

(En memoria de Susannah York)
9.- Los Ojos de Julia. Un thriller a la española que, dirigido por Guillem Morales, sitúa a Belén Rueda en medio de una intriga en la que se mezclan suicidios injustificados, posibles crímenes y enfermedades oculares degenerativas. Lo único destacable del film es el buen trabajo de la actriz (convertida ya en musa del fantástico nacional). Su guión, lleno de despropósitos y de personajes innecesarios, patina por todas partes, mostrándose incapaz de darle un mínimo de credibilidad a una historia que va difuminándose por momentos. Por mucho que se esfuerce en acercarse a la maestría de Sola en la Oscuridad, la ceguera de Julia queda a años luz de la de Audrey Hepburn.
8.- Harry Potter y las Reliquias de la Muerte (1ª parte). Cada nuevo capítulo de Harry Potter me parece más patético que el anterior. El niño mago y depresivo sigue empeñado en destruir a Voldemort, mientras las fuerzas del mal intentan acabar con él. Dos horas y media en las que, aparte de sus efectos especiales, no ocurre nada de nada. El aburrimiento está servido. Los personajes han perdido cualquier mínimo atisbo de su entidad, mientras que la historia ya no hay por donde pillarla. Al menos, en esta ocasión, cambian de escenarios y se olvidan de la escuela de Hogwarts: un intento fallido, aunque bienintencionado, de oxigenación. Espero que, en la segunda parte de esta última entrega, nos enchufen un prólogo, a modo de recordatorio, para poder hilvanar mejor el cansino festival de nombres y rostros que se han ido aglutinando a lo largo de la serie.
7.- Canino. Otra película con posibilidades de convertirse en título de culto. O sea, otra tomadura de pelo gigantesca. De nacionalidad griega, Canino indaga en las relaciones de una familia nada convencional, cuyos padres han decidido criar a sus tres retoños alejándolos de cualquier influencia externa y encerrándolos, durante toda su vida, en una mansión alejada del núcleo urbano más próximo. Su premisa inicial resulta sorprendente e incluso prometedora, pero su extraña puesta en escena (inundada de planos cortados, estrambóticos y rocambolescos) y su minimalista guión, hacen de este un trabajo tan pedante como insoportable. Toda una oda al aburrimiento y a la lentitud más enervante, al igual que sucedía en el cine denominado de arte y ensayo allá por los 60 y 70.
6.- Alicia en el País de las Maravillas. Una visión totalmente libre de la obra de Lewis Carroll ya que, de ella, Tim Burton sólo pilla su espíritu y sus personajes y, a partir de la presentación de los mismos, se va por los cerros de Úbeda. No sabe sacarle provecho a la conversión de Alicia en una adolescente y, en su nuevo viaje al País de las Maravillas, se encalla y se muestra incapaz de llevar al film a buen puerto. Lo que podría haber sido una inquietante incursión en el libro de Carroll, (y más teniendo en cuenta la imaginería gótica de su realizador), acaba decantándose hacia un poco esforzado festival de efectos especiales en función del 3D. El argumento es lo de menos. Lo único que importa es que el espectador, virtualmente hablando y pagando un buen pastón por ello, se trague alguna que otra mariposa. En su osadía por epatar, Burton logra incluso que el mítico personaje del Sombrerero (enervante Johnny Depp) se desmarque con unos descabellados pasos de breakdance. En esta ocasión, el particular universo del director se ha situado bajo mínimos.
5.- La Cinta Blanca. A mi parecer, y a pesar de los múltiples halagos críticos y públicos, la película de Michael Haneke no es más que un interminable peñazo de muchísimo cuidado. Dos horas y media del Haneke más colgado; de ese Haneke que es capaz de aguantar decenas de inamovibles planos innecesarios, filmados con cámara fija, en silencio y sin que suceda absolutamente nada en pantalla. Una pura exhibición de petulancia cinematográfica que, para lo único que sirve, es para destrozar las muy buenas intenciones de la historia que propone. Mucho preciosismo para tan poca sustancia. Con una horita menos de metraje, la cosa hubiera sido más digerible.
