13.2.13

Optimismo bipolar

Tras The Fighter, un melodrama ambientado en el seno de una familia con dos hijos boxeadores, David O. Russell, en su nuevo film, ElLado Bueno de las Cosas, vuelve a incidir en las relaciones familiares. Y lo hace centrándose, ante todo, en la figura de Pat, un joven profesor de escuela que, tras estar ingresado en un centro psiquiátrico durante una larga temporada, regresa a casa de sus padres, con su bipolaridad a cuestas y dispuesto a reconciliarse con su esposa.


Las familias disfuncionales y los enfermos bipolares dan mucho de sí en el mundo del cine. Normalmente, su tratamiento es más bien sórdido y de mal rollo. Pero O’Russell rompe con esa regla y afronta los problemas psíquicos de Pat y sus allegados desde el prisma de la comedia, acercándose al melodrama, de forma muy sutil, en contadísimas ocasiones. De hecho, tal y como indica su título, la cinta se enfrenta a los conflictos emotivos y de personalidad de su protagonista de un modo ciertamente positivo.

Bradley Cooper es el encargado de dar vida a ese Pat empecinado en hacer lo imposible para recuperar a su esposa, a pesar de que ésta haya conseguido una orden de alejamiento. Un espléndido Cooper que, al mismo tiempo, destila una química increíble con Jennifer Lawrence, esa chica de LosJuegos del Hambre y de la magnífica Winter’s Bone, que en esta ocasión cambia de registro, de forma sorprendente, para meterse en la piel de Tiffany, una joven viuda que se cruza en su camino, también con problemas psíquicos y que intentará ganarse (no sin esfuerzos) el amor del desorientado Pat.


Como contrapunto a los tiras y aflojas de Pat y Tiffany, están los padres de él, Jacki Weaver y Robert De Niro o, lo que es lo mismo, Dolores y Pat Sr.; ella, más que correcta en el rol de madre sufridora y ama de casa, mientras que él, De Niro, ofrece una de sus mejores interpretaciones de sus últimos años: deja su histrionismo habitual a un lado y encarna con total solvencia y mucho sentido del humor a un tipo supersticioso y atrapado por las apuestas del fútbol americano.


Un producto sencillo y funcional, de agradable visión, que se alimenta de un buen guión, repleto de diálogos y situaciones ingeniosas, y de un considerable número de entrañables personajes secundarios, como sucede con el corredor de apuestas que se pasa todo el día en casa de los padres de Pat o con ese loco, obsesionado por su pelo, que intenta escabullirse del centro en el que está internado.

A buen seguro que sus nominaciones al Oscar de este año, incluida la de mejor película, sean debidas a ese sanísimo optimismo que destila toda su proyección.

11.2.13

Los Goya empiezan a caldearse

El próximo domingo, 17 de febrero de 2013, La 1 de TVE retransmitirá en directo (o, mejor dicho, en semidirecto), la gala de entrega de los premios Goya en su XXVII edición. Ante tal evento, el sindicato Unión de Actores y Actrices de Madrid, en una nota de prensa, ya ha hecho pública su posible implicación en el acto ante la que, política y socialmente hablando, nos está cayendo. Personalmente, les doy mi soporte total. Esa noche, ellos podrían convertirse en nuestro altavoz.
Aquí les dejo el comunicado en su integridad.
 
COMUNICADO DE PRENSA UNIÓN DE ACTORES: ¿QUÉ VAMOS A HACER LA NOCHE DE LOS GOYA?

¿Qué harían los maestros si dispusieran de dos horas en directo en la 1 de Televisión Española el próximo domingo por la noche, en horario de máxima audiencia? ¿Qué harían los trabajadores de la Sanidad Pública? ¿Qué harían las personas en paro? ¿Qué harían las personas a quienes sacan por la fuerza de sus casas al no poder hacer frente a las deudas con los bancos?

Desde el sindicato Unión de Actores y Actrices de Madrid hacemos un llamamiento a la reflexión a los compañeros del cine que tienen el honor de participar en la celebración de los premios Goya, ya sea como nominados o como presentadores. Desde el máximo respeto a la libre decisión de cada uno de hacer o decir lo que le venga en gana, llamamos a reflexionar sobre la situación que estamos viviendo y la responsabilidad de cada uno ante la misma.

