

En el film del realizador madrileño, los principales (aunque no únicos) objetivos a eliminar son él y ella; o sea, los dos amantes casuales de la estación de servicio, unos espléndidos María Valverde y Leonardo Sbaraglia, dos elementos imprescindibles para ayudar a crear la tensa atmósfera que se mantiene durante todo el metraje. Ella es Bea, una joven con inclinaciones cleptómanas; él, Quim, un individuo totalmente incapacitado para afrontar los momentos difíciles con un mínimo de dignidad: un tipo que, ante el peligro, optará por lloriquear antes que desafiarlo. En este aspecto, y con respecto a otras cintas en las que una pareja vive un episodio al límite, resulta ciertamente original e inteligente el cambio de roles psíquicos que aplica el guión a sus dos personajes principales.
La belleza natural de las frondosas montañas y el escondite consustancial que abrigan árboles, matos y rocas, se convierten en otro enemigo más a tener en cuenta. Para dos personas con los nervios a flor de piel, es prácticamente imposible acertar en que lugar del bosque se ocultan esos cazadores invisibles dispuestos a acabar con sus vidas. Las balas llegan de todos lados; sobrevivir es la única meta para ambos. Ni siquiera saben quién se oculta tras los disparos o el porqué de tanta violencia. Sólo tienen clara una cuestión: ellos son la diana; una respuesta más que suficiente para echar a correr.
El Rey de la Montaña mantiene su firme pulso a lo largo de toda la proyección. No hay ni un solo minuto innecesario o que rebaje la fuerza de la propuesta. Al contrario; desde que empieza hasta que finaliza y debido a su trepidante ritmo narrativo, se asemeja a una montaña rusa desbocada y plagada de curvas peligrosas. Un crescendo imparable, potenciado en todo momento por el miedo del individuo a lo desconocido e incluso, en muchas ocasiones, situando al espectador en el mismo punto de vista de Quim, el personaje de Sbaraglia: el de una perspectiva ciega y generalmente nula, capaz de definir al cien por cien el apocamiento de aquel que prefiere esconderse antes que prestar alguna que otra ayuda a sus congéneres.
Un trabajo contundente, visceral y de una crueldad escalofriante; de aquella en la que el sonido de un disparo casi siempre va acompañado de un chorro de sangre. Igual que en los video-juegos: recargar y disparar..., recargar y disparar..., rápido, afinando la puntería y sin dejar escapar el más mínimo movimiento. Cobardía, heroísmo, dolor, rabia, maldad, desesperación, fatalidad...; de todo un poco y al servicio de un film sobresaliente que nada tiene que envidiar de ciertos (y sobrevalorados) productos de acción norteamericanos.
Y apúntense la moraleja: no follen en los aseos de las gasolineras, que luego se me van a perder por los bosques.
No hay comentarios:
Publicar un comentario