22.2.11

El Rey tartaja

El próximo domingo 27 de febrero se realizará la 83º edición de los Premios de la Academia de Cine, lo que más popularmente se conoce como la Noche del Oscar. Y a una de las 10 películas nominadas que parten con más posibilidades, El Discurso del Rey, aún la tenía pendiente de comentar en esta página. Con un retraso considerable respecto a la fecha de su estreno, por fin le ha llegado su turno.

Dirigida por el londinense Tob Hooper, la cinta hace gala de esa corrección formal que tienen los ingleses a la hora de afrontar ciertos pasajes de su historia. En este caso, se acerca al episodio que muestra los problemas de tartamudez de un recién coronado Jorge V quien, tras la escandaloso abdicación de su hermano Eduardo VIII, hubo de tomar apresuradamente las riendas de un país que estaba a punto de entrar en guerra.

Dos crisis, una política y otra personal, que El Discurso del Rey resuelve de manera efectiva. Centrándose en la particular relación que se creó entre el monarca (ya desde antes de alcanzar el trono) y Lionel Logue, su muy peculiar logopeda, la película avanza a medio camino entre el melodrama y la comedia. Las geniales y divertidas sesiones impartidas por Logue a su cliente de sangre azul contrastan, a la perfección, con la inseguridad de un personaje marcado traumáticamente desde su más tierna infancia y al que la corona le venía un poco grande.

A un lado, dando vida a Jorge V (Bertie para los más íntimos), Colin Firth, un actor que siempre se me había antojado bastante soso y que, con este papel, logra finalmente dar la gran campanada de su carrera: sobrio, elegante y al mismo tiempo capaz de transmitir el desequilibrio emocional de su personaje al espectador. Y al otro, en la piel del educador, un magistral Geoffrey Rush, todo un monstruo de la gran pantalla. El poder y la plebe cara a cara. Un duelo interpretativo en el que no hay ganadores ni perdedores, pues ambos están de Oscar.

No hay más que esto: el tartaja y el plebeyo, cierto apunte crítico al poder político de la Iglesia (a través del personaje del arzobispo Cosmo Lang interpretado por un insuperable Derek Jacobi) y un mucho de emotividad a lo largo del relato. En definitiva: la crónica de la gestación de una gran amistad (con sorpresa incluida) rematada por el crucial discurso radiofónico que el monarca lanzó a sus súbditos horas antes de entrar en guerra con Alemania. Todo muy british y refinadamente aséptico. Divertido y emotivo al mismo tiempo. La filosofía de educar históricamente a través de pequeñas anécdotas personales, ha vuelto a funcionar a las mil maravillas.

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