4.- The Tourist. En los últimos días del 2010 nos llegó el nuevo film del alemán Florian Henckel von Donnersmarck, una producción norteamericana tras la que se esconde un pésimo remake de la muy agradable El Secreto de Anthony Zimmer, una comedia de espionaje, llena de confusiones de identidad y con un claro regusto por la obra de Alfred Hitchcock. Del film francés original sólo se queda con la idea principal, se olvida del sabroso toque hitchconiano, cambia el escenario de la ciudad de Niza por el de Venecia y se rodea de dos de las más taquilleras estrellas del Hollywood actual, Johnny Depp y Angelina Jolie. Ambos están a fatal (a cual peor), su toque de comedia es de lo más simplón y la historia -dotada de un rocambolesco y patético guión- resulta del todo incomprensible. Una buena muestra de lo innecesarios y ridículos que resultan la mayoría de remakes. Parece increíble que su realizador sea el mismo que el de la aclamada La Vida de los Otros. Ver para creer.
3.- Copia Certificada. Otra en plan arte y ensayo. El iraní Abbas Kiarostami se lo monta de cultureta y, al más puro estilo del Rossellini de Te Querré Siempre, se instala en un idílico pueblecito italiano y castiga a las plateas con una historia de (des)amor en la que dos personajes, un escritor inglés y una galerista gabacha, se embarcan en una particular farsa teatral al fingir ser un matrimonio en plena crisis sentimental. De diálogos imposibles y plagada de situaciones aún más imposibles, la cinta avanza por derroteros de lo más cansino. La petulancia del Kiarostami no tiene límites, pero la paciencia del espectador sí. La Binoche cada día apunta peor sus proyectos: toda una moderniqui.
2.- Precious. La desgracia siempre vende, aunque sea de color negro. Y aún más si la desgracia posee el envoltorio típico de un telefilm de sobremesa: todo mascado y bien digerido. Ideal para consumo rápido; el sumum para el espectador menos exigente. Negra, negrísima; gorda, gordísima; fea, feísima: de aspecto simiesco, menor de edad y embarazada, por segunda vez, de su propio padre. A su primer hijo, deficiente mental, le llama cariñosamente Mongo. Los ingredientes para la construcción del personaje principal no pueden ser más exagerados. La trama de Precious, más que una historia bien hilvanada, se trata de un extenso catálogo de tópicos, amontonados uno sobre el otro sin orden ni concierto. Y de postre, para paliar los numerosos contratiempos que se desploman sobre la chica protagonista, una de moralina que tumba de espaldas: séame usted feliz con su vida de mierda porque, cuando esté a punto de darse el último batacazo, saldrá del bache en el que ha caído... aunque seguirá siendo gorda y fea, se la habrán metido por todos los agujeros de su cuerpo y su salud ya colgará de un delgadísimo hilo. No hay vergüenza.
1.- Uncle Boonmee Recuerda sus Vidas Pasadas. Un tremendo palo para el espectador es la cinta que supuso la Palma de Oro del último festival de Cannes, una película cargada de alegorías sobre la vida y la muerte y con la presencia de un moribundo al que visitan algunos familiares, entre ellos un hombre mono y una mujer fantasma. Diálogos profundos, llenos de segundas y terceras lecturas; silencios interminables; lenta hasta la irritabilidad: todo un poema, vaya, de los de mear y no echar gota. Casi imposible de soportar, sin alterarse, más de media hora seguida de proyección. Personalmente, me mantuve intacto (aunque extremadamente inquieto) hasta el minuto 50. Y entonces, el tío Boonmee me pilló desprevenido y me derribó de un derechazo por KO. ¡Más de dos horas que dura la bromita! Se me ponen los pelos de punta cuando la crítica oficial y sesuda destaca este film del tailandés Apichatpong Weerasethakul como uno de los mejores trabajos del año. Ciertamente, hay que tener tragaderas.
