A la hora de despedir a un artesano tan grande como éste, a veces sobran las palabras. Las siguientes imágenes hablan por sí mismas. Valgan, al mismo tiempo, como homenaje a Wise.

Cualquier Día En Cualquier Esquina

Cualquier Día En Cualquier Esquina
La última frase del director de escena, lanzada a través de los altavoces del recinto, aún martilleaba en mi cerebro, igual que si se tratara de un eco sin final aparente:
¡Corten! Era el final de la escena. El silencio se convirtió en un sonoro aplauso por parte de los más de 400 extras convocados. Todos celebraban haberse arrullado entre ellos sin problema alguno. Suspiré y resoplé, evocando al capitán Haddock. Y, entonces, surgió un nuevo problema. La chica de vestuario se acercó a nosotros. Se había cerciorado que mi calzón obispal lucía rasgado por su parte trasera, con lo cual existía el peligro de que asomaran, durante la siguiente toma, mis calzoncillos tipo Cary Grant.
Podría haber sido peor. Me devolvieron mis calzoncillos y mis gafas y, a cambio, les entregué los bombachos rasgados. Un joven de producción, armado de un paraguas, vino en mí busca para acompañarme hasta la roulotte del obispo. No me dejaron partir con él hasta que me localizaron unas playeras con las que calzarme. No querían que los chapines del sacerdote se estropearan con el agua.
Finalmente me dejaron solo en la caravana. Me sentí más cómodo que nunca al vestir de nuevo mi ropa habitual. Maldecí el no haberme podido fotografiar vestido con los ropajes religiosos, pues la chica que por la mañana me engalanó, había prometido sacarme una instantánea al terminar la jornada. La inesperada lluvia rompió todos los planes. Sólo quedaba, de mi atuendo, la camiseta, los anillos y la cruz. El resto estaba resguardado del agua, dentro de una gran bolsa de plástico y bajo las arcadas de la plaza en compañía de las chicas de vestuario. Rehusé ducharme para, al menos, conservar el pelo canoso hasta llegar a casa. Llamé desde el móvil a producción para que alguien me acompañara hasta el coche, pues la tormenta seguía con insistencia. Me enviaron un transporte con el que me acercaron hasta mi automóvil.
Ante mí se estaba filmando una de las escenas cruciales de El Perfume. En el patíbulo montado en el centro de la Plaza Mayor se encontraba Ben Wishaw, el actor protagonista. Mientras, Alan Rickman, el malo de Jungla de Cristal, se acercaba decidido hacia el cadalso, espada en mano, sorteando al pueblo llano que, en esos momentos, yacía tumbado en el suelo. Eran unos 420 figurantes, hombres y mujeres, la mayoría de ellos desnudos completamente y fingiendo realizar el acto sexual. Del primero al último, agrupados en parejas y en tríos. Sobándose y besándose, sin pudor ni reticencia alguna, con total desparpajo.
Un par de chicas del equipo técnico rompieron nuestra tertulia. Estaban a punto de filmar la última toma de la mañana. Aprovechando el descanso, nos hicieron cruzar el set de rodaje y nos condujeron al otro lado de la plaza, pasando entre los numerosos pecadores allí tendidos. Un verdadero amasijo de carne humana entremezclada de mil formas diferentes. Aproveché el desplazamiento para ir bendiciendo a cuantas almas perdidas e impúdicas se cruzaban en mi camino, al tiempo que tendía ambas manos, a algunas jóvenes atractivas y descaradas, para que besaran mis dos anillos. “Dios os bendiga, cervatillos míos”.
Una muchacha del vestuario nos colocó una especie de babero gigante sobre nuestros disfraces. Era la hora de comer y, suponiendo que deberíamos ser una especie de gorrinos a la hora de sentarnos ante una mesa, tomaron sus precauciones para que no les manchásemos las vestimentas.
El comedor de los VIP estaba situado fuera del Pueblo Español, cruzando la carretera de Montjuic. Los turistas que pululaban por el lugar, al vernos aparecer de esa guisa, hicieron todo tipo de comentarios. Un japonés, armado de su cámara fotográfica, consiguió que posara para una instantánea al lado de su mujer y sus dos hijas. Un obispo con babero les debió resultar ciertamente curioso.
