
El espíritu fachenda de
Charles Bronson se ha apoderado del cine actual. Primero contaminó a
Jodie Foster en
La Extraña Que Hay En Ti, la historia de una mujer que se transmuta en justiciera urbana tras ser víctima de un violento suceso. Ahora, en
Sentencia de Muerte, le toca el turno a
Kevin Bacon, un honrado padre de familia, preocupado por el futuro de sus dos hijos que, después de ver morir a uno de ellos en manos de unos pandilleros, se decanta por la misma postura que la heroína de
La Habitación del Pánico.

Su director es
James Wan, el mismo de
Saw, quien, por culpa de este trabajo, pierde toda la credibilidad adquirida con anterioridad. Y es que
Sentencia de Muerte, dejando a un lado su denigrante carga ultraderechista, se me antoja una cinta pésima en todos sus aspectos. Su plana realización, la falta de un guión coherente o la previsibilidad que planea sobre su abultado metraje, así lo demuestran.

Ojo por ojo y diente por diente. El
aquí te pillo, aquí te mato está a la orden del día. No hay límites para el personaje de
Bacon a la hora de pasarse la justicia por el forro. Es más:
Wan ni siquiera justifica el mal funcionamiento del sistema judicial para dar rienda suelta al asesino vengativo que se esconde tras la figura de
Nick Hume, ese padre trastocado por el asesinato de su hijo mayor. Sencillamente, éste no se fía de la
poli y actúa a sus anchas. Y más si se tiene en cuenta esa mirada beneplácita que luce la agente encargada del caso la cual, a parte de reñirle suavemente como si se tratara de una delicada maestra de escuela, hace muy poco en favor de frenar sus malsanas intenciones; al contrario ya que, con su significativa complacencia, aún potencia más las artimañas sanguinarias del tal
Hume.

Lo más penoso del asunto es que
Kevin Bacon, un actor que siempre ha sacado notas altas en sus diversas interpretaciones, se encuentra perdido en medio de esta laguna reaccionaria. Seguramente, desinteresado al no creer en absoluto en el papel que le ha caído en desgracia, opta por una actuación desmesurada, pasada de rosca, en la que sus aspavientos y muecas cobran un protagonismo hasta incluso ridículo. Y es que, en general, la exageración es el
alma mater que domina este producto; un film nada refinado que, pese a sus numerosas escenas de acción (mal planificadas todas ellas), no posee fuerza alguna.
Por enésima vez en el cine, la ciudad de Los Angeles está metida en el argumento como icono sempiterno de delincuencia urbana; un recuso en extremo utilizado para disertar sobre la violencia en las calles. Y lo peor de todo es que, como solución a la misma, se filosofa (de manera peligrosa) sobre la posibilidad de cambiar el sistema convirtiendo al ciudadano de a pié en el propio sistema: todo un regreso al pasado, a aquella
ley de las pistolas que imperó demasiado tiempo en el viejo Oeste.

Personalmente, me quedo con ese
Wan truculento de la citada
Saw o de la delirante
Silencio Desde el Mal, dos cintas sencillas que, sin ser nada del otro mundo, al menos ofrecían al espectador algo más que fascismo en estado puro.
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