11.2.09

Nazi-Men


Bryan Singer aparca a un lado a los X-Men y a Superman, sus superhéroes de papel, y se enfrenta a la odisea de otro tipo de titanes, mucho más carnales y reales. En Valkiria, su nuevo film, recrea el periplo vivido por un grupo de militares alemanes que, durante la Segunda Guerra Mundial, tejieron uno de los muchos atentados perpetrados sobre la figura de Adolf Hitler. A tal maniobra se la conoce como la Operación Valkiria, siendo el principal cabecilla de la misma el coronel Claus von Stauffenberg, un hombre opuesto a la política devastadora del Führer quien, tras su intervención en África con la 10ª División Panzer, obtuvo un cargo de relevancia en Berlín, justo en la Oficina General del Ejército.

Von Staunffenberg es Tom Cruise, una excelente elección que sin embargo ha disgustado a muchos de sus detractores, quienes opinan, sin mucha razón, que Valkiria no es más que un festival Cruise. La verdad es que Cruise es a Valkiria lo que James Stewart es a ¡Qué Bello Es Vivir! o Dustin Hoffman a Perros de Paja. O sea, su protagonista principal y, como tal, es lógico que ostente una presencia mayor en pantalla que el resto de sus compañeros, aunque sin abusar (como en otros de sus films) y construyendo su "mutilado" y quemado personaje de forma solvente. Él, sencillamente, es el eje central de la conspiración expuesta y, a su alrededor, giran un sinfín de secundarios (¡a cual mejor) indispensables para tejer su milimétrica trama.

La película de Singer cuenta con un guión de lujo escrito en comandita por Nathan Alexander y Christopher McQuarrie, este último el mismo que trenzara el perfecto libreto de Sospechosos Habituales y que, en Valkiria, sigue haciendo gala de la precisión y delicadeza con la cual maquina sus narraciones. Y es que, en este aspecto, hay que tener en cuenta que, más que una película de acción al uso, se trata de una cinta plagada de diálogos y personajes.

De hecho, aparte de ese laureado y heroico von Staunffenberg, figuran un montón de nombres más, a uno y otro lado del complot, perfectamente delimitados con tan sólo cuatro trazos de guión. La indefinición política del general arribista interpretado por un (siempre) magnífico Tom Wilkinson, la testarudez arriesgada del personaje de Kenneth Branagh (protagonista de un delicioso episodio en el que una botella de Cointreau juega un papel especial) o la frialdad del político al que da vida un sorprendente Terence Stamp, son tan sólo un mínimo ejemplo de ello.

Un film documentado, respetuoso con la historia, de ágil ritmo narrativo y, al mismo tiempo, plagado de ramalazos de gran cine, tal y como demuestra la escena en la cual, con la ayuda de un gramófono y su música, se abre la idea de bautizar como Operación Valkiria a la confabulación ideada por Staunffenberg y su gente. Y no sólo eso ya que, teniendo en cuenta la complejidad que alberga la trama, ésta queda perfectamente plasmada en pantalla, yendo siempre al grano y sin dejar lagunas en blanco.

A buen seguro, sin Cruise, muchos de sus opositores la verían con otros ojitos. Lo que hace la presencia de un actor resbaladizo y polémico.

9.2.09

Me siento rejuvenecer

Tras enfrentarse a una historia de tintes realistas y tono documentalista en Zodiac, David Fincher cambia totalmente de tercio y, amparándose en una cuento corto de F. Scott Fitzgerald, se embarca en una fábula de corte biográfico con El Curioso Caso de Benjamin Button, la historia de un hombre que nació con 80 años de edad y, en cuyo crecimiento, fue rejuveneciendo de manera portentosa. Un convincente Brad Pitt y una entrañable Cate Blanchett son sus principales protagonistas. En el guión, Robin Swicord y Eric Roth, este último el mismo que escribiera el de Forrest Gump, film con el que guarda más de un paralelismo.

Al igual que en la galardonada cinta de Zemeckis, Fincher envuelve de pinceladas históricas, sociales y culturales el devenir de Benjamin Button. A veces, de modo claro e influyendo en la vida de sus personajes; otras, apostando por una sutileza exquisita en la inserción de ciertos elementos, tal y como sucede con el apunte visual (en segundo plano) del lanzamiento del Apolo XI.

De hecho, sin pretender convertirse en ningún fresco histórico, el film se desarrolla durante un vasto período que abarca desde el final de la primera Guerra Mundial hasta los inicios del siglo XXI aunque, en realidad, más que un retrato sobre los cambios políticos y sociales de esos tiempos, el realizador ha preferido indagar en la soledad de un hombre que se mueve contracorriente, la de ese Button que pasó su infancia en un asilo de Nueva Orleans y, que por ello, terminó por asumir, como una cosa natural, su trato directo y familiar con la enfermedad y la muerte.

