28.10.13

SITGES 2013: Jornada 5 (de policías gilipollas, imitadores de David Lynch, setas alucinógenas, turistas desbordados e individuos duplicados)

La mañana del martes 15 de octubre ya empezó torcida. De entrada se proyectó Wrong Cops, la nueva película de Quentin Dupieux, el mismo de las estimulantes y raras Rubber y Wrong. Su premisa argumental prometía: en una pequeña localidad norteamericana, en donde los actos delictivos casi ya no existen, los hastiados integrantes del cuerpo de policía del lugar buscan maneras un tanto atípicas y amorales de matar su larga jornada laboral. Una absurdidad estúpida, dirigida sin nervio, de la que se podría haber sacado mejor provecho con un buen guión y unos actores mínimamente decentes. Pero el invento, aparte de resultar reiterativo en muchos (demasiados) aspectos, se queda en un aburrimiento soporífero, sin pies ni cabeza. Un desfile pésimamente interpretado de freakis descerebrados al servicio de una comedia burda, sin gracia alguna y con escenas de un mal gusto supino, tal y como ocurre con las que hacen referencia a un agente que trafica con droga escondida en el interior de ratas muertas. El aspecto de cine amateur que destila, tumba de espaldas al más pintado.


A continuación, Nicolas Winding Refn, el director de la sólida Drive, presentaba su nueva cinta: Only God Forgives (a punto de estreno, el próximo 1 de noviembre, bajo el título de Sólo Dios Perdona). Ryan Gosling repite protagonismo, aunque esta vez su interpretación (en consonancia con la película) resulta de lo más cargante e inexpresiva. De hecho, se trata de una película con muchísimas reminiscencias del cine de David Lynch. Ambientada en los bajos fondos de un Bangkok crepuscular, nos plasma la venganza que planean una madre y su hijo para limpiar la memoria de un hermano que ha sido asesinado tras terminar con la vida de una prostituta menor de edad.

De cuidadísima y rojiza fotografía, el film, salpicado con pasajes de una violencia extrema, está narrado con una lentitud extrema y, a pesar de las intenciones de su realizador por urdir un producto complejo, se trata de un trabajo de los más simple: no es más que el reflejo de una venganza (de las de toda la vida) complicada con retazos pretenciosos de gran cine de autor. Ni siquiera la presencia de una sobreactuadísima Kristin Scott Thomas (la madre de las dos criaturas) logra hacer olvidar la pedantería que destila. Sexo, violencia, impotencia y cobardía: las cuatro claves básicas de un film que, a pesar de su opulencia visual y descriptiva, dejan claro la petulancia que se esconde tras su creador. Y es que no hay nada peor que querer ser David Lynch sin ser David Lynch. Un film que indiscutiblemente dividió las opiniones del público y la crítica: o se le ama o se le odia. Personalmente, me apunto a la segunda opción. Hace sospechar que Drive se la hizo otro.


Con A Field In England, la nueva película de Ben Wheatley (el mismo de Kill List y la estimulante y negra Turistas), quedaba claro que la jornada iba de mal en peor. De nuevo, al igual que con Only God Forgives, la pretenciosidad de un director dejaba cao a buena parte de la platea. Ambientada en plena Guerra Civil inglesa, filmada en blanco y negro y contando con sólo cinco actores (a cual más perdido), narra la relación de un quinteto de personajes desarrapados en medio de un paréntesis en la contienda; una correspondencia que se verá marcada por la ingestión de setas alucinógenas, una excusa ideal para que la película derive hacia derroteros de lo más cafre. Psicodelia sin sentido alguno. Los cinco tipos caminan sin destino por la campiña inglesa; sueltan sandeces una detrás de otra; se atiborran de setas; cavan agujeros en el suelo; se enfrentan entre ellos y, de propina, escupen frases ilógicas que no llevan a ninguna parte. Bueno, sí, al tedio del espectador. Sencillamente, caca de la vaca.