9.- Nacidas Para Sufrir. Uno de los pocos productos nacionales que ha aprobado la temporada con nota alta. Miguel Albadalejo se lo monta de comedia intimista, rural y con un elevadísimo toque femenino. Sensible y divertida, plasma la relación existente y marcada por la soledad entre una anciana y su criada. Adriana Ozores y Petra Martínez están que se salen dando vida a la extraña pareja protagonista. Lástima que en su recta final, a Albadalejo se le vaya un poco la bola y la historia empiece a perder gas. Nadie es perfecto, pero la película tiene su puntito.
8.- Two Lovers. James Gray se aleja del thriller y sale victorioso de un melodrama contundente, plagado de tintes sentimentales y autodestructivos y de sorpresivos guiños a la filmografía de Alfred Hitchcock. Una cinta marcada por la bipolaridad de su personaje masculino (un magnífico Joaquin Phoenix), un tipo con tendencias suicidas que debate su existencia entre el amor por dos mujeres, una morena y una rubia. La femme fatal del cine negro de toda la vida contra la mujer hogareña. No es un thriller, pero por su cerebral tratamiento incluso lo parece. Una lástima que llegara a nuestro país dos años después de su estreno.
7.- Cinco Minutos de Gloria. Una nueva vuelta de tuerca a una de las constantes del cine procedente de Irlanda: el de las convulsas luchas entre católicos y protestantes en el Belfast de hace unas décadas. Narrada en tres actos, Olivier Hirschiegel, su director, afronta una historia en donde el sentido de culpabilidad, el odio y la búsqueda del perdón cobran un fuerte protagonismo. La excusa es un debate televisivo que pretende situar, cara a cara, a un antiguo miembro del Ulster Volunteer Force y al hermano de una de sus víctimas. A un lado, la sobriedad de Liam Neeson; al otro, el flirteo con la sobreactuación de James Nesbitt. El equilibrio perfecto para jugar con los sentimientos contrapuestos de ambos personajes. Si hay que buscarle algún pero, éste se encuentra en su perdonable tono discursivo. Un interesante trabajo que pasó sin pena ni gloria por las salas comerciales. Ahora toca recuperarlo.
6.- La Red Social. Un film elegante y dotado de un guión magnético que va mucho más allá de la historia del nacimiento de Facebbok y de su creador. Un magnífico toma y daca de situaciones y diálogos capaces de envolver una trama en donde los celos, los recelos, el estatus social y el poder, alcanzan un lugar destacado. Un Fincher distinto, alejado de sus habituales alardes técnicos y visuales, capaz de centrarse única y exclusivamente en resaltar el brillante libreto que le ha caído en suerte. Mordaz e ingenioso. Un modo excelente de conjugar, al cien por cien, dirección y escritura, una ecuación que queda perfectamente reflejada en su magistral (e intimista) escena final. La magia del cine sigue funcionando.
5.- An Education. una película pequeña e interesante que logró colarse, por méritos propios, entre las diez nominadas al Oscar. Una historia de amor muy british que, al mismo tiempo, hace un fiel retrato de la Inglaterra de los 60 sin dejar de lado, para nada, la interesante relación creada entre una menor de edad, con ganas de conocer más allá de su cerrado entorno, y un tipo mayor que ella, un tanto sibarita y de gustos relativamente caros. Una apuesta, la de la chica, que la llevará a cambiar los estudios clásicos por otros más vitales y callejeros. Comedia y melodrama, un poco de todo al servicio de un film sencillo aunque perfectamente construido. Amparado en un guión detallista, plagado de contrastes y totalmente creíble, la cinta le debe buena parte de su éxito a la química establecida entre su pareja protagonista (Carey Mulligan y Peter Saarsgaard). Una historia de las de siempre, de las de toda la vida, aunque escrita y realizada con una delicadeza total.
4.- Buried. O la sabiduría de mantener al espectador en tensión a través de una historia mínima. Un desierto en Irak y un tipo en un sobrio ataúd sepultado unos cuantos metros bajo tierra. Oscuridad, miedo y claustrofobia son sus principales parámetros. No hay más. El escenario es único y la habilidad de su montaje es mayúscula. Con cuatro detalles de guión y un par de movimientos de cámara, se transmite fácilmente la ansiedad de su protagonista a la platea. Su minuciosidad descriptiva, su ritmo trepidante y la originalidad de la puesta en escena (exenta de trampas narrativas tipo flash-back), hacen de ella una propuesta singular e irrepetible. Noventa minutos de alto voltaje total. Rodrigo Cortés ya sorprendió con Concursante, pero ahora ha ido aún más lejos.