El Curioso Caso de Benjamín Button navega, a la perfección, entre la comedia y el melodrama, aunque la báscula se inclina claramente hacia el segundo. Al contrario de lo que suponía Mark Twain al afirmar que "la vida sería infinitamente más alegre si pudiéramos nacer con 80 años y nos acercáramos gradualmente a los 18”, la de Button es una existencia triste y agobiante. La imposibilidad de disfrutar de una relación de pareja a todos los niveles es, por ejemplo, una de sus principales frustraciones y a la que Fincher, sin lugar a dudas, le dedica una especial atención. Tanto es su interés en este aspecto que, curiosamente y por su insistencia, la historia de amor que nos plantea acaba resultando lo más fatigoso de un film que sobrepasa las dos horas y media de proyección.

Construida a golpe de pequeñas anécdotas con relación a la vida del tal Button y al margen de ciertos episodios ciertamente ingeniosos (como el del hombre que fue tocado por un rayo en siete ocasiones o el mágico relato temporal de la cronología de un atropello), lo mejor de la película se localiza en la grandeza y fantasía volcada en su magnética imaginería visual. Delicada en efectos especiales (sublime el Brad Pitt bajito y anciano de los primeros años), maquillaje, fotografía y dirección artística, logra que todos estos elementos se alcen muy por encima de la historia que narra, siendo finalmente más atractivo el continente que el contenido.

Frank Mashall y Kathleen Kennedy, dos nombres habituales del cine de Steven Spielberg, han sido sus productores. De hecho, esta es una cinta que en nada se aleja del universo del director de E.T. y que, con total tranquilidad y una sobredosis de melaza, podría haber asumido este cineasta. Pero por suerte, con la dirección más fría y distante de David Fincher, se le ha ahorrado al espectador una cantidad ingente de noñería en su episodio final. Esto y el no buscar la lágrima facilona de modo truculento, son méritos positivos que honran el estilo del realizador y hacen un poco más interesante la propuesta.

5.2.09

RECUPERANDO: A párrafo por película

Tras el delirio video-clipero que supuso Moulin Rouge, Baz Luhrmann recurre de nuevo a la Kidman para montarse "una" de aventuras al más puro estilo de las películas de los 50. Su título, Australia. El espíritu aventurero lo tiene y ocurren tantas cosas que no llega a aburrir. Ganaderos engañados, viudas valerosas, caciques desmadrados y empleados resentidos. La receta: unas gotas de Memorias de África, cuatro referencias al mundo del western, un poco de magia, un tanto de Pearl Harbor y una sobredosis de melaza en su parte final. Pero al dire se le va la mano con sus delirios de grandeza, y abusa y reabusa de los planos grandilocuentes y de los efectos informáticos. Y ello sin citar las truculencias argumentales que cuela a lo largo y ancho de su interminable metraje. La Nicole ya no es lo que era y el Hug Jackman (aka Lobezno) no cuaja ni a tiros. A otra cosa, mariposa.

A punto de estreno la segunda entrega sobre la figura del Che, bien vale la pena darle un repaso al Che: el Argentino, la excelente (y cariñosa) mirada que Steven Soderberg ha orquestado sobre un mito que es mucho más que un simple póster. En su piel, el Benicio está que se sale. Mientras, el director norteamericano se acerca al personaje de modo mimoso, aunque con talante, nervio y un montaje de lo más brillante. Se inicia justo durante la gestación de la que sería la revolución cubana, en julio de 1955, y termina una vez ganada la contienda. Falta el episodio boliviano, pero esta es una historia que pronto se desvelará. ¡Hasta la victoria siempre!

Pocas esperanzas se pueden tener con Rob Schneider. Y menos sabiendo que el actor es también director y guionista de su nueva película, El Gran Stan. Pero, contra todo pronóstico, ésta hasta tiene su puntito. En comedias peores se ha metido el pequeñajo. Los típicos y tópicos del género carcelario colados en un triturador y, de pasada, cuenta con un desmelenado guiño al cine de artes marciales y, en concreto, a una de las series más míticas de la televisión de toda la vida: Kung Fu. Si no quiere ser violado en prisión, antes de su ingreso, contrate como maestro al mismísimo David Carradine.

