16.3.05

La casa de la pradera

El recuerdo de ese aburrimiento que supuso para mí la inacabable El Paciente Inglés, fue el detonante definitivo que me alejó del cine cuando se estrenó la última película de Anthony Minghella, Cold Mountain. Además, en mi mente aún estaba presente El Talento de Mr. Ripley, una irregular adaptación, demasiado homosexual, de la interesante novela de Patricia Highsmith. Todo eso, sumado a las más de dos horas y media de metraje con Kidman, Law y Zellweger, hicieron que, en su día, dedicara ese preciado tiempo a otros menesteres.

Ahora, en casa, con las zapatillas calzadas, el DVD, la panorámica y el mando a distancia, ha sido el momento idóneo para visionarla. Y, si les he de ser sincero, a pesar de la lentitud de la película, de su previsible desenlace y de lo reiterativa que resulta en ciertos aspectos, me ha acabado distrayendo. Quizás ha sido debido a que me esperaba una cosa bastante peor, pero la cuestión es que la he visto sin rechistar y, lo que es mejor, sin aburrirme.

De todas maneras, les dejo bien claro que, en general, se trata de un trabajo irregular, excesivamente alargado y poco creíble. Pero su cuidado y vistoso envoltorio ha logrado engancharme. Supongo que parte de la culpa de ese enganche la tiene su impactante inicio, filmado en el campo de batalla. Para los que no la conozcan, la película de Minghella narra las aventuras y desventuras que habrá de vivir Inman, un soldado confederado cuando, en 1860 y tras haber desertado del ejército, cruza malherido todo el país con la intención de reencontrarse con su amada, Ada Monroe, una niña pija, recién llegada a Cold Mountain, su pueblo natal, en compañía de su enfermizo padre, poco antes de estallar la guerra de Secesión.

La cinta muestra dos frentes de acción. Por un lado (el más distraído) los obstáculos con los que se irá cruzando el obstinado Inman y, por el otro, la desazón y la angustia que vivirá Ada para poder salvar la granja de su padre en medio de toda la miseria que ha provocado la contienda, así como el sufrimiento que le provoca el pensar que su noviete haya podido morir en el frente. Y lo curioso es que con éste, al que tanto adora, tan sólo cruzó unas cuantas palabras y un breve acercamiento físico en forma de inocente morreo.

Tanto Jude Law, en la piel de Inman, como Nicole Kidman, en la de Ada, están perfectos en sus respectivos papeles, aunque a veces cueste mucho creer que ella, esa linda muchacha rubia, con su larga y cuidada cabellera al viento, esté viviendo las de Caín pues, a pesar de que el hambre y la suciedad la envuelven constantemente, la moza resulta pulida y muy atractiva; casi como si tuviera que protagonizar un spot para una cotizada marca de champús. Pero, a pesar de todos los pesares, la chica se defiende y, sin muchos riesgos, saca su papel adelante, instaladita allí sola, tras la cantada muerte de su padre, en la mismísima casa de la pradera, en Cold Mountain. Sólo faltaba de vecino Charles Ingalls y estaban todos al completo.

En la película aún existe un tercer personaje con un protagonismo crucial. Se trata de Renée Zellweger, la cual interpreta a Ruby Theves, una campesina esforzada, sin cultura, sucia y un tanto corta de entendederas. Y esa interpretación es una de las peores que he visto en mucho tiempo, pues en ella hace gala de todos los defectos que puede contener una mala actuación. Y es que la niña, convertida en un festival de muecas y gesticulaciones imparables, está como para pegarle una paliza. O dos, si mucho me apuran. La verdad es que, cada vez que salía en pantalla, se me erizaban los pelos. Tanto engordar y adelgazar no puede ser bueno para la salud mental. ¡Que patética estaba la pobre! E, incomprensiblemente, fue nominada al Oscar como mejor secundaria. Seguramente, ese año, circuló demasiado orujo entre los miembros de la Academia.

Lo más estimulante de Cold Mountain se encuentra en esa particular odisea que vive el personaje de Law y que, a modo de Homero, irá afrontando situaciones de toda índole. Y en especial, personalmente, me quedo con un capítulo en concreto de esa peregrinación amorosa; aquel en el que el héroe fustigado, huyendo de aquellos que le buscan por haberse convertido en tránsfuga, dará con una joven viuda, madre de un pequeño bebé, que le dará cobijo en su cabaña durante una helada noche invernal. Y es que la chica que da vida a esa mujer triste y valerosa no es otra que Natalie Portman. Maravillosa. Lástima que dure tan poquito su colaboración, pero con su corta presencia le da una lección de interpretación a la histriónica Zellweger.

Poca chicha y demasiado metraje pero, al fin y al cabo, entretenida.

15.3.05

Del cómic underground al biopic independiente

American Splendor se trata del primer largometraje de ficción realizado por dos documentalistas, Shari Springer y Robert Pulcini. Un film que, sin embargo, no deja de entrever cierto tono de documental ya que, en el fondo, se trata de una nueva biografía con un tratamiento bastante distinto al habitual.

La cinta se centra en Harvey Pekar, un hombre real, de carne y hueso que, al mismo tiempo, se convirtió en el protagonista de una serie de cómics undergrounds protagonizados por él mismo y que, desde el año 1976, bajo el título genérico de American Splendor (el mismo de la película), muestra su vida diaria, su inconformismo social y su peculiar filosofía, así como retrata, con todas sus imperfecciones, los modos y costumbres de la Norteamérica obrera, formada por una amorfa masa gris de tristes trabajadores dependientes de míseros sueldos. No en vano, el propio Pekar, aparte de guionizar los tebeos protagonizados por él, trabajaba de auxiliar administrativo en los fríos y claustrofóbicos archivos de un gran hospital de Cleeveland.

En realidad, tal y como muestran en la película Springer y Pulcini, la idea de escribir una especie de diario para el mundo editorial, le vino a la cabeza a Pekar tras conocer al que sería uno de los más prestigiosos dibujantes del mundo del cómic, Robert Crumb (el cuál, curiosamente, también tiene un largometraje dedicado a él por completo). Así, poco a poco, iría plasmando en el mundo de las viñetas todo el universo de personajes que entraban a formar parte de su vida, empezando por su propia compañera sentimental.

Cine independiente, duro y puro. Todas las virtudes de ese cine y todos sus defectos están presentes en American Splendor, empezando por la ingeniosa manera de narrar la historia. Los dos directores han sacado lo mejor de su película a través de su personal puesta en escena, ya que todo cuanto acontece en pantalla está contado desde tres frentes distintos pero que, al fin y al cabo, forman un cuerpo único. Me explico: mientras Paul Giamatti encarna al personaje de Harvey Pekar, éste, el propio Pekar, aparece en varias ocasiones, a lo largo del metraje, para reafirmar todo cuanto va aconteciendo mientras, algunas veces, la imagen llega a transformarse en una especie de viñeta animada en la que convergen ciertos personajes dibujados. Por su forma y estética, acaba resultando un entrañable homenaje al mundo del cómic pero que, por su uso y abuso, deja de sorprender en la tercera ocasión en que utilizan esa imagen tan visual pero, al mismo tiempo, demasiado sobrecargada.

