Amor es la prueba palpable de que el cine del alemán
Michael Haneke es duro y difícil a partes iguales. Duro debido a las temáticas
que suele afrontar, y difícil por su particular narrativa; una narrativa que,
por su lentitud expositiva y por esa cantidad innumerable de planos inmóviles e
interminables, puede resultar complejo para muchos espectadores.
Inevitablemente, Amor posee las dos constantes. Por
un lado, a través de un matrimonio octogenario, se acerca a una temática tan
áspera como la de la tercera edad, la enfermedad y la degradación del cuerpo y
la mente humanas, así como al derecho a una muerte digna. Y, por el otro, ello lo
trata mediante su ya habitual y soporífero estilo narrativo, cosa que, en parte,
merma un tanto la posibilidad de comunicar emotivamente y al cien por cien con la platea. A pesar
de ello y debido al hiperrealismo con el que se plasma la relación de los dos
ancianos, en ciertos pasajes llega a colapsar por completo los sentimientos del público.
La cinta se beneficia del brillante trabajo de sus
actores. Jean-Louis Trintignant (alejado de las pantallas desde el 2004) y Emmanuelle
Riva son Georges y Anne, esa pareja longeva, profesores de música retirados, que tendrán
que superar una de las pruebas más espinosas de la condición humana, mientras
que Isabelle Huppert, en una breve aunque consistente colaboración, borda el
rol de una hija que no acaba de comprender la forma de actuar de un padre ante
la inminente muerte de su madre.
Amor es como una especie de obra teatral
minimalista. La cámara prácticamente no sale del domicilio del matrimonio
protagonista. Indaga por todos los rincones de éste y, si es necesario, hasta
se cuelga como una musaraña con primeros planos de las obras pictóricas que
adornan sus paredes; un truco muy a lo Haneke para entusiasmar a la gafapastada
y, al mismo tiempo, provocar cierta sensación de sopor en el resto de los
parroquianos. Un sopor que, por cierto, rompe y anula totalmente a través de una escena
lapidaria, tan cruda como inesperada; una escena sobre la cual se ha orquestado
todo su argumento.
Un vaivén de impresiones contradictorias componen el
metraje del film, desde esa sensación de aburrimiento que puede provocar el
asistir, desde las sombras, a la intimidad del devenir diario y cansino de una pareja ante la
enfermedad, hasta la sorpresa gélida (y en el fondo muy lógica y humanitaria)
de la escena antes citada. En definitiva: Haneke aburre y conmociona a partes
iguales. Y es que el tipo, por muy pedantillo que sea su cine, se mantiene fiel a sus principios: el mal rollo como gran paradigma y el silencio más categórico como resolución
final.




















































