De vez en cuando, la vida nos ofrece pequeñas joyas en bruto capaces de superar cualquiera de las grandes obras maestras de la comedia cinematográfica. Ahí abajo tienen un magnífico ejemplo.
23.9.15
27.8.15
Cómo evitar la putrefacción del agua
Desde el 2010, año en que realizó la irregular y un
tanto soporífera Amador, Fernando León de Aranoa no había vuelto a dirigir
ningún largometraje. Ahora, 5 años después, lo hace con Un día Perfecto, uno de
los mejores trabajos de su carrera tras la estimable Los Lunes al Sol.
Basada en la novela de Paula Fairas Dejarse Llover,
Un Día Perfecto nos narra las vicisitudes por las que pasarán un grupo
de cooperantes que, durante el ocaso del conflicto de Los Balcanes y ante las
continuas e ilógicas trabas impuestas por los Cascos Azules, se disponen a
sacar un cadáver de un pozo que alguien ha tirado para dejar sin
abastecimiento de agua a los vecinos del lugar. Lo que podría ser un trabajo
muy sencillo, acabará convirtiéndose en una pesadilla para esa cuadrilla de personas bienintencionadas.
León de Aranoa se aproxima a un tema duro pero que,
con una esplendidez narrativa y argumental, sabe maquillarlo con un muy
particular sentido del humor; negro, muy negro, pero sentido del humor al fin y
al cabo. Con cuatro trazos perfectamente definidos de guión (escrito, mano a
mano, por el propio director y Diego Farias), define perfectamente a sus cuatro
protagonistas principales (tres hombres y dos mujeres) quienes, en busca de
soluciones para extraer al finado del interior del pozo, recorrerán una buena
parte del territorio a bordo de un par de jeeps y en compañía de un niño que ha
sido agredido por otros muchachos.
Llena de situaciones tan esperpénticas como
magnéticas y adornada con un sinfín de brillantísimos (e ingeniosos) diálogos,
transcurre un film ágil y capaz de atrapar al espectador en su trama desde su
primera e impactante escena.
Buena parte del magnetismo de Un Día Perfecto radica
en el personaje de un sobresaliente Benicio del Toro en una de las mejores
interpretaciones de su extensa filmografía, mostrándose capaz de dotar de una
profunda entidad a “Mambrú”, el cooperante al que da vida y que, a través de su
arrolladora presencia, hace que las también buenas actuaciones de sus
compañeros queden hasta incluso un poco deslucidas. Y eso que tanto Tim Robbins
como Olga Kurylenko y Mélanie Thierry bordan igualmente sus respectivos roles.
No les chafo más la historia. Mañana mismo se
estrena en nuestro país. Disfrútenla y descubran de qué modo, una historia que
podría haber resultado de lo más deprimente y angustiosa por su temática, deriva
hacia un film entretenido e incluso, por momentos, divertido, aparte de contener un final tan sorprendente como esperanzador. Y
acérquense a ella, a poder ser, en su versión original subtitulada, condición casi indispensable para su mayor complacencia.
Una de las mejores cintas de este verano. Ya
empezaba a echar en falta el buen cine que, en general, nos ofrecía Fernando
León de Aranoa. Y ahora, vuelve a estar en forma.
21.8.15
Destrozando al agente de C.I.P.O.L.
Ya a muy
temprana edad era un niño enganchado totalmente a una serie televisiva. El Agente de C.I.P.O.L. (pésima traducción española de The Man from U.N.C.L.E.) me
tenía robado el corazón. A mí y a mi primo Pere. Ambos nos desvivíamos por las
aventuras, un tanto surrealistas y en clave de comedia, de Napoleón Solo e
Illyia Kuryakin (interpretados, respectivamente, por Robert Vaughn y David
McCallum). Tan grande y desorbitada era nuestra pasión por ese par de agentes
secretos que, entre nuestros juegos, nos inventábamos historias electrizantes
que representábamos cada dos por tres de forma muy vivida. Mi primo, de cabello
rubio, era Kuryakin y yo, castaño y con barbilla prominente (como Vaughn) era Solo.