La película mezcla el humor más negro y cínico, casi macabro, con el melodrama, pero acaba aburriendo sobremanera por su repetitiva temática, costándole avanzar en su argumento. A pesar de su pretendida originalidad, me dio la impresión de encontrarme ante un déjà vû. Todo lo nuevo que me ofrecía, como lo de jugar con el formato del cómic en algunas escenas, acaba viéndose oscurecido por culpa de un guión poco trabajado; demasiado brillante en su primer cuarto de hora (cercano, incluso, al primerizo Woody Allen de Toma el Dinero y Corre), pero alarmantemente insulso e inconstante en el resto de su proyección.

Suerte tiene American Splendor de contar con un excelete Paul Giamatti, mucho más sobrio y contenido que en la sobrevalorada Entre Copas, pues con su interpretación hace totalmente creíble a ese ser solitario y amargado que representa, convirtiéndose, sin lugar a dudas y junto con el singular tratamiento de la historia, en lo mejor del irregular y cansino producto. El resto es lo mismo de siempre en el cine independiente que nos llega de Norteamérica en los últimos años. Y, cuando digo independiente, no me refiero a Miramax y similares ya que, sobre esa productora, habría mucho que discutir.

Y de nuevo, como colofón, incidir en el llamamiento habitual de los últimos días: ¡¡¡basta ya de biopics, por favor!!!

De tal palo...


PADRE...


HIJO...


Y ESPÍRITU SANTO

14.3.05

Ustedes lo han querido: EL ABUELO TIENE UN PLAN

El Abuelo Tiene un Plan se estrenó en España a principios de los años 70. Faltaban solo un par de años para que Franco pringara y, mientras, nuestro cine patrio se alimentaba de unos productos incalificables. Por un lado teníamos ese cine fantástico casposo y delirante con Naschy, Ossorio y Franco (Jess, que no Francisco) como cabezas más visibles; Saura, Borau y otros por el estilo, más comprometidos, iban a su bola, con películas plagadas de segundas lecturas e intentando establecer paralelismos simbólicos con la dictadura que nos había tocado en gracia (o en desgracia, mejor dicho) y, como estandarte de culturas y cinematografía nacional quedaba todo el resto. La flor y nata de los actores y directores que, con mínimos medios y tolerados perfectamente por el gobierno, nos hablaban de las calenturas del españolito de a pie o bien, como en el caso del cine de y con Paco Martínez Soria (ese maño que se tendría que escribir de un solo trazo, Pacomartinezsoria, tal y como pronunciamos su nombre) del que, en sus comedias, siempre se podía atisbar un toque moralista en sus continuos halagos a la familia y a la religión. Y si esas familias retratadas eran numerosas, mejor que mejor. La sombra de Escrivá de Balaguer estaba próxima, indudablemente.

Pacomartinezsoria siempre hacía la misma película, con variaciones (mínimas), pero siempre la misma, interpretano a abueletes, generalmente viudos y rodeados de hijos y nietos por todas partes. Y siempre afloraba en la trama algún que otro conflicto generacional que el yayo arreglaba de la mejor manera y, a ser posible, con la apostólica presencia de algún sacerdote chapado a la antigua, de esos con sotana y olor a naftalina.

El Abuelo Tiene un Plan bien podría haberse titulado El Abuelo Tiene Delito, pues no dejaba de ser otra reiteración más sobre su basta/vasta filmografía anterior (aplicable en los dos términos). Su responsable fue Pedro Lazaga, un tipo acostumbrado a lidiar con los personajes (o personaje) de nuestro actor aragonés. La cinta está narrada por un invitado especial de excepción, responsable, por otra parte, de la obra de teatro en la que se basa la misma; se trata de Alfonso Paso, uno de los escritores más reaccionarios de nuestro país, especializado en comedia afables y fieles al régimen. Pues bien, Alfonso Paso se convierte en Juan G. Bolt, médico de cabecera y narrador por excelencia de todo lo que le va a ocurrir a Don Leandro. El tal Leandro no podía ser otro que Pacomartinezsoria repitiendo, de nuevo y sin temor al desdén, su eterno rol de jubilado viudo, un anciano apagado y moribundo que ha de ser trasladado al hospital tras un arrechucho. Pero Don Leandro no tiene nada por lo que luchar, está cansado de vivir y de notar que se ha convertido en un cero a la izquierda, una carga para sus familiares, pasando unas temporadas en casa de su hija y otras en la de su hijo, de aquí para allá, como si se tratara de una pelota vapuleada. Y quiere abandonarlos para siempre.

El doctor Bolt, tipo astuto y sagaz, como aún no ha visto Mar Adentro y huele a socio fundador del Opus Dei que atufa, le da cuatro friegas y un masajito, le suelta una enfermera culona por la habitación, para que me lo reanime con su presencia, y lo larga para casa. Los males y la tristeza siguen golpeando a Don Leandro. Pero una estrategia de la avispada sobrina de Doña Elena, otra ancianita con ganas de dejar este mundo y que había sido hospitalizada en el mismo centro de nuestro abuelo protagonista, hará que esas dos almas desangeladas acaben uniéndose.

Ella, la tal Doña Elena, está interpretada por Isabel Garcés, una mujer que salía en todas las películas protagonizadas por Marisol cuando era niña y que, físicamente, recuerda un tanto a Carlos Pumares, siempre y cuando éste llevara peluca y vistiese como una ancianita. O sea, el destrempe total. Pero Don Leandro, tras conocerla mediante una cita un tanto a ciegas -montada por la sobrina casamentera-, notará ciertos calores en sus bajos ya que, en el fondo, no deja de ser el típico españolito calentorro de las películas de Landa y Joseluislopezvazquez, aunque en mañico, vejete y cascarrabias. Y demasiados años de viudo sin catar fémina consiguen que se ponga tontito por llevarse a Doña Elena al huerto. Y la Elena, pizpireta ella, se deja engatusar por ese viejito verde, pues con una sola frase castiza logra conquistarla: "donde no llega la estatura de un caballero español, llega la punta de su espada". ¡Olé!

A escondidas de sus respectivas familias, tendrán varios encuentros furtivos. Y no irán más allá de los encuentros. O sea, no llegarán a mayores, pues ella es recatada y por muy lanzado que sea Don Leandro, quiere conservarse virgen hasta el matrimonio, pues ella nunca ha sido viuda; es una soltera católica y apostólica, a mucha honra, y solo empezará a ceder un poco ante la insistencia de nuestro maño salido cuando éste, tirando de sus ahorrillos, le acabe montando un apartamento en donde todo, absolutamente todo, está pintado de color verde, pues es el color preferido de Isabel Garcés.

