15.10.12

SITGES 2012: Jornada 2 (niños enfermos, gafapastadas de tomo y lomo, chinos saltarines, humillaciones perversas, teenagers colgados y émulos de Bonnie and Clyde)

El viernes 5 de octubre estuvo marcado por una sobrecarga de cine. La cosa empezó muy temprano, a eso de las 8 y media de la mañana, con Insensibles, una coproducción entre España, Francia y Portugal dirigida por Juan Carlos Medina. La cinta propone un acercamiento distinto a la guerra civil y a la postguerra española, de tono fantástico y terrorífico, a través de un centro médico en el que están internados (o mejor dicho, encerrados a cal y canto) varios niños que sufren de un mal que les hace insensibles al dolor. Un film estremecedor y de mal rollo, perfectamente estructurado y ambientado, que mezcla el horror del nazismo, con enfermedades incurables y torturas espeluznantes. Muy capaz de crear ambientes tensos y cargados de una atmósfera insana, ofrece al mismo tiempo una buena interpretación de Alex Brendemühl. Lástima que el realizador, en su desmesura, pierda los papeles en sus nada convincentes y desmadrados minutos finales.


La mañana siguió con la primera paja mental del certamen y que, con posterioridad, se hizo con los premios a mejor película y dirección, entre otros. Se trata de la para mí insufrible Holy Motors, una soberana y aburridísima pedantería del francés Léos Carax. Una fábula onírica (¿o una colgada indignante?) que, siguiendo al pasajero de una limusina en su larga travesía por las calles de París, hace un recorrido por los distintos roles del ser humano, tanto en la vida como en la muerte. Soledad, amor, sexo, violencia, hastío, cotidianeidad… Centenares de conceptos amontonados sin orden ni concierto. Hasta juraría que hace un par de homenajes velados a El Planeta de los Simios y al Cars de la Disney… ¿o no?. Pues eso: que el Carax va de inteligente, lo sabe todo y se atreve con todo. El gurú del cine actual. Para impartir su clase magistral se vale de Denis Lavant (el tío al que Eva Mendes se la pone palote), su claro alter ego, un actor (cargante) que representa a varios personajes diferentes a lo largo de sus dos interminables horas de duración. Rayando el más gusto en algunos episodios (ciertamente desagradable el protagonizado por la Mendes) y tremendamente irritante en otros (ese número musical interpretado por Kylie Minogue en plan peli del Jacques Demy), la cinta fascinó a unos e irritó a otros (entre los que estoicamente me cuento). Los “fascinados” dicen que se trata de una provocación artística dotada de gran sensibilidad; personalmente prefiero calificarla de postalita turística parisina disfrazada de gafapastada con ínfulas.


Después la cosa siguió de manera más desenfadada, aunque sin aportar nada bueno ni interesante. Para cortar por lo sano con los efluvios intelectualoides soltados a diestro y siniestro por Holy Motors, una tontería, sin pies ni cabeza, dirigida por Tsui Hark, Flying Swords of Dragon Gate. Una chinada de mucho cuidado, con catanas a granel, artes marciales, arqueros y tiparracos suspendidos en el aire dándose sonoros mamporros. Para matar dos horas perdidas y olvidarla luego por completo. No hay más. A excepción del uso del 3D, nada nuevo a resaltar en el cine del realizador vietnamita. O sea: historia cero, nula coherencia argumental y una realización bastante desastrosa, sólo salvada por los abusivos efectos del citado 3D. Un festival de hostias y un poco de magia potagia en la China de finales de la dinastía Ming.


Por fin, por la tarde, el día nos deparó una buena sorpresa con Compliance, lo mejor de la irregular jornada. Un film indi que, a pesar de proyectarse en horas difíciles (ya saben, tras la comida hay un claro peligro de siesta inminente), mantuvo al personal totalmente atento a la pantalla del Auditorio. Procedente de Sundance, basado en un caso real (¿por eso competía en la sección oficial de cine fantástico?) y contando con un escenario casi único -la trastienda de una hamburguesería en la América profunda-, se trata de un producto tan tenso como claustrofóbico cuyo destacable crescendo narrativo logra arrinconar del todo su posible vena reiterativa. Su director, Craig Zobel, para contar una historia en donde la humillación humana y las relaciones laborales juegan papeles importantes, parte de la llamada telefónica que realiza un supuesto agente de policía a la encargada del local, alertándola de que una de sus empleadas ha sido acusada de un delito de hurto por parte de una cliente. Lo que empieza como un simple aviso, acabará traspasando todo tipo de líneas morales. Un reparto efectivo (del que cabe destacar a la joven Dreama Walker) al servicio de un thriller cargado de fuertes aires melodramáticos y de una contundente crítica social. Por cuestiones culturales, al espectador español es posible que le cueste creer del todo el caso que expone… pero en los EE.UU., tal situación, ha sucedido en más de 70 ocasiones. Lástima que la película no haya sido recompensada de ningún modo durante la entrega final de premios.


John Dies At the End es una insignificante comedia de género dirigida por uno de los iconos de la serie B de los 80 (y casi, casi, diría que Z), Don Coscarelli, el artífice de Phantasma (y secuelas) y El Señor de las Bestias (y secuelas). La película, banal en donde las haya, es de esas que se olvidan totalmente a la media hora de haberla visto. Amparándose en una serie de episodios fantásticos nacidos en Internet y protagonizados por un par de adolescentes enganchados a una droga alucinógena, el film acerca al espectador hasta un universo plagado de situaciones surrealistas y a cual más estúpida, en donde seres monstruosos y conspiraciones satánicas danzan a su antojo. Un delirio vacío del que sólo despuntan un par de gags y la fugaz presencia de Paul Giamatti. Muy poco ha avanzado el amigo Coscarelli desde su debut con la citada Phantasma. A pesar de querer amoldarse a las nuevas tendencias, su cine sigue siendo igual de cutre. Me parece que ni los frikis celebraron en exceso su nuevo título. Pasto de estanterías de vídeo-club.


Y ya en sesión golfa en el cine Prado, en el corazón de Sitges y rematando la ardua jornada, una comedia ácida e independiente, totalmente crítica con el mundo de la televisión actual. Su título, Good Bless America; su director, un tal Bobcat Goldhwait. Lo mejor de la cinta estriba precisamente en su citado espíritu crítico y, ante todo, en sus compactos y gamberros quince minutos iniciales. Después, la cosa decae y se convierte en una reiteración continua, en donde el tópico termina por llevarse el gato al agua. La cinta, entre coñas a espacios televisivos al estilo de Tú Sí Que Vales y reality shows varios, se centra en la violenta alianza formada entre un hombre divorciado, amargado y sin empleo y una joven menor de edad quienes, en sus acciones, y erigidos en peculiares defensores de la “moralidad”, emulan a la mítica pareja compuesta por Bonnie y Clyde. Siempre rozando la provocación y la incorrección política, pero sin atreverse a entrar a saco en ningún momento. Un quiero y no puedo que acaba defraudando. Y más a altas horas de la madrugada.


To be continued…

2 comentarios:

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Pedazo de crónica que has urdido, compa Spaulding; cochina envidia la mía, de no haber podido estar ahí, disfrutando de esas mieles festivaleras, y gozoso comprobar cómo la de Sitges sigue siendo una de esas programaciones solo aptas para, dentro de una concepción amplísima del género, estómagos muy glotones (eso que comúnmente se llama cinéfagos...).

Un fuerte abrazo y seguimos leyendo.

Manuel Márquez Chapresto dijo...

Ah, oye, y lamento lo de la pérdida de comentarios que acabo de leer en el lateral del blog: muy blade runner...