15.9.05

Klaatu Barada Nikto

La maldición del Festival de San Sebastián ha vuelto a cumplirse. Robert Wise, uno de los invitados al mismo, falleció ayer noche de un ataque al corazón a los 91 años de edad, mientras su esposa se encontraba ya en España para recoger un premio en su nombre.

A la hora de despedir a un artesano tan grande como éste, a veces sobran las palabras. Las siguientes imágenes hablan por sí mismas. Valgan, al mismo tiempo, como homenaje a Wise.


Ultimátum a la Tierra


Marcado por el Odio


¡Quiero Vivir!


West Side Story


Cualquier Día En Cualquier Esquina


La Casa Encantada (The Haunting)


Sonrisas y Lágrimas


El Yang-Tse en Llamas


La Amenaza de Andrómeda

14.9.05

Por prescripción facultativa (4ª y última parte)

La última frase del director de escena, lanzada a través de los altavoces del recinto, aún martilleaba en mi cerebro, igual que si se tratara de un eco sin final aparente:

- ¿Alguien puede decirle al obispo y a sus dos compañeros, situados tras él, que han de aligerarse un poco el ropaje?.

Al instante aparecieron una chica de vestuario y otra de casting. No recuerdo cual de las dos fue, pues en esos momentos no estaba para nada ni para nadie, pero alguna de ellas me sugirió que fuera desnudándome. Volví a implorar el “tierra trágame”, pero un esperanzador enunciado, pronunciado por una de las dos muchachas, calmó mis instintos asesinos:

- No es necesario que te desnudes completamente, pues el actor al que estás supliendo acordó, en su contrato, que no enseñaría según que partes de su cuerpo.

La verdad es que no sé ni cómo se llama ese buen hombre, pero en esos instantes le habría alzado un monumento. Tuve que dejar la casulla, la capa, y la sotana en el suelo, así como el báculo. Mi única vestimenta, aparte de la cadena con la cruz plateada, sería la larga camiseta blanca –desabrochada hasta el pecho-, los calzones morados del obispo, las medias grises y los zapatos. Menos da una piedra.

De nuevo, la voz del director escenográfico, volvió a retumbar en la Plaza Mayor:

- Por favor, ¡qué algunas chicas acudan a formar pareja con el obispo y sus dos colegas!

Aún no había acabado ese llamamiento que, al momento, tres mozas subieron decididas al palco. Una amazonas rubia de veintipocos años, guapísima y desnuda, con un envidiable cuerpo, se acercó a mí asegurando que sería mi partenaire. Yo aún ignoraba mi cometido en la escena de marras, hasta que la de casting sugirió que me tendiera en el suelo, ante el trono, con la barriga hacia arriba y mirando al cielo. ¡Bien sabe Tutatis que estaba metido en un buen embrollo!

Antes de obedecer la sutil propuesta, mi espíritu rebelde quiso dejar patente su queja ante el engaño con que me habían conducido hasta allí:

- A mí tan sólo me dijeron que tendría que estar sentado en el palco, vestido de obispo. Y ahora resulta que...

Ni caso. Entendían mi reproche, pero la cosa ya estaba a punto y no se podía dar marcha atrás. Los 420 figurantes desnudos, bajo el estrado, estaban entusiasmados ante la posibilidad de ver a un obispo realizando un striptease. Por un segundo me vislumbré negándome a rodar la escena, al tiempo que era insultado y apedreado por numerosas personas en pelota picada. “Spaulding, has de quedarte y hacer lo que te mandan”. Buen asesoramiento: a veces, el subconsciente es muy inteligente y práctico. Miré a mi nueva compañera. Ciertamente era una belleza. Guapa, rubia, de piel morena, labios carnosos y unos pechos interesantes. No inmensos, pero sí perfectamente proporcionados. De esos, en forma de perita, que tanto me gustan. Dentro de la desgracia, todo iba mejor de lo que pudiera imaginar.

Me tumbé en el suelo. La chica se estiró a mi lado, e intuyendo que yo no tenía ni idea de lo que tenía que hacer, me contó, de manera muy natural, el modo en que debíamos comportarnos ante la cámara. Su acento era muy dulce y agradable. Mejicana, para más señas; de vacaciones durante unos días en Barcelona. Su sencillez me calmó bastante. Me indicó que nos tendríamos que abrazar, oler, acariciar y besar nuestros cuerpos y labios. Lo más normal del mundo; lo habitual de cada día. Ideal para un obispo: llegar y besar al Santo.

La de casting le señaló a mi concubina que ella, durante la primera toma, me tendría que desnudar un poco más, sin que se llegara a percibir ninguna parte impúdica de mi anatomía. Pactamos que, entre manoseo y manoseo, me sacaría los zapatos y las medias. La verdad es que estaba sorprendido. Nunca en la vida una dama me había despojado de unas medias.

Pues nada. Allí estábamos, tendidos en el suelo, con los ropajes obispales alrededor y bajo nuestros cuerpos. Pensé en mi esposa y en el hermano de ésta, persiguiéndome por oscuros callejones y blandiendo un bate de béisbol. ¡Terror! ¡De obispo a erotómano! El equipo de realización rogó silencio; yo imploré, en secreto, por mi medicación. Se iba a rodar. ¡Action!. Acababan de lanzar al obispo Spauld al abismo. La chica me acariciaba, miraba directamente a mis ojos, sonriendo, mientras besaba mis labios. Y yo allí, intentando relajarme y saborear esos surrealistas instantes. Dicen que a nadie le amarga un dulce. Y ese dulce, de veinte añitos, lo tenía colocado justo encima de mí, retozando sobre mi barriga. ¡Mon Dieu! Le estaba acariciaba los pechos como si se trataran del mando a distancia de un televisor. Aún no estaba motivado. Aquella situación me acababa de pillar en bolas. O casi. Mejor dejémoslo en "in fraganti". Todo me había ocurrido en un abrir y cerrar de ojos. Pensé en cosas tiernas, buscando la tranquilidad y el sosiego. La pequeña de los Ingalls, la de La Casa de la Pradera, apareció en mi mente corriendo y dando saltitos entre la hierba. Mientras, mi deliciosa mejicana, ya me había quitado los zapatos y las medias. Me besaba, y yo intentaba corresponderla lo mejor que podía. Detrás de la pequeña Ingalls, aún estaba mi cuñado, Jordi, blandiendo el bate de béisbol. Con esa preocupante escena en mi cabeza, mi compañera accidental, entre dulces y apasionados besos, me había bajado un poco los calzones.

¡Corten! Era el final de la escena. El silencio se convirtió en un sonoro aplauso por parte de los más de 400 extras convocados. Todos celebraban haberse arrullado entre ellos sin problema alguno. Suspiré y resoplé, evocando al capitán Haddock. Y, entonces, surgió un nuevo problema. La chica de vestuario se acercó a nosotros. Se había cerciorado que mi calzón obispal lucía rasgado por su parte trasera, con lo cual existía el peligro de que asomaran, durante la siguiente toma, mis calzoncillos tipo Cary Grant.