Antes han habido algunos malentendidos, pues su yerno, el mismísimo José Sacristán, ha creído ver a su suegro por la calle en compañía de una rubia despampanante y escotada, cosa que chiva al resto de la familia ante los posibles temores de que el abuelete se gaste la futura herencia en una pilingui. Pilingui, curioso término empleado a lo largo y ancho de todo el metraje para sustituir otros calificativos más sonoros y agresivos. Pues eso, que lo de la pilingui (o pelandusca, igualmente usado en el film) ha sido un error que, en el fondo, servirá para desbaratar los intentos de boda planeados por Leandro y Pumares (perdón, Elena). Y es que, tras emborracharla en el apartamento verdoso con un champagne catalán (en esa época aún no existía la terminología cava), verá que Elena, por muchos ardores que tenga, no va a ceder en eso de encamarse. No sea que, a su edad, vaya a perder la virginidad antes del matrimonio, ¡qué caray!.

Ambas familias acaban separándolos, ya que no entienden que esos abuelos quieran casarse. El único que lo tiene claro es el Sacristán, que es un malpensado y apunta a que la tal Elena lo único que quiere es patearse la pasta de Don Leandro. Mientras, la sobrinita que ideó el plan para juntarlos ha desaparecido de la historia, seguramente para que no haya ningún familiar que pueda echarles un cable a esos dos ancianos. Pero el Pacomartinezsoria, que ha leído muchos tebeos de Mortadelo y Filemón, se disfrazará de fontanero, se colará en el domicilio de Doña Elena y, tras inundarles el piso en la que ésta vive en compañía de su hermana sorda, huirán raudos a un lujoso hotel de las afueras de Madrid.

Pero no crean que muy lejos, ya que acaban alojándose en un parador de El Escorial, a muy pocos kilómetros de esa cosa llamada El Valle de los Caídos. Allí se pondrán su ropa de noche, o sea, pijamas y saltos de cama. No tiene desperdicio alguno ese pijama rosado que me lleva Pacomartinezsoria, convirtiéndose con él en un émulo humano de La Pantera Rosa. Y ella, Isabel Garcés, con un recatado salto de cama que más parece un tupido abrigo de plena temporada invernal. Allí se encaman, sin hacer nada, sólo tapaditos bajo sábanas y mantas, preparando un plan para hacer que sus dos familias viajen hasta ese nido de amor, lugar desde el que exigirán que les permitan casarse por la Iglesia. Que emocionante... ¡Cuantos enredos hay en ese hotel! Y, por en medio, paseándose y robando planos, Valeriano Andrés, como un camarero comprensivo con la pareja de amantes furtivos.

Total, aparece la familia, dimes y diretes varios entre ellos que, en el fondo, servirán para arreglar definitivamente el desaguisado. Y al final, la última escena: la gran boda en la que todos están contentos, excepto el Sacristán, pues ese tipo, como mínimo, debería ser militante del Partido Comunista.

Como ven, todas esas películas son iguales. Penosas, patéticas pero, al fin y al cabo, un desalentador fresco de esa España tan desgraciada que nos tocó vivir y desde la que alimentaban nuestras ansias cinéfilas con productos como éste. Ese cine del que se está nutriendo, desde hace demasiados años, Cine de Barrio y que, en el fondo, no deja de ser un documento histórico inigualable... siempre y cuando sepamos entrever aquello que se escondía tras tanta mentira. Suerte tuvimos que Berlanga supo darle la vuelta adecuadamente.

De todas maneras no negaré que, viendo El Abuelo Tiene un Plan, me reí en un par o tres de ocasiones, Siempre gracias a esas bromas cazurras lanzadas al aire por Pacomartinezsoria. Y poca cosa más, aparte de alucinar un tanto con el travelling más patatero que jamás haya visto (subjetivo, avanzando hacia delante, de manera temblorosa y a saltitos, mostrando la entrada de Isabel Garcés en su casa tras el primer encuentro con Don Leandro) o con alguna que otra frase de guión digna del peor de los sainetes. Como muestra un botón; la hermana sorda de Doña Elena, tras un pequeño discurso de Sacristán criticando a los dos novios otoñales, va y suelta: "¿Dice usted que van a tener un niño?". Respuesta de Sacristán, con ese habitual tono ofensivo de falsete: "¡pero señora, a su edad esos dos lo único que pueden tener es un tocadiscos".

Aplausos, ovación y vuelta al ruedo. Personalmente, quiero la cabeza de esos guionistas.

Un nacimiento esperado (y sin cesárea)

Hay noticias que a uno le honra en comunicarlas. Y ésta es una de ellas, pues la semana pasada nació un nuevo blog. Catacric (Catalán Crítics), los responsables de los premios YoGa, tienen su propio weblog.

Ya saben. Dense algún garbeo por allí. Vale la pena. Les dejo el correspondiente link con ese blog recién nacido (y coronado) y con su ya madura página web.

12.3.05

¿Quién es ella?

Un pasatiempos para matar el fin de semana. Agudicen sus cinco sentidos y descubran que gran dama hacía el payaso metiéndose dentro de ese cubo.

Fácil, ¿verdad?. ¡Un Gallifante para el primero que lo adivine!

10.3.05

De militares, junglas y explanadas (Más allá de Doce del Patíbulo)

El otro día, en los comentarios suscitados a raíz del post sobre Senderos de Gloria, entre todos empezamos a citar un sinfín de títulos sobre películas bélicas. Y a mí retorcida mente saltó uno que ninguno de ustedes había nombrado: Comando en el Mar de China. Tantas ganas me entraron de volver a revisarlo que, ayer mismo, recurrí al VHS para darle un nuevo vistazo. Y les puedo asegurar que disfruté igual que el primer día. Y es que aún, 36 años después de su estreno, se conserva fresquísima, con la misma furia y cinismo con que Robert Aldrich afrontó esa producción.

Ya en 1967, el mismo director nos sorprendió con una película violenta y cáustica, Doce del Patíbulo, todo un clásico del cine bélico y de aventuras. Entretenimiento en estado puro, con mala leche, pero entretenimiento al fin y al cabo; cine de hombres y para hombres. De tíos duros, militares y pendencieros, enfrascados en una misión suicida el mismo día del desembarco de Normandía, con la finalidad de desbaratar una fortaleza alemana situada en Francia. Contento con sus resultados, tres años después, en 1970, Aldrich decidió darle otra vuelta de tuerca a un tema similar, aunque con un escenario geográfico distinto y con personajes igualmente desarraigados como protagonistas. Así nacía Comando en el Mar de China, una de las películas más desconocidas y valientes de ese realizador.

