

Lo mejor de Morning Glory se localiza en sus actores. La crítica a la telebasura que a priori promete, existe, aunque queda un tanto arrinconada por las peculiaridades que lucen sus tres protagonistas principales. Harrison Ford, tras varias incursiones poco estimables, por fin consigue un papel mínimamente compacto. Logra hacerse suyo a ese reportero venido a menos y, a través de una divertida y perfecta actuación, construye un peculiar personaje, cínico y engreído, que muy bien podría haber sido interpretado (sin muchas diferencias en el método) por alguien como Jack Nicholson.
Diane Keaton, quizá cargando con el rol de los tres que tiene menos permanencia en pantalla, sigue haciendo lo que mejor sabe: de payasa. Y lo hace bien, siempre al límite de la sobreactuación pero otorgándole una comicidad intachable a su personaje. Entre ella y Harrison Ford transcurren los mejores momentos (y gags) del film. Cuando están juntos en pantalla hasta saltan chispas. Atención, en este aspecto, a sus piques ante las cámaras y en las “interminables” despedidas del show que presentan.
Y allí, sin desentonar en absoluto en medio de las dos megaestrellas, manteniéndose a flote y a su mismo nivel, una sorprendente Rachel McAdams, pizpireta y acelerada, dispuesta a no dejarse robar ni un solo plano. Incluso, con sus saltitos neuróticos, parece pedir a gritos convertirse en la heredera por excelencia de las gansadas de doña Keaton.
Sumen Armas de Mujer, Al Filo de la Noticia y El Diablo Viste de Prada y obtendrán Morning Glory. Un film gracioso y en nada molesto al que, sin embargo, le haría falta un pelín de mala leche para ser más efectivo.
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