
De nuevo en solitario, tal y como viene haciendo desde el 2001 (Amelie y Largo Domingo de Noviazgo) y tras rechazar sabiamente la quinta entrega de Harry Potter, se embarca en una especie de tebeo cinematográfico, de brillante look visual y ritmo trepidante, en el que explota al máximo su muy peculiar universo (visual e idiológico) a través de su irónico y alocado sentido del humor.
Micmacs es la historia de una venganza, la urdida por un tal Bazil, un joven que vive con una bala alojada en el cerebro debido a un accidente fortuito y que, con anterioridad y durante su infancia, perdió a su padre mientras desactivaba una mina antipersonas. La venganza la dirige hacia la industria armamentística y, en concreto, hacia dos empresas rivales con sus respectivas sedes instaladas en la ciudad en la que reside. Para ello contará con la inestimable ayuda de una troupe ciertamente única: la de un grupo de homeless, reconvertidos para su subsistencia en traperos, que habitan en una abigarrada cueva llena de objetos incalificables.


Debido a sus disparatadas escenas de acción y “suspense” (un particularísimo “suspense” marca de la casa), Micmacs bien podría ser la visión alocada y afrancesada de una hipotética cuarta entrega de Mission: Impossible. Todo es cuestión de intercambiar a Bazil por el agente Ethan Hunt, no sin antes haberle metido un balazo en la cocorota.

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