Ha pasado un año desde el ataque nipón a Pearl Harbour. Un oficial norteamericano, experto en comunicaciones, será enviado por sus superiores a una pequeña isla del Pacífico. Allí tendrá que presentarse a un destacamento británico situado en el extremo sur del islote. Su misión consistirá en unirse a un pequeño grupo de soldados ingleses, totalmente descreídos de cualquier consigna militar, e introducirse en el infranqueable territorio japonés, enclavado en plena jungla en el otro extremo del arrecife, para destruir su equipo de radio ante el posible paso, por esa orilla, de varios buques yanquis.

Con ese sencillo argumento, Aldrich juega y juega hasta la saciedad con sus personajes y los mueve, a su manera, bajo la sádica e inepta batuta del capitán que los comanda (Denholm Elliott, años antes de hacerse íntimo de Indiana Jones) para complicarles aún más la peligrosa misión. Y, para frenar los impulsos destructivos de ese odioso y enfermizo oficial, se encuentran dos personajes antagónicos pero complementarios: el teniente norteamericano y un sanitario inglés. El primero no tiene madera de héroe, pero decide afrontar la situación lo mejor que puede, aunque sea a regañadientes, aunque sea sólo para salvar el pellejo; el segundo odia la guerra, no entiende su lucha y alega, en varias ocasiones, que él nunca se ofreció voluntario para combatir en el frente. El primero es Cliff Robertson, un pésimo e inexpresivo actor que, en esta ocasión, incluso da el pego (¡imagínense que buena es esta peli para que incluso el Robertson funciona!); el segundo es casi siempre garantía asegurada, un jovencísimo y maravilloso Michael Caine, en un personaje singular, atractivo y con una filosofía personal un tanto cínica pero envidiable.

Y con todos ellos, varios secundarios de lujo, como por ejemplo el siempre efectivo Ian Bannen. Y como espíritu omnipresente, envolviéndolos, la jungla. La espesura de una jungla húmeda y oscura, llena de japos al acecho, dispuestos a defender su enclave al precio que sea. Aldrich, en esa selva, se mueve como pez en el agua. Domina el suspense hasta límites insospechados y, entre escaramuza y escaramuza, nos sorprende con frases de guión de esas históricas, de las que tumban de espaldas: "¿Para qué quiere ser un héroe? El metal de la medalla al valor que le otorguen, sólo servirá para hacer más pesado su ataúd". No tiene desperdicio.

Y en la retina, clavada para siempre, una imagen devastadora, de esas que no se olvidan jamás: la inmensa explanada que separa el frondoso enclave japonés del campamento británico, libre de matojos, árboles e impedimentos visuales. Una explanada que es obligatorio cruzar para llegar a la otra punta. Es la única ruta posible; un campo de tiro perfecto. No les cuento más. Disfrútenla, cuando tengan ocasión, por ustedes mismos. Y entenderán el por qué Robert Aldrich está situado, con todos los honores, entre los más grandes.

9.3.05

Todo lo que siempre quiso decir sobre el sexo y nunca se atrevió a confesar

Parece ser que la moda actual en Hollywood es la del biopic. Pronto vamos a acabar hasta el gorro de tantas biografías, apelotonadas una encima de la otras como esas rebajas de ropa que, de vez en cuando, nos ofrecen los grandes almacenes. En parte, eso de recurrir a la vida de un famoso o, en su defecto, a la de un personaje conflictivo y/o mordaz, es un truco ciertamente fácil, como lo de acabar haciendo remakes de viejos films exitosos en su época. Y ello, desgraciadamente, es la demostración más clara y palpable de que el ingenio y la originalidad se están perdiendo en Hollywood. Pocos de los últimos biopics estrenados han sido productos mínimamente brillantes, excepto en el caso reciente de De-Lovely (debido, ante todo, a su atípica puesta en escena). Y esa falta de brillantez es el principal defecto que denota Kinsey, la última película de Bill Condon, un tipo con el apellido ideal para hablarnos de la conflictiva vida de Alfred Kinsey, un hombre dedicado al estudio del sexo en todas sus vertientes.

El tal Alfred Kinsey era un biólogo entusiasmado con el estudio de una especie muy concreta de abejas que, dando clases de biología en la Universidad de Harvard, decidió, marcado por su dura infancia al lado de un padre puritano y exigente, investigar profundamente el mundo del sexo a través de miles de entrevistas a personajes anónimos. Corrían los años 40 en los Estados Unidos y Hoover arremetía contra presuntos comunistas en plena Caza de Brujas. Fue el momento menos idóneo para que Kinsey y sus estrechos colaboradores sacaran a la luz pública el libro que contenía los resultados de su largo trabajo de investigación, La Conducta Sexual del Hombre.

Kinsey, la película, se compone de dos partes muy concretas. Una, la más estimulante y curiosa, es la que nos da a conocer su relación con el pequeño equipo creado para realizar las entrevistas a gente anónima y la recreación en pantalla, por defecto, de algunas de estas encuestas; unas bajo el punto de vista de la comedia y otras a través de una mirada ciertamente amarga y cruda, como la de la confesión, por parte de un pederasta, de haber violado a casi trescientos menores de edad. En ese aspecto la película funciona, alterna perfectamente la comedia con el melodrama e incide, de manera emblemática, en la influencia de esa ardua tarea encuestadora en la vida matrimonial del propio Kinsey, así como en el peso psicológico que supone -tanto para él como para sus ayudantes- esa acumulación de secretos oscuros archivados en sus mentes; un poco como le ocurría al sombrío personaje protagonista de La Memoria de los Muertos, ese montador de vidas ajenas para su posterior homenaje póstumo.

La otra visión de la película de Condon se centra en la respuesta negativa con la que los sectores más reaccionarios y moralistas recibieron el libro de Kinsey y las trabas que pusieron, ciertos grupos denominados cínicamente culturales, para que no se llegara a publicar un segundo volumen bajo el título de La Conducta Sexual de la Mujer. Y esta parte, la que a priori prometía ser la más interesante, está trazada de manera dispersa y sin profundizar en absoluto. Una lástima.

Kinsey se muestra como una película formalmente académica, pero en realidad no es más que un producto repetitivo, un tanto aburrido y que se sustenta, aparte de en esas referencias sexuales, casi continuas, en el buen hacer de todos sus protagonistas, mereciendo una mención aparte los brillantes trabajos de Liam Neeson y Laura Linney.

Hay que aplaudir, de todas maneras, la valentía de sus responsables a la hora de embarcarse, de manera tan abierta, en un proyecto en el que el sexo forma parte imprescindible del producto, y más teniendo en cuenta que éste es un momento histórico en el que la sociedad norteamericana parece encerrarse, de nuevo, en ese puritanismo rancio que les están inculcando sus propios gobernantes. Un poco como las tortugas: avanzando por la parte del culo.