- Tendrás que ir un momento al lavabo, quitarte la ropa interior y colocarte otra vez los calzones, aunque estén agujereados – me dijo de buena fe.

Ni contesté. Miré sonriendo a la multitud desarropada. La miré a ella. La situación se me antojaba de lo más absurda. Grotesca. Y entonces, allí, en medio de ese elevado escenario, me bajé los zahones clericales, me despojé de mis calzoncillos -entregándoselos a ella- y volví a enfundarme el taparrabos eclesiástico. Aplauso popular y vuelta al ruedo. Por fin el obispo, durante breves segundos, había ensañado su polla al respetable.

Para las siguientes tomas, ya no fue necesario volver a calzarme los zapatos ni las medias. El juego seguía consistiendo en el mismo de antes. La verdad es que, durante la segunda intentona, todo fue mucho más complaciente. Mis caricias eran mucho más sensuales y menos frías, al igual que mis besos. Y ella, esa belleza mejicana, también se sintió más cómoda en su papel.

Entre la segunda y tercera toma, aprovechamos los minutos de descanso para charlar un poco entre nosotros. Así nos conoceríamos un poco más y podríamos afrontar el resto del rodaje con más serenidad. En este aspecto, no se me ocurrió otra cosa mejor que comunicarle mi pasión incondicional por algunos de sus héroes nacionales; en concreto, Santo el Enmascarado de Plata y Blue Demon. Una manera ideal de empezar una tertulia: tumbados en el suelo: ella desnuda, yo en calzoncillos y camiseta y platicando sobre lucha libre. Maravilloso e irrepetible.

Llegamos a filmar unas cuantas escenas más. Siempre lo mismo, pero cada vez me desenvolvía de manera más natural. Después, todos los allí reunidos, cada uno con sus respectivas parejas, tuvimos que simular despertar de un largo sueño, sorprendiéndonos al ver a otra persona descansando desnuda a nuestro lado. Yo panza arriba; ella apoyando su cabeza en mi panza. Hasta que cayó la de Dios. Ese hombre (o concepto, o llámenle como ustedes quieran), desde allí arriba, atrapó a uno de los suyos yaciendo en compañía de una mujer ardiente: ¡Nada menos que un obispo! Y como castigo divino, soltó sobre nosotros una tormenta de mucho cuidado. Rayos y truenos cayeron sobre el Pueblo Español. Las encargadas del vestuario aparecieron a nuestro lado como caídas del cielo; rescataron al vuelo mis ropajes por allí extendidos y huyeron a cobijarse con estos del agua. Me despedí, bajo la lluvia, de la frágil doncella americana y, con toda la naturalidad del mundo, dotado sólo de la cruz en el pecho, la camiseta, las botargas, la pequeña boina y los zapatos morados, fui a buscar refugio bajo las arcadas que rodean la plaza.

Podría haber sido peor. Me devolvieron mis calzoncillos y mis gafas y, a cambio, les entregué los bombachos rasgados. Un joven de producción, armado de un paraguas, vino en mí busca para acompañarme hasta la roulotte del obispo. No me dejaron partir con él hasta que me localizaron unas playeras con las que calzarme. No querían que los chapines del sacerdote se estropearan con el agua.

Finalmente me dejaron solo en la caravana. Me sentí más cómodo que nunca al vestir de nuevo mi ropa habitual. Maldecí el no haberme podido fotografiar vestido con los ropajes religiosos, pues la chica que por la mañana me engalanó, había prometido sacarme una instantánea al terminar la jornada. La inesperada lluvia rompió todos los planes. Sólo quedaba, de mi atuendo, la camiseta, los anillos y la cruz. El resto estaba resguardado del agua, dentro de una gran bolsa de plástico y bajo las arcadas de la plaza en compañía de las chicas de vestuario. Rehusé ducharme para, al menos, conservar el pelo canoso hasta llegar a casa. Llamé desde el móvil a producción para que alguien me acompañara hasta el coche, pues la tormenta seguía con insistencia. Me enviaron un transporte con el que me acercaron hasta mi automóvil.

Una vez en casa, le conté toda la kafkiana experiencia a mi alucinada señora. No hubieron represalias de ningún tipo. Entendió perfectamente la situación, se rió y me aseguró que mejoraba bastante con el pelo canoso. Llamé de nuevo a producción para saber cuando y cuanto cobraría. Pensé en mi doctor, me di una ducha y, tras ingerir un par de pastillas para dormir, me metí en el sobre. En el fondo, el galeno sabía aconsejarme.

Un día extraño y, en parte, inolvidable,a pesar de haber sufrido durante un buen rato. Conocí gente maravillosa y con mucho sentido del humor.

Meditando sobre esa jornada, he llegado a la conclusión de que quizás, en otra ocasión, me apetecería volver a servir a la Iglesia. Esto último, por favor, no se lo digan jamás a mi mujer.

enlace con la 1ª parte / enlace con la 2ª parte / enlace con la 3ª parte

(algunas de las fotos que ilustran este post han sido robadas de ¿Está Grabando?)

13.9.05

Rogamos disculpen esta interrupción...

Espero sepan perdonar esta pequeña paralización del devenir habitual de Spaulding’s blog. No está hecho a mala leche, ni mucho menos. Les aseguro que mañana les colgaré el último capítulo de mi extraña colaboración en el rodaje de El Perfume.

Este alto en el camino se debe, sencillamente, a que hoy, hace justo un año, vio la luz por vez primera esta bitácora. Hay que celebrarlo, al igual que hace ese pequeño Spaulding ante su pastel de aniversario, cuando en noviembre de 1960 cumplía los 12 meses.

Esta bitácora, en comparación con el enano Spauld de la fotografía, ya no necesita andar con la ayuda de una chichonera. Ustedes le han dado alas. Más que caminar, casi a diario, vuela por sí sola. En 365 jornadas han habido casi tantos posts como días tiene un año. Excepto en contadísimas ocasiones, he estado a su lado puntualmente. Ello supone un esfuerzo considerable, pero su masiva respuesta bien lo vale. No en vano, en pocas horas, llegaremos a las 100.000 visitas. Ese es el mejor de los premios para quien esto escribe, pues es un logro que se consigue a medias. Ustedes y yo lo hemos logrado.

Críticas de cine -tanto actual como clásico-, anécdotas personales y alucinadas de todo tipo, se han ido sucediendo, sin orden ni concierto y a modo de cajón de sastre, para entretener y hacerles el mundo del séptimo arte un poco más atractivo. Como deben haber descubierto, mi pasión por éste es indescriptible. Disfruto hablando de cine. Y, la verdad, no lo puedo disimular, pese a mis sarcasmos habituales.

Aprovecho la ocasión para estrenar un banner, hasta ahora inexistente en esta página. Un cartel diseñado y cedido amablemente por el responsable de un blog amigo, El Séptimo Cielo. Una de las mejores maneras de celebrar este aniversario. Pulir un poco la fachada principal siempre hace más atractivo el resto.

