
En Doomsday, el hombre sigue aferrado al género en cuestión y afincado igualmente en la serie B aunque, en este caso, se lo monta desde un prisma calcadito al de los títulos de antaño; de aquellos en los que primaba la acción por encima de todo. El guión es lo de menos; casi ni hay, pero no se le echa en falta. Y lo mejor es que en absoluto molesta esa falta tan descarada de coherencia que denota en muchos de sus pasajes. Neil Marshall, de manera consciente, ha orquestado su trabajo como si se tratara de un inmenso puzzle delirante y trepidante en el que, bastante a lo bruto, apila un montón de referencias cinéfilas. Y es que precisamente, en esa falta de delicadeza narrativa y técnica, radica lo más tentador del potaje.

En Doomsdey, aparte de la innegable belleza de Rhona Mitra (dando vida a la indestructible Eden), se pueden encontrar con un poco de todo... excepto seriedad. La seriedad no existe en la propuesta de Marshall. El truco se localiza en su espíritu aventurero y en dejar al espectador el tiempo justo para tomarse un respiro entre mamporros, explosiones y alguna que otra decapitación. La cinta pilla de aquí y de allá. A veces lo hace en forma de guiño cinéfilo; otras, la mayoría, calcando a la descarada aspectos de viejas (y modernas) cintas muy reconocibles, aunque dándole siempre un toque de ingenuidad que la hace altamente divertida y recomendable.
El citado Rescate en Nueva Yor; su (flojísima) secuela ambientada en Los Angeles; las connotaciones visuales y técnicas del primer Resident Evil; cierto aire a la reivindicable serie televisiva El Tunel del Tiempo, el inevitable toque a lo 007 y un mucho de Mad Max, componen un film que no brilla precisamente por su originalidad, pero sí por su modo de enfrentar un tipo de cine en nada sofisticado y creado con la única y sanísima intención de entretener.
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