No sabemos qué harían los maestros o los médicos del sector ...público si dispusieran de dos horas de televisión en directo (o casi) para celebrar y promocionar su profesión, cosa tan necesaria, vista la campaña de desprestigio que sufren. Sí sabemos lo que llevan meses, y años, haciendo en la calle: defender lo que es de todos.

Muchos pueden pensar que la gente de la cultura no debería expresar en público sus opiniones acerca de lo que sucede a su alrededor, que deberían limitarse al ejercicio de su profesión. Muchos pueden pensar que la implicación de los artistas en el “No a la Guerra” les supuso el rechazo por parte de un sector de la población. Sin embargo, también son muchas las personas que creen que tenemos la responsabilidad de aprovechar el altavoz del que disponemos y del que tanta gente carece. Porque nosotros también somos ciudadanos: sufrimos la Reforma Laboral y el paro, somos pacientes de la sanidad pública, padecemos los recortes en educación, porque también somos padres, conocemos y vivimos de cerca la injusticia de los desahucios,…

El próximo domingo podría ocurrir que habláramos sobre lo que sucede. El próximo domingo podría ocurrir que dijéramos No a los recortes: Hay alternativas. La pregunta es: ¿qué supondría mayor rechazo esta vez: volver a decir no o quedarnos callados?

Unión de Actores y Actrices

7.2.13

YoGa 2012

El colectivo Catacric (Catalans Critics), reunido en la noche del 6 al 7 de febrero del 2013, en un céntrico lugar de Barcelona, ha decidido otorgar los 24º anti-premios YoGa a lo peorcito de la producción cinematográfica del año 2012.

En sus deliberaciones, el jurado, anónimo (que no Anonymous) y mutante, como cada año, desde hace 24 inviernos, ha tenido en cuenta las apreciaciones, comentarios y sugerencias de los lectores de la web, de Facebook y de Twitter de este colectivo, algunas de cuyas propuestas ya habrán podido leer en días anteriores.

Cine extranjero

- Peor película: YoGa Vivir del cuento, a El hobbit, de Peter Jackson.

- Peor director: YoGa El hombre que no amaba los musicales a Tom Hooper, por Los miserables.


- Peor actor: YoGa ¿Por qué no te callas?, a Jean Dujardin, por Los infieles.

- Peor actriz: YoGa Espejito, espejito, ¿quién es más sosa que yo?, a Kristen Stewart por Blancanieves y la leyenda del cazador y La Saga Crepúsculo: Amanecer (Parte 2)


Cine español

- Peor película: YoGa Estrenas, que no es poco, a Todo es silencio, de José Luis Cuerda.
 
- Peor director: YoGa Ego al desnudo, a Nacho Vigalondo, por Extraterrestre.


- Peor actor: YoGa ¿Tengo ganas de ti?, a Hugo Silva, por El cuerpo y En fuera de juego.


- Peor actriz: YoGa Ola k ase, a Clara Lago, por Fin y Tengo ganas de ti.

Premios especiales

- YoGa Franco desencadenado al ministro José Ignacio Wert, por su miserable política cultural.


- YoGa The walking dead al reparto de Los mercenarios 2.

- YoGa Loca academia de peluquería a Javier Bardem (por Skyfall), José Coronado (por El cuerpo) y Sean Penn (por Un lugar donde quedarse).

- YoGa La familia y una más a Carmina Barrios, por Carmina o revienta.

- YoGa Baltasar Garzón a Alberto Ruiz Gallardón, por Holmes & Watson. Madrid Days.


- YoGa Uno de los nuestros: El fiasco se viste de Prada, a Juan Manuel de Prada, por su programa Lágrimas en la lluvia, de Intereconomía.