La página seguirá como hasta ahora, alternando las críticas con todo tipo de posts, siempre cercanos al cinematógrafo en todos sus aspectos. Mantendré una de las secciones que más aceptación popular ha tenido, Ustedes Lo Han Querido. Esta semana tocaba hablar de la película Zulú. Ya está revisada, pero su comentario queda para la próxima, pues en los últimos días, entre el rodaje de El Perfume y la larga confección de la experiencia en el mismo, el citado apartado ha quedado aparcado de manera provisional. Y, por supuesto, tampoco abandonaré el divertimento, en un principio denominado Juegos de Verano y que, con el cambio de estaciones, lógicamente irá permutando su título.

Y por último, dar las gracias más efusivas a un estrambótico ser, sin el cual nunca habría nacido Spaulding’s blog. Se trata de Absence, mi cuñado.. Sin él y sin su constante insistencia en que creara esta página, nunca habría entrado en contacto con ustedes. En el fondo, muy en el fondo, amo a Absence.

No me obliguen a decirlo más veces pero, para que lo sepan y les quede claro, también les quiero a ustedes... excepto a uno muy en concreto (tal y como diría el entrañable Hijo Tonto). Como demostración palpable de ello, les doy un beso en la frente y un pedazo del pastel del infante Spauld... aunque ignoro si habrá para todos.

No se me desparramen y, por favor, sigan visitándome. Estoy muy a gusto en compañía suya. Son ustedes unas buenas personas. Y mi esposa también, ya que ella, pobre mujer, soporta día a día mis largas horas de trabajo ante el teclado.

Y no sufran, pues mañana mismo conocerán el final de las aventuras y desventuras del Obispo de Grasse.

12.9.05

Por prescripción facultativa (3ª parte)

Ante mí se estaba filmando una de las escenas cruciales de El Perfume. En el patíbulo montado en el centro de la Plaza Mayor se encontraba Ben Wishaw, el actor protagonista. Mientras, Alan Rickman, el malo de Jungla de Cristal, se acercaba decidido hacia el cadalso, espada en mano, sorteando al pueblo llano que, en esos momentos, yacía tumbado en el suelo. Eran unos 420 figurantes, hombres y mujeres, la mayoría de ellos desnudos completamente y fingiendo realizar el acto sexual. Del primero al último, agrupados en parejas y en tríos. Sobándose y besándose, sin pudor ni reticencia alguna, con total desparpajo.

Empecé a sudar. “¿Dónde narices me he metido?”. El sudor cada vez era más frío. La sotana pesaba de manera exagerada. Y viviendo la misma situación que yo, también estaban mis dos colegas disfrazados de gente bien. Ellos tampoco lo veían nada claro; la nobleza se temía lo peor. La secuencia se repetía una y otra vez. “¡Acción!” "¡Corten!”. Muchas veces esa orden. Demasiadas. Los extras en el suelo, a su rollo pasional, y Alan Rickman pasando sobre ellos y evitando la posibilidad de pisar algun miembro erecto.

Entre toma y toma, aprovechaba la ocasión para salir de la estancia en la que me tenían recluido y dar una vuelta, con mi ropaje eclesiástico, entre los desnudos, con la única y sana intención de refrescarme un poco; sin ningún tipo de malicia. Tetas, penes, nalgas y coños se multiplicaban ante mis ojos. Los propietarios de dichas piezas anatómicas, empleaban esos minutos de sosiego en beber agua o fumar algún cigarrillo. En mi deambular, pasé con total dignidad eclesiástica ante un trío compuesto por una chica y dos chicos. La voz de ella retumbó en mi cabeza:

- Santidad, ¿quiere unirse a la fiesta con nosotros?

Ignoro sí el tratamiento de Santidad es lícito para un obispo, pero con buenos modales le expliqué que, como miembro de la Iglesia, había hecho voto de castidad y me era imposible fornicar con desconocidos. Acto seguido huí por la retaguardia, regresando a hurtadillas al lado de mis dos compañeros de fatigas. La verdad es que deberían ser ya las dos del mediodía y aún no había pegado ni golpe. Aunque presentía lo peor. ¿Harían que el obispo se enfrascase, en pelota picada, en esa cuchipanda callejera?. Imposible. Cuando hace un par de meses me presenté al casting, me preguntaron si querría formar parte de esa escena. Mi negativa fue rotunda pues, en el fondo, soy un hombre de buenas costumbres (y dudosos modales). Uno de mis colegas, al que de los nervios se le empezaba a torcer la peluca, me aseguró que él también había dejado clara su disconformidad con el tema al igual que yo. Eso me tranquilizó un poco, pues por unos instantes me había imaginado sobre el palco obispal, con la sotana desabrochada y blandiendo el pene a los cuatro vientos.

Más relajados, seguimos haciendo conjeturas sobre cual sería en realidad nuestro cometido en el film. Por fin llegamos a la conclusión de que formaríamos parte del cortejo de llegada al aposento presidencial para, a continuación, abrir y oficiar la ceremonia de la supuesta ejecución del protagonista. A pesar de ello, mi vista seguía, disimuladamente, los movimientos de las numerosas féminas insinuantes que por allí estaban congregadas.

Un par de chicas del equipo técnico rompieron nuestra tertulia. Estaban a punto de filmar la última toma de la mañana. Aprovechando el descanso, nos hicieron cruzar el set de rodaje y nos condujeron al otro lado de la plaza, pasando entre los numerosos pecadores allí tendidos. Un verdadero amasijo de carne humana entremezclada de mil formas diferentes. Aproveché el desplazamiento para ir bendiciendo a cuantas almas perdidas e impúdicas se cruzaban en mi camino, al tiempo que tendía ambas manos, a algunas jóvenes atractivas y descaradas, para que besaran mis dos anillos. “Dios os bendiga, cervatillos míos”.

Una muchacha del vestuario nos colocó una especie de babero gigante sobre nuestros disfraces. Era la hora de comer y, suponiendo que deberíamos ser una especie de gorrinos a la hora de sentarnos ante una mesa, tomaron sus precauciones para que no les manchásemos las vestimentas.

El comedor de los VIP estaba situado fuera del Pueblo Español, cruzando la carretera de Montjuic. Los turistas que pululaban por el lugar, al vernos aparecer de esa guisa, hicieron todo tipo de comentarios. Un japonés, armado de su cámara fotográfica, consiguió que posara para una instantánea al lado de su mujer y sus dos hijas. Un obispo con babero les debió resultar ciertamente curioso.

La comida no era nada del otro mundo, aunque bastante soportable. Lo mejor fue la botella de Rioja que me bebí, mano a mano, con uno de los colegas, mientras observábamos atentamente la cara de mala leche que metía Alan Rickman zampándose, a toda prisa, un estofado de cerdo ibérico.

Un pitillo, un cafetito y vuelta al trabajo. Cruzamos de nuevo la carretera. Di la bendición a un automovilista que detuvo su coche para dejarme pasar. Entramos otra vez en el Pueblo Español. La hora de mi debut estaba cercana. Los nervios empezaban a hacer mella en mí. La Plaza Mayor estaba aún bastante vacía. Algunos figurantes aprovechaban las sombras para pegarse una siesta. Los técnicos cambiaban la posición de las cámaras, dirigiendo el objetivo de éstas hacia el palco en el que estaba plantado el trono del prelado; mi butaca, el lugar en el que daría mi primer paso hacia el estrellato. Sólo faltaba saber cual sería exactamente nuestra función sobre ese entarimado.