A pesar de su título, la argentina El Otro no tiene nada que ver con la magistral cinta de Robert Mulligan de idéntico epígrafe. La única relación de la película de Ariel Rotter con el genero fantástico, es que resulta "fantástico" soportarla de cabo a rabo. ¿Saben lo que es la nada? La nada es El Otro, la historia de un tipo que no hace nada, absolutamente nada. Un modo como otro de quemar celuloide sin ton ni son. Tiempos muertos. Planos fijos. Silencios rotundos. La negación cinematográfica por excelencia. Cuatro alucinados le otorgaron el Oso de Plata en el Festival de Berlín. Ver para creer. Y yo, con estos pelos.

A un profesor de instituto alemán se le mete en la cebollera que sus alumnos, durante una única semana, se pongan en la piel de los adictos a un régimen totalitario. Como todo ensayo alucinado, la cosa se le escapará de las manos. La Ola es el título de la película y, al mismo tiempo, el del grupo neonazi que empieza a nacer. La idea es buena, aunque la película patina por muchas partes. Va de cine de autor comprometido pero, en el fondo, le ha salido un producto que recuerda demasiado a ciertos títulos norteamericanos de factura claramente comercial. Le falta mala leche y más convicción en lo que expone. Las medias tintas nunca llevan a ninguna parte. Y es que no me la creo... Para experimentos (y valga la redundancia), me quedo con El Experimento.

"Qué culpa tiene el tomate que está tranquilo en su mata, y viene un hijo de puta, lo mete en una lata y lo manda 'pa' Caracas..." Algo similar a lo del tomate es lo que le ocurre a la buena de Salma, una viuda palestina que, tras cuidar durante toda su vida del limonar de la familia, estará a punto de perder sus posesiones cuando se instale como nuevo vecino, al otro lado de la frontera, el nuevo Ministro de Defensa israelí. Eran Riklis es el responsable de Los Limoneros, un hombre nacido en Jerusalén que, con su film, construye un furibundo (aunque también emotivo) retrato sobre las tensas relaciones entre palestinos y judíos. Parece de un surrealismo supino, pero es real como la vida misma. Y, además, de rabiosa actualidad. Atención a Hiam Abass, la actriz que da vida a Salma.

Quarantine no es más que una cópia fétida, urdida desde Yanquilandia, de la espléndida [Rec]. Incapaz de definir mínimamente a sus numerosos personajes, rompe totalmente con el espíritu coral y mediterráneo del film de Balagueró y Plaza, lo mejor, sin lugar a dudas, del original. Y es que los americanos van a lo bruto. No importa la sorpresa. Ya, desde su título, se indican en parte los problemas con los que se enfrentará la presentadora protagonista a lo largo de su visita nocturna a un cuartel de bomberos. La magia de falsear un reality show se rompe por completo desde el momento en que su director, un tal John Erick Dowdle, cuenta entre sus intérpretes con rostros populares de la pequeña y gran pantalla. Caca de la vaca. Y el sentido del humor brillando por su ausencia.

Ridley Scott tiene ganas de enmendar su carrera. Primero fue con American Gangster; ahora lo hace con Red de Mentiras. A pesar de sus buenas intenciones, no acaba de arrancar del todo. Russell Crowe está magnífico; el DiCaprio, no tanto. Es más: juraría que el chico repite personaje pues, entre éste y el de Diamante de Sangre, hay muy pocas diferencias. Incluso me parece que lleva la misma gorrita. Terrorismo, Oriente Medio y espías. La CIA no podía faltar. Los engaños, tampoco. Es como Syriana, pero sin tantas pretensiones: más abierta y menos confusa. ¿Qué sería de películas como ésta sin el invento del teléfono celular?

Repo! The Genetic Opera, o cómo revestir de gran producto a una película nacida para pasar directamente a las estanterías más recónditas del peor vídeo-club de barrio. Su realizador es el mismo que se encargó de las secuelas de Saw. Sus intenciones son claras: las de convertirse en una ópera rock de la misma envergadura que The Rocky Horror Picture Show. ¡Válgame Tutatis! Zetoso es un calificativo suave para un engendro como éste. Qué pena da ver a Paul Sorvino metido en un invento en el que la música suena igual de desafinada que su infumable guión. Sexo, sangre, vísceras y muchas tonterías con ganas de epatar. El culto a la muerte y a los transplantes de órgano también tienen su rinconcito. Caca de la vaca 2. Huyan raudos.

3.2.09

EN RESUMIDAS CUENTAS: Animalicos

Desde las pasadas navidades, Disney mantiene en cartel a un nuevo héroe canino, Bolt, un perro que, desde su más tierna infancia, creció convencido de estar dotado de poderes sobrenaturales. En realidad, el pobre animalillo es tan sólo un puro experimento de una cadena televisiva la cual, manteniéndolo escondido del mundo exterior y criándolo en el interior de sus estudios, le ha hecho creer ser el verdadero personaje de la serie de acción que protagoniza.

Dirigiendo el cotarro están Byron Howard y Chris Williams, mientras que John Lassiter, el genial artífice de Toy Story, se sitúa en el papel de productor y (casi aseguraría) de ideólogo. O, al menos, eso da a entender su primera parte, una vertiginosa introducción que se inicia a modo de Los Increíbles y que, a través de un giro inesperado, apunta hacia ese magnífico Show de Truman orquestado por Peter Weir. Después, cuando Bolt accidentalmente desaparece del set televisivo y hace sus pinitos por el mundo real, la cinta pierde enteros y se adentra en derroteros mucho más facilones y previsibles.

Una cinta irregular que, gracias a la aparición de un par de entrañables personajes en el devenir mundano de Bolt, evita caer en picado tras su fantástica e ingeniosa presentación. Una gata callejera neoyorquina y un hámster aficionado al zapping, obran el milagro de mantenerla a flote. Ellos dos, junto a un muy particular grupo de palomas (al que los argentinos Les Luthiers han puesto voz en su versión original), acaban convirtiéndose en la verdadera alma mater de un film que no consigue mantener el ritmo ni el interés que parecía prometer.


Por otra parte, y aún dentro del cine de animación, Dreamworks también aguanta en pantalla a su última criatura, Madagascar 2, la segunda entrega sobre esa panda de animales que, tras escapar del zoológico de Nueva York, varaba en la isla de Madagascar. Etan Cohen, el mismo de Tropic Thunder, ha sido el encargado de confeccionar su guión; un guión que, en este caso, no resulta tan ingenioso (ni tan destructivo) como cabía esperar de un gamberro como él. Excepto por cuatro destellos aislados, todo cuanto cuenta resulta demasiado acomodaticio, incluso para el público infantil al que va destinado.

Madagascar 2 narra el fallido intento, realizado por los citados animalicos, de regresar a su residencia, en el neoyorquino Central Park, a bordo de un destartalado avión reconstruido por una cuadrilla de pingüinos. Una vuelta accidentada ya que, durante el vuelo, se estrellarán en plena estepa africana, lugar en donde el tontorrón y danzarín del león Álex se reeencontará con sus padres biológicos.

Una película vacía, sin apenas historia que plasmar y que avanza, dificultosamente, a golpe de (hastiantes y nada inspirados) guinos cinéfilos. La inevitable melodía de Nacida Libre, los sacrificios humanos de Joe Contra el Volcán o ciertas referencias a los ritmos musicales de West Side Store, son tan sólo una mínima muestra de las ingentes cantidades de cansinos homenajes al Séptimo Arte, un recurso ya nada sorprendente en el universo del cine de animación.

Suerte de la alucinante historia de amor entre un hipopótamo y una jirafa y, ante todo, de ese grupo salvaje que componen la panda de pingüinos. Ellos, por sí solos, ya salvaron la primera entrega y, vistos los resultados, han vuelto a realizar idéntica proeza.

2.2.09

Manresa, capital de España

Si en general la noche de los Goya ha sido siempre la noche del cine llorón, ayer, con la crisis a cuestas, se duplicaron los sollozos. El freno a la piratería y el implorar subvenciones a tutti plen, fueron los principales mensajes del discurso de Ángeles González-Sinde, la presidenta de la Academia. Una presidenta que, a pesar de la crisis, lució dos vestidos diferentes a lo largo de la gala; uno para cada una de las ocasiones en las que subió al estrado: para lanzar su perorata y para entregar un premio. Visto lo visto y en contra de sus palabras, los del cine no deben apretarse mucho el cinturón, ¿no? Crisis, what crisis? Menos predicar y más dar con el ejemplo, ¡leñe!.

Por cierto: ¿Manresa fue en tiempos capital del Reino? ¡Si Cassen levantara la cabeza...!

Señora presidenta: al menos, cuando prepare su plañidera homilía de rigor, contraste las informaciones que en ella coloca. Plàcido jamás transcurrió en Madrid... algo que a su edad debería ya saber.

1.2.09

La monja alférez


Desde esa entrañable rareza que llevaba por título Joe Contra el Volcán, han pasado más de 18 años para que el escritor y dramaturgo John Patrick Shanley volviera a colocarse tras la cámara. La Duda ha significado su retorno a la dirección: una adaptación a la pantalla grande de su obra teatral homónima y ganadora del Pulitzer en el 2005. Sobra decir que el propio autor ha sido el responsable directo de su guión.