Por la tarde llegó Hooked Up, una producción española, apadrinada por Jaume Collet-Serra y dirigida por el debutante Pablo Larcuen. De hecho, se trata de un nuevo found footage que abriga la curiosidad de estar filmado íntegramente con un teléfono móvil, el pretexto ideal para exponer la terrorífica noche vivida por un par de turistas americanos en Barcelona dispuestos a dejar registrados, en el celular de uno de ellos, sus escarceos sexuales nocturnos por la ciudad. Lo que ignoran es que uno de sus dos ligues es una chica dispuesta a vengar unos violentos sucesos de su pasado. Sangre, violencia, terror y cuatro ramalazos de humor negro. De nuevo el espíritu de El Proyecto de la Bruja de Blair  volvió a estar presente en Sitges. La cosa no empieza nada bien (la descripción de los dos protagonistas recién llegados a la capital catalana, amén de larga, es de lo más ridícula), pero luego se arregla un tanto tras el aterrizaje de ambos y sus dos ligues femeninos en la casa de una de ellas. A partir de ahí, la orgía de sangre y horror será un sin parar. Tanto abusa de gritos y escenas teóricamente tensas que, siguiendo la tónica del festival de este año, la propuesta acaba aburriendo. Y ello sin tener en cuenta su mal planificado final. Siempre queda la curiosidad y el mérito de haber sido rodada con un iPhone.


Por fin el día se arregló con Enemy, film canadiense basado en la novela El Hombre Duplicado de Saramago que, dirigido por Denis Villeneuve (el mismo que ahora tiene en cartel el más comercial Prisioneros), entra de lleno en una historia marcada por el surrealismo total y en la que un excelente Jake Gyllenhaal desarrolla dos papeles distintos: por el un lado el de Adam, un profesor depresivo y, por el otro, el de Anthony, un actor al que acaba de descubrir viendo una película en DVD y que resulta ser un tipo totalmente calcado a él. Un duplicado al que intentará acercarse, provocando con ello un desorden físico, mental y emotivo de lo más descarnado. Film extraño, enigmático, dotado de un plano final totalmente desconcertante (aunque sorpresivo), perfectamente dirigido y capaz de crear una atmósfera opresiva tan enfermiza como turbadora. Una de las mejores propuestas del certamen, a la que hay que añadir las interesantes aportaciones interpretativas de sus dos partenaires femeninas, Mélanie Laurent y Sarah Gadon, así como la corta pero densa colaboración de Isabella Rossellini. El mal rollo psicológico está asegurado.


En breve, la sexta jornada.

27.10.13

Not a perfect day


SITGES 2013: Jornada 4 (de polis novatos y lluvias torrenciales, mejicanos cutrones, carne humana sabrosona, soldados nazis tullidos y vampirismo quirúrgico)

El lunes 14 la jornada se inició con Moonsoon Shotout, un violento thriller de factura india que, a las antípodas del estilo Bollywood, se adentra en un Bombay deprimido, sucio y azotado por las continuas lluvias del monzón. La cinta, dotada de un registro visual cuidado y atractivo, plantea tres formas distintas de solucionar una acción policial en la que, entre otros, interviene un policía novato recién licenciado y un asesino al que persigue bajo un fuerte aguacero. Vaya: eso tan tópico de que hubiera pasado si en lugar de una suceso en concreto la balanza su hubiese decantado hacia otro lado. Al principio, con la primera opción planteada, la cosa parece prometer. Luego, cuando se mete de lleno en el bucle de los déjà vu y su director, el debutante Amit Kumar, se empeña en repetir escenas e imágenes similares, el invento empieza ir de baja. Un trabajo irregular, no exento de buenas intenciones y pasajes brillantes, cuya mejor baza se encuentra en la atmósfera enfermiza de los bajos fondos de una gran capital por donde, entre luces de neón y bajo intensos chaparrones, pululan delincuentes, maderos corruptos y prostitutas. El mal rollo urbano está servido.


Después, el Auditorio del Meliá se vistió de gala para recibir a un personaje tan cutre como ese Machete nacido de la imaginación gamberra de Robert Rodríguez. Si en su primera entrega, Machete, apuntaba por una gansada en clave de homenaje al cine zetoso de los años 70, en su nuevo film, Machete Kills, se decanta por un guiño al universo del 007, en su vertiente más hortera a lo Roger Mooore. Aquí, el ex agente federal mejicano al que da vida un genial Danny Trejo (totalmente cómodo en la piel del freaki protagonista), tras ver morir a su novia (Jessica Alba) en manos de un malvado enmascarado, será llamado en presencia del mismísimo presidente de los EE.UU. para encomendarle la misión de terminar con la vida de un revolucionario dispuesto a mandar al mundo a tomar por culo.