Uno de los colegas con los que había pasado toda la mañana se encontró con un conocido que hacía de figurante. Este nuevo personaje, en contraste con nuestra galanura y lujo, vestía unos andrajos bastante repulsivos. Entre los tres, esperando el momento del rodaje, decidimos ir a un bar del Pueblo Español a tomar una copa.

Igual que cada día, ese enclave turístico estaba abierto al público, excepto su acceso a la Plaza Mayor, la cual estaba acotada sólo para los que formábamos parte de la filmación. Ya pueden ir imaginándose el alborozo que causamos cuando un obispo, un elegante hombre de la realeza y un purulento mendigo de hace un par de siglos, entramos en un chiringuito plagado de guiris. Un orujo, un Aromas de Montserrat y un carajillo de Pujol fueron nuestras respectivas consumiciones. Yo me apunté al orujo, chupito al cual fui convidado amablemente por mi compañero, el caballero elegante.

Volvimos a la plaza. Una chica de vestuario me pilló al vuelo y me avisó que, en pocos minutos, sería mi turno. Literalmente hablando me secuestró, recogió el babero, repaso mis vestimentas, me colocó una gigantesca capa entre la casulla y la sotana y se quedó con mis gafas. El báculo, según me informó, me esperaba al lado del butacón obispal. Por unos instantes me imaginé en el Vaticano solicitando una entrevista papal.

Con todo ese atuendo encima, me encaminó hacia el palco. Subí unas pequeñas escalinatas y, allí, al lado de la butaca y elevado en primera línea, me sentí como Dios.

- Por cierto, ¿qué tengo que hacer exactamente? – le pregunté a la joven de sastrería que me había acompañado hasta la palestra.

- ¿Las chicas de producción no te han dicho nada? – inquirió un tanto extrañada.

- No. La verdad es que no – respondí.

- Tu tranquilo. Mientras no te digan nada, siéntate en el trono y aguanta el báculo con la mano derecha.

Dicho y hecho. Me aposenté cómodamente en el trono y empecé a observar al equipo técnico y a los 420 figurantes semidesnudos que volvían a sus posiciones. Yo estaba en el mismo centro del entarimado. Varios extras, hombres y mujeres, empezaron a ocupar posiciones en las tres gradas situadas tras de mí. Algunos de ellos estaban casi en cueros. Empecé a tragar saliva. Recordé de nuevo a mi doctor y sus dudosos consejos. Ese tío, desde su despacho, debió echarme algún mal de ojo. Necesitaba urgentemente mi medicación o, en su defecto, otra copa de orujo. ¿Es normal que un obispo esté rodeado de gente con pollas, vaginas, culos y pechos fuera de sus habitáculos habituales? Y yo allí, sentado con mi sotana, la capa y el báculo de los cojones.

Intenté calmarme. Un obispo no puede follar así como así. No es normal. Ni la medicación ni el puto orujo aparecieron. Estaba perdido. El “tierra trágame”, que repetía constantemente para mis adentros, no surtió efecto alguno. La tierra se mantenía firme y yo no sabía dónde estaba ni que podía ocurrirme. Los 420 figurantes se despelotaron del todo, formando sus parejas y tríos igual que antes de comer. Mi visión, desde el palco, era perfecta. Aunque yo también era un blanco perfecto para los objetivos de las distintas cámaras, pues me encontraba en el centro del huracán.

- Por favor... ¿alguien puede decirme que tengo que hacer cuando empiecen a filmar?.

Era mi vocecita que sonó trémula y acongojada, mientras mi vista buscaba a alguna de las chicas del equipo que me habían acompañado durante toda la mañana.

La voz del director escenográfico (uno de los integrantes de La Fura del Baus) atronó por los altavoces del recinto:

- ¿Alguien puede decirle al obispo y a sus dos compañeros, situados tras él, que han de aligerarse un poco el ropaje?

El Twilight Zone tan sólo acababa de dar sus primeros pasos.

To be continued... Mañana el episodio final... the best of the experience

enlace con la 4ª y última parte / enlace con la 2ª parte / enlace con la 1ª parte

(todas las fotos que ilustran este post han sido robadas de ¿Está Grabando?)

11.9.05

Por prescripción facultativa (2ª parte)

Allí estaba yo, aparcado a unos quinientos metros del barcelonés Pueblo Español. Para aquellos que no lo conozcan, éste es un enclave turístico que, construido con motivo de la Exposición Universal de 1929 y situado en plena montaña de Montjuic, reproduce calles y localizaciones de algunas de las ciudades de España con más solera. Un escenario ideal para rodar algunas de las escenas de El Perfume.

Con mi ágil soltura de andarín callejero, saltando charcos e intentando no pisar el barro, encaminé mis pasos hacia la puerta de entrada del citado Pueblo Español. Allí, ante unos tipos que tenían toda la pinta de pertenecer al equipo técnico de la película, me di a conocer:

- Soy Spaulding. Me han dicho que os comentara que vengo a sustituir al obispo.

Intuí una sonrisa sarcástica en un tipo que llevaba un pinganillo en la oreja y un pequeño micrófono inalámbrico cerca de sus labios. Susurró unas cuantas palabras en inglés –de las que sólo intuí el vocablo bishop- y, a los pocos minutos, apareció un amable joven que, a través de gestos, me indicó que le siguiera.

El diálogo entre ese ser y yo fue mínimo. Hablaba alemán. Yo, catalán o castellano. La lengua empezaba a interponerse en mi meteórica carrera como actor. Y mi guía no sólo chapurreaba un idioma totalmente desconocido que me transportaba a los tiempos de Lili Marlene; el tío andaba a cien por hora por las enrevesadas calles del Pueblo Español hasta que, de pronto, cruzamos el set principal, situado en la plaza mayor de ese enclave. Una inmensa plaza en cuyo centro se había construido un patíbulo, lugar en el que, a buen seguro, debería morir ajusticiado el protagonista principal. El suelo estaba cubierto de grandes capas de gomaespuma mientras, al otro extremo de ese gran espacio, se encontraba montado el palco obispal, con un trono majestuoso colocado en medio del estrado y en primera fila. Allí, supuse, debería aposentarme yo durante esa escena tan esperada.

Sorteamos a todo tipo de técnicos. Se estaban montando las cámaras. Conté unas seis de ellas. Cables eléctricos de grosor considerable cruzaban toda la plaza. Gigantescos focos y pantallas blancas para difuminar la luz estaban situadas de manera estratégica. Me introdujo en una pequeña habitación destartalada y sucia, muy sucia, llena de aparatos sofisticados que fui incapaz de reconocer. Subimos por unas empinadas escaleras metálicas y salimos de nuevo al exterior. Estábamos en la parte posterior del Pueblo Español. Allí se encontraban varias roulottes, una detrás de la otra, con diferentes letreros en sus respectivas puertas de entrada. Me quedé, ante todo, con la de Make-Up & Hair. Eso lo entendí. Maquillaje y Peluquería. Pasito a pasito, acabaría dominando la lengua de Chespir.