La comida no era nada del otro mundo, aunque bastante soportable. Lo mejor fue la botella de Rioja que me bebí, mano a mano, con uno de los colegas, mientras observábamos atentamente la cara de mala leche que metía Alan Rickman zampándose, a toda prisa, un estofado de cerdo ibérico.
Un pitillo, un cafetito y vuelta al trabajo. Cruzamos de nuevo la carretera. Di la bendición a un automovilista que detuvo su coche para dejarme pasar. Entramos otra vez en el Pueblo Español. La hora de mi debut estaba cercana. Los nervios empezaban a hacer mella en mí. La Plaza Mayor estaba aún bastante vacía. Algunos figurantes aprovechaban las sombras para pegarse una siesta. Los técnicos cambiaban la posición de las cámaras, dirigiendo el objetivo de éstas hacia el palco en el que estaba plantado el trono del prelado; mi butaca, el lugar en el que daría mi primer paso hacia el estrellato. Sólo faltaba saber cual sería exactamente nuestra función sobre ese entarimado.
Uno de los colegas con los que había pasado toda la mañana se encontró con un conocido que hacía de figurante. Este nuevo personaje, en contraste con nuestra galanura y lujo, vestía unos andrajos bastante repulsivos. Entre los tres, esperando el momento del rodaje, decidimos ir a un bar del Pueblo Español a tomar una copa.
Igual que cada día, ese enclave turístico estaba abierto al público, excepto su acceso a la Plaza Mayor, la cual estaba acotada sólo para los que formábamos parte de la filmación. Ya pueden ir imaginándose el alborozo que causamos cuando un obispo, un elegante hombre de la realeza y un purulento mendigo de hace un par de siglos, entramos en un chiringuito plagado de guiris. Un orujo, un Aromas de Montserrat y un carajillo de Pujol fueron nuestras respectivas consumiciones. Yo me apunté al orujo, chupito al cual fui convidado amablemente por mi compañero, el caballero elegante.
Volvimos a la plaza. Una chica de vestuario me pilló al vuelo y me avisó que, en pocos minutos, sería mi turno. Literalmente hablando me secuestró, recogió el babero, repaso mis vestimentas, me colocó una gigantesca capa entre la casulla y la sotana y se quedó con mis gafas. El báculo, según me informó, me esperaba al lado del butacón obispal. Por unos instantes me imaginé en el Vaticano solicitando una entrevista papal.
Con todo ese atuendo encima, me encaminó hacia el palco. Subí unas pequeñas escalinatas y, allí, al lado de la butaca y elevado en primera línea, me sentí como Dios.
- Por cierto, ¿qué tengo que hacer exactamente? – le pregunté a la joven de sastrería que me había acompañado hasta la palestra.
- ¿Las chicas de producción no te han dicho nada? – inquirió un tanto extrañada.
- No. La verdad es que no – respondí.
- Tu tranquilo. Mientras no te digan nada, siéntate en el trono y aguanta el báculo con la mano derecha.
Dicho y hecho. Me aposenté cómodamente en el trono y empecé a observar al equipo técnico y a los 420 figurantes semidesnudos que volvían a sus posiciones. Yo estaba en el mismo centro del entarimado. Varios extras, hombres y mujeres, empezaron a ocupar posiciones en las tres gradas situadas tras de mí. Algunos de ellos estaban casi en cueros. Empecé a tragar saliva. Recordé de nuevo a mi doctor y sus dudosos consejos. Ese tío, desde su despacho, debió echarme algún mal de ojo. Necesitaba urgentemente mi medicación o, en su defecto, otra copa de orujo. ¿Es normal que un obispo esté rodeado de gente con pollas, vaginas, culos y pechos fuera de sus habitáculos habituales? Y yo allí, sentado con mi sotana, la capa y el báculo de los cojones.