3.- Toy Story 3. Los responsables de Toy Story se superan a sí mismos. Su derroche de imaginación, la forma de perfilar genialmente a sus personajes y el nervio otorgado a la historia, hacen de ella una entrega tanto o más compacta que sus dos predecesoras. Sus gags no dejan de sorprender: se autohomenajean con gracia y sus no muy abusivos guiños cinéfilos resultan de una sutileza exquisita. Siempre prima la historia antes que el habitual (y cansino) efectismo del 3D, una técnica que hace que muchos olviden la importancia del guión. La diversión y la emoción están aseguradas. No se avergüencen si viéndola sueltan alguna que otra lagrimilla. Imposible evitarlo.
2.- Shutter Island. Años 50, un pequeña isla, un centro psiquiátrico y un par de agentes del FBI investigando la desaparición de uno de los pacientes. Con tales ingredientes, Scorsese construye un thriller contundente; cine negro con todas las de la ley. Un melodrama oscuro y sin concesiones. Varias son las ramificaciones que abarca su guión; un guión plagado de connotaciones psicológicas y en el que nada es lo que parece. La cordura y la locura pueden tenderse la mano, confundirse y darse de patadas. Una función orquestada con una elegancia envidiable. Juega en campo seguro, apoyándose en su actor fetiche (imponente DiCaprio) y moviendo las fichas con total sobriedad. Una película de intriga, con un mucho de perturbaciones mentales, en la que el director de Toro Salvaje se dedica a romper reglas y a dejar lagunas totalmente conscientes en el guión. Una exquisitez.
1.- El Escritor. Un escritor en el anonimato y un ex Primer Ministro británico (en el que es muy fácil adivinar la figura de Tony Blair) son los dos principales focos de atención del realizador de Chinatown. Un supuesto suicidio, peligrosas conspiraciones políticas de alto nivel y el redactado de unas memorias, se convierten en el detonante de una trama tensa y perfectamente plasmada en imágenes. El reencuentro de Roman Polanski con su cine más oscuro y cáustico servido en bandeja de plata Un guión milimétrico -amparado en un sinfín de diálogos brillantes- y una puesta en escena escalofriantemente fantasmagórica, le otorgan un empaque al film que muy pocos productos actuales poseen, rezumando, por todos sus poros, el sabor de ese tipo de cine que por desgracia ya no se estila. La conspiración y la conspiranoia. El miedo y el valor. Las guerras y los políticos. El crimen y la falsedad. Muchas son las lecturas que ofrece Polanski en un film astuto y capaz de disparar dardos envenenados al corazón de un país que se la tiene jurada. Sencillamente toda una maravilla.
Y, en el próximo post, lo peor del 2010.
Que tengan un feliz 2011.
Y vigílenme con los atracones.
El artífice de tanto desatino atendía por el nombre de Blake Edwards. Ayer, a los 88 años de edad, nos abandonó para siempre. Con él se va una gran parte de ese Hollywood clásico con el que muchos cinéfilos nos fuimos haciendo mayores. A partir de ahora, sin él, los guateques de la alta sociedad ya no tendrán ese toque tan personal de slapstick que supo imprimirles.
Primero fue Adiós, Pequeña, Adiós. Ahora le toca el turno a The Town (Ciudad de Ladrones) . Sólo dos estimulantes títulos han sido necesarios para que, finalmente, Ben Affleck encuentre su rinconcito en Hollywood... y no precisamente como actor, sino como un realizador que demuestra poseer un gusto exquisito por la forma clásica de filmar de los grandes maestros. Y es que, después de una mala racha encadenada como actor, el amigo Affleck ha volcado lo mejor de sí mismo tras la cámara. Tanto es así que por momentos, su cine, nos recuerda al del Eastwood de los últimos años.