Una chica agradable, catalana y de baja estatura, se dirigió a mí:

- Eres el doble del bishop, ¿verdad? – me preguntó sonriente.

- Exacto – aseguré, aunque no acababa de entender porqué sonreían tanto con mi presencia

- Sígueme, voy a vestirte.

Recordé, en esos momentos, que mi mujer, cuando hizo de figurante, tuvo que cambiarse en una inmensa sala colectiva, en la que otros extras se enfundaban en sus respectivos ropajes. Como en la mili, estaba convencido de que me llevarían a otra estancia similar.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me hizo entrar en una de las caravanas. La última de todas, en la que podía leerse, en letras grades, Bishop Of Grasse. Obispo de Grasse. O sea, el eclesiástico de más poder de la aldea de Grasse, el lugar en el que transcurre parte de la acción de El Perfume.

Por lo que me contó la simpática asistente, esa roulotte pertenecía a la del actor al que suplantaba, un hombre ya mayor y con la salud un tanto mermada. Un habitáculo que, durante ese día, sería de mi entera propiedad. En esos momentos tuve claro que estaba naciendo la estrella Spaulding. Aire acondicionado, nevera, dos sofás, cagadero, ducha y lavabo. Una maravilla. Ni Luis Ciges hubiera soñado con esos lujos.

La joven me contó que un doble de actor era diferente a un figurante. Me aseguró que estaría mucho más mimado y que, en lugar de comer con el populacho -en una nave acondicionada como comedor-, lo haría al lado de las estrellas y del equipo técnico. Lo nunca imaginado.

A continuación me hizo quitar la ropa, excepto mis calzoncillos estilo Cary Grant. Me puso una larga camiseta blanca de algodón, tipo camisón de dormir, encima de mi torso y unos pequeños calzones morados que me llegaban hasta más abajo de las rodillas. También me enfundó unas medias grises que me llegaban a la altura de los muslos. ¡Vaya pinta de maricona debería tener en esos momentos! Mientras estábamos en ello, pensé en las rarezas del clero a la hora de vestir. Acto seguido, me colocó una larguísima sotana del mismo color que los calzones, en la que, por lo menos, habían más de veinte botones. Puso sobre mis hombros una casulla y me hizo calzar unos viejos zapatos, acabados en punta, del mismo tono que el resto de mi equipaje, rematando la faena con una enorme cruz dorada sobre el pecho. La capa y el báculo me los entregarían justo antes de empezar a rodar. Me vi en el espejo y descubrí lo que llegaba a imponer con mi sacrosanto atuendo. ¡Qué seriedad, qué porte! ¿Qué pensarían mis padres si me vieran de esa guisa?.

Necesitaba urgentemente hacerme una foto disfrazado de obispo. Por desgracia, descubrí que el atuendo religioso no tenía un puto bolsillo. Sólo en los calzones, a la altura de los genitales, poseía un pequeño e incómodo saquito en el que no cabía la cámara fotográfica. Allí, a duras penas, pude esconder el paquete de tabaco, un encendedor y el móvil. Más, imposible. Y no vean que show montaba cada vez que quería fumar un pitillo, pues tenía que arremangarme la interminable sotana hasta el ombligo e introducir, dramáticamente, la mano en ese pequeño bolso hurgando en busca de la nicotina. Y no les cuento el sufrimiento que padecí cada vez que tenía que echar una meadita. Que incómodo resulta eso de ser cura.

- Acompáñame a maquillaje, allí acabarán de arreglarte- me sugirió la asistenta.

En la caravana de Make-Up & Hair no sólo me encasquetaron una pequeña boina colorada sobre mi calvorota. Me cortaron un poco el cabello y, acto seguido, me tiñeron los pocos pelos que me quedan de color blanco. En cinco minutos había envejecido una eternidad. Aunque, bien mirado, vestido de manera tan solemne, ante al espejo, me encontré más interesante de lo normal. Sólo una cosa me preocupaba. Eran esos extraños y sobresalientes cabellos laterales, que habían quedado demasiado levantados y en forma un tanto triangular. Se lo indiqué a mi maquilladora y peluquera alemana a través de mi macarrónico inglés:

- I Am Crusty the Clown, of The Simpsons.

Me sorprendí, pues, a pesar de mi chapucero acento, pilló la broma al instante.

Entre el tiempo que pasé vistiéndome y los posteriores retoques de maquillaje, eran ya más de las diez de la mañana. Me sentaron entre dos dobles más y nos indicaron que esperásemos a que terminaran de rodar una escena que, en esos momentos, transcurría en el set de la Plaza Mayor. Una escena que, a base de repetirla una y otra vez, duró hasta casi la una del mediodía. Mientras, y a cuenta de la casa, me zampé un bocadillo de atún y me tragué un café con leche y un par de Coca-Colas.

La espera era larga. Pero antes de subirme al trono obispal, aún tendría que comer entre las estrellas. De todos modos, en compañía de mis dos colegas vestidos de honrados y adinerados ciudadanos de esa época, decidimos matar el tiempo. Para ello, desde una ventana un tanto sucia, observamos el rodaje que tenía lugar en ese momento. Ciertamente, los tres quedamos estupefactos ante lo que estábamos viendo. Aún y así, para calmar mis nervios, recordé las perversiones de Hitchcock cuando ejercía de mirón compulsivo.

El Twilight Zone acababa de empezar y ya no había manera humana de volver atrás. Pensé en mi medicación, en mi doctor y en sus sabios (y ahora dudosos) consejos.

Mañana... to be continued...

enlace con la 3ª parte / enlace con la 1ª parte

(algunas de las fotos que ilustran este post han sido robadas de ¿Está Grabando?)

Por prescripción facultativa (1ª parte)

Hace un par de meses, y a propuesta de un comentario en esta página del ilustre profesor Shorofsky, mi esposa y yo decidimos presentarnos al casting de figurantes para el film El Perfume. Entre otras condiciones físicas solicitaban, ante todo, que aquellos que acudieran fueran personas de tez pálida y, a ser posible, extremadamente delgadas. Mi mujer no tenía problema alguno, pero mi pinta oronda y ufana me robaba posibilidades de vivir una experiencia, como extra, en un film de alto presupuesto basado en un popular best-seller.

Shorofsky insistió en que acudiera a la prueba igualmente, pues estaban interesados en pillar a un tabernero de proporciones similares a las mías. Ni cortos ni perezosos, decidimos finalmente embarcarnos en la aventura.

Justo a los dos días de habernos presentado, mi mujer recibió una llamada telefónica de la productora para rodar una escena en una iglesia del barrio gótico, una vez pasada la consecuente prueba de vestuario. Dicho y hecho. Tras seleccionarle el atuendo, unos quince días después me la vistieron de pobre, le maquillaron la cara con pupas de todo tipo y le pintaron unas ojeras que daban la impresión de no haber dormido en todo un mes. Su aspecto era alarmante. Para huir raudo de ella o acompañarla urgentemente a la UCI más cercana en busca de cualquier infección patológica.

