11.2.08

Angelique se salió con la suya

Saltó a la fama pateando las calles de Nueva York al lado del detective Popeye, el alias por el que se conocía a su compañero de fatigas en la brigada de antinarcóticos a la que estaban asignados. La película era The French Connection y su personaje atendía por Buddy Russo. Gracias a su labor en este título consiguió su primera nominación al Oscar. Su nombre era Roy Scheider, un secundario de lujo que, en pocos años, alcanzó el estatus de estrella para después, y de forma inexplicable, ser relegado a protagonizar rancios productos de bajo presupuesto y destinados, la mayoría de ellos, a las estanterías más recónditas y escondidas de los vídeo-clubs.


Hoy, a la edad de 75 años, ha decidido atender la llamada de esa bella Angelique que, disfrazada de Muerte y bajo la tentadora apariencia de una guapísima Jessica Lange, se lo llevaba al otro barrio en una de las escenas más recordadas y aplaudidas de All That Jazz, el musical autobiográfico de Bob Fosse por cuyo trabajo logró su segunda y última nominación.

Al menos para mí, su imagen como sheriff de Amity Island y como hermano de Dustin Hoffman en la tensa Marathon Man, siempre estarán muy por encima de la de ese Capitán Nathan Bridger al que dio vida, a principios de los 90, en la televisiva e irregular SeaQuest.

Definitivamente y a pesar de sus valores, ha sido uno de los actores norteamericanos más injustamente desaprovechados de los años 70. Por desgracia, los que más notarán su ausencia son los propietarios de salones provistos de Rayos Uva. A partir de ahora, sólo Julio Iglesias les seguirá manteniendo el negocio a flote.

Descanse en paz... a pesar de no poder lucir, nunca más, esa tez tan morena que le caracterizó durante las dos últimas décadas.

De mal en peor

Tras un sospechoso bache, marcado por dos títulos tan innecesarios como Crueldad Intolerable y The Ladykillers, los hermanos Ethan y Joel Coen regresan al cine con una fuerza inusitada. Y lo hacen recuperando el espíritu de films como el de su ópera prima, esa espléndida Sangre Fácil, o el de Fargo, uno de sus mayores logros. No Es País Para Viejos supone la confirmación palpable de que los Coen siguen vivos y con cuerda para rato.

Escrita y dirigida por ambos y basándose en la novela homónima del premio Pulitzer Cormac McCarthy, la cinta se adentra en una historia de dimensiones trágicas que afecta a cuantos personajes pululan por su trama. Son los años 80. En el Viejo Oeste el narcotráfico está dejando a un lado el negocio de los ganaderos, justo en el momento en el que la sociedad norteamericana empieza a mostrar los primeros síntomas de debilidad causados por los efectos psicológicos de la ya finalizada guerra de Vietnam. El desempleo y la desidia significan el día a día para muchos de los habitantes de esa América que, fronteriza con Méjico, parece dejada de la mano de Dios. Los actos de locura y la violencia injustificada llenan los titulares de los periódicos. El instante ideal para que un buen hombre, sin oficio ni beneficio, se dé de bruces con una maleta en cuyo interior se esconde la que pudiera ser la solución a su incierto futuro. Una codiciada maleta que provocará que entren en juego un viejo sheriff, a punto de jubilarse, y un desalmado asesino sin escrúpulos de ningún tipo. La suerte está echada.


Según dicta la Ley de Murphy, está demostado que aquello que empieza mal siempre irá a peor. Eso es lo que le ocurre a Llewelyn Moss, ese tipo que, a pesar del peligro que ello implica, decide asegurar su porvenir apalancándose la maleta prodigiosa recién caída del cielo. Un sorprendente Josh Brolin que, por primera vez en su irregular carrera artística, parece dispuesto a demostrar sus buenas dotes como actor al meterse a fondo en la piel del tal Llewelyn. Un actor tan gafe como su propio personaje pues, después de dar con un papel idóneo para desarrollarlo con una convicción digna de tener en cuenta, se ve totalmente desmarcado por la acaparadora presencia de un Javier Bardem en estado de gracia. Éste es Anton Chigurh, un psicópata de mucho cuidado, de aspecto terrorífico y tocado por una melenita de flequillo ridículo. Que un tipo tan brutal como el tal Chigurn le perdone la vida a alguien es sinónimo, para el accidental afortunado, de haber sido premiado con el Gordo de Navidad.

Y allí, en el centro neurálgico de No Es País Para Viejos, la mirada atenta y observadora (aunque algo lenta de reflejos) de Ed Tom Bell, ese sheriff desencantado al que da vida un excelente Tommy Lee Jones; un hombre de ley, serio y honrado, que no acaba de entender los cambios que está experimentando el mundo en el que vive. Las noticias sobre muertes sin sentido le aturden y experimenta una gran añoranza (quizás errónea) por los tiempos pasados. Un policía que se siente impotente ante la espiral de violencia que ha provocado el tal Llewelyn con su inconsciencia y la posesión del maldito maletín.

Una obra maestra en la que la desdicha y la mala leche van cogidas de la mano, como si formaran un cuerpo único. El humor negro y socarrón de los Coen y la crudeza de la violencia extrema, de nuevo presentes en su cine. Un western que no es un western; un thriller que no es un thriller. Sencillamente, se trata de un melodrama bañado de unas gotitas de thriller y otras de western. Una mezcla explosiva; una maravilla de película en la que no existe un solo segundo de metraje desperdiciable. Todo cuanto ocurre tiene su razón de ser; incluso en esas escenas que jamás se llegan a ver en pantalla pero que se intuyen a la perfección. Y, por primera vez en la filmografía de los Coen, se le ha dado más importancia al contenido que al continente, olvidándose de planos rocambolescos y virgueros para ir directo al grano mediante una realización de lo más académico.

Tan sólo por esa melenita estrafalaria que me luce, el Bardem tendría que hacerse con el Oscar a mejor secundario. Todo un lujo para No Es País Para Viejos. Chapeau!

8.2.08

La embarazada resabiada

Los embarazos no deseados están de moda en el cine. Durante el último año ya hubo una buena muestra de ello. Primero fue la ingeniosa y divertida Lío Embarazoso; luego le tocó el turno a La Camarera, el testamento cinematográfico de la desaparecida Adrienne Shelly. Ahora llega a las pantallas españolas Juno, un título que, sorpresivamente, figura entre los cinco nominados al Oscar 2007 a mejor film. De hecho, algunos lo califican como la nueva Pequeña Miss Sunshine aunque, en realidad, aparte de su corte independiente y su pequeña factura, poco tiene que ver con el trabajo de Jonathan Dayton y Valerie Faris que, además del Oscar al mejor guión, significó la preciada estatuilla para Alan Arkin como mejor secundario.

Tras ver Juno, me cuesta muchísimo entender sus cuatro nominaciones (dirección, guión original, fotografía y actriz), pues se trata de una cinta que destaca por muy pocos aspectos, empezando por su realización; una realización tanto o más plana que cualquier telefilm de sobremesa. Lo único potable, a mi entero parecer, son sus esmerados y atractivos títulos de crédito iniciales los cuales, por su apariencia, se acercan al espíritu del cómic más underground.

La historia no tiene muchas complicaciones. Es un poco más de lo de siempre. En este caso, la niña protagonista, Juno, una adolescente resabiada y en edad escolar, queda preñada tras un escarceo con un compañero de su misma clase por el que siente una especial e inexplicable atracción. Tres posibles soluciones al inesperado suceso rondarán por el coco de la jovencita: ¿aborto, aceptación del bebé o donarlo en adopción a un matrimonio idílico elegido de antemano? Una vez tomada una firme decisión, la cámara seguirá las vicisitudes de Juno y de cuantos la rodean.

Su director, Jason Reitman, el mismo que debutara hace un par de temporadas con la muy estimulante y ácida Gracias Por Fumar, con Juno ha perdido ese espíritu endiablado y gamberro que parecía caracterizarle. Ahora, a pesar de haberle otorgado un aspecto progresista y gafapastoso a su trabajo, no le cuesta en absoluto caer en la más facilona de las moralinas, amén de poseer una resolución que se me antoja altamente azucarada.

En general, se trata de una cinta aburrida y sin nervio, incapaz de decantarse con solvencia hacia el melodrama o hacia la comedia. Y lo peor de ello es que, en sus constantes intentos por encontrar un término medio, no logra funcionar en ninguno de los dos géneros. El retrato satírico con el que, en un principio, define al padre a y la madrastra de Juno, acaba convirtiéndose (sin ningún proceso lógico) en un retrato cariñoso y edulcorado de esos mismos personajes. Una ambivalencia que, en el fondo, acaba dominando otros apartados del film, como sucede con la surrealista relación (pésimamente definida) entre la joven protagonista y el niñato (pasmado y tontorrón) que la ha dejado con un inmenso barrigón durante nueve meses.


La elección de una histriónica Ellen Page para dar vida a la repelente Juno –a través de una interpretación llena de muecas y exageradísimos gestos-, no ayuda en nada al buen funcionamiento de la película. Un personaje cargante al que, por si fuera poco y a pesar de tratarse (en teoría) de una chica de tan sólo dieciséis años, se expresa igual que los adultos intelectuales que, en general, pueblan el cine de Woody Allen. Una nominación al Oscar, la de esta actriz, difícil de comprender.

Para embarazos conflictivos me quedo con Lío Embarazoso. Mucho más fresco, divertido y natural. Al menos, no estaba disfrazado de (falso) progresismo como ocurre con este Juno. Y ello, es muy de agradecer.

6.2.08

Números y nalgas

Los Crímenes de Oxford, a pesar de ser una película de encargo, ha provocado que Álex de la Iglesia se implicara al cien por cien en la adaptación cinematográfica de Los Crímenes Imperceptivos, la premiada novela del argentino Guillermo Martínez. De hecho, el propio de la Iglesia y Jorge Guerricaecheverría (un colaborador habitual en su cine), junto con el autor del libro, han co-escrito el guión de un thriller de misterio que, a pesar de su vistosa apariencia, resulta truculento y plagado de lagunas sin resolver.

La idea de partida es interesante. Mezclar el laberíntico mundo de las matemáticas con la investigación desarrollada para resolver una serie de asesinatos, es ciertamente prometedor. Un brillante John Hurt, dando vida a Arthur Sheldom -un engreído matemático que defiende, a capa y espada, la aplicación de la lógica matemática en cualquiera de los hechos de la vida diaria-, abre la cinta mediante un embriagador discurso en el cual se sobrepone la efectividad de la numerología a la de la filosofía. Un parlamento inteligente que llena de buenas expectativas el posible devenir posterior de Los Crímenes de Oxford.

La fascinación que siente el joven Martin -un estudiante norteamericano recién llegado a Oxford- por el eminente Arthur Sheldom -un tipo al que tiene en un pedestal en cuanto a matemáticas se refiere-, es el principal foco de atención de Àlex de la Iglesia; un encuentro, el del alumno y el maestro, que, a pesar de la tirantez inicial, les acabará uniendo en las indagaciones por desvelar la personalidad de un asesino en serie que actúa cercando el ámbito más próximo a ellos. Una investigación en la que privará más la ciencia matemática y sus sucesiones numéricas, que la lógica de las pesquisas policiales habituales.

En esta ocasión, el cineasta bilbaíno ha logrado un producto simplemente entretenido. Y punto, sin mucha cosa más. A pesar de sus claras deficiencias, se sitúa muy por encima de la descabellada Crimen Ferpecto, su anterior trabajo, una comedia de tintes negros que no había por dónde pillarla. Al menos, el que ahora nos ocupa, no cae jamás en la astracanada, aunque sí se acerca, en un momento concreto (una persecución por los tejados de un majestuoso edificio) al espíritu basurero de la patética Tuno Negro. El problema, a mí parecer, es que no ha sabido sacarle el jugo necesario a la propuesta, dando la impresión de haber dedicado más tiempo a la búsqueda de un casting apropiado -en el que nadie desentonara, en altura, al lado del canijo Elijah Wood- que en profundizar en una historia que se va diluyendo a medida que va entrando en materia.

Hay demasiadas cosas básicas, a lo largo del metraje, que dicen muy poco de la ya probada sapiencia cinematográfica del realizador. Por ejemplo, la presentación de Martin, el personaje interpretado por un efectivo Elijah Wood, se me antoja muy forzada. En ella, a través de un diálogo nada creíble entre éste y una anciana mujer a la que apenas conoce, se nos hace un perfilado dibujo de la personalidad e intenciones del joven. Igual ocurre con la poco definida relación amorosa y pasional de Martin con una carnal (y macizorra) Leonor Watling o, sin ir más lejos, con la nula definición otorgada a los esquivos devaneos con la hija de su casera.

De la Iglesia sabe poner la cámara y domina la tecnología como el primero. Un excelente travelling adorna su primera parte, justo antes de descubrir al primero de los cadáveres que inundarán el film. Un travelling larguísimo y visualmente atractivo. Se notan sus cortes, pero da igual; en ese momento la magia del cine acaba de aparecer, demostrando, con ello, que cuando quiere es uno de los mejores realizadores del país.

Sólo le falta un buen guión; una materia que tiene pendiente desde que dirigiera La Comunidad, su film más completo. Y es que, una vez terminado Los Crímenes de Oxford y rememorando el impagable travelling citado, es muy fácil descubrir en él toda la truculencia empleada a lo largo y ancho de su metraje, desmembrando incluso algunas de las coordenadas que conforman su resolución final. Tras recuperar esa escena maravillosa, en la que la cámara va siguiendo y abandonando a todos los personajes que se ven involucrados en la trama, uno saca la conclusión de que ésta cuadra muy poco en cuanto al esclarecimiento del misterio se refiere. Y es que la relación tiempo y espacio hay que utilizarla de forma apropiada. Manejarla de manera tan truculenta es un engaño para el espectador.

De todos modos, no aburre. Y eso ya es mucho. Aunque sólo sea por disfrutar con la visión de esas tersas nalgas de la Waiting, asomando por debajo de un mandilón abierto, vale la pena acercarse al cine. Por lo que a mí respecta, me pido cita el primero para cenar, en compañía de la Leonor, un suculento plato de espaguetis a la boloñesa (o al pomodoro, o a la carbonara, o a la loquesea...)

5.2.08

Corbachadas y cotidianeidad

La ceremonia de los Goya, por segundo año consecutivo, se vio marcada por las horteradas de un José Corbacho que, en su rol de anfitrión, hizo de la chabacanería y la mala educación su único estandarte y, al igual que en la edición anterior, volvió a ejercer de reinona de la noche, robándole planos a los verdaderos protagonistas del acto.

El punto culminante de las corbachadas más groseras tuvo lugar justo después del entrecortado y sobrecogedor discurso de Alfredo Landa; un Landa comprensiblemente emocionado ante el homenaje recibido por su extensa carrera cinematográfica. “¡Con dos cojones, Alfredo!” fue la única frase que se le ocurrió al ex de La Cubana para salir al paso en un momento tan delicado (y hasta aseguraría que perturbador) para todos los que lo vivimos en directo a través de la televisión. Pero ese maestro de ceremonias (y del disfraz más patético) aún siguió metiendo el dedo en la llaga cuando, unos minutos más tarde, subió Alberto San Juan a recoger el Goya al Mejor Actor por su interpretación en Bajo las Estrellas. Al retirarse éste del escenario y a sabiendas de que don Alfredo Landa también estaba nominado en la misma categoría por Luz de Domingo -el último film de Garci-, Corbacho se transmutó en un sanguinario Corbachov y, como gran chiste, dio gracias a que el deudor del término landismo no hubiera sido premiado por su actuación ya que, al no regresar al estrado por segunda vez, nos acabábamos de ahorrar que la ceremonia se alargara en demasía. Algún día este tipejo aprenderá que la educación no está reñida con el sentido del humor. Y es que este bufón de la Academia debería aprender mucho de las buenas artes de don Alfredo, que de eso, el hombre, sabe un rato largo.


En el aspecto de premios, este año los Goya estuvieron bastante acertados y, además de otorgarle el reconocimiento a El Orfanato, los miembros de la Academia tuvieron el aplomo suficiente para, a la hora de dejar caer el gordo, anteponer la cotidianeidad social de La Soledad a la ampulosidad del marketing, los efectos especiales y la tecnología del film del debutante Juan Antonio Bayona. El Orfanato (y su no muy merecido carrerón comercial) tuvo su cuantiosa recompensa con aquellos Goyas que, en realidad, más se merecía pues, tal y como cite en su día, aparte de la brillantez técnica y visual, la película se queda corta (y a veces ridícula) en cuanto a historia se refiere. Sorpresivamente, la sobriedad de la cinta del también catalán Jaime Rosales, se alzó como la gran triunfadora de la velada.

La Soledad es un film valiente y diferente. Al igual que hizo Rosales en Las Horas del Día, su anterior y muy interesante trabajo, sigue apostando por narrar los aspectos más cotidianos de la vida diaria. Si en el primero se atrevía con el estoico y gélido retrato de un serial killer, en éste, el recién galardonado, planta la cámara en el epicentro del ecosistema en el que se desenvuelven un buen número de personajes, marcados, todos ellos, por sus relaciones familiares.

La crisis de la pareja, el mal rollo entre hermanos, la enfermedad y la muerte, son los puntos que más resalta el realizador en su hermética mirada al devenir de sus protagonistas. El ritmo es el mismo del día a día en una gran ciudad como Madrid: por momentos, lento y asfixiante; a veces, neurotizado e igualmente asfixiante. Sólo hay un golpe de efecto en toda su narración; un bombazo visual, sonoro, trágico e inesperado, que auyda al espectador a discernir que algo hay en nuestra sociedad que no anda bien del todo.

Es innegable que, en un principio, cuesta entrar en la propuesta. Una vez rota la barrera inicial, uno se siente hipnotizado por la visceralidad y la naturalidad de cuanto ocurre en pantalla. Se trata de un film desolador, pero absolutamente necesario, en el que seguramente, más de uno, se identificará con alguno de sus personajes. Y es que Rosales, ante cada uno de ellos, ha situado un microscopio bifocal de características socioanalíticas. Un microscopio que aumenta y detalla al máximo sus miedos y sus errores, sin dejar escapar casi ningún pequeño síntoma del dolor que, a veces (demasiadas), significa vivir.

Mejor película y mejor director, amén de mejor actor revelación (José Luis Torrijo). Unos premios a la sensatez de un cineasta que ha renunciado a la gratuidad del taquillazo para exponer, mediante cuatro trazos, la sinrazón de ciertos actos y, en general, de las relaciones humanas. Una pequeña joya que, sin embargo (y por ese afán de minuciosidad interior), acaba abusando demasiado de esa tecnología fotográfica que, partiendo la pantalla en dos, ha sido bautizada con el nombre de polivisión.

La recompensa a su esfuerzo la tendrá el próximo viernes, ya que la película se reestrenará en 30 salas de nuestro país. Dénle una oportunidad: no sólo de orfanatos ha de alimentarse el cine español.

3.2.08

YoGa 2007

La carrera por la consecución del Oscar ya ha empezado. Esta noche, en Madrid, se otorgarán los Goya, los premios a lo mejor del cine español del 2007. Y, el miércoles pasado, durante una cena a la que no pude asistir por motivos que ya pueden suponer, el colectivo Catacric, como cada año, elaboró la lista de los ganadores del YoGa, el galardón que se otorga, desde Catalanuya, a lo peor de la última temporada.

Como ya es habitual en este blog, a continuación les cuelgo los resultados de la votación realizada por mis compañeros del Catacric. De todos modos, les aseguro que falta un merecidísimo premio que, en caso de haber formado parte de tan satírico jurado, habría propuesto personalmente en la candidatura de YoGa a Uno de los Nuestros. Éste hubiera sido el YoGa Abre los Ojos a Raúl Cabrera, jefe del departamento de Marketing de la empresa CINESA, por afirmar, durante la última reunión que sostuvo conmigo y a pesar de ostentar un cargo en una organización dedicada a la exhibición cinematográfica, que a él nunca le ha gustado el cine. No es de extrañar, pues desde hace un par de años he tenido la impresión que, desde esa casa, se preocupan más por la venta de palomitas y refrescos que por la potenciación de las películas que tienen en cartelera... Lo más normal, viendo como está el percal, es que este sea un sector en crisis.

Sin más dilación, vayamos a por los YoGa del 2007

PREMIOS YoGa 2007 - 19ª Edición

El colectivo Catacric (Catalans Critics) se reunió, durante la noche del 30 al 31 de enero, en un céntrico lugar de Barcelona para otorgar los 19º Premios YoGa a lo peor de la producción cinematográfica del año 2007.

En sus deliberaciones, el jurado, anónimo y mutante, como cada año y desde hace 19, ha tenido en cuenta las apreciaciones, comentarios y sugerencias de los lectores de nuestra web.

CINE EXTRANJERO

- Peor película:
YoGa Salir pitando a
La Brújula Dorada, de Chris Weitz.

- Peor director:
YoGa Un engaño de pi… jo!,
a Darren Aronofsky, por La Fuente de la Vida.

- Peor actor:
YoGa Gatillazo a la gloria,
a Nicolas Cage, por Ghost Rider, Next y La Búsqueda: El Diario Secreto.

- Peor actriz:
YoGa Botox de ambición
a Nicole Kidman, por Retrato de una Obsesión, Invasión y La Brújula Dorada.

CINE ESPAÑOL

- Peor película:
YoGa ¡Ave, Magdalena Álvarez!,
a Oviedo Express, de Gonzalo Suárez.

- Peor director:
YoGa El Jefe de Todo Esto,
a Gerardo Herrero, por Una Mujer Invisible.

- Peor actor:
YoGa El portero siempre llama dos veces,
a Fernando Tejero, por Días de Cine y El Club de los Suicidas.

- Peor actriz:
YoGa Hay Carmelo?,
a Aitana Sánchez Gijón, por La Carta Esférica y Oviedo Express.

ESPECIALES

- YoGa Noche en el museo,
a En la Ciudad de Sylvia, Inland Empire y El Silencio Antes de Bach.

- YoGa GarciLandia
a José Luis y Alfredo, por su matrimonio compulsivo.

- YoGa Del orfanato a Lolita’s Club
a la comedias adolescentes Supersalidos y Lío Embarazoso.

UNO DE LOS NUESTROS

YoGa Un buen programa lo tiene cualquiera,
a Cayetana Guillén Cuervo.

30.1.08

Castillo de naipes

En estos momentos, me siento igual que la pobre mosca que, atrapada en una gigantesca telaraña, es observada atentamente por las sorprendidas miradas de Vincent Price y del pequeño que le acompaña. Una tela de araña en la que caí yo solito y de cuatro patas. Díganme incauto y tendrán toda la razón del mundo.

Posiblemente, los más asiduos a la página, durante las últimas horas, hayan notado alguna que otra cosa extraña en su funcionamiento. El regreso de HaloScan o la desaparición de una buena parte de sus últimos comentarios, son un claro síntoma de que algo no acaba de andar bien. Como les digo, estoy metido de lleno en la lucha por romper, al cien por cien, una viscosa tela de araña que ha desmembrado un tanto la estructura inicial de Spaulding’s blog.

En breve, todo volverá a su cauce habitual. Poco a poco (y en plan amanuense), iré rescatando aquellos comentarios que han sido engullidos por las fauces de la empresa CINESA; una empresa que, en su día (de ello hace ahora casi un año), contactó conmigo y me ofreció la posibilidad de colgar el blog en su web.

Desde el momento en que acepte -igual de ilusionado que un colegial ante un Donuts- y Spaulding’s blog empezó a trabajar a su lado, nada transcurrió por el camino deseado. Un montón de promesas sin cumplir por parte de CINESA, sumadas a los ciento y un desatinos provocados por la empresa informática (Look & Enter) que tienen contratada, le otorgaron un falso aire de dejadez al blog una vez alojado en ese portal. Éstos y otros motivos, como el desinterés demostrado, una y otra vez, por Look & Enter para darle vida y lógica al blog o el modo, nada claro, de contabilizar las entradas del mismo para la facturación mensual -y que, en el fondo, no era más que un truco para convertirme en un becario perenne-, me han conducido a la firme decisión de cancelar el contrato que me unía a ellos.

Por otra parte, me ha molestado en grado sumo la utilización que han hecho de mi página fuera de su portal cuando -a pesar de haber pactado que ésta seguiría libre de cualquier interferencia-, sin pedirme permiso alguno y a través de la ventana emergente del gestor de comentarios, colaron publicidad de CINESA de modo fraudulento (tal y como se puede observar en la captura de pantalla insertada a continuación). Una publicidad que ellos han considerado gratuita, al igual que han hecho con mis servicios en su web durante más de cuatro interminables meses.

El proyecto parecía interesante. Y, a pesar de mi insistencia por resolver un montón de obstáculos, no ha ido bien. De hecho, ya de entrada y para el lector, resultaba un tanto surrealista el que un crítico colgara su parecer en casa de una gran exhibidora cinematográfica. Creía que, en este aspecto, tendría muchas cortapisas a la hora de verter mis opiniones sobre sus estrenos pero, con total sinceridad, les he de decir que siempre respetaron mi libertad de expresión. Y es que lo cortés, no quita lo valiente.

Déjenme un par o tres de días de descanso. La telaraña se va rompiendo poco a poco. He de ordenar mis pensamientos, poner al día ciertos temas abandonados en el entramado del blog y recuperar los comentarios desaparecidos. El malestar de cuatro meses, viendo como la página se me escapaba de las manos, ha significado un duro golpe emotivo para mí. Y es que la ilusión que deposité en el proyecto se me ha desmoronado como un castillo de naipes.

En nada les vuelvo a hablar de cine; de cine libre de palomitas y nachos pegajosos.

Un fuerte abrazo y un beso en la frente a todos los que me soportan a diario.

28.1.08

La real irrealidad

“Sólo las partes más ridículas de esta historia son verídicas”. Con esta cachonda (y veraz) frase, se abre uno de los productos más atípicos (y, al mismo tiempo, irregulares) de la cartelera actual. Se trata de La Sombra del Cazador, el nuevo film de Richard Shepard en el que, al igual que hiciera en el espléndido Matador, su anterior trabajo, sigue mezclando el humor negro (aquí más suavizado y más rayano en el absurdo) con el thriller. En este caso se adentra en las coordenadas del thriller político, ambientando la mayor parte de su metraje en Bosnia, justo cinco años después de finalizada la guerra.