Y ahora, unos 50 años después de haber disfrutado con los hombres de C.I.P.O.L.
(o, mejor dicho, U.N.C.L.E.), llega el tarambana de Guy Ritchie con su particular (y más bien
desastrosa) revisión de la serie y, desde Operación U.N.C.L.E., se carga de un
plumazo todos mis recuerdos infantiles.
Ritchie
afronta la serie reinventándose a sus personajes. Es más, buscando los inicios
de sus dos protagonistas, se monta una trama en la que Napoleón Solo e Illyia
Kuryakin aún ni siquiera pertenecen a la organización U.N.C.L.E. Ambienta su
cosa (porque a esta cinta sólo puede tildársela de “cosa”) en los años 60, en
plena Guerra Fría. En este aspecto, al menos ha sido respetuoso con la serie,
cuya primera temporada data de 1964. A Napoleón le convierte en un agente de la
CIA y a Illyia en uno de la KGB. Ambos, tras haberse conocido de forma violenta
y acelerada en el Berlín dividido por el muro, habrán de trabajar conjuntamente
en una misión, en tierras europeas, para rescatar a un científico secuestrado
por una organización criminal dispuesta a hacer grandes tropelías a nivel
mundial. La hija del científico se convertirá en el señuelo que utilizarán los
dos espías para infiltrarse en la organización.
En su
desmesura visual habitual, Ritchie olvida que el principal cometido de la “cosa”,
es entretener, gastando todas sus energías en el envoltorio y en la perfecta
ambientación de una época. El contenido, en cambio, resulta de lo más vacío y
estúpido que uno se puede tirar en cara. Las escenas de acción (siempre
sincopadas, como es su estilo) están metidas a cuentagotas, mientras que sus
personajes se desmoronan por una falta tremenda de definición, insistiendo única y exclusivamente en
las divergencias que pueden surgir entre un norteamericano y un ruso de esos tiempos (o sea,
entre Solo y Kuryakin). Vaya: barato, barato, barato.
Sus chistes
son de lo más básico (y no para de colárnoslos a cada mínima ocasión),
mientras que la utilización de su banda sonora es de lo más patético y forzado:
una recopilación de temas musicales, de todo tipo, que no cuadran ni a tiros con
lo que sucede en pantalla y, entre los que se encuentran a faltar, una mínima
referencia sonora al excelente tema principal que compuso Lalo Schifrin en su
día para la serie televisiva. Ni ese detallito ha tenido para compensar el vergonzoso desmantelamiento del C.I.P.O.L. original. De juzgado de guardia.
Y ya, por si
fuera poco, ni siquiera ha tenido vista para elegir a unos actores adecuados
para representar a esos genuinos agentes secretos. Más que actores, ha echado
mano de unos actorcillos de tres al cuarto. Para el papel de Napoleón Solo ha
contado con Henry Cavill, ese desaborido Superman de El Hombre de Acero que
cada día recuerda más físicamente a Toni Cantó (ya es desgracia la suya, ya),
mientras que para el rol de Kuryakin lo ha hecho con Armie Hammer, un tipo que
de forma cantarina fuerza su acento inglés para parecer ruso y que acaba
convirtiendo al pobre de Illya en un espía descerebrado, impulsivo y forzudo. Qué pena, qué
pena… No suficiente con eso, les coloca de partenaire a Alicia Vikander para
dar vida a la hija del científico desaparecido, una chica tan rematadamente
sosa como sus dos compañeros de interpretación. De propina, para adornar y
darle un poco de solvencia a la “cosa”, aparecen un arrugadísimo Hugh Grant y el
cada día más en alza Jared Harris quien, como siga metiéndose en productos como
éste, acabará arruinando su carrera.
Voy a por mí
medicación. Es lo único que puede recuperarme de tan horrenda experiencia
cinematográfica. Caca de la vaca.
¡Viva el
C.I.P.O.L. original!
19.8.15
Dinosaurios agotados
Los dinosaurios de Steven Spielberg están agotados.