Después de todo un caluroso día de rodaje, a mediados de agosto, la mujer regresó a casa totalmente agotada. El calor, el peso de los ropajes antiguos y las largas y repetidas tomas de una escena en la que participaban más de doscientos figurantes, la dejaron maltrecha (aunque orgullosa por haber conocido los interiores de un rodaje). Tanto es así que, conociendo mi carácter un tanto refinado, me aconsejó que en caso de ser elegido rehuyera la cita con cualquier excusa. Intentó convencerme, asegurándome que tendría que comer en un comedor apretujado con más de doscientos desconocidos a mi lado. Y que además pasaría toda la jornada sudando como un cerdo. Odio el sudor. Y ella lo sabe.

Sin embargo, mi alma inquieta de reportero tenaz me tenía en vilo. Envidiaba a mi mujer por haber vivido una experiencia que hubiera querido plasmar yo en esta página. Estaba dispuesto a transpirar copiosamente por todos los poros de mi cuerpo zalamero e, incluso, a soportar varias y largas horas de plantón antes de oír la estimulante palabra “¡action!”. Pero esa llamada a mi móvil, pidiendo mi presencia en uno de los numerosos sets repartidos por Barcelona, no llegaba nunca. Lo tenía claro. El tabernero que necesitaban debería haber adelgazado demasiado o bien otro gordinflón había usurpado mi puesto.

El pasado miércoles por la noche, cuando ya había olvidado definitivamente el tema de El Perfume y andaba enfrascado en la redacción de la crítica de Embrujada, sonó el móvil. Se trataba de un número desconocido para mí. Lo miré fijamente y dejé que vibrara, a sus anchas, un ratito sobre mi mesa. Siempre me ha fascinado que un móvil, sin la ayuda de nadie, empiece a voltear sobre sí mismo.

- ¿Sí, dígame? – acababa de descolgar.

- Hola Spauld, te llamamos de El Perfume – sonó la voz de una chica al otro lado. Bueno, en realidad se dirigió a mí por el nombre real, Toni, pero les he puesto lo de Spauld para mantener y acrecentar un tanto la tensión dramática de la historia.

Un escalofrío recorrió mi espina dorsal. Había llegado el momento del cantinero; el debut de Spaulding en la pantalla grande.

- ¿Te interesaría hacer de doble de un actor mañana mismo?

¡Doble de un actor! ¡Sacre-Dieu! ¡Más que un figurante! ¿Pero de qué actor, de qué personaje se trataría? La pregunta brotó de manera natural:

- ¿En que consistirá esa sustitución?

- Nada. Muy sencillo. Serás el doble del obispo.

Nunca me he llevado muy bien con la Iglesia, pero el morbo de verme arropado con el atuendo de un rollizo prelado me tentó. Subióseme por todas partes la adrenalina.

- ¿Qué tendré que hacer, exactamente? – pregunté intrigado.

- Muy sencillo. Sólo tendrás que estar sentado en un palco. Si te interesa, mañana, a las 8 y media, preséntate en la puerta principal del Pueblo Español y comenta a la gente de la entrada que vienes a hacer de doble del obispo.

Antes de responder definitivamente, dudé por unos instantes. Hace una larga temporada que mi moral y mi psiquis están un tanto desarmadas, en baja forma. Pensé en las palabras de mi sabio doctor: “Haz cosas diferentes, nuevas experiencias; no te quedes encerrado en casa y dístraete lo máximo posible.” ¡Qué consejos facultativos más espléndidos! ¡Por Tutatis que tenía que aceptar aquel reto de connotaciones eclesiásticas!.

El obispo Spaulding. Spauld bishop. Doble de actor. Steven Spielberg al alcance de mi mano. Tres meses más y a desbancar de su poltrona a Antonio Banderas y a su puta madre (con todos los respetos).

Terminé de redactar Embrujada. Mi cuerpo temblaba de gozo y de temor al mismo tiempo. Me imaginé sentado en la butaca obispal, subido en un palco y presidiendo un acto popular. Afuera, esa noche, llovía. Es más, se pasó toda la noche diluviando. Mi carácter pesimista anunció que acabaría suspendiéndose el rodaje. Mi gran ocasión de triunfar en el mundo del cine se iría a tomar por culo por culpa de unas malditas e insistentes gotas. Truenos y rayos cayeron sin parar hasta la hora en que me levanté. A las seis de la mañana, la tromba de agua había amainado bastante. Me duché y me acicalé lo mejor que uno puede. Asomándome al balcón, vi que ya no llovía. ¡Bien!. Entonces es cuando, previa toma de mi medicación diaria y a bordo de mi nuevo y reluciente automóvil, acudí a una cita con lo desconocido. Las puertas del Twilight Zone ya estaban abiertas de par en par.

Hasta aquí el final de la primera parte.

En pocas horas... to be continued.

Enlace con la 2ª parte

9.9.05

Princesas


Bree (Klute)

Séverine (Belle de Jour)

Irma (Irma La Dulce)

Joanna (La Pasión de China Blue)

8.9.05

Juegos de Verano (XVI)

El otro día la acertaron casi a la primera. Jackie Brown, la maravillosa película de Tarantino. Lo puse demasiado fácil y me pillaron enseguida.

Seguimos con los Juegos de Verano, aunque haya llovido a cántaros en Barcelona. Hoy voy a complicarlo un poco. No se me asusten. Se trata de otro peliculón. O, al menos, a mí me encanta. Como a muchos de ustedes, seguro.

Mientras se rasca, lo observan.

7.9.05

Por una nariz...

La revisión en pantalla grande, de una serie tan mítica como Embrujada, era inevitable. Para todo una generación muy concreta, esa serie se acabó convirtiendo en algo entrañable. La bruja Samantha y su marido Darrin. Un marido que, por cierto, fue interpretado por dos actores distintos con el mismo nombre de pila: Dick York y Dick Sargent. Cosas de brujería. Los más pequeños de la casa siempre nos plantábamos puntuales, ante el televisor, para ver cada semana los avatares de la atípica familia Stephens. Vista ahora (algunas cadenas autonómicas la están reemitiendo) se la ve muy simple, pero con gracia, chispa e ingenio. Tres ingredientes que precisamente no destacan por su presencia en la Embrujada cinematográfica.

Nora Ephron, su directora, se quedó estancada en Algo Para Recordar, aquel agradable guiño a Tu y Yo con el que gastó todas sus fuerzas. Todo lo que ha realizado con posterioridad le ha salido fallido. Un claro ejemplo de ello es esta paparruchada inspirada en la citada teleserie.

En lugar de revivir las aventuras y desventuras de la bruja a la que daba vida, en su día, la singular Elizabeth Montgomery, Nora Ephron y su hermana Delia (la otra guionista) han optado por una revisión diferente. En el film, una productora televisiva se propone relanzar de nuevo la serie, con otros intérpretes y nuevas historias. El papel del marido de Samantha se le otorga a un actor cinematográfico en decadencia, Jack Wyatt. Éste, durante las pruebas para el casting de Samantha, rechazará metódicamente a todas aquellas que no tengan y muevan la nariz como lo hacía la actriz original. Hasta que en su vida, de forma casual, se cruce Isabel Bigelow, una chica con cierto parecido a Elizabeth Montgomery y capaz de menear el apéndice nasal como ella. Lo que él y el resto del equipo ignoran es que, tras esa tentadora nariz, se esconde una verdadera bruja.