Su primera media hora es clara deudora del título original. Su humor sigue siendo burdo y sus chicas igual de jamonas. Sus golpes de efecto, a cual más bastorro, y sus frases antológicamente delirantes, le sientan de maravilla a la animalada propuesta por Rodríguez. La aparición de Charlie Sheen (aquí con la coña añadida de estar acreditado como Carlos Estévez) dando vida al presidente norteamericano (en claro homenaje a su padre Martin Sheen y al Ala Oeste de la Casa Blanca) significa un buen y divertido puntazo, así como el cachondeo con el que Mel Gibson afronta el rol de villano. Pero la cinta, superado el impacto y las genialidades iniciales, entra en un bucle del que no sabe escapar. Los chistes, ya en nada originales, son redundantes y cada vez más exagerados. El frescor del primer Machete desaparece por completo, pasando a ser una mala caricatura, en exceso pasada de rosca, del personaje y sus acciones. Una secuela decepcionante de la que Robert Rodríguez no quiere renunciar, pues deja un final abierto y, de propina, tanto al principio como al final de la misma, nos endilga un tráiler de lo que será su continuación: Machete Kills Again, ambientada en el espacio al más puro estilo Moonraker.


Mucho más compacto resultó We Are What We Are, el remake del olvidable Somos Lo Que Hay, un film mejicano presentado igualmente en Sitges hace unas pocas ediciones. Su revisitación, realizada por el norteamericano Jim Mickle, es de lo más sobria y concisa. Ambientado en el seno de una familia que acaba de perder a la madre y mezclando canibalismo con ritos religiosos ancestrales, se trata de un producto contundente y aterrador, tanto por la crueldad realista con la que expone ciertos pasajes (magnífico el toque gore de su feroz escena final) como por el impúdico acercamiento (un tanto repulsivo y elegante a la vez) hacia los guisos cocinados con carne humana, así como a su posterior ingesta. Un retrato espeluznante y dramático de una estirpe marcada y dominada por un culto enfermizo. Es indiscutible que los caníbales vuelven a estar de moda en el cine. Y el tal Mickle, de modo inteligente, le ha sabido sacar todo el jugo a la propuesta. Para mojar pan y chuparse los dedos.


De los Paises Bajos y de la mano del debutante Richard Raaphorst aterrizó Frankenstein’s Army, una historia que transcurre a finales de la Segunda Guerra Mundial, justo cuando una patrulla militar soviética tropieza con una fábrica en cuyo interior el ejército nazi ha experimentado con cuerpos muertos y armamento diverso. Con la excusa de tratarse de un documental encargado por el gobierno ruso a uno de los miembros del destacamento, está filmada cámara en mano, al más puro estilo El Proyecto de la Bruja de Blair, el llamado found footage. La cosa, a pesar de poseer una primera media hora de lo más aburrido y sin salsa, acaba por tener su gracia. La aparición de un mad doctor, perteneciente al linaje de los Frankenstein y padre de una tropa de cadáveres tullidos, resucitados y cosidos a armas de todo tipo, destila coña marinera. Es tan exagerado el número de aberraciones visuales y narrativas que se suceden en pantalla, que por exceso hasta se me antoja una burrada divertida, empezando por la forma de hablar de los integrantes del escuadrón soviético: inglés con acento ruso.


El particular humor del holandés Alex van Warmerdam inundó el Auditorio con la presentación de su nuevo film, Borgman, uno de los mejores trabajos de este certamen y merecido ganador del mejor film fantástico en competición. Se trata de un producto muy en la línea del surrealismo habitual en el cine del realizador; un surrealismo con el que disecciona y desmantela a la clase media europea a través de una familia estándar que acepta, en su chalet, a un nuevo jardinero tras el que se esconde un miembro de una extraña secta de tintes vampíricos. Un toque de comedia negra (dominada totalmente por el absurdo), un mucho de misterio y unos cuantos enigmas que deberán resolverse en la mente del espectador, conforman la chicha de este peculiar Borgman. La pequeña intervención quirúrgica que sustituye a las dos dentelladas típicas del chupasangres de toda la vida y, visualmente hablando, el curioso modo de enterrar a sus víctimas bajo el agua, son dos de los toques más destacables (por su ingeniosa rareza) de una obra que no dejará indiferente a nadie.