Intenté calmarme. Un obispo no puede follar así como así. No es normal. Ni la medicación ni el puto orujo aparecieron. Estaba perdido. El “tierra trágame”, que repetía constantemente para mis adentros, no surtió efecto alguno. La tierra se mantenía firme y yo no sabía dónde estaba ni que podía ocurrirme. Los 420 figurantes se despelotaron del todo, formando sus parejas y tríos igual que antes de comer. Mi visión, desde el palco, era perfecta. Aunque yo también era un blanco perfecto para los objetivos de las distintas cámaras, pues me encontraba en el centro del huracán.
- Por favor... ¿alguien puede decirme que tengo que hacer cuando empiecen a filmar?.
Era mi vocecita que sonó trémula y acongojada, mientras mi vista buscaba a alguna de las chicas del equipo que me habían acompañado durante toda la mañana.
La voz del director escenográfico (uno de los integrantes de La Fura del Baus) atronó por los altavoces del recinto:
- ¿Alguien puede decirle al obispo y a sus dos compañeros, situados tras él, que han de aligerarse un poco el ropaje?
El Twilight Zone tan sólo acababa de dar sus primeros pasos.
To be continued... Mañana el episodio final... the best of the experience
enlace con la 4ª y última parte / enlace con la 2ª parte / enlace con la 1ª parte
(todas las fotos que ilustran este post han sido robadas de ¿Está Grabando?)
Con mi ágil soltura de andarín callejero, saltando charcos e intentando no pisar el barro, encaminé mis pasos hacia la puerta de entrada del citado Pueblo Español. Allí, ante unos tipos que tenían toda la pinta de pertenecer al equipo técnico de la película, me di a conocer:
- Soy Spaulding. Me han dicho que os comentara que vengo a sustituir al obispo.
Intuí una sonrisa sarcástica en un tipo que llevaba un pinganillo en la oreja y un pequeño micrófono inalámbrico cerca de sus labios. Susurró unas cuantas palabras en inglés –de las que sólo intuí el vocablo bishop- y, a los pocos minutos, apareció un amable joven que, a través de gestos, me indicó que le siguiera.
El diálogo entre ese ser y yo fue mínimo. Hablaba alemán. Yo, catalán o castellano. La lengua empezaba a interponerse en mi meteórica carrera como actor. Y mi guía no sólo chapurreaba un idioma totalmente desconocido que me transportaba a los tiempos de Lili Marlene; el tío andaba a cien por hora por las enrevesadas calles del Pueblo Español hasta que, de pronto, cruzamos el set principal, situado en la plaza mayor de ese enclave. Una inmensa plaza en cuyo centro se había construido un patíbulo, lugar en el que, a buen seguro, debería morir ajusticiado el protagonista principal. El suelo estaba cubierto de grandes capas de gomaespuma mientras, al otro extremo de ese gran espacio, se encontraba montado el palco obispal, con un trono majestuoso colocado en medio del estrado y en primera fila. Allí, supuse, debería aposentarme yo durante esa escena tan esperada.
Sorteamos a todo tipo de técnicos. Se estaban montando las cámaras. Conté unas seis de ellas. Cables eléctricos de grosor considerable cruzaban toda la plaza. Gigantescos focos y pantallas blancas para difuminar la luz estaban situadas de manera estratégica. Me introdujo en una pequeña habitación destartalada y sucia, muy sucia, llena de aparatos sofisticados que fui incapaz de reconocer. Subimos por unas empinadas escaleras metálicas y salimos de nuevo al exterior. Estábamos en la parte posterior del Pueblo Español. Allí se encontraban varias roulottes, una detrás de la otra, con diferentes letreros en sus respectivas puertas de entrada. Me quedé, ante todo, con la de Make-Up & Hair. Eso lo entendí. Maquillaje y Peluquería. Pasito a pasito, acabaría dominando la lengua de Chespir.
Una chica agradable, catalana y de baja estatura, se dirigió a mí:
- Eres el doble del bishop, ¿verdad? – me preguntó sonriente.
- Exacto – aseguré, aunque no acababa de entender porqué sonreían tanto con mi presencia
- Sígueme, voy a vestirte.
Recordé, en esos momentos, que mi mujer, cuando hizo de figurante, tuvo que cambiarse en una inmensa sala colectiva, en la que otros extras se enfundaban en sus respectivos ropajes. Como en la mili, estaba convencido de que me llevarían a otra estancia similar.