Cine dentro de la tele. O tele dentro del cine. Como punto de partida resulta curioso, incluso original y prometedor. Una manera diferente de enfocar el remake de una serie, haciendo que ésta, en realidad, se convierta en el referente de todo lo que va a acontecer. Pero se queda sólo en eso. La película no avanza en ningún sentido. No tiene fuerza ni historia alguna que la sostenga. Previsible hasta la saciedad, incluso acaban agotando los continuos y forzados guiños a la Embrujada televisiva.

Nicole Kidman (que últimamente parece aceptar sólo papeles por su nariz) ofrece una clase magistral de distintas maneras de sobreactuar. Hacía tiempo que esta mujer no estaba tan mal en pantalla. Más que una hechicera parece una pija tonta del culo. Viendo su insufrible recreación, he acabado añorando a la pizpireta Samantha de toda la vida. Y no me hagan hablar de Will Ferrer, un comicastro de fama en Estados Unidos y al que recurrió Woody Allen para Melinda y Melinda. Él es el actor venido a menos, el que dará vida, en la serie, al marido de Kidman. Un tipo grotesco, de gestos exagerados y un caricato desmesurado. El típico gracioso que se acaba odiando a los quince minutos de proyección.

La verdad es que da mucha pena, ver pululando por una nimiedad como Embrujada, a gente como Michael Caine y Shirley MacLaine. Él como el padre de Isabel, ella como la actriz que interpreta, en la teleserie, a la madre de Samantha. Claro que, en el fondo, es una manera como otra de ganarse la vida.

6.9.05

Putas

Con Princesas, Fernando León de Aranoa confirma definitivamente haberse convertido en el cronista oficial de los parias. Los desarraigados sociales siempre tendrán su huequecito en el corazón de León (Fernando, que no Ricardo), el Pepito Grillo de la sociedad española. Por su cine han pasado barrios marginales, jóvenes delincuentes de futuro incierto y parados sin oficio ni beneficio. Su cine siempre está de lado de los solitarios y de los perdedores. De los más humildes.

En Princesas refleja el sórdido mundo de la prostitución y, de pasada, hace alguna que otra referencia a los inquietantes brotes xenófobos que, de vez en cuando, se hacen latentes en nuestro país. Sin profundizar, sólo apuntándolo. Para todo ello se apoya en la relación de amistad nacida entre dos prostitutas, Caye y Zulema. Caye es el nombre de guerra de Cayetana, una treintañera madrileña que opta por ejercer el más viejo oficio de la historia atendiendo a sus numerosos clientes a través del móvil; se desplaza a hoteles, domicilios y a donde haga falta, mientras no tenga que hacer la calle. Zulema acaba de llegar a la capital de España, procedente de Santo Domingo. Una princesa de piel oscura que tendrá que ganarse la pasta pateándose las calles; una princesa recién llegada que, con su presencia, potenciará el recelo de las furcias nacionales, pues las numerosas emigrantes prostituidas arrasan con su vieja clientela.

Aranoa se centra en ellas dos. Y consigue, con éstas, lo mejor de su película: un par de interpretaciones fenomenales. Por un lado, Candela Peña borda el papel de joven solitaria y amargada que sueña con un futuro feliz que nunca llegará a tener, mientras que Micaela Nevárez, asumiendo el rol de Zulema, desborda con su presencia cada vez que aparece en pantalla. Su rostro exótico y su atractivo físico se aúnan para componer su personaje. A veces, con la única ayuda de su lánguida y oscura mirada, expresa sus sentimientos más íntimos ante la cámara. El odio, el amor y la frustración salen de esos ojos, color azabache, como por arte de magia. A buen seguro, el Goya a la actriz revelación de este año ya tiene un nombre propio: Micaela.

Una película de actrices. Hablan, discuten, lloran y ríen. Todo gira alrededor de ellas. Dos putas de buen corazón, como las de toda la vida en el cine. La cinta es dura. La verdad a veces molesta. Y siempre duele, aunque en esta ocasión no llegue a herir. El realizador no acaba de poner del todo el dedo en la llaga. Sólo escuece, pero cicatriza rápido. Se queda a medias tintas y no va más allá de lo que hacen otros títulos sobre el mismo y sórdido tema. Se muestra reiterativo en ciertos aspectos, sin acabar de profundizar en otros mucho más interesantes, apuntando, por momentos, hacia detalles un tanto infantiles y poco creíbles (el paseo en automóvil o la relación de Caye con su familia) que, de manera errónea, rompen el tono realista de la película.

Princesas, a pesar de sus buenas intenciones, no posee ni el frescor de su ópera prima, Familia, ni la contundencia narrativa de Barrio o Los Lunes al Sol. Se trata de un film correcto, a pesar de quedarse en una mera plasmación de pequeños esbozos de una oscura realidad cotidiana. Una realidad que, por cierto, muchas mentes bien pensantes pretenden ignorar. Y por ello es una lástima que no llegue más lejos. Aranoa demuestra saber manejar la cámara a la perfección y ser un buen director de actrices. En esta ocasión le ha fallado el guión. Da la impresión de ser lo mismo de siempre, pero con fisuras. De todos modos, por ellas dos, Caye y Zulema, por esas dos rameras maravillosamente interpretadas y descritas, bien merece ser visto.

5.9.05

Siempre en la memoria


El Rey del Juego

Vive y Deja Morir

El Corazón del Ángel

En la Cuerda Floja

... y Un Tranvía Llamado Deseo, Querido Detective, Blaze, Easy Rider, El Luchador, Intriga en el Gran Hotel, Jezabel, JFK, El Barrio Contra Mí (King Creole), Pánico en las Calles, La Pequeña, Down by Law, Corazón Salvaje...

4.9.05

Juegos de Verano (XV)

La película que les planteaba el otro día era Oliver!, la versión de Carol Reed, basada en la inmortal novela de Charles Dickens, Oliver Twist. Una joya. Una de los mejores títulos del cine musical. Triste y entrañable. Único en su género. La imagen de los ataúdes pertenecía al momento en que el pequeño Oliver, recién salido del orfanato, era castigado en el sótano de una funeraria. La frase "¡considérate uno de los nuestros!” formaba parte del estribillo del tema Consider Yourself, canción que interpretaban a dúo el citado Oliver y un niño, un tanto truhán, al que conoce por las calles de Londres, el cual le ofrece formar parte de su banda de ladronzuelos.

Vamos a por el de hoy. Un film magnífico, no muy bien considerado por algún sector de la crítica y el público. Una lástima. Espero que el paso del tiempo le otorgue el respeto que se merece.

“Esta vez te has colgado de mí, ¿verdad?”