La quinta jornada caerá en el próximo post.

26.10.13

Vamos a contar mentiras

Con la muerte ayer, a los 80 años de edad, de Amparo Soler Leal, perdemos una parte de nuestro patrimonio nacional. La gran familia del cine y el teatro español se ha quedado sin una parte indispensable de su retrato de familia; de esa familia y uno más cuyos miembros irían todos a la cárcel si dependiera del gobierno actual, el fascista, la beata y su hija desvirgada, gente sin escrúpulos muy dada a jugar a eso de “vamos a contar mentiras”.

Alegando que las bicicletas son para el verano, un mes de agosto se montó en una de ellas para realizar la ruta París Tombuctú en compañía de la adúltera de mi hija Hildegart y de sus fieles sirvientes. Después, decidieron perderse en el bosque del lobo y dar caza a una vaquilla de tamaño natural, en medio de una becerrada, con una escopeta nacional.


Los nuevos españoles decían de ella que emanaba el discreto encanto de la burguesía, mientras que las que tienen que servir aseguraban que, tras haber sido testigo del crimen de Cuenca, dormía con un diablo bajo la almohada al tiempo que le rezaba a Gary Cooper, que estás en los cielos.

Según confidencias de un marido, fue el amor del capitán Brando y de un tipo, con cara de acelga, que atendía por Plácido, con el que vivió durante una larga temporada en un estudio amueblado 2.P. de Casa Flora, una pensión regentada por una mujer prohibida que hacía llamarse Marianela.


A pesar de que la vida es magnífica, nosotros que fuimos tan felices, en dos días hemos visto partir a Manolo Escobar y a la gran Amparo Soler Leal. ¿Qué he hecho yo para merecer esto?

Descanse en paz.

25.10.13

Se fue sin recuperar el carro

Abro un pequeño paréntesis en los crónicas de Sitges 2013 para recordar la figura de Manolo Escobar que ayer, a los 82 años de edad, nos dejaba desde el Porrompompero, su finca de Benidorm. Todo un símbolo de una España esperpéntica que le convirtió en una de las voces más populares del país.

De cartero en Barcelona a cantante y, por extensión, al igual que otras voces nacidas durante el franquismo, a actor. Más de veinte títulos le avalan como tal, siendo tres de ellos algunos de los más taquilleros del país. Con sus patillas y su peinado, logró que más de una chica le confesara eso de “me has hecho perder el juicio”.


En un lugar de la Manga cuentan que, con su voz, el padre Manolo entonaba el “Y Viva España” (canción compuesta alucinantemente por dos belgas), mientras que con el corazón esgrimía su gran pasión culé: una contradicción que llevaba con total orgullo. En sus relaciones casi públicas, asistía a las corridas de toros, aunque no le gustaba en absoluto que su chica “a los toros, se pusiera la ‘minifarda’”. Un contundente juicio de faldas para alguien que opinaba que la mujer es un buen negocio. Y es que todo es posible en Granada.

Ayer, el cantante Francisco, de forma un tanto exagerada, aseguraba que “si los americanos tenían a Sinatra, nosotros teníamos a Manolo”, mientras que el ABC, en su titular, afirmaba que se trataba de "nuestro Elvis". Pero… ¿en que país vivimos?.

Hace muchos años, al inicio de su estrellato, allá por los años 60, mientras dormía le robaron su carro. Y se nos fue sin recuperarlo. Nosotros seguiremos buscándolo.

Descanse en paz.

24.10.13

SITGES 2013: Jornada 3 (de invasiones alienígenas y borracheras, telefonistas en apuros, crisis existenciales cinéfilas, relaciones enfermizas rocambolescas, maderos contra narcos y zombies indies)

A las 10.30 de la mañana del domingo 13 de octubre, en el Auditorio del Meliá se proyectaba uno de los productos más esperados del Sitges 2013, The World’s End (pendiente de estreno en España, a finales de noviembre, bajo el título de Bienvenidos al Fin del Mundo), el nuevo film del británico Edgar Wright y que cierra la trilogía iniciada por Zombies Party y Arma Fatal. Protagonizada de nuevo por la pareja fetiche del realizador, el  muy en boga Simon Pegg y Nick Frost, en esta ocasión se adentra en el mundo de las invasiones extraterrestres y, siguiendo la tónica habitual de su cine, localizando la acción en una pequeña y tranquila localidad de la campiña inglesa.