6.2.13

Maridos y mujeres


Cesc Gay vuelve a dar en el clavo. Después del irregular paréntesis que supuso V.O.S., con su nuevo film, Una Pistola En CadaMano, retoma el pulso narrativo, sereno y fresco, que esgrimió en títulos como En la Ciudad y Ficción. Y lo hace a través de un grupo de actores excelentes. Lo mejor de lo mejor para analizar, de forma cínica y con un sentido del humor tremendo, el comportamiento (en general, disfuncional) de los hombres, centrándose en diversos personajes de mediana edad inmersos en plena crisis personal.


Estructurada como una comedia de episodios, la cámara del realizador catalán se acerca a varias situaciones totalmente reconocibles para el espectador. Contando como telón de fondo con la (también reconocible) ciudad de Barcelona y apoyándose en la profesionalidad de sus actores (a cual mejor), desgrana un variopinto surtido de historias marcadas, en su mayor parte,  por las relaciones de pareja y sus altibajos, sin descartar otras opciones, como por ejemplo el desempleo, tal y como le sucede a uno de sus personajes.

La película queda perfectamente definida con una sola frase, la que le suelta Eduard Fernàndez a una mujer que le acaba de llamar la atención por fumar en un lugar prohibido: “Señora, estamos pasando por un mal momento de nuestras vidas”. Y es que, en todos sus sketches, siempre hay uno o más de sus protagonistas a quienes las "cosas" no les funcionan nada bien. La amargura provocada por el día a día, las crisis y las separaciones matrimoniales, el adulterio, el machismo reprimido o el mismísimo paro, son fundamentales a la hora de crear graves conflictos emocionales.


Una Pistola En Cada Mano está construida a golpe de duelos interpretativos y de diálogos tan naturales como ingeniosos. El cara a cara está a la orden del día: Leonardo Sbaraglia y Eduard Fernàndez se lo hacen en un portal; Javier Cámara y Clara Segura en casa de ella; Luis Tosar y Ricardo Darín en un parque público; Eduardo Noriega y Candela Peña en el interior de unas oficinas; Alberto San Juan y Leonor Watling en el coche de ella y Cayetana Guillén Cuervo y Jordi Mollà paseando por las calles de la ciudad. Ellas, moralmente, son las ganadoras. Ellos, por su inseguridad y patetismo, salen perdiendo. Ni siquiera la catarsis colectiva final les servirá de mucho.


Una insuperable panda de grandes bestias de la interpretación al servicio de un guión inteligente y mordaz. Una disección (a veces cruel) de la conducta del hombre en beneficio de la de la mujer. Es como el Woody Allen de los últimos tiempos, pero en bueno, en fresquísimo y a la catalana.

5.2.13

El gran peñazo

Paul Thomas Anderson está de un broncas subido. Ya en el 2007 nos la endilgó con el minimalismo insoportable de Pozos de Ambición y ahora, siguiendo con su engreimiento y dispuesto a desbancar de su trono a Terrence Malik como Rey de los Peñazos tras su El Árbol de la Vida, nos la cuela de nuevo con The Master, una insoportable cinta que sigue idénticos derroteros que los citados pozos.

Ambientada en la Norteamérica de los años 50, justo al terminar la 2ª. Guerra Mundial, narra la relación de amor y odio que se establece entre dos personajes de lo más esperpéntico: un antiguo combatiente alcoholizado y un profeta sectario dispuesto a embaucar al personal con su nueva religión. Una relación, la de ellos, difícil de asimilar por el espectador ya que, entre otras cosas, están pésimamente explicados (por no decir inexistentes) los motivos por los que ambos tipos se sienten tan atraídos en esa tortuosa concomitancia con reminiscencias paternofiliales y de mutua dependencia. Es más, ni siquiera resultan comprensibles ni el comportamiento ni las decisiones que ambos individuos toman a lo largo de su dilatadísimo, reiterativo y agotador metraje.


Aparte del siempre imponente Philip Seymour Hoffman, aquí en la piel del gurú engañabobos, lo único resaltable del producto es su excelente fotografía y su dirección artística, capaz de transportar al espectador hasta los mismísimos 50. El resto, aparte de tedioso y pretencioso, se me antoja como una inmensa y apestosa boñiga, empezando por el histrionismo con el que un resucitado Joaquin Phoenix (encorvado y adelgazadísimo para la ocasión) afronta el papel del trastocado y borrachuzo Freddie Quell.


Al Thomas Anderson le encanta colgarse en interminables planos y en situaciones tan imprescindibles como redundantes, absurdas e incluso vacías, que poco aportan a la película. El hombre sigue con su pasión por el exagerado minimalismo -tanto narrativo como visual y musical-  con el que ya nos castigara en su anterior film, ese Pozos de Ambición de infausta memoria. Lejos, muy lejos, quedan sus mejores propuestas (Boogie Nights, Magnolia y Punch-Drunk Love). Ahora, con la etiqueda de "pedantillo" a cuestas y bajo ese disfraz de “autor” que tanto le gusta exhibir, se dedica a engatusar a sus seguidores con su apelmazada doctrina, al igual que hace el lider espiritual de su film con sus adeptos.

Paso total del The Master de las narices. Odio que me tomen el pelo a golpe de falsas (y aburridísimas) coartadas intelectuales.

3.2.13

Las bellas y la bestia

Alfred Hitchcock vuelve a estar en el candelero. Y por partida doble. Por un lado, acaba de estrenarse Hitchcock, el largometraje de Sacha Gervasi que repasa los entresijos del rodaje de la mítica Psicosis y, por otro, The Girl, un telefilme de Julian Jarrold, producido por la prestigiosa HBO y aún pendiente de su pase televisivo en nuestro país, en el que se analiza la tensa relación del Maestro del Suspense con Tippi Hedren, la actriz protagonista de Los Pájaros y Marnie la Ladrona. Ambas películas coinciden en ciertos aspectos, pero mientras el trabajo de Sacha Gervasi se muestra muy (demasiado) complaciente con el mítico director, la cinta de Jarrold no tiene reparos en adentrarse en su parte más oscura.

El Hitchcock de Gervasi apuesta por la vertiente más cinéfila de la historia. Centrado en el rodaje de Psicosis, también aprovecha para esbozar, un tanto de refilón, las obsesiones del realizador. Su pasión por ejercer de mirón a la mínima de cambio y su enfermiza obsesión por las rubias quedan más que latentes pero, al margen de ello, su mirada está enfocada principalmente en plasmar la relación del director con Alma Reville, su esposa y guionista de una buena parte de su obra; una relación marcada por las tensiones matrimoniales y la sospecha, por parte de Hitchcock, de que ella podría estar engañándole con el escritor y también guionista Whitfield Cook.
 

Hitchcock se beneficia de una perfecta ambientación de los años 60, época en la que se gestó la magistral Psicosis y, al mismo tiempo, se muestra ingeniosa y muy cuidada a la hora de recrear la planificación y el rodaje de algunas de las antológicas escenas de la citada película, como la del asesinato en la ducha o la del detective Arbogast cayendo por las escaleras de la mansión de Norman Bates tras ser apuñalado. Mucho menos clarificadora queda la tortuosa relación existente entre el director de Rebeca y Vera Miles, la actriz que protagonizara Falso Culpable en 1956 y que repetiría papel protagónico en Psicosis al lado de Janet Leigh y Anthony Perkins.
 

El interés de Sacha Gervasi es puramente cinéfilo, cosa ciertamente de agradecer. De hecho, donde mejor funciona el producto, es en sus numerosas y bien ideadas citas cinematográficas, su tono de comedia afectuosa y caricaturesca y, ante todo, en el trabajo interpretativo de Anthony Hopkins y Helen Mirren. Hopkins se mete en la piel de un Alfred Hitchcock totalmente creíble, afable y perverso a dosis iguales, y capaz de empatizar con el espectador a pesar de sus defectos, mientras que Helen Mirren se encarga de dar vida a Alma Reville, la sufrida y clara mano derecha del realizador británico, sin olvidar la presencia de Janet Leigh, actriz que durante el rodaje apaciguó los obsesos pensamientos del realizador y que, para la ocasión, se ha permutado en el cuerpo y rostro de una funcional Scarlett Johansson.
 