A un lado, el de la ley, un agente del FBI obstinado y con ganas de desmantelar una banda que le está dando demasiados quebraderos de cabeza. Al otro, del más oscuro, una banda de ladrones perfectamente organizada. Y en medio, situada entre unos y otros, una de las víctimas del último atraco cometido por la cuadrilla: una testigo que, involuntariamente, marcará el destino del enfrentamiento.
Algunos, buscándole tres pies al gato, han arremetido contra la historia de amor planteada entre Affleck y una estupenda Rebecca Hall (la Vicky de Vicky Cristina Barcelona). Son sólo ganas de sacarle defectos a un producto perfectamente acabado. Y es que sin ese love story -que no deja de ser un elemento fundamental en la construcción de su guión-, la película se hubiera decantado por otros derroteros.
Un film urbano, de atracos no muy perfectos y de un savoir faire que le obliga a uno a sacarse el sombrero. Es innegable que se está formando un gran director.
El mexicano Alejandro González Iñárritu ataca de nuevo. Y lo hace con Biutiful, un film que se aleja de sus habituales historias paralelas (Amores Perros, 21 Gramos, Babel) para embarcarse en un argumento lineal con un único protagonista: un genial Javier Bardem que, a pesar de su omnipresencia (prácticamente no hay escena en la que no salga), se alza en lo mejor de un título marcado por el exceso.
Biutiful se recrea descaradamente en la miseria humana, a lo bruto, de manera sensacionalista, como el Interviú, pero en largometraje. La cuestión es epatar. No tiene prisa por contarnos lo poco que expone (de ahí su agotador metraje) y, en su afán por la desmesura, se le va la mano en demasiados aspectos. Hurga en lo más ponzoñoso del alma humana: a veces, con tal saña, que resulta grotescamente desagradable; otras, por su desmesura expositiva, alejándose de cualquier atisbo de credibilidad.
Convierte a Barcelona -capital en la que transcurre toda su acción- en una especia de hermana gemela de México D.F. Es más, a veces resulta difícil creer que la ciudad protagonista sea Barcelona, tanto por el tratamiento fotográfico que hace de ella como por el retrato sociológico de sus personajes y costumbres. Busca la parte más roñosa de la misma, la eleva a la máxima potencia y se pierde en escenas que, de tan exageradas, se alejan totalmente de la realidad. Un buen ejemplo de ello es la persecución policial, a unos simples manteros, mediante un numeroso despliegue de furgonetas y agentes uniformados, arrasando violentamente por la Plaza de Catalunya y las Ramblas. Lo nunca visto. ¡Esto es Hollywood!
A Iñárritu le ha plantado Guillermo Arriaga, el guionista que siempre había trabajado a su lado. Sin él, el cine del realizador mejicano ya no tiene la misma fuerza. Y es que Biutiful es un producto aburrido y falso, que nace encallado y muere encallado. Sólo se esfuerza en el efectismo y en dedicarle toda su atención a un único personaje, ese Uxbal que en su redención inicia un interminable descenso a los infiernos. Es una pena, pues otros personajes de la trama, como sus dos hijos pequeños, su esposa o su propio hermano (un fantástico y desaprovechado Eduard Fernández), quedan totalmente desdibujados.
Un festival Bardem en toda la regla. El resto no importa, ni siquiera que se haya filmado en Barcelona en lugar de México. Tanto da. Woody Allen, a golpe de postal turística, reflejó una falsa Barcelona de ensueño en la nefasta Vicky Cristina Barcelona. Ahora, Iñárritu, se ha ido al extremo opuesto. Ni tanto ni tan calvo. Y curiosamente con Bardem en ambas visiones.
El pasado 17 de noviembre se abrió en Manresa la XII edición del Fecinema (Festival de Cinema Negre de Manresa). La película proyectada para la sesión inaugural fue el penúltimo trabajo del francés Bertrand Tavernier, En el Centro de la Tormenta, un thriller aún inedito en España, con toques cercanos al fantástico y filmado en tierras norteamericanas. Un Tavernier desangelado, sin fuerza, que se centra en la investigación de una serie de asesinatos llevada a cabo por un agente de policía al que da vida un Tommy Lee Jones que, al igual que el director, se ve incapaz de mostrar su faceta más efectiva. Un aburrimiento sin par y con mínimos detalles salvables. Para el maestro Tavernier, cualquier tiempo pasado fue mejor.
