
El pasado domingo, a los 95 años de edad, nos abandonaba
Ernest Borgine, un secundario de lujo que acabó convirtiéndose en uno de los grandes de Hollywood. Rudo, pendenciero e incluso a veces tierno. Un tipo duro, salido del
abismo negro del
planeta de los buitres, que fue temido por el mismísimo
Barrabás. Por su carácter, formó parte de los denominados
Doce del Patíbulo, un
grupo salvaje cuyo grito de guerra fue el de
“¡esta noche vamos de guerra!”. Ellos nunca le temieron al
día del fin del mundo.
Montado en un
convoy se enfrentó al curtido
Emperador del Norte durante un
sábado trágico y bajo una
lluvia del diablo. Con
la aventura del Poseidón vivió toda una
odisea bajo el mar y después, en 1997, se apuntó a un rocambolesco
rescate en Nueva York. Posteriormente y formando parte de una
conspiración de silencio, se recluyó una temporada en la
Estación Polar Cebra, lugar en el que compartió anécdotas con
Chuka,
Johnny Guitar y
Lylah Clare, una mujer que andaba
desnuda frente al mundo.

A bordo de un
vuelo del Fénix, regresó a la civilización y se instaló en
Veracruz, desde donde se enfrentó a un peligroso grupo de
vikingos evitando que se lanzara
el último torpedo.
Al adoptar el nombre de
Marty logró su faceta más amable, lo cual hizo que tío Oscar conviviera a su lado hasta el día de su muerte.
De aquí a la eternidad. Descansa en paz,
Ernest.
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