La película empieza de forma atractiva. Los gags, controlados, se suceden uno detrás de otro. La trama parte del reencuentro, un tanto forzado, de un grupo de amigos dispuestos a terminar una acción, que de jóvenes, dejaron a medias: hacer un recorrido alcohólico por las tabernas de su pueblo natal durante una noche de locura total. A pesar de las reticencias de la mayor parte del grupo, la cosa se pone en marcha. Hasta ahí, todo funciona bien. El puntito de acidez que marca las relaciones de los integrantes de la camarilla le viene como anillo al dedo a las intenciones de Wright. La crisis de los cuarenta ha marcado a sus protagonistas y, de ahí, saca sus mejores chistes, aunque la historia empieza a decaer, cuando la confabulación alienígena empieza a mostrarse. La película, que aún mantiene algunos momentos delirantemente graciosos, acaba desmoronándose en sus nada seductores veinte minutos finales. Entre lo aburridos que resultan y la cargante sobreactuación de Simon Pegg, el invento se estrella definitivamente. Un gran guiño a la magistral La Invasión de los Ladrones de Cuerpos que, por desgracia, sólo quedará en la memoria del espectador por las buenas intenciones iniciales que desprende.


La mañana continuó con The Call, un thriller típico y tópico, del montón, para lucimiento de una Halle Berry en horas bajas y totalmente pasada de rosca. Dirigida de forma descafeinada por Brad Anderson (el mismo de la olvidable Transsiberian, cinta que abrió el Sitges 2008), la película posee el aspecto de un telefilme de sobremesa de poco presupuesto. Un cargante festival de la actriz de color al servicio de una trama manida: una operadora de un teléfono de emergencias de la policía, tras una fracaso en una de sus acciones, se obsesiona por salvar la vida de una chica que ha sido raptada por un psicópata y que mantiene la comunicación abierta con ella, a través de un móvil, desde el interior del maletero del automóvil del secuestrador. A pesar del brío que intenta imprimir a su historia, la cosa se le escapa totalmente de las manos y se convierte en un producto de lo más previsible. Una especie de revisitación de la entretenida y acelerada Cellular, de David R. Ellis y con Kim Basinger de protagonista.


En nada fantástica pero mucho más conseguida resultó A Glimpse Inside the Mind of Charles Swan III, una comedia, muy del estilo de las de los setenta, dirigida por Roman Coppola (hijo de Francis Ford Coppola) y que cuenta, en sus papeles principales, con Charlie Sheen, Jason Schwartzman, Patricia Arquette y Bill Murray. Ambientada en Los Angeles de los años 70 y llena de divertidos homenajes al mundo del cine (genial la parodia de John Wayne protagonizada por Bill Murray), la película repasa las elucubraciones mentales de Charles Swan III (un Charlie Sheen reconvertido, físicamente, en una especie de Michael Douglas), un exitoso diseñador gráfico que, al perder su pareja actual, cae en una grave crisis existencial, planteándose sus relaciones sentimentales y con su entorno. Curiosa y juguetona. Una rara avis que merecería mayor atención y que quizás no fue apreciada del todo por la crítica y el público del festival por no pertenecer en absoluto al género habitual del certamen.


Passion, el nuevo Brian De Palma tras cinco años de inactividad desde Redacted, significó uno de los más sonados fiascos del Sitges 2013. De hecho, se trata de un remake del film francés de Alain Corneau Crime d'Amour; en principio, un material excelente para la retorcida mente del cineasta. En él se barajan constantes muy típicas del realizador: sexo, crímenes y, ante todo, la posibilidad de jugar con distintos puntos de vista (inevitable que, en un momento dado, llegue a partir truculentamente la pantalla en dos para mostrar un par de actos teóricamente paralelos en el tiempo). Pero los años no han pasado en balde y De Palma, más rocambolesco y extremo de lo habitual, se queda sólo en las intenciones. Se le va la bola en demasiadas ocasiones (empezando por su delirante final) y lleva sus excesos hasta límites vergonzosos para narrar la enfermiza relación entre la directora de una agencia publicitaria y una de sus empleadas. En nada ayuda a su buena digestión las olvidables interpretaciones de sus actrices principales, Rachel McAdams y Noomi Rapace, dos mujeres que, en otros productos, han demostrado mayor solvencia que en éste. Una pena.