Tras The Christening, film polonés de Marcin Wrona, se esconde el peñazo más insoportable del certamen. Ambientado en la Varsovia actual, indaga en la relación de dos amigos que poseen en común un turbio pasado con la mafia del país. Una gafapastada de mucho cuidado, sin nervio, aunque deudora de un final tan inusitado como estúpido. Un claro ejemplo de lo que significa el uso de la violencia gratuita en el cine.
Neds, la premiada cinta en Venecia y San Sebastián del escocés Peter Mullan, es todo un virulento tratado sobre la educación escolar en el Glasgow de los años 70. Ambientada en el seno de una familia desmembrada, la película se centra en el hijo menor de la misma; un chico influenciado por la pertenencia de su hermano mayor a una banda callejera y por los continuos maltratos físicos que su padre ejerce sobre la madre. Una primera hora hipnótica y perfectamente narrada, junto con la perfecta interpretación del joven Conor McCarron, es lo mejor de un film que, en su tramo final, pierde los papeles en demasiados aspectos. Si a sus 124 minutos de proyección le restaran media hora, se trataría de un producto intachable.
La española Carne de Neón, película que ya pude disfrutar gratamente en Sitges, se convirtió en la indiscutible (y casi diría que cantada) ganadora del certamen, muy por encima del resto de propuestas del Fecinema. Trepidante, divertida, dramática, violenta, almodovariana...: un poco de todo al servicio de una historia original y rompedora, en la que el lumpen de una gran ciudad cobra un protagonismo especial. Quinquis, putas, mafias y polis. El noire en su máxima expresión hispana. Atención a su encomiable montaje y a la excelente dirección de actores. Un hurra para Paco Cabezas, su realizador. Y que le den ya, de una vez por todas, el Goya a la gran Ángela Molina.
Chloe, de Atom Egoyan, tiene en su haber un puntito de morbo y un inesperado giro de guión que me llamó altamente la atención. Las relaciones matrimoniales son el eje principal por el que se mueve la película del director egipcio. Mucho más abierta al gran público que otros de sus productos anteriores, indaga directamente en el mundo de los celos y sus efectos secundarios. Una prostituta y un matrimonio son sus protagonistas: un trío que funciona a golpe de sentimientos y que navega, a la perfección, entre el thriller y el melodrama. A destacar, ante todo, a una soberbia Julianne Moore y el cambio de registro de Amanda Seyfried, la edulcorada hija de Meryl Streep en Mamma Mia! . Lástima de sus últimos diez minutos, muy al estilo de Atracción Fatal y similares. Como diría Jack Lemmon, “nadie es perfecto”.
La alemana Im Schatten (In The Shadows) de Thomas Arslan, está cargada de buenas intenciones..., pero sólo se queda en eso: en las intenciones. De hecho, la historia es típica del cine negro más clásico, pero su tratamiento es tan soporífero que no conduce más que a un déjà vu sin ningún tipo de interés. Un ex convito, un poli corrupto y el atraco a un furgón blindado. Es innegable que La Jungla de Asfalto pulula por ahí, pero no le llega ni a la suela de los zapatos.
La sueca Easy Money, un film digno también visto anteriormente en Sitges, dio paso a la última película a concurso, la norteamericana Los Amos de Brooklyn. Antoine Fuqua, tras la excelente Training Day, vuelve a aproximarse al mundo de la corrupción policial, aunque sin conseguir los mismos resultados que en el título citado. Un arranque impactante y prometedor y un final contundente, abrigan lo mejor de un trabajo que se muestra totalmente irregular en su parte central. La imposibilidad de hilvanar a la perfección las distintas historias que abarca, acaba pesando sobre el espectador. Suerte, de todos modos, de las buenas interpretaciones de gente como Ethan Hawke, Richard Gere o Don Cheadle, con una mención especial incluida a Wesley Snipes en un rol completamente distino.