Mi sorpresa fue mayúscula cuando me hizo entrar en una de las caravanas. La última de todas, en la que podía leerse, en letras grades, Bishop Of Grasse. Obispo de Grasse. O sea, el eclesiástico de más poder de la aldea de Grasse, el lugar en el que transcurre parte de la acción de El Perfume.
Por lo que me contó la simpática asistente, esa roulotte pertenecía a la del actor al que suplantaba, un hombre ya mayor y con la salud un tanto mermada. Un habitáculo que, durante ese día, sería de mi entera propiedad. En esos momentos tuve claro que estaba naciendo la estrella Spaulding. Aire acondicionado, nevera, dos sofás, cagadero, ducha y lavabo. Una maravilla. Ni Luis Ciges hubiera soñado con esos lujos.
La joven me contó que un doble de actor era diferente a un figurante. Me aseguró que estaría mucho más mimado y que, en lugar de comer con el populacho -en una nave acondicionada como comedor-, lo haría al lado de las estrellas y del equipo técnico. Lo nunca imaginado.
A continuación me hizo quitar la ropa, excepto mis calzoncillos estilo Cary Grant. Me puso una larga camiseta blanca de algodón, tipo camisón de dormir, encima de mi torso y unos pequeños calzones morados que me llegaban hasta más abajo de las rodillas. También me enfundó unas medias grises que me llegaban a la altura de los muslos. ¡Vaya pinta de maricona debería tener en esos momentos! Mientras estábamos en ello, pensé en las rarezas del clero a la hora de vestir. Acto seguido, me colocó una larguísima sotana del mismo color que los calzones, en la que, por lo menos, habían más de veinte botones. Puso sobre mis hombros una casulla y me hizo calzar unos viejos zapatos, acabados en punta, del mismo tono que el resto de mi equipaje, rematando la faena con una enorme cruz dorada sobre el pecho. La capa y el báculo me los entregarían justo antes de empezar a rodar. Me vi en el espejo y descubrí lo que llegaba a imponer con mi sacrosanto atuendo. ¡Qué seriedad, qué porte! ¿Qué pensarían mis padres si me vieran de esa guisa?.
Necesitaba urgentemente hacerme una foto disfrazado de obispo. Por desgracia, descubrí que el atuendo religioso no tenía un puto bolsillo. Sólo en los calzones, a la altura de los genitales, poseía un pequeño e incómodo saquito en el que no cabía la cámara fotográfica. Allí, a duras penas, pude esconder el paquete de tabaco, un encendedor y el móvil. Más, imposible. Y no vean que show montaba cada vez que quería fumar un pitillo, pues tenía que arremangarme la interminable sotana hasta el ombligo e introducir, dramáticamente, la mano en ese pequeño bolso hurgando en busca de la nicotina. Y no les cuento el sufrimiento que padecí cada vez que tenía que echar una meadita. Que incómodo resulta eso de ser cura.
- Acompáñame a maquillaje, allí acabarán de arreglarte- me sugirió la asistenta.
En la caravana de Make-Up & Hair no sólo me encasquetaron una pequeña boina colorada sobre mi calvorota. Me cortaron un poco el cabello y, acto seguido, me tiñeron los pocos pelos que me quedan de color blanco. En cinco minutos había envejecido una eternidad. Aunque, bien mirado, vestido de manera tan solemne, ante al espejo, me encontré más interesante de lo normal. Sólo una cosa me preocupaba. Eran esos extraños y sobresalientes cabellos laterales, que habían quedado demasiado levantados y en forma un tanto triangular. Se lo indiqué a mi maquilladora y peluquera alemana a través de mi macarrónico inglés:
- I Am Crusty the Clown, of The Simpsons.
Me sorprendí, pues, a pesar de mi chapucero acento, pilló la broma al instante.
Entre el tiempo que pasé vistiéndome y los posteriores retoques de maquillaje, eran ya más de las diez de la mañana. Me sentaron entre dos dobles más y nos indicaron que esperásemos a que terminaran de rodar una escena que, en esos momentos, transcurría en el set de la Plaza Mayor. Una escena que, a base de repetirla una y otra vez, duró hasta casi la una del mediodía. Mientras, y a cuenta de la casa, me zampé un bocadillo de atún y me tragué un café con leche y un par de Coca-Colas.