8.3.05

You're the Top... You're Cole Porter

En 1946, el artesano Michael Curtiz estrenó una de sus peores películas, Noche y Día. Se trataba de un biopic sobre Cole Porter, protagonizado por Cary Grant y en el que se daba repaso a la vida y obras de ese personaje, uno de los mejores compositores musicales del siglo XX, aunque bajo un punto de vista un tanto cursilón y absolutamente falso en todas las citas más directas sobre su vida privada, pues en su metraje no había ni una sola referencia a su homosexualidad.

Han pasado muchos años desde ese film y, hasta ahora, no se había vuelto a tocar la accidentada vida de Porter desde la pantalla grande. Gracias a De-Lovely podemos por fin conocer una realidad más aproximada sobre ese mítico personaje, sin titubeos ni verdades a media. Se trata del nuevo trabajo del realizador neoyorquino Irwin Winkler; una película que, por desgracia, ha sido estrenada en nuestro país de tapadillo, sin casi ningún tipo de publicidad. Hace una semana escasa que saltó de la cartelera barcelonesa, aunque, gracias, al DVD, he podido rescatar lo que en realidad se trata de una pequeña joya cinematográfica.

Es una lástima que este film haya pasado de manera tan desapercibida, pues se trata de un biopic ciertamente envidiable ya que al contrario, por ejemplo, de la beneplácida y falsa Ray, se acerca mucho a lo que, en realidad, debió ser la biografía del genial Cole Porter. Igualmente a la inversa del tratamiento que del mismo hizo Curtiz en la citada Noche y Día, película que, por otra parte, también es mencionada, con cierto cinismo, desde el mismo De-Lovely.

La película de Winkler está narrada desde el punto de vista del musical. No se asusten con ello aquellos a los que no les guste el género, pues incluso es tan atípica en este aspecto que se salta las normas del mismo constantemente, ya que a su realizador, en esta ocasión, le ha encantado transgredir, en toda regla y con excelentes resultados, los esquemas narrativos más clásicos.

De-Lovely es una especie de fantasía visual y musical en la que se hace un repaso a ciertos fragmentos de la vida de ese músico desde el personalísimo punto de vista del propio Porter, justo en el momento de su muerte y durante una entrevista, un tanto teatral, con el mismísimo Arcángel Gabriel. Para ser más exacto, aclararé que la película se centra, ante todo, en la extraña relación que mantuvo con su musa y esposa, Linda, una mujer atractiva, perdidamente enamorada de su marido y al que permitía (o, mejor dicho, toleraba) sus numerosos devaneos sexuales con otros hombres.

Esa peculiar relación, establecida entre Cole y Linda, es el eje central sobre el que gira la mayor parte de la acción del film, sin olvidar, por supuesto, el colorista retrato de los episodios de más inspiración exitosa del compositor, así como su inevitable faceta de declive como creador. Esa especie de pacto materno-filial, en el que ella ejercía de protectora, aconsejándole e intentando frenar sus desmanes, mientras éste, encegado en poseer a otros hombres, nunca dejó de amarla a ella (ni ella a él, por supuesto), es lo más atractivo y lo que que mejor funciona en la interesante cinta de Winkler, pues gracias a su claro y bien escrito guión, se entienden a la perfección las extravagancias del matrimonio Cole, convirtiendo lo que podría resultar difícil de comprender en la cosa más lógica y normal del mundo. No en vano, aparte de ese guión, las magníficas interpretaciones de Kevin Kline y Ashley Judd, dando vida a esa pareja de atípicos enamorados, juegan un papel muy importante en De-Lovely. No tan adecuado estuvo, sin embargo, el equipo de maquillaje, ya que el envejecimiento al que se ve sometido el personaje de Porter, acaba convirtiendo a Kline en el alma gemela del desaparecido Ray Milland, pero en versión Spitting Image. Pero ese perverso detalle, al lado del resto de la película, es una nimiedad excusable al cien por cien.

Otro aspecto determinante de su buen funcionamiento se encuentra en la música, en su mayor parte formada por las entrañables e inmortales composiciones del propio Cole Porter y, en algunos casos, interpretadas por la desafinada voz de Kevin Kline. Y eso no es problema alguno, ya que según cuentan (y tal cual se cita en la cinta), era un excelente compositor pero un pésimo cantante. Pero no sólo Kline pone la voz en las canciones, pues en ella han participado varias estrellas de la música actual que, en una u otra ocasión, en sus propias grabaciones, han utilizado algunos de los estándares del legendario músico. Así, entre otros, podemos ver en pantalla a gente como Diana Krall, su esposo Elvis Costello o Robbie Williams, recayendo precisamente sobre este último la interpretación del tema que lleva el título de la película, De-Lovely.

Lo que se podía haber convertido en un pasaje lacrimógeno y tramposo, está tratado con una delicadeza exquisita, conduciendo toda la dramática parte final del film de la manera menos agresiva posible para el espectador. O sea, rehuyendo falsos sentimentalismos y utilizando las composiciones musicales del autor para adornar ciertos momentos muy significativos.

Si se les escapó en su estreno (la cosa más normal del mundo), recupérenla ahora a través del vídeo-club. Les aseguro que vale la pena. Y mucho. Es todo un modelo a seguir a la hora de hacer nuevos biopics. Al menos, éste parece muy honrado. Y original. Y eso, hoy en día, es muy de agradecer.

Por cierto, ¿por qué los excelentes Kevin Kline y Ashley Judd se prodigan tan poco últimamente por la gran pantalla? ¿Los acaparadores Jude Law y Nicole Kidman les estarán usurpando sus papeles?

7.3.05

Ustedes lo han querido: SENDEROS DE GLORIA

La tenía considerada una buena película. Desde que se estrenó en España, bastante más tarde de lo normal, debido a los sempiternos problemas de la censura franquista, no había vuelto a ver Senderos de Gloria. Y el pasado sábado por la noche, con su nuevo visionado, estuve verdaderamente en la gloria, pues esa no es sólo una buena película; esa es una película única, magistral, modélica.

No es de extrañar que ese régimen dictatorial no diese el pasaporte de entrada a Senderos de Gloria, pues como en toda dictadura sentían un especial amor por el militarismo. Ese militarismo arcaico e ilógico con el que nos amenazaban continuamente y que Stanley Kubrick, con toda precisión y detalle, analizó y describió con profundidad. Sin pelos en la lengua y nombrándolo todo por su nombre. Tal cual. Al pan, pan y al vino, vino.

La cinta, basada en la novela de Humphrey Cobb -que a su vez se inspiraba en un episodio real ocurrido durante la Primera Guerra Mundial en Francia-, plasmaba los hechos acaecidos cuando un alto mando militar, el general Paul Mireau, sólo por la soberbia estúpida de alcanzar una nueva estrella con la que adornar su uniforme, ordenó a un grupo de militares tomar las sólidas posiciones alemanas en la población de Agnoc. Una misión suicida que, tras la lógica retirada de los pocos supervivientes franceses ante la inevitable masacre, acabó en un absurdo Consejo de Guerra.

