

Von Staunffenberg es Tom Cruise, una excelente elección que sin embargo ha disgustado a muchos de sus detractores, quienes opinan, sin mucha razón, que Valkiria no es más que un festival Cruise. La verdad es que Cruise es a Valkiria lo que James Stewart es a ¡Qué Bello Es Vivir! o Dustin Hoffman a Perros de Paja. O sea, su protagonista principal y, como tal, es lógico que ostente una presencia mayor en pantalla que el resto de sus compañeros, aunque sin abusar (como en otros de sus films) y construyendo su "mutilado" y quemado personaje de forma solvente. Él, sencillamente, es el eje central de la conspiración expuesta y, a su alrededor, giran un sinfín de secundarios (¡a cual mejor) indispensables para tejer su milimétrica trama.

De hecho, aparte de ese laureado y heroico von Staunffenberg, figuran un montón de nombres más, a uno y otro lado del complot, perfectamente delimitados con tan sólo cuatro trazos de guión. La indefinición política del general arribista interpretado por un (siempre) magnífico Tom Wilkinson, la testarudez arriesgada del personaje de Kenneth Branagh (protagonista de un delicioso episodio en el que una botella de Cointreau juega un papel especial) o la frialdad del político al que da vida un sorprendente Terence Stamp, son tan sólo un mínimo ejemplo de ello.
Un film documentado, respetuoso con la historia, de ágil ritmo narrativo y, al mismo tiempo, plagado de ramalazos de gran cine, tal y como demuestra la escena en la cual, con la ayuda de un gramófono y su música, se abre la idea de bautizar como Operación Valkiria a la confabulación ideada por Staunffenberg y su gente. Y no sólo eso ya que, teniendo en cuenta la complejidad que alberga la trama, ésta queda perfectamente plasmada en pantalla, yendo siempre al grano y sin dejar lagunas en blanco.
A buen seguro, sin Cruise, muchos de sus opositores la verían con otros ojitos. Lo que hace la presencia de un actor resbaladizo y polémico.
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