La franquicia iniciada por Spielberg en la brillante Jurassic Park ya no da más
de sí. Está consumida. Tras un episodio inicial de lo más potente, una segunda
entrega (El Mundo Perdido) más o menos conseguida y un irregular tercer
capítulo en forma de serie B (Jurassic Park III), 14 años después de este último, el Rey Midas del
Hollywood actual vuelve a asumir las funciones de productor para endilgarnos un
nuevo título de esta saga: Jurassic World, una secuela que demuestra que ya
todo está inventado en el universo de los dinos.
Para tejer esta cuarta parte, se ha colocado tras la
cámara a Colin Trevorrow, todo un hombre de paja cuyo único aval anterior es una
banalidad llamada Seguridad No Garantizada; un realizador dispuesto a seguir
las indicaciones del amo para montar una especie de fotocopia del primer
Jurassic Park, pero sin la fuerza ni la originalidad de éste. Las únicas
diferencias estriban en que el parque temático ya está en pleno funcionamiento
y que, entre las diversas especies animales prehistóricos, figura un nuevo
monstruo, el Indominus Rex, una mezcla genética e inmensa de varios tipos de
dinosaurios.
Y, a partir de aquí, más de lo de siempre. Dos niños
(hermanos, como en la primera) en peligro constante, fallos en los sistemas de
seguridad del parque, muchas carreras huyendo de los bichejos liberados y, ante
todo, un sinfín de efectos informáticos para dar vida a todo tipo de animalejos sedientos de carne humana. Y, ¡cómo no!, no podían faltar un considerable número
de guiños a las anteriores entregas, a cual más forzado e innecesario.
No se puede negar que, a pesar de sus defectos, que
son muchos (demasiados), la cinta funciona como un entretenimiento espléndido
para los palomiteros del lugar. Trivial, pero entretenimiento al fin y al cabo.
No aburre, pero no ofrece nada nuevo, al tiempo que aturde al espectador con
una troupe de personajes de lo más simplones y en nada desarrollados, empezando
por los dos hermanitos de marras (el pequeño resulta de lo más repelente), su
tía (una especie de Barbie reciclada en alto cargo del parque temático) y un émulo intrépido de Indiana Jones (el Chris Pratt de la estimulante Guardianes de la Galaxia) reconvertido en educador de los inefables y emblemáticos T-Rex.
Y ya, para acabar de desmontar el invento del todo,
déjenme que me cebe en su ridículo y absurdo clímax final y, ante todo (para
los que ya lo han sufrido), en el momento crucial en que nuestra estimada
Barbie (una desaborida Bryce Dallas Howard), calzada con unos taconazos de aúpa,
se monta una carrera descomunal portando una antorcha en una de sus manos. No
les digo más. Los guionistas ya no se saben qué coño hacer para llamar la
atención.
Por desgracia, me temo que este no es el final de la
saga. Seguro que caen unas cuentas entregas más. Les dejo. Me voy a tomar la medicación y a dar de
comer a mi pterodactylus.
12.8.15
Desarticulando el IMF
El agente
Ethan Hunt y su grupo especial del IMF (que no del FMI, por suerte) vuelven a
la carga con una nueva y trepidante aventura en la quinta entrega de una saga
que, con el tiempo, ha acabado compitiendo directamente con otra franquicia
multimillonaria y de características similares, la de James Bond. Misión: Imposible – Nación Secreta es su título.
Después de
haber dirigido las anteriores entregas de la saga gente como Brian de Palma,
John Woo, J. J. Abrams y Brad Bird, ahora le toca el turno a un director con
menos entidad que los citados: Christopher McQuarrie, un tipo cuyo principal
mérito es haber dirigido Jack Reacher, una entretenida cinta de acción
protagonizada por Tom Cruise y, ante todo, de haber escrito los guiones de
trabajos como Al Filo del Mañana o Valkiria, entre otros. O sea, un hombre
Cruise en toda regla; un realizador que le va como anillo al dedo a su
protagonista y, en este caso, productor de la cinta.
Misión:
Imposible – Nación Secreta es más de lo mismo. Pero con fuerza, estilo y un
estimulante sentido del humor heredado, directamente, de su anterior capítulo,
ese Protocolo Fantasma que, de la mano de un Brad Bird reciclado del cine de
animación, convertía a los héroes del IMF en verdaderos personajes de un
cartoon de lo más pasado de rosca.
En esta
ocasión, tras un prólogo vertiginoso y espectacular al más puro estilo 007, el
agente Ethan Hunt, al que se da por desaparecido, sigue adelante con una misión
que tendría que haber abortado tras haber sido desarticulado su adorado IMF por
estamentos superiores. Una intriga en la que se mezclan, como siempre, dobles
agentes, crímenes y persecuciones de todo tipo, incluidas las de moto (en claro
guiño a la peor entrega de la serie, M.I. 2, la de John Woo).
Comparado
con su anterior capítulo (el de Bird) quizá éste sea un tanto menos acelerado pero, a pesar de ello, continúa siendo vibrante y con
momentos del mejor cine de acción palomitera del que podemos disfrutar en la
actualidad.
Apoyado a la
perfección por Jeremy Renner (el hombre más cerebral del grupo), Simon Pegg (el
agente torpe aunque efectivo) y un tanto destartalado Ving Rhames, Cruise (aún
estando cada día físicamente más chaparro y narigudo) sigue asumiendo a la
perfección el rol de Ethan Hunt y quien, a pesar de su indiscutible condición
de estrella (y de productor al mismo tiempo), parece haberse aprendido la
lección y se muestra capaz de no robar tantas escenas y planos al resto del
equipo como hacía anteriormente, incluida la novedad de una resultona y eficaz Rebecca Fergusson en el
rol de una mujer todoterreno y un tanto destroyer, tras la que se esconde uno de
los misterios de la cinta. Y, de propina, un Alec Baldwin (recién salido de
Torrente 5) en plena forma.
A
disfrutarla: 131 minutos de entretenimiento puro que pasan en un abrir y cerrar
de ojos. Lo de menos es su argumento; lo mejor es la sobredosis de adrenalina que
nos ofrece.
7.8.15
Buscando a Margo
Pues nada,
que estoy aquí de nuevo dispuesto a hablarles de cine, tanto de las novedades
como de aquellos títulos que se han quedado en el tintero durante el largo
parón estival, así como de los clásicos de toda la vida. Y, para empezar, un estreno que llega hoy mismo a nuestras
pantallas: Ciudades de Papel.
Jake
Schreirer, el director de la funcional y correcta Un Amigo Para Jack, adapta
para el cine Ciudades de Papel, una novela de John Green, el mismo autor de
Bajo la Misma Estrella, libro que también fue llevado a la pantalla grande por
Josh Boone, con cierto éxito, la temporada anterior.
En este
caso, y huyendo del tono lacrimógeno del film que inundaba la mayoría de
pasajes del film de Boone, Schreirer apuesta por un tono más ligero para narrar
lo que, en un principio, podría ser una nueva y tópica historia iniciática. Y
digo que “podría ser” porque huye de la típica narración de este tipo de
productos y se decanta por una mezcla (bastante efectiva) entre la comedia
adolescente (incluidos sus toques de humor grueso) y el cine de connotaciones
indies.
Ciudades de
Papel nos habla del paso de la niñez a la adolescencia a través de las
vivencias del joven Quentin, un chico que toda su vida había estado enamorado
en secreto de su vecina Margo y que, tras varios años sin haber estado en
contacto directo con ella, vivirá a su lado una noche mágica en donde la
aventura y el misterio primará por encima de toda; una noche que le dejará
marcado para siempre ya que, a la mañana siguiente, Margo desaparece por
completo. Es, a partir de entonces, cuando Quentin, en compañía de sus amigos de
escuela, decidirá iniciar la búsqueda de la muchacha basándose, única y
exclusivamente, en varias pistas que, a modo de puzle, ella ha ido dejando.
La cinta, de
agradable visionado ante todo en su primera parte, se vuelve un tanto monótona
y reiterativa en su sprint final, tanto por su contenido como por su modo de
estar contada ya que, en los momentos que la cosa demanda más profundidad
narrativa, su realizador parece distanciarse un tanto de sus personajes y de
sus situaciones; unas situaciones que, por momentos, rozan curiosamente el puro
surrealismo (tal y como sucede, de forma divertida, con los Papá Noel negros
que coleccionan los padres de uno de los colegas de Quentin).
