

Para mí, siempre ha supuesto un inmenso placer revisar, de vez en cuando, un título como
Un Cadáver a los Postres. En él se aúnan varios ingredientes que lo convierten en una comedia única, satírica, mordaz y, ante todo, surrealista. El dominio del absurdo es lo que más prima en la ópera prima de
Robert Moore, un director que procedía del mundo televisivo. Aunque, de todos modos, el máximo responsable del producto se debe a un nombre que siempre tendría que escribirse en letras mayúsculas,
NEIL SIMON, ese gran dramaturgo que pasará a la historia del teatro norteamericano por haber escrito obras tan divertidas como
La Pareja Chiflada o
La Extraña Pareja.
Un Cadáver a los Postres no es ninguna adaptación de una de las obras de
Simon. En esta ocasión, el autor escribió el guión directamente para la gran pantalla. Un guión original planteado como una farsa desmitificadora de toda la literatura policiaca y, por defecto, del cine negro y de misterio.
Neil Simon, con una inteligencia desbordante, jugó a exagerar y caricaturizar al máximo los tópicos de los detectives y policías más conocidos de ese universo. Así, en la cinta, se baraja la presencia de personajes como
Hercúles Poirot,
Miss Marple,
Sam Spade (totalmente intercambiable por Philip Marlowe), el oriental
Charlie Chan y el matrimonio compuesto por
Nick y Nora Charles, inmortalizados estos últimos en celuloide por
William Powell y
Myrna Loy en la serie iniciada con
Ella, Él y Asta.

El argumento es igual de gamberro que todo cuanto ocurre a lo largo de su proyección.
Lionel Twain, un excéntrico millonario, invita, durante todo un fin de semana a su lúgubre y rocambolesca mansión, a los cinco detectives más famosos del mundo con sus respectivas parejas y acompañantes. En realidad, tras esa convocatoria se esconde un reto criminal, pues la tarjeta personal citándolos al evento reza claramente que, durante su estancia, tendrán
“cena y crimen”. En el fondo, se trata de descubrir quien es el mejor criminólogo de los cinco.
A partir de aquí,
Neil Simon inicia un jocoso deambular, de apariencia teatral, en donde los juegos de palabras y el absurdo se convierten en los reyes de la función. Lo que menos importa es su final, pues tanto su guionista como el director tenían claro que la salsa de la película se centraba en la destrucción furibunda y sin concesiones de la fauna elegida. Con sus diálogos, retratan a la perfección los tics de cada uno de los personajes citados anteriormente aunque, para la ocasión, los rebautiza:
Milo Perrier (Poirot),
Jessica Marbles (Marple),
Sam Diamond (Spade),
Sidney Wang (Chan) y
Dick y
Dora Charleston (el matrimonio Charles). El parecido nominal es evidente, aunque es mucho más debastador y sarcástico el modo en que define a cada uno de ellos. Buscan los puntos más débiles y repetitivos de cada personaje, para luego exprimirlos hasta conseguir ridiculizarlos al máximo.


Otro de los grandes alicientes de
Un Cadáver a los Postres estriba en su excelente
casting. Pocas veces se pueden ver juntos en pantalla a gente de la talla de
David Niven,
Peter Falk,
Alec Guinness,
Peter Sellers,
Elsa Lanchester,
Maggie Smith o el mismísimo
Truman Capote, entre otros. Juntos y además sin robarse planos los unos a los otros, dispuestos en todo momento a compartir el protagonismo a partes iguales. Todos ellos, del primero al último, están geniales en sus respectivas composiciones, aunque personalmente destacaría los trabajos de los tres primeros.
David Niven borda el papel de hombre de la alta sociedad con gustos exquisitos;
Alec Guinness, capaz de clonarse en varios caracteres diferentes en un determinado pasaje del film, construyó a las mil maravillas a
Jamesir Bensonmum, el mayordomo del disparatado propietario de la mansión; mientras que el inmenso
Peter Falk se convertía en el
Humphrey Bogart particular de
Neil Simon: un tipo duro, maltratado por la vida, con un agujero de bala en la espalda de su americana e incapaz de tratar con un mínimo de delicadeza a su compañera de aventuras, una desbordante
Eileen Brennan. Simplemente genial.

Nunca me cansaré de ver esta película. Siempre descubro algún detalle que jamás había percibido con anterioridad, desde nuevos juegos de palabras a las insospechadas y casi desapercibidas muecas imprevisibles de un
Peter Sellers achinado y en nada capacitado para construir una sola frase con artículos. Bien vale la pena darle un vistazo, aunque sólo sea para asistir a las discusiones monologadas que mantiene el mayordomo ciego con la cocinera sordomuda en la cocina, o para asombrarse ante el alucinante desmelene de
Truman Capote, autoparodiándose a través del rol del maquivélico
Lionel Twain en una de sus pocas incursiones como actor (por no decir la única).

Les puedo asegurar que reuniendo a
Agatha Christie,
Raymond Chandler y
Dashiell Hammett para escribir una historia similar, no se habría conseguido un guión tan cachondo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario