Perdónenme si durante estos días no he actualizado, pues he estado ocupado.A partir de este fin de semana espero conectar de nuevo con el mundo... antes de que se pare.
En la segunda entrega de El Padrino compartieron cartel, aunque no coincidieron en pantalla por cuestiones espacio-temporales. En la brillante Heat ya se acercaron, en una sola escena, un poco más, aunque malas lenguas (o maliciosas leyendas urbanas) aseguraban que las estrellitas no podían verse ni en pintura. La cuestión es que ahora, gracias al irregular Jon Avnet, se reparten el protagonismo y van juntitos de la mano a lo largo de Asesinato Justo. Ellos son Robert De Niro y Al Pacino, dos monstruos (de capa caída) que con su sobreactuación están pidiendo a gritos la jubilación.
En Asesinato Justo la originalidad brilla por su ausencia; un thriller manido en el que, a modo de buddy movie (o, mejor dicho, retirement movie), dos veteranos detectives de la policía de Nueva York han de enfrentarse a la presencia de un serial killer enfrascado en segar la vida de todos aquellos que han burlado a la Justicia: un criminal que deposita, al lado de sus víctimas, una poesía que hace referencia a los delitos que han cometido. Todos los detalles indican que podría tratarse de un madero con aspiraciones literarias.
Una mezcla, totalmente previsible, entre Los Jueces de la Ley y la fascistoide saga de justicieros urbanos que protagonizó Charles Bronson allá por los 70, aunque con el aliciente de ver juntitos en acción a Pacino y De Niro, toda una experiencia lisérgica-senil difícil de repetir. Francamente, podrían ahorrarnos la molestia y, con ello, evitar a las plateas del mundo entero más de hora y media de sufrimiento colectivo ante el festival de muecas y miradas que desatan a cada plano el par de actores; tal para cual. Es un hecho cinematográfico probado que el De Niro hace tiempo que chochea, pero aún Al Pacino (aunque sea a trancas y a barrancas) a veces sorprende con sus interpretaciones... cosa que no ocurre, como en este caso, en las ocasiones que trabaja bajo las órdenes de Avnet (sin ir más lejos, la reciente 88 minutos es un claro ejemplo de ello)
Y allí, en medio, bien apalancada y aún de buen ver, la Carla Gugino les tiende unos cuantos bastoncillos (de aquellos del CSI) para que el par de policías chochos se ayuden en su camino. Un papel, el de la actriz, tan inconsistente como los de John Leguizamo y Donnie Whalberg, quienes dan vida a la pareja de detectives que, inevitablemente, rivalizarán con el dúo de abueletes en la rutinaria búsqueda del asesino.
Poli bueno y poli malo; poli malo y poli bueno; poli malo y poli malo; poli bueno y poli bueno.. todas las variantes son válidas ante la cámara. Mientras, el espectador, harto de tanta gesticulación inútil y de sonrisitas a lo perro pulgoso que sueltan el dueto, facilmente pille lo que pretender ser un sorpresivo giro final. Y es que, a los pocos minutos de proyección, el menos avezado de la clase puede ligar las coordenadas definitivas de un producto truculento y ya visto (en mil y una variantes) en centenares de ocasiones anteriores.
Las buddy movies están agotadas, al igual que las historias sobre asesinos en serie. La última (y más seria) palabra sobre el tema la puso Fincher con la magistral Zodiac. Insistir en lo mismo, una y otra vez, resulta agotador. Y más cuando hay gente como Avnet que piensa que revitalizar el genero es tan sólo cuestión de reunir a dos actores (pronto viejas glorias) de la talla de De Niro y Pacino. Dos presencias indiscutibles (y desmadradas) como ellos no salvan un guión inconsistente y construido a golpe de trampas... aunque sí supone un considerable respiro para la taquilla.
En medio de tanto despropósito, Asesinato Justo al menos nos descubre que el gran Brian Dennehy (demasiado relegado últimamente a subproductos televisivos) sigue vivo, menos orondo que antes y aún en plena forma para la gran pantalla.... aunque sea a través de un papel minúsculo. Menos da una piedra. ¿Qué haríamos los amantes del cine sin secundarios como Dennehy? En el fondo, actores como él son (y han sido) los mejores y más profesionales del Hollywood de toda la vida.
Cine español por un tubo: ésta ha sido la constante del último fin de semana en Sitges. Transsiberian, Sexykiller y Santos; la primera y la última en forma de co-producción, que siempre da más empaque a la cosa con eso de poder contar con rostros internacionales. De ellas me ha sido imposible ver la que cierra el terceto, la dirigida por el chileno Nicolás López (¿o era mejicano?). De todos modos y teniendo en cuenta los exabruptos soltados por la mayoría de compañeros asistentes al pase de esta comedia sobre superhéroes, creo que no me he perdido nada interesante. Cualquier día de estos (cuando se estrene, o bien en casa en dvd y con las zapatillas puestas), me armo de valor y la recupero.
Transsiberian, a pesar de haber caído ya en algún que otro festival nacional, se trata de uno de los productos más potenciados (publicitariamente hablando) de este Sitges 08. El gigantesco cartel del citado título pende sobre la puerta principal del Auditorio del Meliá... y seguirá luciendo a lo largo de los diez días que dura la fiesta cinematográfica. La realización del norteamericano Brad Anderson (un director que casi ya forma parte del mobiliario del Festival) y la insistencia de Julio Fernández (amo y señor de Filmax y también parte obligada del mobiliario) han obrado el milagro de su proyección en el certamen, a modo y manera de gran película. Los responsables del Sitges 08 contentos de exhibirla, y el padre del Fantastic Factory (con su imperecedero puro a cuestas) orgulloso de seguir colando bazofias disfrazadas de diamante en bruto. El público... ya no tanto...
