

Planteada inicialmente como un falso documental, District 9 nos acerca a las deterioradas relaciones creadas entre los humanos y un grupo de alienígenas que llevan viviendo en el planeta como refugiados desde hace 20 años. Dispuestos a discriminarles por completo, las fuerzas gubernamentales optan por expulsarles de sus míseras barracas y ser deportados a un gueto cercado y controlado. La oposición de los extraterrestres, junto a la ambición de los terrícolas por hacerse con su avanzado armamento y la aparición de un humano mutante, acelerarán un sinfín de enfrentamientos violentos.

El entretenimiento está servido. El despliegue de efectos digitales es amplio y efectivo; tanto que incluso desplaza a un lado a su mínimo guión el cual, con historia de amistad intergaláctica incluida, termina por aproximarse a las coordenadas de la ochentera Enemigo Mío. El éxito, a pesar de sus defectos (¿o gracias a ellos?), está asegurado: el espectador no tiene que pensar mucho y resulta ideal para devorar palomitas en cantidad. Con todo ello, no se sorprendan si piensan que su final augura una segunda entrega.
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