3.9.05

En exclusiva

He conseguido la foto. Me ha costado, pero la tengo. Sabía, gracias a sus comentarios, el interés de muchos de ustedes por conocerlo. Sólo han de abrir del todo esta puerta entornada y verán a Jennifer Connelly mostrándonos su felpudo, el cual es mucho más grande de lo que me imaginaba.

2.9.05

Juegos de Verano (XIV)

Volvamos a los Juegos de Verano. En el último estuve un poco malicioso. Muy cabroncete, vaya. La imagen pertenecía a la divertida comedia Cliente Muerto No Paga, en la que Steve Martin era un detective privado que investigaba la extraña muerte de un millonario propietario de una fábrica de quesos. Quesos y balas era la pista. Las balas eran las que las chicas de la peli extraían, a base de chupetones, a sus duros novios cuando éstos eran heridos por armas de fuego. Y Lancaster, el que salía en la foto, era uno de tantos famosos que acababan entablabando diálogos con su protagonista. Por allí también desfilaban Bogart, Cary Grant y Rita Hayworth, entre otros muchos.

Vamos a por la de hoy. Un pelín complicada, aviso. Pero un peliculón. ¡A estrujarse las neuronas, chatos y chatas!.

¡Considérate uno de los nuestros!

1.9.05

Stormy Weather

Tiempo de tormenta. La lluvia castiga a diario la isla de Manhattan. Es el momento menos propicio para que Dahlia Williams inicie los trámites de su separación matrimonial y la lucha por la custodia de la pequeña Ceci, su hija de 5 años. Sus recursos económicos son mínimos, por lo que tendrá que mudarse, en compañía de la niña, a un mohoso bloque de apartamentos situado en Roosevelt Island, una pequeña ciuidad dormitorio cercana a Nueva York. La presencia de una inquietante gotera, en el techo de la habitación que comparte con Ceci, y la sospecha de que ésta ha iniciado una extraña amistad con un amigo invisible, son los primeros síntomas de que algo inexplicable está ocurriendo a su alrededor.

Éste, a breves rasgos, es el esquema argumental de Dark Water (La Huella), el remake, de producción norteamericana, del film de idéntico título que realizara, en el 2002, el japonés Hideo Nakata. En este caso, tras la cámara, está el brasileño Walter Salles, dando el salto, por primera vez, al cine de terror, aunque sin perder el intimismo que, por ejemplo, vertió en Estación Central de Brasil. Las pinceladas fundamentales son idénticas en ambos productos, pero, a pesar de la popularidad y el prestigio alcanzado (entre cierto sector del público y la crítica) por la cinta de Nakata, la nueva lectura que propone Salles me parece más completa y compleja. Al menos, mucho más académica y atractiva que la cinta original.

Maneja y coloca la cámara de manera envidiable. Siempre encuentra el ángulo ideal o el mejor movimiento de ésta para narrar cuanto ocurre en pantalla. Respeta la sobriedad de los escenarios interiores del film oriental, pero matiza mucho más sus colores y la utilización de las luces y sombras para crear ambientes tensos y fantasmagóricos. No necesita ampararse (como hacía su precedente) en truculencias para tener al espectador enganchado a su misteriosa y agobiante atmósfera. El tratamiento exquisito de la fotografía, por parte de Affonso Beato, y la utilización de la inquietante música de Angelo Badalamenti (rompiendo un tanto la monotonía de composiciones suyas anteriores), son dos puntos fundamentales para conseguir la angustia necesaria.

No sólo demuestra ese academicismo en su manera de filmar o en la composición visual de sus escenas. Detrás se encuentra un guión encomiable construido por Rafael Yglesias, el mismo que escribiera para Roman Polanski la escalofriante La Muerte y la Doncella. Sus diálogos son concisos, siempre directos, sin necesidad de darle vueltas innecesarias a la trama. Crea situaciones reales y con ello, al mismo tiempo, potencia aún más la sensación de inquietud ante lo desconocido. Toda la secuencia que muestra el primer contacto de Dahlia y Ceci con su nuevo (y desvencijado) apartamento, en compañía de un cínico agente inmobiliario, no tiene desperdicio. Tal cual, como en la vida misma.

Mezcla el melodrama con el fantástico sin fisura alguna. Los sentimientos de la protagonista se barajan, de manera idónea, con el ambiente enrarecido que la envuelve a ella y a su hija. Esa visión intimista y triste que ofrece, cuadra a la perfección con la sombría trama que se esconde tras las cuatro paredes que habitan. De modo inteligente, rompe con ese toque característico que los orientales utilizan en las películas de fantasmas. Aparta la ilógica de algunos pasajes del título original para darle un tono más cercano y palpable. En resumidas cuentas, no se cuelga como Tanaka encuadrando la gotera cada dos por tres y, al mismo tiempo, renuncia a seguir explotando esa imagen ya tan manida, tópica y cansina, del tratamiento visual de los fantasmas. Y eso es muy de agradecer.

De todos modos, el Dark Water de Salles tiene un truco solemne, casi inaccesible. Y se trata de su casting. De su acertadísimo casting. Jennifer Connelly está insuperable en el papel de esa madre atormentada y temerosa por el futuro de su hija. La madurez ha convertido a esta chica en un pedazo de actriz. En este caso concreto, lo demuestra con creces, pues la mayor parte del peso dramático lo lleva ella solita. Llora, tiembla, se emociona, enferma, se atemoriza y se cabrea a las mil maravillas. Y, en contra de lo que muchos opinan, ha ganado en belleza física. Les aseguro que la Connelly está al cien por cien.

Y secundándola se encuentra un considerable número de buenos actores. Tim Roth se aleja del histrionismo de sus últimos (y olvidables) trabajos, para conformar un personaje entrañable; John C. Reilly construye a la perfección a un agente inmobiliario, un tanto crápula e interesado, dándole al mismo tiempo, con su aportación, unas pequeñas gotas de humor (muy suaves) a la historia, mientras que un genial Pete Postlethwaite aprovecha al máximo su desagradable aspecto físico para dar vida al ingrato portero del destartalado inmueble. Un inmueble que, salvando las múltiples distancias arquitectónicas y de boato, poco puede envidiar al tristemente célebre edificio Dakota, al que, en parte, Salles homenajea con un guiño a la magistral La Semilla del Diablo; concretamente en la escena en que Dahlia intenta hacer la colada en los sótanos de su nuevo hogar.

Hace unos cuantos días, en los comments, aseguré que no vería este film, alegando que el original no me gustaba en absoluto. Ayer, antes de Sr. y Sra. Smith, vi su atractivo y prometedor trailer. Entre ello y la pasión exacerbada que muchos de ustedes demuestran últimamente por la Connelly, me he decidido a visionarlo. Y, la verdad, es que no me arrepiento en absoluto. Posee un toque muy personal y clásico y, a mi parecer, mejora al primero en casi todos los aspectos... excepto en uno muy concreto que no voy a desvelar. No quiero chafarles la trama. Los que han visto el film de Nakata posiblemente puedan suponer a que me refiero... Ya saben: producción norteamericana. Quien paga, manda. La moral y las buenas costumbres imperan en tierra de Bush. Pero es lo de menos. Y no le resta fuerza a su argumento.