The Girl, el telefilme de la HBO aún no visto en España y que empieza allí donde termina el Hitchcock de Gervasi, quizás resulta menos lujoso y ambicioso que éste pero, en líneas generales, mucho más punzante al esbozar el dibujo de un perverso y enfermizo Alfred Hitchcock (Hitch para los amigos). Y es que, de hecho, se trata de una visión más intimista del personaje, capaz de mostrar abiertamente los rincones más oscuros de un hombre que, a través del acoso sexual, sometió a la debutante Tippi Hedren a un incómodo suplicio psicológico y físico que acabó con su prometedora carrera.

Al igual que en la película de Sacha Gervasi, la de Julian Jarrold se muestra excelente en la recreación de la filmación de las escenas más imborrables de Los Pájaros y la posterior Marnie. El toque cinéfilo sigue estando presente, pero su tono de comedia no es ni mucho menos tan apacible como el del largometraje. Su mirada en torno al mito es desalentadora. Innegablemente, la percepción que apuntaba Donald Spotto del director en su libro Las Damas de Hitchcock (Spellbound by Beauty: Alfred Hitchcock and his Leading Ladies, 2008) -en el que se basa el guión del film-, queda más que latente.
 

La bella y la bestia. La bella es Tippi Hedren, actriz a la que da vida una espléndida Sienna Miller. Y la bestia, ¡cómo no!, es don Alfredo, un Hitch maligno, traumatizado y obseso al que un genial Toby Jones se encarga de transmitir su parte más tenebrosa, desagradable e incluso repulsiva; un personaje con el que, en esta versión, es difícil simpatizar. Y allí, siempre en un segundo plano aunque con un poder de convicción tremendo, una más que correcta Imelda Staunton en el rol de Alma Reville.
 

Dos enfoques distintos, aunque convergentes y complementarios, sobre la figura de Alfred Hitchcock, uno de los mejores y más populares directores de la historia del cine. Personalmente, por su franqueza, frialdad y valentía desmitificadora, me quedo con la perspectiva de Julian Jarrold y su The Girl.

29.1.13

El abuelo Cebolleta

Con Lincoln, Steven Spielberg deja asomar su cara más didáctica, alejándose del gran espectáculo que sería previsible en un realizador como él y apostando por una puesta en escena y una trama más intimistas, en donde debates políticos y tensiones familiares se convierten en sus verdaderos protagonistas.


La cinta se aproxima a los agitados últimos tres meses de vida del que fuera uno de los Presidentes más queridos de los EE.UU., enmarcados durante la guerra civil y, durante los cuales, el político luchó por conseguir la paz que uniera de nuevo el país y, ante todo, para lograr la abolición de la esclavitud a través de la aprobación de la 13ª Enmienda.

No busquen en Lincoln grandes batallas ni agitadas escenas de acción, sino todo lo contrario. La película transcurre entre despachos, pasillos y alcobas. En este aspecto, se trata de un producto frío, cuyo único punto de calor aparece cuando hurga en el lado más humano del político; ese Lincoln al que, a modo de abuelo Cebolleta, le encantaba intercalar batallitas personales a la menor ocasión posible; un Abraham Lincoln al que un fantástico Daniel Day-Lewis se acerca de una manera asombrosa.

La lucha interna del partido republicano al que pertenecía el propio Presidente, sus divergencias con los demócratas defensores de la esclavitud, su acercamiento a ciertas acciones corruptas para sumar votos a favor de la 13ª Enmienda o, en el plano más íntimo y humano, los malos rollos del matrimonio Lincoln provocados por la muerte de uno de sus hijos, son los focos principales de un film que se aleja de las coordenadas habituales de la filmografía del realizador y que, en parte, complementa las (buenas) intenciones de Amistad, su otro film didáctico que, en su estreno, supuso un estrepitoso fracaso.


Un trabajo interesante, totalmente pedagógico que, sin embargo y por momentos, se me antoja un tanto aburrido y de metraje en exceso desmesurado. Dos largas horas y media que podrían haber sido aligeradas en muchos aspectos, sobre todo en esa reiteración discursiva del personaje de Lincoln.