La solidez de su texto y el buen hacer de sus actores, son los dos puntales imprescindibles que ayudan a perfilar el cuerpo de un trabajo ciertamente consiste, plagado de ingeniosos diálogos y de situaciones únicas. Un melodrama de connotaciones sociales y religiosas que, entre otros temas, se acerca a las consecuencias resultantes provocadas por un rumor infundado prestando, mediante una minuciosidad descriptiva sorprendente, una especial atención a los caracteres psicológicos de sus tres personajes principales.

La historia transcurre en 1964 en el St. Nicholas, una escuela religiosa situada en el corazón del neoyorquino barrio del Bronx. Hace tan sólo un año que la sociedad norteamericana ha superado un fuerte revés, el del asesinato de John F. Kennedy. Corren nuevos tiempos y no hay que cerrarse en banda. A pesar de la férrea disciplina impuesta por la directora del centro, una monja retrógrada y malpensada, un nuevo sacerdote, recién llegado a la parroquia, intentará refrescar el lugar con su particular filosofía, mucho más fresca, moderna y acorde con el momento que les ha tocado vivir. Sus distintos puntos de vista sobre religión y educación son una total insignificancia comparados con la tormenta que se les avecina: una batalla dialéctica y moral en la que se verán implicadas varias personas.

Una imponderable Meryl Streep, de mirada recelosa y figura amenazante, da vida a la Hermana Aloysius, esa directora altiva e incapaz de controlar su mala leche. Philip Seymour Hoffman, a través de un vibrante registro que le distancia de otros personajes anteriores, interpreta al Padre Brendan, ese recién llegado, de aspecto bonachón, que pronto pasará a ser objeto de las malas artes de su superiora. Dos actores de envergadura enfrentados en una lucha sin cuartel. La vieja escuela contra la nueva. La sociedad del mal rollo frente a la de las buenas intenciones. Un tête a tête mayúsculo, impagable. Y allí, situada entre los mastodontes, la efectividad de la joven Amy Adams, la Hermana James, aquella que se verá obligada a tomar partido por uno de los dos.

La historia que plasma John Patrick Shanley tiene tela. Va más allá de una simple anécdota, pues está infestada de efectos colaterales. La escena al aire libre (crucial y estremecedora) que comparten Meryl Streep y la afro americana Viola Davis, es una buena muestra de ello. La monja alférez junto a la madre de uno de sus alumnos. No les voy a contar nada más. Sólo les avanzó que su dramatismo es desgarrador, de una frialdad que hiela la sangre. Suerte que, al menos en su primera parte, durante su pertinaz y brillante dibujo de personajes, el Shanley obsequia a la platea con alguna que otra gotita (a veces casi imperceptible) de humor.

Vigilen con los chismes. A veces, al expandirlos, se abre la caja de Pandora y uno descubre sorpresas desagradables. No les vaya a ocurrir como a la Hermana Aloysius, esa Meryl Streep a la que (¡milagro bendito!) incluso le cuesta soltar una sola lagrimilla.

30.1.09

Siempre nos queda París

Desde mediados los años 60, varios fueron los cineastas que acariciaron la posibilidad de llevar a la pantalla grande la novela de Richard Yates Revolutionary Road, pero no ha sido hasta ahora que tal intención se ha materializado. Y ello gracias a la pertinencia de Kate Winslet, su protagonista femenina, quien, tras leer la novela, convenció a su esposo, el realizador británico Sam Mendes, para que se pusiera manos a la obra a partir del guión de Justin Haythe. Vistos los resultados finales, no hay nada mejor que un matrimonio para urdir, en comandita, un film sobre crisis matrimoniales.

De hecho, Revolutionary Road, aunque ambientada en los 50, mantiene muchos puntos de contacto con American Beauty, la ópera prima que encumbró a la fama a su director. La falsedad del sueño americano, la insatisfacción personal o las ganas de romper definitivamente con el entorno habitual, son constantes que se repiten en ambos casos, así como su tono agridulce y desalentador.

Los Wheeler componen un matrimonio ciertamente disfuncional, aunque no tan atípico como les pueda parecer a más de uno. Ella, April, se siente frustrada por no haber desarrollado su carrera como actriz, cambiando tal sueño dorado por la triste realidad de convertirse en una ama de casa más. Él, Frank, vive asfixiado debido a su gris empleo como oficinista. Pero, a pesar de las aspiraciones bohemias y transgesoras de ambos, han formado una unidad familiar; buena prueba de ello son sus dos retoños. Vistos desde fuera, hasta dan la impresión de ser una familia feliz: tienen su casita en Revolutionary Road, en el extrarradio de Connecticut; aparentan solidez y templanza, e incluso mantienen cierta afinidad con sus vecinos más cercanos. Sin embargo, en la trastienda, se cuece una realidad muy distinta. Romper con el entorno y trasladarse a París, para ellos, es la única vía de escape posible para salvar una relación que empieza a deteriorarse. Y es que los encantos del Viejo Continente, en esos tiempos, lo curaban todo.

