
En 1965 debutó en la pantalla grande hablando de suicidios...

Al año siguiente, de la mano de
Tennesse Williams y
Francis Ford Coppola, y teniendo a
Natalie Wood como madrina de excepción, contrajo matrimonio cinematográfico con
Robert Redford.

En 1969, organizó un maratoniano y letal concurso de baile que dejó sin resuello a la mismísima
Jane Fonda.

Tres años después, alejó a
Robert Redford de la civilización, le otorgó un aspecto peludo y sarnoso y le dejó suelto por la montaña.

En el 73, contando con el mismo actor y con
Barbra Streisand, urdió una inolvidable historia de amor y desamor con el mal rollo de la
Caza de Brujas como telón de fondo.

Un año más tarde facturó a
Robert Mitchum a Tokio, le situó en medio de un visceral episodio y le amputó un dedo.

1975 fue el año en que dejó
solo ante el peligro a
Robert Redford, un agente de la CIA acorralado por su propia organización.

En el 79, perdió un poco los papeles y disfrazó a
Redford de árbol navideño.

Recién inaugurados los 80 y mediante un brillante cara a cara entre
Sally Field y
Paul Newman, enfrentó a la prensa amarilla con la mafia.

Dos años después, transformó a
Dustin Hoffman en la elegante protagonista femenina de un culebrón televisivo.

A mediados de los 80, enterró a
Robert Redford en lo alto de una ladera africana ante la lacrimosa mirada de
Meryl Streep.

Cinco años más tarde resucitó a
Redford y, a falta de
Casablanca y de
Ingrid Bergman, le envió a La Habana para enrollarlo con
Lena Olin.

En 1993 empleó a un joven
Tom Cruise, como abogado, en una multimillonaria empresa de seguros, con sede en Memphis y emparentada directamente con el mundo de la mafia.

En el 95, tuvo los santos cojones de enfrentarse con un
remake de la mismísima
Sabrina de
Billy Wilder.

A punto de terminar el siglo XX, provocó un accidente aéreo para que un poli y una congresista descubrieran el amor.

En el 2005, ideó un complot político, en plenas Naciones Unidas, para que un agente del FBI y una traductora descubrieran el amor.

En su último film como realizador, indagó en la vida, obra y pensamientos de
Frank Gehry, el arquitecto que, entre otros edificios, diseñó el
Guggenheim de Bilbao.

Su nombre era
Sydney Pollak; uno de los grandes. Director, productor y actor. Esta pasada madrugada, a los 73 años de edad, nos ha abandonado. Con él se ha ido una buena parte de ese academicismo que tanto se echa en falta en el cine actual.
Descanse en paz.
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