La Sombra del Cazador se basa en un artículo publicado en la revista Esquire y que, a su vez, se inspiraba en un caso verídico en el que se vieron involucrados cinco corresponsales quienes, años después de la contienda, se reencontraron en Sarajevo para intentar dar caza a Radovan Karadicz, uno de los criminales de guerra más buscados por la CIA. Shepard, en su guión, reduce el número de periodistas a tres y, en parte, cuando entra de lleno en el tema central, rompe ese halo de idealismo romántico que poseía la historia al convertir la persecución en una venganza personal.


Lo mejor de la cinta, aparte del tratamiento de irrealidad (y surrealismo) con la que se acerca a ciertas cuestiones reales, se encuentra en su ingenioso prólogo, durante el cual -de forma trepidante y demostrando un gran poder de síntesis narrativa-, muestra la relación laboral y de amistad que mantienen dos reputados reporteros al servicio de una poderosa cadena de televisión norteamericana. Juntos han recorrido más de medio mundo, cubriendo numerosos conflictos bélicos y viviendo todo tipo de aventuras y tragedias. Uno de ellos es Simon Hunt (impecable Richard Gere) un profesional inquieto en busca de la mejor noticia; el otro es Duck (un no muy convincente Terrence Howard), el hombre que portea la cámara tras los pasos y las órdenes del primero. Dos tipos duros y curados de espanto que, un buen día, vieron peligrar su afinidad al acudir a un pequeño pueblo bosnio cuya mayoría de habitantes acababan de ser masacrados.

En ese prólogo, de escasos diez minutos de duración, el cineasta se expande a gusto -y sin reparos de ningún tipo- a la hora de soltar al aire cuatro verdades bien claras y en voz alta. La película, con esa brillante e insólita entrada, promete mucho más que lo que después ofrece. Hay que decir, en defensa de las intenciones de Richard Shepard, que hubiera resultado dificilísimo mantener el mismo nervio (narrativo e intelectual) durante todo el metraje. La mala baba inicial se va diluyendo (aunque manteniéndose, a pequeñas dosis, sin desaparecer), para dar paso a un producto más cercano al cine de entretenimiento que al de ese thriller político al que quiere (o parece) aspirar. Juega al límite, colocado siempre en la frontera entre la bufonada y la mirada crítica y, curiosamente, jamás inclina la balanza más hacia un lado que al otro. ¿Un puro ejercicio de equilibrismo o, simple y llanamente, una prudente corrección política?

Sin ser redondo, y denotando demasiados altibajos en su desarrollo (tanto de guión como de género), se trata, en definitiva, de un título que vale la pena repescar, aunque sólo sea para recordarnos la brutalidad de un conflicto al que, en su día y a pesar de suceder muy cerca de nuestra casa, no se le quiso dar una excesiva relevancia. Y ello por no hablar de los oscuro papeles que, en buena medida, interpretaron tanto la CIA como la ONU; papeles que, por cierto, quedan perfectamente reflejados en el film gracias a un sabroso toque satírico.

27.1.08

Ustedes lo han querido: LAS MOMIAS DE GUANAJUATO


En 1972, Santo el Enmascarado de Plata, gracias a sus numerosas películas, ya se había convertido en el profesional de la lucha libre más popular de Méjico. Todo un ídolo de masas que, por su estrellato, incluso llegó a permitirse el lujo de aparecer en Las Momias de Guanajuato tan sólo como artista invitado -el guest star de la función-, dejando todo el protagonismo del film a un dúo de excepción: Blue Demon y Mil Máscaras, este último un tipo que, a cada cambio de escena, aprovechaba (tal y como su nombre indica) para reemplazar sus múltiples antifaces y arroparse con distintas vestimentas. Unos ropajes de lo más colorido y esperpéntico, aunque siempre haciendo juego, de un modo u otro, con sus caretas.

A pesar de las numerosas sospechas, cargadas de connotaciones gays, que puede levantar la foto precedente, les puedo asegurar que los dos héroes son muy machos; unos machos hechos y derechos. Para que comprendan mejor la instantánea, les indicaré que esos dos hombretones tan arrejuntados, en realidad, más que vivir un momento de intimidad, están disfrutando de un concierto ofrecido por la tuna de Guanajuato. Lo que sí puedo aseverar es que, tanto el uno como el otro, están dotados de unas mentes muy, muy, pero que muy pequeñitas. En lugar de estar por la faena, ambos gozan de la música mientras, a muy pocas calles del lugar, varias momias, cargadas de mala leche, andan descuajeringando el cuello a cuantos se cruzan en su camino.

Santo no estaba para muchos trotes. No es de extrañar, por ello, que sólo apareciera en un par de ocasiones a lo largo del metraje. Una, la primera, hacia media proyección y a través de un flash-back histórico en el que su propio padre (interpretado por él mismo), se da de hostias en el cuadrilátero con un feroz contrincante; la otra, justo unos minutos antes del final. Una comparecencia, esta última, más que estelar, pues el renombrado enmascarado, con su presencia, deja totalmente en ridículo las artes de Blue Demon y Mil Máscaras. En un visto y no visto, con cuatro mamporros bien dados y armado de pistolas lanzallamas, el héroe de blanco resuelve el gigantesco embrollo que, con su ineptitud, había orquestado la extraña pareja de luchadores. Sin la llegada de Santo a Guanajuato, el acogedor pueblo mejicano habría desaparecido de la faz de la Tierra.