Mendes se acerca a las ilusiones y fracasos de los Wheeler de forma fría, distante, sin ampararlos en lo más mínimo. La cámara ejerce la función de espía, obervándoles a hurtadillas, sin implicarse. No toma partido por ninguno de los dos, ni siquiera por sus decisiones y actos. Una fórmula excelente para alejarse emotivamente de ellos y, en el fondo, y siempre teniendo en cuenta su fuerte tono melodramático, el modo más eficaz para no caer en la fácil tentativa de esbozar un folletín lacrimógeno.

Revolutionary Road no cuenta nada nuevo que el espectador no sepa de antemano. Historias similares han sido plasmadas en la pantalla grande en multitud de ocasiones. Lo que diferencia a éste de otros films parecidos es precisamente, y sin renunciar a su tono academicista, su forma, su estilo y, ante todo, el brillante trabajo de sus dos intérpretes principales. Kate Winslet, en su rol de mujer consternada, está que se sale. Leonardo DiCaprio, ese Frank bipolar que navega en varias direcciones sin encontrar su lugar en el mundo, le va a la par. La magia de esa química tan necesaria entre dos actores, ha vuelto a funcionar al cien por cien.

DiCaprio, Winslet y, como añadido y en el papel de esa vecina entrometida que tanto idolatra la figura de los Wheeler, la gran (en todo los aspectos) Kathy Bates. Son los mismos del Titánic, aunque aquí no zozobra ningún barco. Esta es otra historia. Lo que zozobra es un matrimonio. Por lo tanto, tienen el naufragio asegurado.

29.1.09

YoGa 2008

Al igual que cada año por estas fechas, justo alrededor de la ceremonia de los Goya, ayer noche se reunió el colectivo Catacric (Catalans Critics) para otorgar los premios YoGa a lo peor del cine del 2008 y, al mismo tiempo, con la intención de celebrar los 20 años de dichos galardones; una cita a la que a última hora no pude asistir por causas ajenas a mi voluntad pero, de cuyos resultados, dejo fe en el blog. Si hubiera estado presente, les puedo asegurar que habría propuesto el YoGa El Turismo Es Un Gran Invento o, en su defecto, el de Toma El Dinero Y Corre para Woody Allen por su Vicky Cristina Barcelona. Una lástima.

Sin más dilación, les dejo con los títulos y personajes coronados por el jurado anónimo y mutante de esta edición.

PREMIOS YoGa 2008 - 20ª Edición

CINE ESPAÑOL

- Peores películas: YoGa Grandes "Espe"-ranzas a La Conjura de El Escorial, de Antonio del Real, y Sangre de Mayo, de José Luis Garci.

- Peor director: YoGa En la Cuerda floja a José Luis ídem, por Los Girasoles Ciegos.

- Peor actor: Yoga Dieta No Mediterránea a Javier Cámara, por Fuera de Carta y Los Girasoles Ciegos.

- Peor actriz: YoGa Lo Suyo Es Puro Teatro, a Anna Lizaran, por Forasters.

CINE EXTRANJERO

- Peor película: YoGa Sin Tetas No Hay Paraíso a la versión para el cine de Sexo en Nueva York.

- Peor director: YoGa Quanto Solhace a Catherine Hardwicke por Crepúsculo.

- Peor actor: Yoga Superfumados al dúo Robert de Niro-Al Pacino, por Asesinato Justo.

- Peor actriz: YoGa No Me Pidas Que Te Premie, Porque Te Premiaré, a Renée Zellweger, por Appaloosa.

ESPECIALES

- YoGa La Amenaza Fantasma Salomon Shang a Albert Serra y Jaime Rosales.

- YoGa El Silencio de los Corderos, a il divo Joel Joan.

- YoGa El Caballero Oscuro, a Jaume Roures.

UNO DE LOS NUESTROS

YoGa Vicky Cristina Bastelona, a Jordi Basté.

27.1.09

Ustedes lo han querido: LA HUELLA

En 1972, el gran Joseph L. Mankiewicz puso fin a su carrera cinematográfica con La Huella, un broche de oro que, dejando a un lado su originalidad escénica y de guión, ofreció al espectador uno de los mayores duelos interpretativos de la historia del Séptimo Arte: Laurence Olivier y Michael Caine cara a cara, en la maroma y sin red. Por detrás, tal y como se aprecia en sus créditos iniciales (todo un inmenso guiño al mundo del teatro), el muy cachondo del realizador apoyó a ambos con la enigmática presencia de una actriz que atendía por el nombre de Eve Channing. El juego tan sólo acababa de empezar.

