27.4.15

La sombra de Jack Sparrow es alargada


Los tiempos de El Último Escalón o El Efecto Dominó ya le quedan lejos a su realizador, un David Koepp en horas bajas que, en su último film, Mortdecai, lo único que ha hecho es prestar (bajo mínimos) sus conocimientos tras la cámara para contentar a un Johnny Depp ansioso por seguir alargando la histriónica figura del pirata Jack Sparrow en cada uno de sus nuevos films, ya sea dando vida al indio Tonto de El Llanero Solitario o, como en el caso que ahora nos ocupa, dando forma al aristócrata británico Charlie Mortdecai, un hombre al punto de la bancarrota que, debido a sus conocimientos como tratante de arte, deberá colaborar con un agente del MI6 para localizar un valioso cuadro robado de Goya en cuya parte posterior está grabado el código de una cuenta que alberga un tesoro nazi.

La cinta, basada en uno de los tres libros de la trilogía setentera escrita por Kyril Bonfiglioli, no es más que una tontería supina, una de esas astracanadas que bien podría haber realizado Blake Edwards en el crepúsculo de su carrera ya que, en muchos momentos (demasiados), los gags que inundan la cinta nos remiten directamente a los peores títulos de La Pantera Rosa. Pero, por muy patoso que sea, ni el personaje de Mortdecai tiene el carisma de Jacques Clouseau ni Johnny Depp, en su empeño por seguir haciendo el payaso, está a la altura de ese gran comediante que fue Peter Sellers.


Un quiero y no puedo que mezcla en su trama personajes de todo tipo y condición. Espías internacionales, ladrones de arte, aristócratas de capa caída, espías internacionales, ninfómanas, terroristas rusos y mujeres de carácter fuerte, forman un cóctel pretendidamente ingenioso que, en realidad, no conduce a ninguna parte. Bueno, sí, sólo a una: a potenciar los delirios desmadrados de su protagonista principal.

Un chiste único y recurrente, siempre sobre el mostacho de Mortdecai, así como la obsesión de éste por los bigotes de otros hombres, marcan un producto que nunca se debería haber filmado. Por detrás, en segundo plano, quedan sus numerosas referencias a otra saga multimillonaria, la de James Bond, así como sus múltiples guiños a la comedia inglesa de todos los tiempos (por mucho que se haya hecho desde el punto de vista norteamericano) y, de propina, esa extraña relación de dependencia enfermiza y accidentada entre su principal protagonista y esa especie de mayordomo y guardaespaldas que le sigue a todas partes, un Paul Bettany que parece totalmente perdido en su papel; una relación que en parte, y siguiendo con las forzadas semejanzas con la serie de La Pantera Rosa, recuerdan a la simbiosis caótica establecida entre Clouseau y Cato, su asistente oriental.


Y allí, a cierta distancia, dos pesos pesados que dan la impresión de no saber a ciencia cierta qué coño pintan en el invento orquestado a medias entre Koepp y el propio Depp (productor, asimismo, de la cosa): Gwyneth Paltrow y Ewan McGregor, ella como Johanna, la esposa dominante del amigo Mortdecai y él, haciendo gala de su faceta más sosa, encarnando a Martland, ese espía del MI6 que, enamorado en secreto de Johanna, ha de recurrir a los servicios del marido de ésta para recuperar el valioso cuadro desaparecido. Y, de propina, con la aparición de Jeff Goldblum, otro actor de esos capaces de apuntarse a un bombardeo, en un visto y no visto de lo más innecesario y metido en calzador para darle cierto prestigio a un film que ya ha nacido estrellado.


Espero que no se atrevan con los dos restantes títulos de la trilogía de Bonfiglioli.

2 comentarios:

El Señor Lechero dijo...

Hace tiempo que el Juanito Profundo ha profundizado en un histrionismo que resulta bastante cargante.

Samantha Vera dijo...

No la he visto, pero ahora tengo una idea... ¡Saludos!