La espera era larga. Pero antes de subirme al trono obispal, aún tendría que comer entre las estrellas. De todos modos, en compañía de mis dos colegas vestidos de honrados y adinerados ciudadanos de esa época, decidimos matar el tiempo. Para ello, desde una ventana un tanto sucia, observamos el rodaje que tenía lugar en ese momento. Ciertamente, los tres quedamos estupefactos ante lo que estábamos viendo. Aún y así, para calmar mis nervios, recordé las perversiones de Hitchcock cuando ejercía de mirón compulsivo.
El Twilight Zone acababa de empezar y ya no había manera humana de volver atrás. Pensé en mi medicación, en mi doctor y en sus sabios (y ahora dudosos) consejos.
Mañana... to be continued...
enlace con la 3ª parte / enlace con la 1ª parte
(algunas de las fotos que ilustran este post han sido robadas de ¿Está Grabando?)
Shorofsky insistió en que acudiera a la prueba igualmente, pues estaban interesados en pillar a un tabernero de proporciones similares a las mías. Ni cortos ni perezosos, decidimos finalmente embarcarnos en la aventura.
Justo a los dos días de habernos presentado, mi mujer recibió una llamada telefónica de la productora para rodar una escena en una iglesia del barrio gótico, una vez pasada la consecuente prueba de vestuario. Dicho y hecho. Tras seleccionarle el atuendo, unos quince días después me la vistieron de pobre, le maquillaron la cara con pupas de todo tipo y le pintaron unas ojeras que daban la impresión de no haber dormido en todo un mes. Su aspecto era alarmante. Para huir raudo de ella o acompañarla urgentemente a la UCI más cercana en busca de cualquier infección patológica.
Después de todo un caluroso día de rodaje, a mediados de agosto, la mujer regresó a casa totalmente agotada. El calor, el peso de los ropajes antiguos y las largas y repetidas tomas de una escena en la que participaban más de doscientos figurantes, la dejaron maltrecha (aunque orgullosa por haber conocido los interiores de un rodaje). Tanto es así que, conociendo mi carácter un tanto refinado, me aconsejó que en caso de ser elegido rehuyera la cita con cualquier excusa. Intentó convencerme, asegurándome que tendría que comer en un comedor apretujado con más de doscientos desconocidos a mi lado. Y que además pasaría toda la jornada sudando como un cerdo. Odio el sudor. Y ella lo sabe.
Sin embargo, mi alma inquieta de reportero tenaz me tenía en vilo. Envidiaba a mi mujer por haber vivido una experiencia que hubiera querido plasmar yo en esta página. Estaba dispuesto a transpirar copiosamente por todos los poros de mi cuerpo zalamero e, incluso, a soportar varias y largas horas de plantón antes de oír la estimulante palabra “¡action!”. Pero esa llamada a mi móvil, pidiendo mi presencia en uno de los numerosos sets repartidos por Barcelona, no llegaba nunca. Lo tenía claro. El tabernero que necesitaban debería haber adelgazado demasiado o bien otro gordinflón había usurpado mi puesto.
El pasado miércoles por la noche, cuando ya había olvidado definitivamente el tema de El Perfume y andaba enfrascado en la redacción de la crítica de Embrujada, sonó el móvil. Se trataba de un número desconocido para mí. Lo miré fijamente y dejé que vibrara, a sus anchas, un ratito sobre mi mesa. Siempre me ha fascinado que un móvil, sin la ayuda de nadie, empiece a voltear sobre sí mismo.
- ¿Sí, dígame? – acababa de descolgar.
- Hola Spauld, te llamamos de El Perfume – sonó la voz de una chica al otro lado. Bueno, en realidad se dirigió a mí por el nombre real, Toni, pero les he puesto lo de Spauld para mantener y acrecentar un tanto la tensión dramática de la historia.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Había llegado el momento del cantinero; el debut de Spaulding en la pantalla grande.
