. La excusa ideal (pero en el fondo muy embaucadora) para ir colando en su narración muchos e innecesarios golpes de impacto lo cual, con su desmesura, hace que el espectador acabe pillando con demasiada facilidad los juegos de mano que el realizador esconde en su sombrero de copa. Y eso sin hablar del director médico y los dos celadores custodios del centro psiquiátrico en el que se desarrolla la mayor parte de
The Ugly. Estos están tan caricaturizados y exagerados en su descripción (por no decir apayasados) que, por momentos, anulan la sobriedad con la que
Reynolds pretende afrontar ciertas escenas.
Un producto correcto que, en parte, rompe ciertas normas y que resulta muy loable por su falta de pretensiones pero que, de todos modos, acaba pecando en demasía de la ingenuidad de muchos directores noveles a la hora de construir su primer largometraje. Es la segunda vez que la veo tras su estreno en el
Festival de Sitges hace ya unos años, y la verdad es que me he quedado con la misma impresión del primer día. Un film sencillo y entretenido, pero que por desgracia, como muchos otros, se acaba olvidando a las dos semanas de haberlo visto.
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