15.2.14

Los perdedores


Nebraska, junto con el anterior trabajo del director, Los Descendientes, confirma a Alexander Payne como uno de los realizadores con más personalidad del panorama norteamericano actual. Fiel a su particular estilo, en donde se baraja con efectividad el melodrama con un muy peculiar sentido del humor, acerca al espectador al viaje que, un padre con síntomas de senilidad y su hijo, inician por carreteras de Norteamérica para llegar hasta Lincoln (Nebraska), lugar en donde el primero pretende cobrar un presunto premio de un millón de dólares que le ha sido comunicado a través del correo postal: un timo como otros tantos del que el buen hombre, tozudo como nadie, no quiere ni oír hablar. Un camino que se verá salpicado por diversos incidentes y que incluirá una parada en el pueblo natal del anciano, en donde serán acogidos en casa de unos familiares.


Arropando a su historia con una efectiva fotografía en blanco y negro, aparte de mostrar un emotivo retrato del redescubrimiento de un padre por parte de un hijo que se había alejado de él, Nebraska significa un tierno retrato del modo de vida de esos personajes que conforman la América profunda; esa américa marcada por los silencios, las granjas, los graneros y el alcohol, sobretodo demasiado alcohol. Y a pesar de su pretendida dureza, enmarcada a la perfección dentro de los tonos grises de su imagen, Alexander Payne no desdeña en ningún momento aproximarse a ellos a través de un encomiable (aunque socarrón) toque de comedia.


Una road movie distinta que, cocinada a fuego lento, saca a la luz las miserias de una familia que nunca vivió tiempos mejores. Odio, amor, insolencias y también, por qué no, un mucho de ternura. Un poco de todo para definir el espíritu de los Grant y sus numerosas ramificaciones familiares y, ante todo, en la plasmación de la relación establecida entre el viejo Woody y su hijo menor, David (excelente Will Forte), un joven dotado de un gran corazón.


Y allí, colocado en el epicentro de la película, el gran Bruce Dern quien, a sus 78 años de edad, se ha metido en la piel del testarudo y borrachín Woody para componer a uno de los mejores personajes de su filmografía. Una interpretación que, a buen seguro, le podría valer un merecidísimo Oscar.

Con Nebraska, a pesar de ser un film de y sobre perdedores, Payne ha sabido darle la vuelta a un género y, de forma inteligente, lo ha convertido en un agradable y conmovedor canto a la vida, en donde esa malsana pasión por la lágrima fácil brilla por su ausencia. Una pequeña joya de la cartelera actual con un gigantesco Bruce Dern de propina.

3 comentarios:

Francisco Machuca dijo...

Es curioso que el gran género de la road movie haya quedada para el cine independiente (si es que queda algo de él en estos tiempos).La gran tradición americana de cine de carretera y motel.Me considero un gran fan de este grandioso género.Desde En la carretera de Kerouac,pasando por Lolita,Psicosis,Mi vida es mi vida,Dirección asfaltada hacia dos direcciones,y,la más reciente Flores rotas y esta última que reseñas tan bien. La road movie no es precisamente un género donde se sitúa la cámara dentro de un coche enfocando un paisaje y poniéndole una música resultona. Esto se ha llevado hasta la saciedad y son malas películas.La road movie comienza,precisamente cuando el coche se detiene.
Bruce Dern está magnífico.Precisamente el otro día me dio por ver de nuevo No matarás al vecino y el puñetero está maravilloso haciendo de facha y pisando una mierda cuando sube la bandera americana en su jardín.Y en Naves misteriosas y en la última de Hitch...

Buen fin de semana.

caligula dijo...

Es que Entre Copas me aburrió taaaaaaaanto. Y Election me pareció tan absurda y con un final de porque sí... que creo que esta me la pierdo, que mi tiempo y mi dinero son limitados...

Spaulding dijo...

Pues hará mal en perdérsela buen hombre.

Yo tampoco soy muy fan de Entre Copas, que digamos.