Y allí,
dominando todo el cotarro, la verdadera alma de la película, el joven y
brillante Nat Wolff quien, con su particular actuación, hace totalmente creíble
el papel del inseguro aunque decidido Quentin, ese chico que está dispuesto a
todo con tal de conseguir encontrar el amor de su vida. Todo lo contrario de lo
que ocurre con Cara Delevingne, una belleza muy al estilo de la Mariel
Hemingway de los 70, pero que, con su frialdad interpretativa, lo único que
consigue es que el espectador se distancie de un personaje que tendría
que ser mágico y encantador.
Una manera
distinta de contar una historia teen e iniciática: aventura, comedia, un mucho
de road movie y un ligero toque de ingredientes del más puro indie. Lástima que
la cosa no acabe de funcionar al cien por cien.
10.7.15
Y de repente... el último verano
Verano. Calor. Vacaciones. Falta de concentración.
Vaya, un poco de todo. Y, de propina, durante el mes anterior, estuve ocupado
ejerciendo como miembro del jurado del Cryptshow, un festival de cortometrajes
de cine fantástico y de terror de Badalona que celebraba su novena edición
del 1 al 4 de julio. O sea, que me pasé medio mes ante el ordenador visionando
la tira de cortos de la sección oficial.
Como ven, no estaba muerto, estaba de parranda.
Ahora, justo en estos días, estoy en plenas vacaciones laborales. Dentro de muy
poco, cuando haya recuperado fuerzas, volveré a darles la tabarra. Mientras, pienso
disfrutar de este calor insoportable que me derrite el cerebro y de mi tiempo de asueto. No les olvido.
Por si se quieren distraer y chafardear un poco, les
dejo el link del Cryptshow, a cuyos responsables agradezco enormemente el haber
contado conmigo y a quienes dejo un sonoro beso en la frente.
Y a ustedes, sufridos lectores, les deseo un muy buen
verano. Y vayan por la sombra.
Hasta dentro de unos días.
25.6.15
No hay dos sin tres... ni sin cuatro
Y de una sola tacada, se nos fueron todos ellos:
Descansen en paz.
James Horner: con su música hundió el Titanic y enfrentó a la Weaver con una caterva de aliens.
Laura Antonella: mito erótico de los 70 que puso a cien a los más calentorros de la casa.
Marujita Diaz: de hacer extrañas circunvalaciones con sus ojos, con los años pasó a convertirse en la hermana mayor de Carmen de Mairena.
Dick Van Patten: alcanzó la fama mundial dando vida al orondo padre de la mítica y azucarada serie televisiva Con Ocho Basta.
Descansen en paz.
12.6.15
27.5.15
Tiempo de silencio
Hace ya la friolera de casi treinta años y durante
una noche de luna caliente, tuve la oportunidad de entrevistarle en directo en
el programa Travelling de la desaparecida Radio Clot de Barcelona, con motivo del
estreno de su película Tiempo de Silencio. Esa noche, con su presencia y su
sempiterno puro humeante (pues en esos tiempos aún se podía fumar en espacios
cerrados), descubrí la mirada del otro en ese intruso que atendía por Vicente Aranda; una mirada que dejaba adivinar la pasión turca que sentía por cierta mujeres,
a poder ser libertarias, desde la mítica Fata Morgana, pasando por la Carmen de
Mérimée y terminando con la mismísima Juana la Loca, sin olvidarse, por
supuesto, de su estimada Fanny Pelopaja, esa dama que estuvo involucrada en un
asesinato en el Comité Central.
Ayer, a los 88 años de edad, en compañía de los jinetes del alba y de la muchacha de las bragas de oro, nos abandonaba para
siempre. Ahora nos queda su denso legado cinematográfico, lleno de amantes de
todo tipo (incluido un amante bilingüe), mucho morbo y una buena dosis de celos.