La jornada se cerró con Drug War, un contunde thriller policiaco de Johnnie Too a años luz de su otro film presentado en el certamen, el nefasto Blind Detective. En Drug War va directamente a lo que mejor domina: el cine de acción, de buenos y malos, en donde las ensaladas de tiros no se hacen esperar. Una historia típica y tópica, enmarcada en el seno de una operación policial de resultados bastante chungos contra el narcotráfico, que funciona gracias al ritmo que le ha imprimido y al cuidadísimo y frenético montaje con el que ha afrontado sus numerosas escenas de acción (ante todo en sus trepidantes escenas finales). No ofrece nada nuevo, pero lo que propone le funciona al cien por cien.


Por el camino quedó The Battery, una curiosidad, bastante aburrida e insustancial, que mostraba una invasión zombi desde el punto de vista de un film independiente: los zombis indies. Dirigida por Jeremy Gardner y prácticamente protagonizada por dos únicos actores, el propio realizador y Adam Cronheim, se acerca a las avatares de dos supervivientes que, cargados con sus mochilas respectivas, recorrerán los bosques de su país, en un viaje hacia la nada y armados de una pistola y un bate de beisbol. Una aventura fantástica, de tintes minimalistas y soporíferos (por ejemplo, le dedica un plano inacabable e innecesario a la higiene dental de ambos), cuyo mejor acierto se encuentra en sus últimos minutos de proyección, en la que los dos colegas se encuentran sitiados en el interior de un automóvil acosados por una caterva de muertos vivientes.


En el siguiente post, la cuarta jornada.

23.10.13

SITGES 2013: Jornada 2 (de jóvenes que pierden la chaveta, de caníbales y ecologistas y de detectives cegatos apayasados)

El sábado 12 de octubre, segundo día del Sitges 2013, el certamen abrió con Magic Magic de Sebastián Silva, una coproducción entre Estados Unidos y Chile muy poco fantástica que, de forma sobria, plantea el proceso de degradación mental y físico de Alicia, una joven adolescente que, durante un viaje en compañía de unos desconocidos, empezará a perder a marchas forzadas la percepción de la realidad. La lentitud de algunos pasajes y la poca chicha argumental de la cinta, se ven altamente compensadas por la inquietante atmósfera conseguida y el excelente trabajo de Juno Temple en la piel de esa destemplada muchacha que inicia su particular migración a la locura; un trabajo que, por otra parte, se hizo merecidamente con el premio a la mejor interpretación femenina del festival y que, entre otras cosas, hace olvidar el histrionismo de algunos de sus compañeros de reparto, como por ejemplo el de un desmelenado Michael Cera.


La mañana siguió de forma más o menos trepidante. Eli Roth, un asiduo del certamen, presentaba en el Auditorio del hotel Meliá su nueva película, The Green Inferno, una de sus alocadas y habituales burradas a golpe de sangre y vísceras aunque, en esta ocasión, de modo un tanto más light que en sus títulos anteriores (las dos entregas de Hostel o Cabin Fever). Ambientada en la jungla del Amazonas y centrada en el núcleo de una tribu de caníbales, narra los avatares de un grupo de jóvenes idealistas que, en su lucha por evitar la destrucción de la selva, se convertirán en su delicioso almuerzo. Dotada de un peculiar sentido del humor, se trata de un cariñoso guiño cinéfilo a Holocausto Caníbal, uno de los films gores más nombrados de la década de los ochenta, con crítica incluida a la falsedad de ciertas corporaciones ecologistas. Entretenida. Y punto.


Blind Detective nos mostró la peor cara del hongkonés Johnnie To: la de la comedia romántica y detectivesca. Un film menor del realizador oriental, plagado de despropósitos argumentales y con una nefasta e insoportable actuación de Andy Lau quien, a través de una exageradísima interpretación, da vida al detective ciego del título y que, de forma alucinante, se hizo con el premio al mejor actor del certamen. Ver para creer (y nunca mejor dicho). La película, a través de un humor de lo más cazurro, narra la relación profesional y amorosa del investigador y una policía con la que indaga la desaparición de una amiga de la infancia de ésta. Uno de los títulos más patéticos, con menos sustancia y largo del Sitges 2013. Más de dos horas de tortura asiática. A Mariano Ozores le hubiera quedado mucho mejor.


