
Tras su versión de
King Kong,
Peter Jackson se ha convertido definitivamente en uno de los reyes de Hollywood. Al contrario que el
King Kong de 1976, esa sosería de
John Guillermin en la que lo único curioso –vista hoy en día y bajo un prisma histórico- se encontraba en su final (en el que el simio gigante saltaba de una torre gemela a la otra), la visión de
Jackson es mucho más romántica y respetuosa con el
original de 1933. Tan respetuosa que, incluso, hay planos calcados a los que en su día filmaron
Merian C. Cooper y
Ernest B. Schoedsack, como aquel en la que su protagonista femenina,
Fay Wray, roba una manzana antes de ser contratada por un director cinematográfico con muy pocos escrúpulos.
El realizador australiano siempre aseguró que su pasión por el cine empezó cuando, de pequeño, vio una emisión televisiva del
King Kong clásico. Desde ese momento siempre pensó en dirigir un
remake a modo de homenaje. Y, vistos los resultados, no se puede negar que la cinta está hecha con total cariño y consideración hacia el original. Su cuerpo argumental es casi el mismo, con muy pocas variaciones: el viaje en barco hacia la Isla Skull, las aventuras en la espesura de la selva (entre dinosaurios de todo tipo y monstruos gigantes) y el regreso a Nueva York tras la captura del gorila. E igual que en su precedente, dándole una fuerza inusual a la historia de amor entre la bella y la bestia,
Kong y
Ann Darrow, la bella actriz en paro secuestrada por el primero.

El dominio de la cámara y la brillante utilización de los efectos especiales son un par de temas a los que
Jackson, desde su discutible trilogía de
El Señor de los Anillos, ya nos tenía acostumbrados. En ese sentido no defrauda en absoluto. Todas sus (numerosas) escenas de acción tienen un ritmo endiablado y todas ellas, de la primera a la última, se amparan en un montaje cinematográfico excelente: en todo momento, al contrario de lo que ocurre en muchos films actuales, se ve perfectamente cuanto ocurre en pantalla.
Muchos aseguran que lo mejor del producto se encuentra en su media hora final, en la que el mono campa a sus aires, furioso, por las calles de Nueva York, destruyendo todo cuanto se cruza en su camino. Yo, al contrario, diría que la cinta empieza a cobrar un empaque especial a partir del momento en el que
Kong secuestra a
Ann. Es entonces cuando la cinta cobra un tono vibrante en todos sus aspectos, ya que su primera parte (sobre todo su interminable y un tanto aburrida travesía en barco) está demasiado alargada en muchos aspectos. Aligerando un poco de metraje en ese fragmento, hubiera descargado un tanto las 3 horas y 8 minutos de proyección. Tan sólo era cuestión de profundizar menos en según que personajes (como por ejemplo el del capitán del barco y el de un joven traumatizado) a los que, en la parte final, se olvida por completo de ellos. Demasiada paja innecesaria, al igual que esa escena, un tanto innecesario y cursi, en la que la joven, para ganarse la confianza del simio, le dedica unas cuantas piruetas acrobáticas de lo más ridículo.

Los actores, la mayoría de ellos, cumplen perfectamente con su cometido.
Naomi Watts, a parte de guapísima, está espléndida: no es de extrañar que una criatura como
Kong se quede prendada de ella al instante.
Adrien Brody (un actor que jamás me había convencido), en esta ocasión está correcto como el tercero en discordia en ese triángulo atípico, mientras que un cargante
Jack Black, con su histrionismo habitual de comicastro barato, rompe cualquier credibilidad dando vida a
Carl Denham, el realizador cinematográfico que embauca a todo su equipo en la peligrosa aventura. Y por supuesto, el extinto
Copito de Nieve, de quien, según cuentan, se aprovecharon sus expresiones faciales para dar vida al inmenso
King Kong.

Un film trepidante, con sus perdonables baches narrativos y su exceso de metraje, deudor directo del
King Kong del 33 y, al mismo tiempo, del
Jurassic Park de
Spielberg. Entretenimiento y gran espectáculo en estado puro. Pero, a pesar de todo ello, me sigo quedando con ese
Jackson más intimista y menos ampuloso de
Criaturas Celestiales.
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