A pesar de los pesares, y teniendo en cuenta la  importancia histórica de lo que en ella se narra, se trata de una película a tener en cuenta, tanto por la capacidad reflexiva de su director como por la deslumbrante cantidad de buenas interpretaciones que la amparan pues, aparte del citado Daniel Day-Lewis, disfrutarán de lo lindo con los trabajos, entre otros, de una soberbia Sally Field (la amargada esposa del Presidente) y un mayúsculo y sorprendente (nunca mejor dicho lo de “sorprendente”) Tommy Lee Jones, con pelucón incluido.


Que su tonillo discursivo les sea leve.

28.1.13

Días de vino y rosas


Hace unos diez años, y tras haber flirteado con el cine de animación a finales de los 80 con ¿Quién Engañó a Roger Rabbit?, a Robert Zemeckis le entró la pájara por entrar a saco en eso de la animación vía motion capture. Su primera intentona fue con Polar Express, título al que siguieron Beowulf y Cuento de Navidad; tres productos no muy bien comprendidos que rebajaron un tanto el prestigio del realizador. Ahora, una vez decidido a aparcar a un lado su neura (espero que pasajera), regresa al cine con personajes de carne y hueso. Y lo hace a través de El Vuelo, un brillante film que navega entre la producción made in Hollywood y el cine independiente.

Con El Vuelo, Zemeckis se reafirmarse como gran cineasta y, al igual que hicieran antaño otros directores (como por ejemplo Blake Edwards con la magistral Días de Vino y Rosas), se aparta de su faceta más comercial y abierta para enfrentarse a un tema tan duro como el del alcoholismo y las drogodependencias. Para ello se vale de Whip Whitaker, un experto y habilidoso piloto aéreo de una línea comercial quien, una buena mañana y tras una de tantas noches de borrachera, al mando de un avión en malas condiciones mecánicas y con la resaca a cuestas, logra hacer un milagroso aterrizaje forzoso.


La cinta, más que en la investigación pertinente al suceso, se centra en la figura de ese piloto pillado por el alcohol. Un Denzel Washington fuera de serie, digno de hacerse con el Oscar de este año, es el encargado de dar vida al comandante Whitaker, un hombre que niega su adicción y que, ante la posibilidad de ser llevado a los tribunales, intentará dejar la bebida para siempre. Pero la tentación y la ansiedad por volver a las andadas serán demasiado fuertes como para cumplir con su propósito.


Todo un festival Washington perfectamente arropado por un envidiable plantel de secundarios, de entre los que destacaría el magnífico trabajo de Keilly Reilly, esa heroinómana que decide compartir su vida sentimental y “desenganche” con Whitaker y, ante todo, el de un deslumbrante  y "satánico" John Goodman quien, con sólo dos únicas apariciones (¡atención a su segunda aparición!), logra darle un puntito de humor (políticamente incorrecto) a una historia ciertamente desgarradora.


Casi 140 minutos de proyección de los que no sobra ni un solo segundo. Cuanta información vierte, escena a escena, es válida al cien por cien, desde la espectacularidad del accidente aéreo a esa parte más intimista en la que profundiza, con extrema seriedad, en un asunto tan delicado como el del alcoholismo, al tiempo que consigue que el espectador empatice totalmente con un personaje a punto de lanzarse al vacío.

25.1.13

Oda al primer plano

Tom Hooper, el director de la efectiva y oscarizada El Discurso del Rey, ha sido el responsable de llevar a la gran pantalla LosMiserables, la adaptación cinematográfica de uno de los musicales más exitosos y populares de las últimas décadas, osado por ponerle música a la célebre obra de Victor Hugo y sorprendente por su imaginativo despliegue escenográfico.


Pues bien, ahora llega Hooper , un tipo que demostró su profesionalidad tanto en la citada El Discurso del Rey como en The DamnedUnited y, con su rácana revisión de Los Miserables, pierde todo el prestigio alcanzado de un solo plumazo. Y digo rácana porque jamás me había enfrentado a un musical tan “miserable” en imágenes, incapaz de filmar un solo número con generosos planos abiertos. En la mayor parte de su metraje, se dedica a cortísimos primeros plano mientras que, en poquísimas ocasiones y siempre recurriendo a la ayuda de descaradas cromas y retoques informáticos, se atreve a ofrecer visiones más generales.