El film es magnífico. No se anda por las ramas en ningún momento. Todo se cuenta sin florituras innecesarias. No en vano dura tan sólo 84 minutos escasos, sin desperdicio alguno. Y en ese tiempo mínimo, Kubrick, con la ayuda de dos guionistas más (uno de ellos el excepcional Jim Thompson), diseccionó el surrealismo con el que los altos mandos militares afrontan ciertas situaciones bélicas, el desprecio por la vida de sus subordinados y la hipocresía, altanería y cinismo con los que superaban ciertas críticas vertidas desde los sectores más liberales de su propio estamento.

Un escalofriante canto pacifista y antibelicista que, al mismo tiempo, ofrece una visión cruda e impagable sobre el triste significado de las cadenas de mando. No sólo en el ejército, ya que esas cadenas son totalmente extrapolables al mundo laboral, pues la experiencia nos indica claramente que cuando el mando superior cojea, el que acaba recibiendo todos los golpes es aquel que está situado más abajo en el escalafón, el soldado raso, el conserje de la empresa.

Nada tiene lógica. Ni esa orden suicida, ni ese posterior Consejo de Guerra para acabar con la vida de tres soldados, elegidos al azar de entre el pelotón castigado, acusados de cobardía y sentenciados a morir ante un pelotón de fusilamiento. El castigo ejemplar para que sirva de escarmiento al resto de sus compañeros. Y Kubrick deja bien claro que todo es culpa de esa oxidada jerarquía militar, en donde el intelecto no cuenta en absoluto, sólo el honor y la vanidad personal, valores fatalmente arcaicos que, aún hoy en día, perduran en esa institución.

Para narrar todo ello, Senderos de Gloria cuenta con tres personajes bien delimitados: El Coronel Dax (un impresionante Kirk Douglas, implicado totalmente en la ideología antimilitarista de la película), el general Mireau (un terrorífico George Macready con el rostro cruzado por una inmensa cicatriz) y el general Broulard (Adolphe Menjou, en uno de sus trabajos más inquietantes y logrados). O lo que es lo mismo, y desde el punto de vista más simbólico, las distintas encarnaciones del humanismo (Dax), la soberbia más nauseabunda (Mireau) y el Dios fascista en la sombra (Broulard). Y, por extensión, el enfrentamiento del primero con las dos fuerzas más antidemocráticas y maquiavélicas.

Sus diálogos son impactantes, tan duros como las crudas situaciones que nos muestra la cámara. A través de ellos conocemos el verdadero temor de los soldados antes de iniciar una peligrosa acción bélica. Ellos tienen verdadero pánico al sufrimiento, a caer malheridos. Ya no se plantean ni su posible supervivencia y, si tienen que elegir, desean la muerte antes que el dolor. Y ninguno de ellos, los de abajo, los más abnegados, los que tienen que morir como corderos degollados, no acaban de entender ese patriotismo exacerbado que rezuman sus superiores. Como bien dice el personaje de Kirk Douglas, citando al poeta británico Samuel Johnson y en defensa ante la propuesta suicida de su general, “el patriotismo es el último refugio del sinvergüenza”. De ese sinvergüenza almidonado, incapaz de pisar el frente de batalla y que sólo ansía tener una nueva condecoración en su recién planchado e impoluto uniforme, como el general Mireau.

No sólo ideológicamente es incuestionable Senderos de Gloria, pues ese perfeccionismo compulsivo de Kubrick se nota en multitud de escenas, como esa maravillosa manera de afrontar la del ataque suicida al puesto alemán, siguiendo a Kirk Douglas a través de un travelling lateral, saltando escombros, medio agachado y rodeado de soldados que van cayendo, a su lado, víctimas de las continuas explosiones que van atronando sobre sus cabezas. Excepcional. Sin más.

Y, para acabar, una imagen para el recuerdo, aquella en la que una mujer alemana (Susanne Christian, la que al año siguiente se convertiría en la esposa de Kubrick), prisionera del ejército de Mireau y Broulard, entona forzosamente una canción en su idioma ante un grupo de soldados franceses, los cuales, ante esa tonada, no pueden evitar que las lágrimas empiecen a resbalar por sus mejillas. Nunca nadie, hasta ese momento, había reflejado con tanta claridad la absurdidad de una guerra.

Por favor. Pídanme más películas como ésta. Y es que el cine, a veces, como en este caso, se convierte en lo más maravilloso de este mundo. Lástima de la gente que lo habitamos.

6.3.05

L.A., años 40

Después de repasar el otro día Chinatown me entró el gusanillo por volver a revisar su secuela, ese The Two Jakes que, más de una década después, dirigió el mismo Jack Nicholson con la intención de recuperar a su propio personaje, el del detective Jake Gittes, el tipo especializado en infidelidades matrimoniales.

Han pasado 15 años desde Chinatown. Quince años y una guerra por en medio. Gittes ha prosperado en su negocio, remodelando su oficina y siguiendo con el mismo tipo de trabajo. Sin comerlo ni beberlo, él y dos de sus socios, se convertirán en testigos de excepción de un crimen pasional cuando uno de sus clientes, Julius Jake Berman (de ahí el título del film), durante un seguimiento detectivesco, asesina a balazos al amante de su esposa. Los tres investigadores y una cinta magnetofónica serán las principales pruebas para demostrar que nada fue premeditado. Todo parece una encerrona y el avispado Gittes, convencido de que ese crimen estaba mucho más planificado de lo que parecía, empezará a husmear con la intención de sacarse las pulgas de encima. Inesperadamente, todas sus pesquisas le conducirán al pasado, a los sucesos que tan bien reflejó Polanski en la citada Chinatown.

La lástima es que The Two Jakes sólo tiene en común con la magistral obra de Polanski la presencia de Jack Nicholson y el estar escrita por el mismo guionista, Robert Towne. El resto es totalmente artificioso. Bueno... y ellos dos, también. Mientras en la película original la interpretación de Nicholson era prodigiosamente moderada, en esta secuela opta por la sobreactuación más crispante, dándole a su personaje un tono apayasado que rompe cualquier esquema de seriedad. Y es que, para histriones como él, no hay nada peor que autodirigirse. Penoso. Cómo necesita este hombre, a veces, un buen director que sepa frenar sus exageraciones, muecas y aspavientos.

Tampoco el aire de la película inspira esa fuerza única que le impregnó Polanski a Chinatown. Ya es difícil superar un film de esa magnitud, pero aún lo es más haciéndolo tal y como lo abordó Nicholson tras la cámara. Viendo The Two Jakes, el espectador nunca sabe si está ante una comedia o un drama. O, al menos, eso es lo que me ocurrió a mí, ya que no está definida en momento alguno la línea divisoria entre los dos géneros, pues estos se mezclan sin ningún tipo de orden ni concierto. Cuando no están apalizando a Gittes, por ejemplo (pues le dan mamporros cada dos por tres), éste pretende salvar su integridad moral del acoso de una viuda calentorra, en una escena más digna de una opereta picante que del cine negro. Y esa indefinición continua acaba pesando sobre el producto.