Hoy, escuchando canciones de amor en Lolita’s Club,
el Lute, una novia ensangrentada, un grupo de mujeres crueles y un travesti que
sueña con un cambio de sexo, llorarán su ausencia. Ha llegado el tiempo de silencio.
Descanse en paz.
11.5.15
¡Basta de recortes en Sanidad!
Hipócrates no es una película más sobre hospitales. Nada
que ver con House o con esa sarta interminable de series televisivas nacidas al
amparo de Urgencias o, alejándonos en un tanto el tiempo, con Centro Médico.
Hipócrates emparenta más, por ejemplo, con esa contundente y setentera Anatomía de un Hospital de Arthur Hiller que con cualquiera de los títulos antes
citados, tanto por el dibujo de la precariedad laboral que sufren los trabajadores de la
Sanidad pública hoy en día como por ese espíritu crítico con el que su
director, el francés Thomas Lilti, afronta su segunda trabajo tras la cámara.
Los recortes presupuestarios en el sector, los
absurdos protocolos médicos a seguir que se muestran incapaces de respetar la
voluntad de los pacientes en cuanto a últimas voluntades se refiere o los
errores médicos derivados de una mala gestión hospitalaria, son sólo algunos de
los temas que trata, con contundencia, el film de Lilti, un hombre conocedor de
la materia, pues había trabajado como galeno en un centro público.
La película sigue los pasos de Benjamin (espléndido Vincent Lacoste), un joven
residente que inicia sus prácticas en el hospital dirigido por su propio padre
y que, a pasos agigantados y en compañía de otro interno procedente de Argelia, empezará
a descubrir la desidia que provoca, entre sus compañeros, la falta de recursos
económicos y sanitarios para paliar el dolor de sus pacientes. El silencio como norma por parte de
la Dirección y de la Administración ante ciertos problemas de envergadura,
agravarán los problemas de un centro sanitario totalmente inestable y en
decadencia.
Una cinta inteligente y tan honesta consigo misma
que, aparte de loanza implícita al esfuerzo del colectivo de trabajadores de la
Sanidad por realizar sus tareas bajo mínimos, no esconde, por ejemplo, que, en ocasiones, el
cuerpo médico, excepto honradísimas excepciones, se deja llevar más
por los intereses propios y de la Administración (tapando incluso sus oscuros trapicheos)
que por el bienestar de los enfermos ingresados.
Un producto necesario, valiente y, en parte,
aterrador. La Sanidad Pública, en la actualidad, está hecha una puta mierda. Y
no sólo en Francia. En España, lo que están haciendo con ella, ya es de juzgado
de guardia. No dejemos que nos la quiten para machacarnos con privatizaciones
abusivas, pues la Sanidad no es un negocio, por mucho que cuatro gángsters impresentables se
empeñen en ello. Y un buen primer paso para evitarlo, es dando soporte a este
interesante trabajo de Lilti.
6.5.15
El gran histrión
Desde que dirigió la interesante y poco apreciada
Liberty Heights en 1999, la carrera de Barry Levinson ha ido de capa caída,
excepto honradas excepciones como ese telefilme que, bajo el título de No Conoces a Jack, narraba los pormenores de la vida del Jack Kevorkian, uno de
los principales defensores de la eutanasia y al que se le conoció bajo el apodo
de Doctor Muerte, personaje que, en su día, fue interpretado de forma modélica por
un Al Pacino en plena forma. Ahora Levinson, para su nuevo film, La Sombra del Actor, se apunta al “cine de autor”, echa mano de nuevo de Pacino y nos castiga con un
soberano y pretencioso melodrama con gotitas (contadísimas) de humor negro.
La Sombra del Actor (patética traducción española de
The Humbling, o sea, La Humillación) está basada en una novela de Philip Roth
en la que se narra el descenso a los infiernos de Simon Axler, un actor de fama
internacional que, al ver como su don para la interpretación se le está
empezando a escapar de las manos, cae en una profunda depresión y, tras un intento
de suicidio durante la representación de una obra teatral, decidirá dejar la
escena para siempre, no sin antes someterse a tratamiento psiquiátrico.