Basado en la obra teatral homónima del prestigioso Anthony Shaffer, y guionizado por el mismo autor, La Huella es un thriller de esos que marcan huella (y valga la redundancia) debido a muchos aspectos. Un film que posee de todo: comedia, drama, intriga y, a modo de inolvidable remate, un final de esos que, aún visto hoy en día, sigue poseyendo la capacidad de asombrar a aquellos que no la habían visto antes.

Dos únicos personajes... O casi dos... La sorpresa y el engaño siempre han formado parte del juego propuesto, dentro y fuera de la pantalla. Y para ello, sin vergüenza alguna, Mankiewicz se erige como el gran fullero por excelencia. No hay que creer en todo lo que vemos, pero sí dejarnos fascinar por la partida verbal y física a la que se enfrentan Andrew Wyke y Milo Tindle o, lo que es lo mismo, Olivier y Caine. El primero es un tipo arrogante, culto, amanerado y amante de charadas de todo tipo; un escritor de novelas policíacas que, por sus modos y maneras, se alza como el claro ejemplo de una aristocracia acartonada y con alarmantes síntomas de carcoma. El segundo es todo un dandi, joven, mujeriego, seductor empedernido y propietario de una peluquería en el Soho londinense; entre sus grandes defectos, ante los ojos de su recalcitrante anfitrión, se encuentran los de ser hijo de un inmigrante italiano y de haberle robado a su esposa.

El escenario se sitúa en la inmensa mansión que posee el ilustrado Andrew Wyke en medio de la campiña, lugar al que ha sido citado su antagonista para poner en claro ciertas cuestiones monetarias y referentes a su mujer. Una casa igual de rocambolesca que la perversa mente de su propietario; una morada marcada, ante todo, por la inmensa variedad de juguetes y autómatas que colecciona su dueño. Allí, en plena feria de vanidades, aparecerá el pasatiempo de la humillación. Y es que, en realidad, debe de joder mucho que un espaguetini mediocre se folle a la pareja de uno. Dado el supuesto y con la finalidad de tocarle los huevos al intruso, no hay nada mejor que vestir a éste de payaso. La deshonra empieza por unos gigantescos zapatones.

La lucha se abre ya en el primer acto. La clase alta contra la clase media. Las ostias van y vienen. Todo muy británico. La tensión y el sentido del humor que no falten; son los platos del día. Después llegarán el segundo y tercer acto, pues dicen que no hay dos sin tres. No hay tregua para el espectador. La mala leche sube a cada minuto que pasa. El calentón es imparable. Los giros de guión van y vienen, uno tras otro, sin descanso. Mankiewicz, con su batuta en mano, disfruta orquestando un tinglado del que, pudiendo tener mucho de teatral, tan sólo se detecta su aroma escénico original. Y allí enfrente, como dos titanes incansables, Michael Caine y Laurence Olivier, a cual mejor.

La historia nunca decae, siempre va para arriba. El crescendo en su máximo esplendor. Nada se le escapa al dire. El control es absoluto. Su guión funciona como un mecanismo de relojería recién engrasado. Mientras, un marinero loco y jocoso, que en forma de autómata adorna la estancia principal de la mansión Wyke, se cachondea, con sus carcajadas, del mal rollo creado entre los púgiles.

Disfraces, mucho whisky, un poco de carbón, algunas balas, un decadente toque aristocrático y la química suficiente para que Olivier y Caine, en su roce, suelten chispas. Agatha Christie, a su lado, se quedó corta en sus asesinatos. Una obra maestra indiscutible, difícil (por no decir imposible) de superar. Y aquel deslenguado que se atreva a contar algo más de su trama, merecerá que se le amputen manos, piernas y cabeza.

Hace un par de años, un Kenneth Branagh igual (o más) de engreído que ese Andrew Wyke nacido de la mente de Shaffer, se puso manos a la obra y montó su propia versión. El título, el mismo; idéntico. De hecho, se basó en la misma obra teatral usada por Mankiewicz, aunque en su caso contó con Harold Pinter para su adaptación. Un Michael Caine 35 años mayor repitió protagonismo, aunque permutando su viejo rol por el que interpretara Laurence Olivier. Su lugar, el del peluquero dandi (aquí reciclado en actor en paro), recayó en un Jude Law de lo más histriónico e insoportable.

