


Este nuevo Funny Games -al que para su exhibición internacional ha añadido la coletilla U.S.-, puede servir, de todos modos, para que aquellos que no la vieron en su día (debido a la mínima distribución que tuvo), tengan la ocasión de disfrutarla ahora. De hecho, existiendo la anterior, esta es una cinta innecesaria que, sin embargo, posee algún que otro nuevo valor añadido. Uno de ellos es, sin lugar a dudas, la sabia elección de Naomi Watts, guapísima y en plena forma, para dar vida a Ann, esa madre y esposa que sufrirá la denigración y el dolor a los que son sometidos ella y los suyos por los inesperados visitantes. Su presencia hace que este remake se sitúe unos puntos por encima del original, cuya actriz protagonista, una tal Susanne Lothar, en cuanto a interpretación y belleza se refiere, no le llegaba ni a la suela del zapato a la última novia de King Kong.
El resto, es más de los mismo, pues en ella sigue existiendo esa genuina provocación, made in Haneke. que el realizador destila hacia el público a través de la manera realista con la que muestra la violencia. Y es que, al germano, siempre le han encantado los tiempos muertos y los planos interminables e inmóviles, un modo de filmar que, en esta ocasión (al igual que ocurría en su entrega original) potencia aún más, en el espectador, la sensación de angustia e impotencia que vive esa familia que parece tener sus horas contadas.
Un producto tan correcto como innecesario pero que, tan sólo por la citada Watts y, ante todo, por la magnífica creación que el joven Brady Corbet hace de Peter, un psicópata cínico y sin escrúpulos, vale la pena darle un vistazo. Dos cambios, más que sustanciales, dentro de la misma moldura. No hay mal que por bien no venga.
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