Su historia es idéntica a la del musical original. Ha respetado el libreto teatral casi al cien por cien. Pocas variaciones musicales y argumentales (por no decir ninguna) van a encontrar en cuanto a los avatares del prófugo Jean Valjean y su eterno acosador, Javert, un atormentado policía que le hará la vida imposible. La pena es que no le haya dado más fuerza a la imagen, para así compensar una partitura musical que siempre se me ha antojado bastante insoportable. Y es que, incluso, con su falta de trempera narrativa, aún me resultan más ridículos ciertos pasajes cantados en su integridad.


La verdad es que cada vez que aparece en escena un acartonado Russell Crowe, a quien le ha caído en gracia (o desgracia) dar vida al inspector Javert, a mí, particularmente, se me escapa la risa tonta. Es tan grotesco que incluso, con su papel, hace un poquito más naturales al resto de personajes. Un Crowe al que Hugh Jackman, por su esfuerzo en darle veracidad y humanidad al rol de Valjean, se lo come con patatas. Aunque quien de verdad destaca por encima de todo el casting es una admirable Anne Hathaway, la enfermiza Fantine y madre de Cosette, actriz que consigue el único momento interesante y emotivo del film con la interpretación del tema I Dreamed A Dream.


Un punto y aparte merece la rocambolesca y apayasada pareja compuesta por un insoportable Sacha Baron Cohen y una Helena Bonham Carter que, por su vestuario y pinta, parece totalmente escapada de SweeneyTodd (¡esa si que era una excelente adaptación de un musical!); pareja cuyos números musicales (y además bailados) han sido filmados como meros vídeo-clips.


Una película soporífera. Dos horas y media interminables y aburridísimas, amén de ridículas. Mucho talento reunido para tan poca chica. Y es que, repito, ¿a quién narices se le ocurre rodar un musical con tantísimos primeros planos? En definitiva, una revolución francesa de opereta que no va más allá del plano corto y cerradísimo.

23.1.13

Reciclando, que es gerundio


Tarantino está que se sale. Él va a lo suyo y, con Djando Desencadenado, sigue aproximándose al cine más popular, a ese cine de barrio que, entre otras muchas cosas, hizo grande un género como el del spaghetti western. Y lo hace a través de una más de tantas secuelas falsas que, en la época, se realizaron a partir del título del Djando de Sergio Corbucci.

Aquí Django (“pronúnciese con la D muda”) es un hombre de color que, tras haber sido liberado como esclavo por un dentista reconvertido en cazarrecompenas, se aliará con éste con una única intención: la de salvar de las garras del hombre blanco a su amada esposa.

La venganza, al igual que en Kill Bill, vuelve a ser el tema central; una venganza que se mezcla con una ácida crítica a la época del esclavismo y las plantaciones de algodón en el sur de los EE.UU., justo un par de años antes de empezar la guerra civil. Para ello, el director urde una trama sencilla y efectiva, en nada complicada. Divide la película en dos claras mitades: en la primera, se acerca al trabajo de los dos cazadores de recompensas y, en la segunda, a partir de la aparición del malvado personaje al que da vida un contundente Leonardo DiCaprio, se adentra en el núcleo de la revancha y el rescate de su mujer.

Casi tres horas de proyección que pasan en un abrir y cerrar de ojos. Su guión destila cinismo y sentido del humor; mucho sentido del humor (como referencia, resaltar el pasaje de los encapuchados del Ku Klux Klan, todo un guiño al cine de los Monty Python, o la fabulosa escena inicial). Más cercano a la comedia que en anteriores trabajos suyos, sigue siendo fiel a esos diálogos tan particulares que ya se han convertido en aclamada marca de la casa y, por descontado, a ese toque de violencia que, de tan exagerado, resulta perversamente divertido.