La trama es de lo más simple y alucinante que uno se pueda imaginar. Amparada en una arcaica leyenda popular, un desaparecido profesional de la lucha libre, apodado Satán -y del cual se exhibe su momia en el museo del cementerio de Guanajuato-, volverá a la vida un largo siglo después de su muerte. La intención del villano momificado es la de retar, en combate, al hijo del tipo que le arrebató el título de campeón del mundo. Como era de esperar, Santo el Enmascarado de Plata será el individuo del que reclama su presencia el renacido Satán. Un Satán zombificado y hecho trizas que, en su retorno y a pesar de haber perdido su máscara, aún luce su ajado uniforme de tonos rojizos.

Excepto Pingüino -el enano borrachuzo que ejerce de guía en las catacumbas donde se aloja el museo-, nadie cree en la resurrección de Satán y del escuadrón de sicarios que le respalda y que, al igual que su amo, los integrantes del mismo fueron también momificados. Blue y Mil Máscaras, ante la poca credibilidad que ofrecen para ellos las palabras del diminuto Pingüino, optan por mantener el silencio. Ambos piensan que todo es fruto de las delirantes visiones de un alcohólico, por lo cual deciden mantener a Santo al margen del asunto: no sea que su amigo, el gran campeón de lucha libre, se vaya a desplazar inútilmente hasta Guanajuato por culpa de las sandeces de un beodo. El gran problema es que, en realidad, Satán ha vuelto y, con su regreso, el terror se ha apoderado de las calles de la ciudad.

Un sinfín de diálogos para besugos entre Blue Demon y el transformista Mil Máscaras; machacones momentos de vacío total -invertidos, la mayor parte de ellos, en mostrar una visita turística de los enclaves más típicos de la localidad-, o una delirante escena entre Blue y su hijo adoptivo en la que se cuestiona la legalidad de su paternidad, son sólo algunos de los inenarrables y psicotrónicos fragmentos de uno de los productos más representativos del cine protagonizado por luchadores mejicanos enmascarados.

No hay que darle muchas vueltas a su ilógico planteamiento, a su patética realización, ni a su surrealista desarrollo. Tan sólo es cuestión de reunirse ante la pantalla con un grupo de amigos, teniendo siempre a mano un buen número de cervezas fresquitas y (a ser posible) alguna que otra sustancia ilegal. El resto, ya es cuestión de cada uno. Dejarse llevar por los desvaríos de tales titanes, es uno de los mayores placeres de este mundo.

Cada vez que reviso éste y otros títulos similares, se me plantea la misma duda. O bien los guionistas y directores se tomaban muy en serio las ingenuidades que realizaban o, por el contrario, eran unos cachondos de muchísimo cuidado. Sólo a un gamberro se le ocurriría la idea de hacer que el propio Santo, como ocurre en el film, se enjuague el sudor de su frente con el dorso de la palma de la mano... ¡sin tener en cuenta que, por en medio, se interpone su mítica máscara plateada! ¿Genialidad o estupidez? En Las Momias de Guanajuato, el propio Blue Demon, a través de una de sus múltiples frases lapidarias, abre un poco de luz sobre el enigma: “hay cosas que aparentemente son inexplicables, pero que tienen una lógica si las analizamos serenamente”. A pesar de esa pinta de mentecato peleón, Blue Demon era un sabio en toda regla.

25.1.08

Sucedió una noche

Interview es el tercer largometraje como realizador de Steve Buscemi quien, en esta ocasión, ha optado por hacer un remake de la película holandesa que, con idéntico título, dirigiera en el 2003 Teo van Gogh, un cineasta que fue asesinado por un fundamentalista indignado al no estar de acuerdo con el tratamiento que hacía del Islam en uno de sus cortometrajes. De hecho, el Interview de Buscemi abre una trilogía que estará inspirada en obras del desaparecido director europeo.

La cinta es pequeña, sencilla, aunque gigantesca en cuanto a contenido ideológico se refiere. Otros productos más ampulosos ya querrían destilar la misma sobriedad que demuestra Steve Buscemi a ambos lados de la cámara. Éste se ampara en la textura y estructura de una obral teatral sin estar basada en ninguna obra de teatro (al igual que el film original) y, teniendo como escenario casi único un lujoso y amplio loft neoyorquino, obsequia al espectador con un magistral duelo interpretativo -cargado de cinismo y mala leche-, muy cercano (aunque salvando las distancias) al que, hace años, ofrecieron Laurence Olivier y Michael Caine en La Huella.

Aquí, los actores son el propio Buscemi y una sorprendente Sienna Miller. Él es Pierre Peders, un periodista en decadencia que, tras ejercer durante varios años como corresponsal de guerra en el extranjero, se verá obligado, por su editor, a entrevistar a una actriz recién salida del cascarón; un encargo que aceptará a regañadientes y con mucha desgana. Ella es Katya, una rubia atractiva y sensual que, después de protagonizar algunos films de terror de bajo presupuesto, empieza a conocer el estrellato gracias a su participación en una popular serie televisiva. El intelecto y la prepotencia ante la previsible vacuidad de una niña mona. La bestia contra la bella. El juego de las apariencias acaba de empezar. Por delante, queda toda una larga noche cargada de alcohol, pastillas y cocaína.