Tampoco el actor, en su fallida faceta de realizador, es el único y absoluto culpable de que esta película fuera tan infumable. Una parte muy importante de ese desaguisado es obra de Robert Towne, su guionista, incapaz, en esta ocasión, de tramar una historia mínimamente comprensible y sólida. Para empezar, en su estreno, jugó con el handicap de que era necesario tener muy presente toda la complicada trama de Chinatown. Y difícilmente el espectador, con quince años de distancia entre un título y el otro, tuviera muy fresca en su memoria toda esa lista interminable de nombres y situaciones que aparecían en el primero. Y no sólo por ello (yo, por ejemplo, la acababa de revisar el día anterior), ya que todos sus giros argumentales están pésimamente explicados. Nada está bien ligado y su historia suena a falsa y mal narrada. Sobre todo esto: mal narrada. Pésimamente narrada. E incluso ridícula.

Y sin gancho. Mientras Chinatown me atrapó desde sus primeros minutos, en The Two Jakes, al cuarto de hora, ya estaba totalmente cansado de tantas incongruencias narrativas y del abusivo festival Nicholson. Ni siquiera se salvan de la quema ese sinfín de interesantes secundarios que desfilan ante la cámara; gente de la envergadura de Harvey Keitel, Eli Wallach o Madeleine Stowe, entre otros. Y todos ellos, del primero al último, incapaces de esconder esa desidia interpretativa con la que afrontaron su colaboración en un título tan innecesario como éste.

Sencillamente: ahórrensela. Recurran sólo al original.

5.3.05

Escalofríos fotográficos

Paseando esta mañana por Internet, me he dado de bruces con una web extraña pero curiosa, Worth 1000. En ella, se dedican a pillar fotografías de famosos del mundo de Hollywood y trastocarlas por completo. Se trata de un juego un tanto morboso, divertido. A veces, según que retoques o cambios, dan cierto repelús, Entre otras cosas, les encanta cambiar el sexo a las estrellas, intercambiar sus cuerpos. En definitiva, jugar con la imagen.

Como muestra orientativa les dejo colgadas un par de fotografías, en las que podrán apreciar como resultaría Cary Grant en un cuerpo de mujer y a Oliver Hardy sin su eterno Stan Laurel, suplantado este último por el mismísimo Arnold Schwarzenegger.

Les dejo aquí el enlace correspondiente con Worth 1000. Entren y piérdanse un poco por sus páginas. Una experiencia alucinante para el fin de semana. Ya me contarán.

4.3.05

El Bosque

Deliciosa. Simplemente deliciosa. Y es que este Robin de los Bosques, con Errol Flynn enfundado en unos ceñidos leotardos verdes y filmada, al alimón y a todo color, en 1938 por William Keighley y Michael Curtiz (el artífice de Casablanca), no tiene desperdicio alguno, empezando por la efectiva banda sonora compuesta por un genio de nombre impronunciable, Erich Wolfgang Korngold .

No era la primera versión sobre ese personaje mítico, habitante de las espesuras del bosque de Sherwood, amante de las buenas causas y fiel a su monarca. Y, a pesar de no poseer rigor histórico alguno, sigue siendo la mejor. Ni la ampulosidad de la adaptación de Kevin Reynolds, con Kevin Costner de protagonista, ha hecho olvidar la fuerza de este entrañable Robin Hood. Sólo le ha podido hacer sombra, y desde otra vertiente menos aventurera, la más romántica de todas las visiones habidas y por haber sobre el tema, Robin y Marian, esa emotiva cinta que, dirigida por Richard Lester, se ha convertido, con el paso de los años, en uno de los mejores cantos cinematográficos al amor inmortal y al estúpido suceso que significa hacerse cada día más viejo.

En Robin de los Bosques, la del 38, la historia es la de siempre, con sus variaciones pertinentes. Robín Hood, ese maravilloso proscrito y su pequeño ejército particular, decidirá plantar cara a las perversas intenciones del hermano del mismísimo Rey Ricardo Corazón de León, el Príncipe John, el cual, aprovechando la ausencia de su familiar enfrascado en Las Cruzadas, decidirá arrebatarle el trono con la ayuda del maligno Sir Guy of Gisburne y del cobardica sheriff de Nottingham.

La cinta, vista ahora, muchos años después de su estreno, resulta un tanto ingenua, infantil incluso. Pero esa inocencia argumental se ha convertido en uno de sus múltiples puntos positivos, pues la hace aún más fresca que en su época, por no hablar de ese endiablado ritmo narrativo que ya querrían muchos de los films de aventuras actuales y a la que, por derecho propio, se deberían sumar las milimetradas coreografías que ponían en solfa todas las luchas a espada que inundan la proyección, sin falsos ni redundantes efectos especiales, aunque subsanados con una poderosa imaginación que a duras penas se encuentra en el cine de hoy en día, Una exquisitez única, apoyada en un guión sólido y sencillo, capaz de ir al grano en cada momento y mostrándose magistral en el perfecto dibujo de cada uno de sus personajes.

Un casting adecuado consiguió que cada uno de los actores elegidos fuera el más idóneo para dar vida a sus respectivos roles. Así, la chulería y el desparpajo saltimbanqui de Flynn se adaptó perfectamente a las maneras del inquieto Hood; la maldad y la perversión de Guy of Gisburne fueron encarnadas, a pesar de su cara de Sherlock Holmes, por el inmenso Basil Rathbone; el amaneramiento y un sutil toque de desviación sexual fueron las constantes del malvado Príncipe John, el personaje interpretado por Claude Rains u Olivia de Havilland quien, justo un año antes de convertirse en Melanie, dio cuerpo a la ternura y debilidad que caracterizaban a la enamoradiza Marian.

El binomio Curtiz-Keighley cuidó hasta el último detalle, con precisión minuciosa, la construcción del pequeño universo que albergaba a los protagonistas de la película, tanto en la plasmación del castillo que daba cobijo a los usurpadores de la corona, como en la visión, casi paradisíaca, del bosque habitado por la troupe comandada por Robin Hood, sin olvidar, por ello, sus cuidados y lucientes ropajes.

El bien y el mal enfrentados de nuevo. Poco ha avanzado el cine en este aspecto. La fidelidad y la traición. El oprimido y el opresor. Dos polos opuestos situados cara a cara y al servicio de uno de los films de aventuras más clásico y característico de todos los tiempos. El entretenimiento está servido. Y, detrás del mismo, cierto toque de denuncia social; infantil, como la película en sí misma, pero cargado de buenas intenciones, como las del propio Robin de los Bosques.