- ¿Te interesaría hacer de doble de un actor mañana mismo?
¡Doble de un actor! ¡Sacre-Dieu! ¡Más que un figurante! ¿Pero de qué actor, de qué personaje se trataría? La pregunta brotó de manera natural:
- ¿En que consistirá esa sustitución?
- Nada. Muy sencillo. Serás el doble del obispo.
Nunca me he llevado muy bien con la Iglesia, pero el morbo de verme arropado con el atuendo de un rollizo prelado me tentó. Subióseme por todas partes la adrenalina.
- ¿Qué tendré que hacer, exactamente? – pregunté intrigado.
- Muy sencillo. Sólo tendrás que estar sentado en un palco. Si te interesa, mañana, a las 8 y media, preséntate en la puerta principal del Pueblo Español y comenta a la gente de la entrada que vienes a hacer de doble del obispo.
Antes de responder definitivamente, dudé por unos instantes. Hace una larga temporada que mi moral y mi psiquis están un tanto desarmadas, en baja forma. Pensé en las palabras de mi sabio doctor: “Haz cosas diferentes, nuevas experiencias; no te quedes encerrado en casa y dístraete lo máximo posible.” ¡Qué consejos facultativos más espléndidos! ¡Por Tutatis que tenía que aceptar aquel reto de connotaciones eclesiásticas!.
El obispo Spaulding. Spauld bishop. Doble de actor. Steven Spielberg al alcance de mi mano. Tres meses más y a desbancar de su poltrona a Antonio Banderas y a su puta madre (con todos los respetos).
Terminé de redactar Embrujada. Mi cuerpo temblaba de gozo y de temor al mismo tiempo. Me imaginé sentado en la butaca obispal, subido en un palco y presidiendo un acto popular. Afuera, esa noche, llovía. Es más, se pasó toda la noche diluviando. Mi carácter pesimista anunció que acabaría suspendiéndose el rodaje. Mi gran ocasión de triunfar en el mundo del cine se iría a tomar por culo por culpa de unas malditas e insistentes gotas. Truenos y rayos cayeron sin parar hasta la hora en que me levanté. A las seis de la mañana, la tromba de agua había amainado bastante. Me duché y me acicalé lo mejor que uno puede. Asomándome al balcón, vi que ya no llovía. ¡Bien!. Entonces es cuando, previa toma de mi medicación diaria y a bordo de mi nuevo y reluciente automóvil, acudí a una cita con lo desconocido. Las puertas del Twilight Zone ya estaban abiertas de par en par.
Hasta aquí el final de la primera parte.
En pocas horas... to be continued.
Una película de actrices. Hablan, discuten, lloran y ríen. Todo gira alrededor de ellas. Dos putas de buen corazón, como las de toda la vida en el cine. La cinta es dura. La verdad a veces molesta. Y siempre duele, aunque en esta ocasión no llegue a herir. El realizador no acaba de poner del todo el dedo en la llaga. Sólo escuece, pero cicatriza rápido. Se queda a medias tintas y no va más allá de lo que hacen otros títulos sobre el mismo y sórdido tema. Se muestra reiterativo en ciertos aspectos, sin acabar de profundizar en otros mucho más interesantes, apuntando, por momentos, hacia detalles un tanto infantiles y poco creíbles (el paseo en automóvil o la relación de Caye con su familia) que, de manera errónea, rompen el tono realista de la película.
Princesas, a pesar de sus buenas intenciones, no posee ni el frescor de su ópera prima, Familia, ni la contundencia narrativa de Barrio o Los Lunes al Sol. Se trata de un film correcto, a pesar de quedarse en una mera plasmación de pequeños esbozos de una oscura realidad cotidiana. Una realidad que, por cierto, muchas mentes bien pensantes pretenden ignorar. Y por ello es una lástima que no llegue más lejos. Aranoa demuestra saber manejar la cámara a la perfección y ser un buen director de actrices. En esta ocasión le ha fallado el guión. Da la impresión de ser lo mismo de siempre, pero con fisuras. De todos modos, por ellas dos, Caye y Zulema, por esas dos rameras maravillosamente interpretadas y descritas, bien merece ser visto.