25.7.08

Ustedes lo han querido: WAYNE'S WORLD (¡QUÉ DESPARRAME!)

La exclamación "¡qué desparrame!" fue el subtítulo que, entre paréntesis, le encasquetaron a Wayne's World para su estreno en España. ¿Desparrame de ingenio?, ¿de originalidad?, ¿de comicidad?... Difícil de discernir, a no ser que hiciera referencia directa a esa ingente pérdida de materia gris de la que parecen hacer gala sus dos protagonistas estelares, un par de descerebrados de mucho cuidado que, en su día, se ganaron los aplausos de una parte (mínima y muy concreta) del público de principios de los 90; un sector en el que no me incluyo ya que, en esa época, no logré superar ni la media hora inicial de proyección.

Ayer, dieciséis años más tarde y a petición de alguno de ustedes, me senté ante el televisor dispuesto a recuperar, mediante el DVD, este título que muchos consideran ya de culto y que, ignorante de mí, no supe apreciar cuando tocaba. Les aseguro que en esta ocasión deposité mi mejor voluntad a la hora de soportar, por segunda vez, las idioteces continuas de Mike Myers y Dana Carwey y, aún así, tragándomela de cabo a rabo, me pareció una inmensa burrada con, tan sólo, tres o cuatro gags salvables insertados en medio de un sinfín inacabable de guiños cinéfilos y televisivos de lo más previsible y barato.

Todo cuanto ocurre en la cinta (bien poca cosa, por cierto) gira alrededor de dos peculiares individuos. Uno de ellos es Wayne Campbell, un borderline integral que conduce el Wayne’s Word, un programa de una televisión local que se realiza en el sótano de su casa. El otro es Garth Algar, su mejor amigo y compañero de trabajo ante las cámaras, el cual, muy a su pesar (y sin ni siquiera haberse enterado), hace tiempo que cruzó la line (o sea, la frontera): un retardado profundo al que le encanta silbar la sintonía de Star Trek al tiempo que observa las estrellas.

Wayne’s World es un film sin guión, construido a golpe de chistes baratos para compensar su pequeñísima e intrascendente línea argumental. En ella, se mezcla la posibilidad de absorción del programa por parte de una cadena privada de televisión con una ridícula historia de amor entre Wayne y una cantante oriental de interesantes formas la cual, al mismo tiempo, se debate con la posibilidad de caer en las redes tendidas por un trepa de la comunicación (un Rob Lowe que, por esa época, se vio envuelto en un escándalo sexual).

De hecho, el dúo compuesto por Wayne y Garth significa el claro antecedente de Beavis y Budd-Head, los descerebrados televisivos por excelencia que nacieron en la MTV justo un año después del estreno de Wayne’s World y que, por suerte, en sus destructivas acciones, han estado siempre varios niveles por encima del aire light y poco inspirado que desprendían sus padres cinematográficos... por muy políticamente incorrectos que los quisiera dibujar su realizadora, Penelope Spheeris, una mujer acostumbrada a este tipo de comedias estúpidas.

La presencia de la (por aquel entonces) estimulante Tia Carrere, la parodia que hace de sí mismo un envejecido Alice Cooper o el magnífico guiño a Terminator 2 llevado a cabo por el propio Robert Patrick (el T-1000 para los iniciados), es de lo poco resaltable de un producto tontorrón (y bastante patético) que, inexplicablemente, tuvo su secuela al año siguiente.

¿Quieren saber un secreto inconfesable? Nunca he soportado a Mike Myers.

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