Hasta aquí la sección oficial a concurso. En un próximo post, más sobre el festival y las gentes que estuvieron por Manresa.
Mañana, 17 de noviembre, empieza la XII edición del Festival Internacional de Cinema Negre de Manresa, más conocido como el Fecinema; un festival que se alargará hasta el próximo domingo 21. Como es habitual, durante estos días me desplazaré hasta la capital de la comarca del Bages (Barcelona) para disfrutar, entre amigos, de un sinfín de propuestas y de prometedoras películas.
Un servidor está a punto de hacer las maletas. Cinco días de gran cine me esperan. Volveré a estar con ustedes a partir del próximo lunes. Les dejo, hasta entonces, con el link del festival y la página del Facebook que han montado para la ocasión.
De Bienvenido Mister Marshall a París Tombuctú. Más de 20 largometrajes avalan una carrera con poquísimos altibajos. Cultivó la comedia cínica como nadie e hizo del género coral su gran territorio, rodeándose casi siempre de un plantel de actores que le venían como anillo al dedo a su particular estilo: Pepe Isbert, José Luis López Vázquez, Fernando Fernán Gómez, Luis Ciges, Cassen, Agustín González, Mary Santpere, Manuel Alexandre, Emma Penella... Un sinfín de ilustres únicos, ya desaparecidos, que al igual que el propio Berlanga, por desgracia nunca volverán a repetirse. A partir de hoy, nuestro cine se ha quedado definitivamente huérfano.
Plácido o El Verdugo son la clara muestra de su valentía a la hora de rodar historias problemáticas durante la época más gris de nuestra historia. España era un país en el que no se permitían ciertos lujos y en cambio, con estos dos títulos, el gran Berlanga sorteó inexplicablemente la censura férrea del momento. Todo un personaje.
Hoy, Rafael Azcona, su leal compañero de fatigas, le está esperando emocionado para darle la bienvenida a su nuevo hogar. Yo, por mi parte y en su honor, pienso celebrar las próximas Navidades tomando turrón de la marca “Planadell y Calabuch”.
Descanse en paz, maestro. Siempre seguirá siendo un placer revisar su filmografía.
A priori, la propuesta que plantea La Red Social no me interesaba en absoluto. El rollo del nacimiento de Facebook y las relaciones de su creador con su entorno más próximo me la traían al pairo. Curiosamente, tras acercarme a la película, ésta ha acabado por seducirme. Y todo se debe a la elegancia tras la cámara de David Fincher y, ante todo, a la fuerza de un guión magnético que imposibilita cualquier tipo de aburrimiento en el espectador. Un toma y daca de situaciones y diálogos para envolver una historia en donde los celos, los recelos, el estatus social y el poder alcanzan un lugar destacado.
Facebook y su creador, en el fondo, son lo de menos. Lo importante es el modo de acercarse a ellos: su ritmo, su sentido del humor y la sobria puesta en escena de un Fincher distinto, alejado de sus habituales alardes técnicos y visuales, para centrarse en resaltar el brillante guión que le ha caído en suerte. Un modo excelente de conjugar, al cien por cien, dirección y escritura, una ecuación que queda perfectamente reflejada en su magistral (e intimista) escena final. La magia del cine sigue funcionando.
Otorgarle el papel protagonista a Jesse Eisenberg es tan sólo uno más de los numerosos aciertos de la cintal. El actor, con su controlada interpretación, moldea de forma exquisita el extraño carácter de Mark Zuckerberg, el padre de Facebook, un joven que pretende salir del anonimato para recibir a toda costa un sonado reconocimiento social.
A no perderse el cínico detalle de contar con un efectivo Justin Timberlake para dar vida a Sean Parker, el principal responsable del extinguido Napster. Tiene su coña marinera el meter a un cantante en la piel del personaje que dio el pistoletazo de salida a las descargas musicales ilegales en Internet.
No les dé pereza y denle una oportunidad. Un Fincher a otro nivel pero, a mi gusto, totalmente inspirado y en mucha mejor forma que en El Curioso Caso de Benjamin Button. Casi, casi, a la misma altura que Zodiac.