Un toma y daca de diálogos punzantes. Él dispara con bala; ella responde con un bazooka. No hay trincheras, con lo cual la tensión entre los dos desconocidos va subiendo hasta límites insospechados. Nada es lo que parece y, al mismo tiempo, todo es lo que parece. La mentira y la verdad se mezclan formando un cóctel venenoso. ¿Quién ganará la partida? ¿El intelecto o la imagen? Los roles se intercambian; resulta que la rubia no es tan tonta como cabía esperar. Confesiones a dos bandos; secretos que se desvelan; verdades que duelen... Sexo, remordimientos, dolor, culpabilidades multicolores...: cualquier carta de la baraja es válida para dejar fuera de honda al contrincante; incluso están permitidos los golpes bajos. Una psicoterapia al rojo vivo durante la cual se destriparán demasiados sentimientos ocultos.

Una película dura, dedicada en especial a gourmets que gusten de los platos fuertes y con doble ración de picante. Y, a pesar de su aspereza dialéctica, se trata de un título que no renuncia a ciertos toques de comedia; mínimos, pero de haberlos, haylos. El encuentro inicial de los dos personajes, en un restaurante de lujo, tiene su puntito de coña y, al mismo tiempo, desvela en parte que en cualquier instante puede estallar un terremoto psicológico de proporciones difíciles de medir.

Personalmente, disfruté (ante la película y ante la Miller) como un cosaco. Pero les aviso que, de vez en cuando, me encanta pillar mal rollo ante una gran pantalla. Y más si aquello que se proyecta rezuma la elegancia e inteligencia que le ha sabido impregnar Steve Buscemi.

24.1.08

¿Dónde estará mi niño?

No se me vayan a asustar ahora por esa bandera inmensa que forma parte del cartel publicitario de En el Valle de Elah pues, en esta ocasión, tan manido estandarte posee, en el film, un protagonismo muy concreto y distinto a la utilización que han hecho del mismo otros cineastas más rancios. Paul Haggis, el director y guionista de la oscarizada Crash, usa el recuso de la bandera como arma crítica en contra del sistema y, ante todo, de la administración Bush.

La historia que plasma supone una nueva vuelta de tuerca sobre la Guerra de Irak y, ante todo, de las secuelas psicológicas y físicas de aquellos soldados que han regresado a casa tras haber pasado una larga temporada en el frente. Un nuevo Vietnam en el que la locura, la brutalidad, la muerte, la impotencia y las drogas, están dejando una huella profunda en la sociedad actual norteamericana.

Una visión en la que, al igual que hizo Robert Redford en Leones Por Corderos, apuesta más por reflejar los efectos del conflicto en tierra americana que en el propio Irak. Pero, al contrario que en la de Redford, Haggis evita el tono discursivo y desarrolla su argumento amparándose en un formato que navega entre el thriller policiaco y el melodrama familiar. Una intriga en la que sitúa, en el ojo del huracán, a un padre jubilado -y de pasado militar- en busca de un hijo desaparecido que recién acaba de regresar del frente iraquí. Ninguno de sus compañeros de acuartelamiento sabe nada de él, mientras que el cuerpo policial de la zona no está dispuesto a prestarle ayuda al considerar que se trata de una competencia directa del ejército. Un macabro giro de guión abrirá las puertas del infierno para ese padre desesperado, al tiempo que éste se irá desengañando de su estoica creencia en las coordenadas militares.

La poca coordinación entre las investigaciones llevadas a cabo por la policía y el ejército; las trabas de éste para entorpecer los resultados de las pesquisas policiales y ese falso honor que desgranan sus mandos (aunque para ello hayan de recurrir a todo tipo de mentiras y engaños), son algunos de los puntos en los que hace más hincapié el cuidado guión de Haggis y al que, sin embargo, le falla un tanto la parábola bíblica que, metida con calzador dentro de la trama, da título al largometraje.

Tommy Lee Jones es ese progenitor al límite del desespero y corroído por el sentimiento de culpabilidad; un Tommy Lee Jones espléndido y mesurado que, por esta interpretación, ha recibido una merecida nominación al Oscar por parte de la Academia. Y no sólo él está brillante en el film ya que, en la piel de una agente de policía solitaria y desesperanzada, Charlize Theron también lleva a cabo una magnífica composición a través de la cual refleja la inseguridad de las mujeres en aquellos lugares de trabajo en los que no son bien vistas (y, a veces, incluso humilladas) por sus propios compañeros, la mayoría de ellos hombres.

Al margen de los dos citados actores, y en un papel secundario aunque imprescindible, Susan Sarandon encarna a la esposa de Lee Jones mediante un controladísimo trabajo que retrata, con total perfección, el dolor y la impotencia por lo ocurrido a su hijo y, al mismo tiempo, el odio que vuelca sobre un esposo de quien no ha comprendido jamás el porqué tuvo que inculcarle, a su pequeño, su misma fascinación por la carrera militar.

En cuanto a estructura y pretensiones, en El Valle de Elah es un film muy diferente a Crash. La vertiente coral y la frialdad con la cual describía a sus protagonistas, ahora dan paso a un análisis más detallado y profundo del desencanto que asola a la ciudadanía norteamericana, extrapolándolo, ante todo, a los personajes de Tommy Lee Jones y Charlize Theron. Lástima que, para ello, tenga que recurrir a un ritmo narrativo demasiado lento y, por momentos, agobiante. Un poco más de ligereza, media horita menos de metraje, limando asperezas y no mostrándose tan reiterativo en ciertas cuestiones, y éste, finalmente, podría haberse convertido en un título emblemático a destacar sobre las numerosas películas que está generando el interminable conflicto bélico.