El realizador de Rain Man se acerca a la trama desde
un punto de vista un tanto esotérico. Se aproxima a su personaje principal
mezclando la realidad de su vida cotidiana con las ensoñaciones y alucinadas de
un hombre que, a pasos agigantados, parece estar perdiendo la memoria. Pero
ello lo hace de forma perezosa, sin ángel, aburriendo más que enganchando al
espectador y contando, para ello, con un Al Pacino desmesurado que, para dar
vida a ese actor desesperado, recurre a una colección de tics de lo más patético
y pasado de vueltas; son tantas las ganas que el protagonista de Serpico tiene
de epatar y de traspasar límites, que el personaje de Simon Axler se le desmorona
en cada uno de sus incontrolados aspavientos.
En nada ayuda la elección de la sosísima Greta
Gerwig (a la que hace poco pudimos verla en la también insoportable Frances Ha)
para dar vida a Pegeen, una joven lesbiana que desde muy temprana edad se
sintió fascinada por el actor y que ahora, durante el retiro de éste, se muestra decidida a iniciar una relación sentimental y sexual con él; una relación a la
que se opone taxativamente la madre de ella, una actriz que en el pasado actuó
al lado de Axler y que, de pasada, sirve para que la actriz que la encarna, Dianne
Wiest, contagiada por la sobreactuación de Al Pacino, dé rienda suelta a su
histrionismo.
La Sombra del Actor o, en resumidas cuentas, el día
en que Barry Levinson decidió disfrazarse de autor y Al Pacino nos quiso
demostrar, de la peor manera posible, que aún sigue siendo uno de los mejores actores vivos de la
historia del cine. A la vejez, viruelas.
30.4.15
El buenismo del zahorí
El Maestro del Agua significa el debut tras las
cámaras de Russell Crowe quien, al mismo tiempo, carga con el papel principal
de la película, el de un zahorí australiano que, cuatro años después de la
masacre de Gallipoli durante la primera guerra mundial y azuzado tras el
reciente suicidio de su esposa, decide viajar hasta Turquía para intentar
recuperar los cuerpos de sus tres hijos que, en su día, partieron hacia el
campo de batalla.
La ópera prima de Crowe está cargada de buenísimas intenciones. De hecho, la cinta apuesta más por el humanismo y el “buenismo”
que por la épica que podría desprenderse de su historia. Pero su fuerza termina
ahí: en sus buenas intenciones. Ni el ritmo es el apropiado (pues resulta
tremendamente aburrida) ni las situaciones que describe son del todo creíbles,
tal y como sucede con la forzada y pésimamente explicada relación que surge
entre ese padre de familia desesperado por encontrar a sus hijos y la guapísima dueña del
hotelito turco en donde se aloja.
Es innegable que El Maestro del Agua tiene un inicio
cautivador, interesante y bien filmado. Después, a medida que va
entrando en materia, empiezan a aparecer grandes vacíos de guión y, lo que es
peor y a pesar de estar basada en un caso verídico, hace bastante indigerible
la concomitancia (bastante alucinada) que se establece entre el padre obstinado
y el militar turco que estuvo al mando del ejército el día de la matanza, algo
similar a lo que ocurría entre el ex militar británico que interpretaba Colin
Firth en la infumable Un Largo Viaje con el soldado japonés que le había
torturado durante su captura.
Dejando a un lado las múltiples deficiencias
técnicas que denota su filmación, así como las cantarinas cromas que utiliza en
muchos momentos de su proyección, Russell Crowe cae en la malsana tentación de,
con su personaje, acaparar la mayor parte del protagonismo de la cinta ya que,
a duras penas, no hay una sola escena en la que no salga él devorando planos a tutiplén,
un defecto en el que caen muchos de los actores cuando deciden ponerse por
primera vez a ambos lados de la cámara.
Una película bienintencionada aunque
preocupantemente cansina, cuya mejor baza la juega con la presencia (¡siempre
de agradecer!) de Olga Kurylenko, una bellísima fémina que, en los últimos
tiempos, se la están rifando varios de los directores actuales. Lo que haga, da
igual; la cuestión es que, con su rostro y su cuerpo, siempre da esplendor a un producto.
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