El cine del realizador de Pulp Fiction tiene personalidad propia. Continúa rompiendo límites, tanto literales como visuales, y se alimenta de un sinfín de homenajes musicales y cinéfilos de todo tipo, incluida una aparición estelar de Franco Nero, el Django del Corbucci de 1966. Está claro que al hombre le encantan las referencias y que, a través de ellas, demuestra su sabiduría y brillantez.


Quizás no sea la película más redonda de su carrera, pero sí una de las más atractivas de la cartelera actual. Tiene ritmo, no aburre en absoluto, vuelve a colocar al western en el lugar que se merece y, de propina, cuenta con un montón de interpretaciones de órdago, empezando por el ya citado DiCaprio y acabando por ese esclavo sumiso, perverso y lameculos que construye de forma genial un Samuel L. Jackson fuera de serie, sin olvidar, por supuesto a un sobrio Jamie Foxx (el Django protagonista) quien, por desgracia, se ve un tanto desdibujado por la solidez (eso sí, un tanto truculenta) de un tipo como Christoph Waltz, ese nazi repulsivo de Malditos Bastardos reconvertido, para la ocasión, en un dentista alemán metido a digno cazarrecompensas.


Qué bien se le da a Quentin Tarantino eso de reciclar géneros referenciales. Les lava la cara, los pule y los potencia a la máxima expresión. Y además, entretiene. Quiero más películas como ésta.

18.1.13

Virgen a los 40


Las Sesiones es un film pequeño, aunque grande en exposición, humanismo y en el modo de afrontar un tema tan peliagudo como el del sexo en el mundo de los minusválidos. Dirige Ben Lewin, un hombre nacido en Polonia, hijo de emigrantes australianos y afincado en los Estados Unidos.

Siguiendo los pasos de la reciente Intocable, Las Sesiones cuenta la historia real de Marc O’Brien, un hombre de 38 años que, afectado de polio a temprana edad, lleva toda su vida dependiente de un pulmón de acero. Su cuerpo, de cuello para abajo, está totalmente impedido, aunque no ha perdido la sensibilidad, con lo cual tiene las mismas necesidades sexuales que el resto de adultos. Sus atípicas y calentorras confesiones con un párroco muy especial y la tanda de sesiones que vivirá con una terapeuta sexual, le darán un tono muy distinto a su complicada existencia.


Ambientada en los años 80 en la ciudad de Boston, la cinta de Lewin, al igual que la citada Intocable, rehúye cualquier tipo de moralina y apuesta por la comedia. Una comedia tierna y emotiva que, inteligentemente, se aleja en todo momento de provocar la lágrima fácil en el espectador. Apuesta por el positivismo y el sentido del humor, al tiempo que se acerca a la religión desde una óptica crítica aunque no destructiva.

  
De narrativa ágil y yendo al grano en todo momento, la película, aparte de su excelente guión y sus brillantes diálogos, se apoya en el trabajo de tres actores de solemnidad: John Hawkes, rompiendo con sus habituales personajes oscuros (recuerden su inquietante rol en Winter’s Bone), se transforma en ese magnético Marc O’Brien que, desde su invalidez, lucha por vivir su sexo y perder la virginidad al igual que cualquier otro hijo de vecino; una inmensa Helen Hunt (merecidamente nominada al Oscar por esta interpretación) que, de forma valiente y sin tapujos (casi con 50 tacos a sus espaldas, no hace remilgos por mostrar su cuerpo desnudo), se mete en la piel de Cheryl, esa “sustituta sexual” que, a través de sus sesiones terapéuticas, se ganará el corazón de su cliente y, por último (sin olvidar por ello a un buen número de secundarios espléndidos), un "rumboso" William H. Macy dando vida a un insólito párroco que se convierte en el consejero y amigo del postrado O’Brien.


No más de hora y media de proyección al servicio de un producto agradable, sencillo, divertido y efectivo; diría yo que casi, casi, imprescindible. En los tiempos tan oscuros que vivimos, bien vale la pena dejarse llevar por las emociones que desprenden Las Sesiones. Y es que un buen chute de pragmatismo y buen rollo nunca va nada mal.