En el próximo post, un poco más.

22.10.13

SITGES 2013: Jornada 1 (de pianistas acosados, de gusanos y cerdos, de madres e hijas vampiras y de cineastas basureros fallecidos)

El pasado sábado 19 de octubre se clausuraba la 46ª edición del Sitges 2013, al tiempo que se hacían públicos los galardones de la misma; premios que pueden consultar en el siguiente link.

Este año, tal y como les avancé en el post anterior, no he podido seguir con la dedicación habitual las proyecciones del festival, pero aún y así, procedo a narrarles las impresiones de los títulos visionados, jornada a jornada.

El viernes 11 de octubre, Sitges 2013 abría con Grand Piano, todo un ejercicio de estilo dirigido por Eugenio Mira que, con esta cinta, brinda un milimetrado homenaje a Hitchcock y, más en concreto, a su discípulo más avanzado, Brian De Palma. La poca credibilidad de su trama, así como el exceso y lo rocambolesco que abrigan muchas de sus escenas, así lo acreditan. La película, producida por Rodrigo Cortés y protagonizada por Elijah Wood y John Cusack, muestra el retorno a los escenarios de un pianista consagrado que dejó a un lado los conciertos en directo debido a sufrir un ataque de pánico escénico. En su nuevo debut, deberá atinarse al máximo pues, justo antes de sentarse ante el piano, recibirá un mensaje, de un francotirador apostado en la sala, amenazándole de muerte en caso de equivocarse en una sola nota.

A pesar de la desproporción de muchos de sus pasajes, de la irrealidad del conjunto y de estar rodada prácticamente en un escenario único, Mira demuestra un dominio total del suspense y del uso de la cámara, imprimiéndole a su historia un ritmo frenético que hacen totalmente llevadera su hora y media de proyección. A todo ello hay que añadirle el buen trabajo interpretativo de Elijah Wood en la piel del músico acosado, actor que se pasa casi todo el metraje en pantalla.


Y, de segundo plato, llegó la primera del certamen en la frente: Upstream Color, la nueva empanada mental de Shane Carruth, el mismo que hace nueve años realizará la insufrible Primer. En esta ocasión, de forma pretenciosa y a través de un montaje desordenado, nos habla de la relación que se establece entre un hombre y una mujer que, tras haber sido secuestrados por la misma persona, han sido sometidos a una extraña experiencia en la que se mezclan la ingestión de gusanos y cierta concomitancia con cerdos y un tipo en concreto de flores. Una colgada aburridísima, que abusa de su narrativa asincopada y de esas ansías estúpidas por asemejarse al Terrence Malik de la aborrecible El Árbol de la Vida. Ideal para gafapastas con ganas de organizar puzzles para encontrarle sentido a un film descompaginado y pedante.


Con Byzantium, Neil Jordan regresa al cine de vampiros unos 19 años después de su Entrevista Con El Vampiro. Su nuevo trabajo es tranquilo, reposado y de fotografía preciosista, consiguiendo que, con sus imágenes, el espectador evoque viejos títulos de su filmografía (desde la citada Entrevista Con El Vampiro y pasando por Amor A Una Extraña, Mona Lisa o, incluso, Juego de Lágrimas). La película se centra en la vida de dos vampiras, una madre y una hija, que se han pasado varios siglos huyendo de una secta patriarcal que no está dispuesta a aceptarlas como miembros de su cofradía. En su última mudanza, se alojarán en un viejo y gótico hotel (de nombre Byzantium, al igual que el título del film), en donde la madre montará un lupanar para así poder practicar el oficio que mejor conoce. Sexo, misterio, fantasía y un toque de emotividad. Un trabajo interesante, aunque no redondo, en donde cabe destacar el clasicismo de su puesta en escena y, ante todo, las brillantes interpretaciones de Saoirse Ronan y Gemma Arterton, las dos peculiares chupasangres.


Ya de madrugada, como homenaje al desaparecido Jesús Franco, en el cine Prado se proyectó el documental La Última Película de Jess Franco de Pedro Temboury y, como colofón, una de sus películas más aclamadas, la perversa, morbosa y entretenida Miss Muerte.


Y, de propina, para quien esto escribe, el siempre reconfortante reencuentro con los viejos amigos del lugar quienes, año tras año, siguen acudiendo a la cita cinéfila de Sitges.