

Tierna, emotiva e incluso divertida, María y Yo se aproxima al autismo de forma totalmente distinta a lo visto hasta ahora. Lo hace de manera natural, sin miedo y de frente, filmando a padre e hija durante unas vacaciones en un hotel canario lleno de guiris a rebosar. La empatía que existe entre ambos resulta difícil de explicar. Es tan grande que cualquier adjetivo para magnificarla quedaría pequeño.
Gallardo, ese enfant terrible capaz de crear un tipo tan underground como el sempiterno Makoki, deja a un lado su disfraz de gamberro oficial del reino para mostrarnos una faz mucho más humana y sensible. El rollo que se lleva con su hija va de un palo mucho más cercano y totalmente cariñoso, aunque sin olvidar jamás su sentido del humor y su gran pasión por el dibujo, una manera especial, esta última, de comunicarse con el particular universo de María.

Los paseos matutinos, los baños en la piscina del hotel, las comidas (todo un ritual para la niña) o el puro recordatorio, por parte de ella, de un montón de nombres archivados en su cabecita en perfecto orden, sólo reflejan algunos de los actos diarios y normales que -acompañados por la voz en off del propio Gallardo o de entrevistas a May- ayudan al espectador a entender mejor el particular imaginario de María y su enfermedad.

No la dejen escapar. Reirán, se emocionarán y conocerán mucho mejor el concepto “autismo”. Sólo les puedo decir que María ha tenido la gran suerte de tener unos padres como Miguel y May, capaces de volcar todo su amor y comprensión hacia ella.
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