Ya lo saben. Disfruten con este film. Déjense llevar por las idas y venidas de Robin andando con desparpajo, por el castillo del enemigo y como Pedro por su casa, en busca de su amada Marian. Regresen a sus juegos de infancia e identifíquense con toda la galería de inolvidables secundarios que rodeaban a Flynn, desde Fray Tuck (el abad gordinflón) a Little John (el diestro hombre de confianza del héroe). Y, ante todo, relámanse y ensaliven a sus anchas viendo los ágapes y banquetes con los que se premiaban a ambos lados de la línea divisoria, tanto los malvados gobernantes como esos héroes verdosos y ceñidos que tan bien fueron homenajeados en la primera entrega de Shrek.

Para sacarse el sombrero. Tanto es así que la Warner, productora de la película, siguió sacando provecho a ese personaje, durante años, a través de sus cartoons más preciados. En la edición especial del DVD de Robin de los Bosques, en su disco de extras, están dos de esos episodios, el de Bugs Bunny, cruzándose incluso con el mismísimo Errol Flynn, en una imagen extraída de la película, y el del peculiar y gamberro Pato Lucas. Geniales.

3.3.05

L.A., años 30

Han pasado más de treinta años desde el estreno de Chinatown. Y, volviéndola a revisar ayer mismo, sigue siendo tan vigente (o más) que en esa época. Sin lugar a dudas, al menos para mí, es una de las dos obras maestras del peculiar (y conflictivo) Roman Polanski, junto con La Semilla del Diablo. Y Chinatown, concretamente, se convirtió en un gran homenaje al mejor cine negro de todos los tiempos, pues en ella se desgranan todas las constantes de ese género. Un cine protagonizado por perdedores, de trato social adusto y en el que la hipocresía y la corrupción estaban a la orden del día.

La cinta llegó a las pantallas del todo el mundo en un momento en el que el cine negro parecía haber tocado fondo definitivamente. Justo el año anterior, en 1973, Robert Altman se acercó al mismo a través de uno de sus productos más interesantes, Un Largo Adiós, una recreación de una de las novelas de Raymond Chandler sobre el eterno personaje de Philip Marlowe, en esa ocasión interpretado por un controlado Elliott Gould. La película, inmerecidamente, no fue apreciada por el gran público. Fue gracias a Polanski que se retomó, de nuevo, la senda de ese maravilloso género que, junto con el western, abriga muchas de las claves del cine tomado como arte mayúsculo.

No todo el mérito lo tenía Polanski, pues el cáustico guión original de Robert Towne y la persistencia de éste en que fuera el realizador polaco (aunque nacido en Francia) el que tomara las riendas de la cinta, fueron detalles indispensables para que se iniciara la cocción de una de las mejores películas de la década de los 70. En esos años, Polanski vivía en su residencia de Polonia y no estaba dispuesto a regresar para nada a los Estados Unidos. Tanta fue la insistencia de Towne y de Robert Evans, el productor, que después de leer su guión e influenciado posteriormente por una llamada personal de Nicholson, el director regresó de nuevo a Los Angeles para hacerse cargo de Chinatown.

La cinta, ambientada en plenos años 30 y punteada por los insuperables acordes de la banda sonora compuesta por Jerry Goldsmith, arranca con unos títulos de crédito en blanco y negro, a modo y manera de las viejas cintas de detectives, para situar posteriormente la cámara, con la llegada del color a la imagen, en el despacho de Jake "J.J." Gittes, un investigador privado especializado en adulterios que acaba de aceptar, a regañadientes, un nuevo caso. Contratado por una mujer adinerada, empeñada en que su esposo la engaña con otra mujer y dispuesta a obtener pruebas gráficas de su infidelidad, se verá obligado a seguir los pasos del marido de ésta, un personaje influyente con un alto cargo en la compañía de aguas de Los Angeles. Y, como ocurre siempre en el género, lo que parecía a simple vista un caso sencillo y sin problemas, empezará a torcerse hasta límites escalofriantes, poniendo en peligro la vida del tal Gittes en más de una ocasión.

Al contrario que otras cintas ya clásicas (y magistrales) de temáticas similares, como El Sueño Eterno, lo que se cuenta en Chinatown está perfectamente plasmado. No hay ni un solo cabo suelto y todo coordina a la perfección. A pesar de su complicada trama, en la que se mezclan asesinatos, suplantaciones personales y todo tipo de sobornos y engaños, el guión de Towne es extremadamente clarificador. El punto de vista que tiene su protagonista, Gittes, es el mismo que el del espectador; totalmente subjetivo. Por esa razón, desde nuestra butaca vamos avanzando a través de esa historia a medida que progresa en su investigación el propio Gittes.

La figura geográfica de Chinatown es un referente continuo a lo largo de todo su metraje. Gittes había sido policía, patrullando por las calles del barrio chino de Los Angeles. Guarda un mal recuerdo de esas calles Y le teme a ese enclave de la ciudad. No quiere volver a pisar el asfalto de ese barrio jamás. Pero, irremediablemente, el desenlace de ese caso, parece arrojarle de nuevo hacia Chinatown. El inequívoco signo de la maldición; el lugar del que se sale pero al que nunca se debería regresar.

Nadie mejor que Jack Nicholson para dar vida a ese detective privado, un hombre de gustos sibaritas, de cierta solvencia económica y un tanto mal hablado y parco en el trato para con los demás. Sobretodo si esos otros son policías -sus antiguos compañeros- o sicarios con ganas de pelea. Un contenido Nicholson, capaz de dejar aparcadas a un lado sus muecas histriónicas quien, agradecido con ese personaje, lo retomó 15 años más tarde en una secuela dirigida por él mismo, The Two Jakes, una película tan innecesaria como pésimamente escrita.

Y no sólo Nicholson estaba magnífico en Chinatown. No hay que olvidar la magnética presencia femenina de Faye Dunaway. Ella, en el film, es Evelyn Cross, una mujer torturada, con un pasado oscuro y con ganas de olvidar. Y por momentos, con Dunaway y Nicholson juntos en pantalla, llegan a saltar verdaderas chispas. La química entre ellos está presente en cada plano y, entre los dos, consiguen dar vida a una de las escenas más grandes y clásicas que jamás haya dado el cine negro; escena que, por otra parte, no pienso desvelar en absoluto para no romper el interés de aquellos que aún no la hayan visto.

Y detrás de todos, observando el panorama desde lo más alto, con una entidad envidiable, Huston, el impresionante John Huston, el que dio vida propia a un Halcón Maltés, el actor ideal para encarnar a Noah, un tipo afable pero sin escrúpulos, en un corto pero significativo papel en el que desgrana, conscientemente, cierto paralelismo con el Orson Welles en Sed de Mal. Maravilloso.

Y no les cuento más. Si no la han visto nunca, éste es el momento. Y si ya la conocen, recupérenla. Esto si que es cine.