En su soberbia, Branagh rehusó de un plumazo la estética visual de la versión del 72, apostando por un diseño irritantemente moderniqui. Con ello, el escenario rococó y abigarrado de cachivaches que definía a la perfección al personaje de Wyke, se convierte en una inmensa estancia vacía en la que, a duras penas, existen un par de sofás, igual que en los baretos de copas nocturnos que se pusieron de moda en los 90. Gigantescas pantallas de plasma y un único mando a distancia, suplen la ausencia casi total de escenografía.

El regusto enfermizo por los juegos queda sólo en una minúscula sombra de lo que fue. El payaso, con sus tremendos zapatones incluidos, no asoma por ninguna parte. En realidad, éste se escuda tras la cámara, dándole más importancia al continente que al contenido. Lo rocambolesco, en este caso, se localiza en la cantidad de planos inútiles y rebuscados con los que se planteó un remake ciertamente patético, y en un tercer acto insolentemente gay y totalmente tergiversado respecto a las intenciones originales.

Hay que ser valiente y tenerlos cuadrados para afrontar una nueva exégesis de La Huella. O, sencillamente y sin ir más lejos, hay que ser un pedante de mucho cuidado. Sea lo que sea, los resultados cantan por sí mismos: Mankiewicz, 10; Branagh, 0.

Las comparaciones son feas pero, como sucede en este caso, también son inevitables.

22.1.09

El buen samaritano

Tras la correcta En Busca de la Felicidad, el actor (y, en este caso, productor) Will Smith y el realizador Gabriele Muccino, se han vuelto a unir para maquinar su nuevo film: Siete Almas, un trabajo mucho más austero que su precedente y por el cual no asoma ni un ápice de comedia

Siete Almas examina los movimientos de Ben Thomas, un tipo deprimido y solitario que trabaja como agente del Departamento de Tesorería General de los Estados Unidos. O, al menos, esto último es lo que asegura a todos los personajes que personalmente ha elegido para beneficiarles de un modo u otro. La verdad es que poco más se sabe del tal Thomas: ni de él, ni de sus intenciones reales. Todo parece indicar que un trauma reciente le ha convertido en una especie de buen samaritano: un tipo amargado, aunque de buen corazón, dispuesto a tenderles una mano a la gente más necesitada.

Mediante una precisión casi de relojería, el italiano Muccino y su guionista, Grant Nieporte (en su primer trabajo para la pantalla grande), colocan, una a una, las piezas de su puzzle sobre el tablero, encajándolas con una delicadeza sublime y consiguiendo, con ello, dar nuevas pistas sobre las pretensiones de Ben Thomas. Y curiosamente, cuando todo empieza a aclararse para el espectador, se descuadran de arriba abajo los propósitos del protagonista ya que, en sus planes, no contaba con un obstáculo difícil de superar.

No les voy a contar más sobre una película que vale la pena ir descubriendo paso a paso. De destrozar el intríngulis de la misma ya se han encargado, como es costumbre, otros medios y en distintas ocasiones. Y es que, ante un film de sus características, hay que acudir virgen a su visionado y dejarse llevar por el emotivo descubrimiento de una trama que transcurre a ritmo lento y con un gigantesco toque de ternura. Una trama que, por cierto, posee un cuarto de hora final milimétrico y durante el que se desvelan cuantas incógnitas han suscitado los actos de un sorprendente Will Smith, alejado totalmente (al menos por esta vez) de interpretaciones siempre al límite de convertirse en un comicastro (de los simpatiquillos) de tres al cuarto. Conociendo su colaboración anterior, queda claro que al hombre le sienta bien trabajar a las órdenes del director romano.

Una mención aparte merece la química que desprenden el susodicho y Rosario Dawson. Cada vez que ambos comparten plano, la pantalla se inunda de chispas. Y es que la Rosario es muchísima Rosario... aunque, en este caso, interprete a una chica enfermiza, lo cual le otorga un aspecto poco habitual en ella. Aún y así, la chica es capaz de seguir robando corazones.

Acérquense, con prudencia, a Siete Almas. Y digo con prudencia porque lo peor que les puede suceder es aproximarse a ella pensando que se van a encontrar con una comedia o un film de misterio. Nada más lejos de ello. Siete Almas es un melodrama de envergadura; de los que hielan la sangre y hacen llorar. Muchos la tildarán de lacrimógena. Y lo es, no voy a negarlo. Pero que bonito es, de vez en cuando, dar rienda suelta a los lagrimales... que, en caso contrario, terminan por secarse. Yo gasté unos cuantos kleenex y, además, con ello, disfruté.