Que nadie se lleve a engaño y piense que se trata de una revisitación de ese glorioso Pánico en el Transiberiano orquestado en los 70 por un Eugenio Martín en plena forma. Para empezar, rehúsa el fantástico para adentrarse en un rutinario thriller de tono ferroviario. A años luz de su trabajo anterior -el efectivo aunque aburrido El Maquinista-, en Transsiberian apuesta por una intriga policíaca manida y al uso en la cual, sus varios giros de guión, difícilmente sorprendan a nadie.
Tal y como decíamos ayer, la historia de Bárbara, la serial killer de la Sexykiller de Miguel Martí, avanza por derroteros distintos a los de la película de Anderson. Planteada como una comedia rompedora (aunque de rompedora sólo tiene las intenciones) y claramente gay en pretensiones y desarrollo, su principal interés (por no decir el único) reside en el desparpajo con el que una divertida Macarena Gómez construye su papel; el de una perversilla y sádica estudiante de medicina con nulos problemas para facturar a sus congéneres al otro barrio. Pistolas, catanas, bolsas de plástico... cualquier artefacto es válido en manos de una mujer de armas tomar.
Diálogos de tres al cuarto -muy en la línea de las teleseries españolas actuales- y un sinfín de escenas violentas salpicadas de humor grueso y sangre a borbotones, buscan forzadamente -y sin conseguirlo- la complicidad de un espectador que empieza a estar cansado de tanta comedia de baratijo que se autoalimenta de un género que está pidiendo a voz en grito un poco de innovación... De todos modos (y a pesar de los pesares), resulta un placer inmenso ver a un descomunal Ángel de Andrés formando parte de una destartalada troupe de zombis escapada directamente de La Noche de los Muertos Vivientes... El próximo viernes (fecha prevista para su estreno oficial) la podrán disfrutar (o sufrir) en carne propia.
El festival arranca con mal pie. Suerte que la habitual cena nocturna con el bueno de Carlos Pumares reconforta hasta a un difunto.
Al salir de la proyección, la tal Bárbara me ha puesto entre la espada y la pared. Por primera vez en mi vida (y espero que la última), Macarena Gómez, la salada actriz que la interpreta, se ha metido en su papel y me ha apalancado un revolver sobre la sien. El contacto directo con el frío metal del cañón ha provocado en mí sensaciones indescriptibles.
Sitges no es para mí. Con tal sombra amenazante, deberé regresar a Barcelona lo antes posible.
Ayer noche, con la proyección del film Reflejos, se abrió la 41 edición del Festival de Sitges. Hasta el domingo 12 de octubre, la villa de Sitges se poblará de amantes del fantástico y de pirados por el 2001 de Kubrick, título al que va dedicado el certamen al cumplir, dicho film, 40 tacos de nada.
Sepan que Reflejos, el film que abrió el certamen anoche, se estrena hoy en todo el territorio nacional. En realidad, se trata de un remake de la coreana El Otro Lado del Espejo, una cinta de Sungh-ho Kim no muy difundida por estos lares. La dirección de la versión norteamericana ha caído en manos del parisino Alexandre Aja, un realizador que ya cuenta en su haber con dos títulos de género fantástico de excelente catadura: Alta Tensión y la brillante revisitación sobre Las Colinas Tienen Ojos.
Un festival de efectos especiales y truculencias varias se suceden a lo largo de la proyección. Las incongruencias son el pan de nuestro de cada día en una narración en la que todo vale… menos un guión con cierta coeherencia. De hecho, Reflejos casi no tiene guión y lo poco que expone es "más de lo de siempre" dentro del cine con fantasmas cansados de deambular con su pena (penita pena) a cuestas.
Kiefer Sutherland cumple con su papel... y punto. Paula Patton, la joven californiana que interpreta a su esposa, aprovecha sus rasgos latinos para emular constantemente a Jennifer Lopez, pero en realidad tiene muy poco de actriz, mientras que el resto del reparto (y de personajes) se me antojan meramente simbólicos, incluida esa especie de monja alférez tras la que se esconden muchos secretos sobre los fenómenos paranormales que trastocan al securata.
Si algo bueno hay en Reflejos, aparte de su original final (cosa que, sin haberlo visto, mucho me temo que procede del film coreano), es una brutal y sangrienta escena capaz de dejar al público totalmente boquiabierto (y nunca mejor dicho); una escena que, desde el interior de una bañera, protagoniza una tal Amy Smart, la chica que da vida a la hermana de Sutherland en el film.
Hace dos años, Sitges abrió con El Laberinto del Fauno; la edición anterior con El Orfanato: dos títulos que, puedan gustar o no, poseían cierto interés y un empaque comercial notable. La mediocridad que abriga Reflejos ha sido la encargada de destapar la caja de Pandora del 2008. ¿Qué sorpresas abrigará el Festival? Para empezar, ¡oh, cielos!, la película estrella de esta noche es el Transsiberian de Brad Anderson. Filmax ataca de nuevo. Ya les contaré…
Pues eso... : ¿qué coño le han visto a Brendan Fraser para que se haya convertido en uno de los rostros de moda en nuestras pantallas? O al menos esa es la impresión que causa la cartelera barcelonesa, en la que se encuentran tres títulos protagonizados por el actor (o, mejor dicho, actorcillo): la tercera entrega de La Momia (de la que ya di cuenta hace unos días), Cuatro Vidas y la nueva versión cinematográfica sobre el inmortal Viaje al Centro de la Tierra de Julio Verne.
Cuatro Vidas no es más que un quiero y no puedo; un film pedantillo y de estructura forzadamente circular, muy al estilo del Pulp Fiction de Tarantino... pero sólo en eso: en su aspecto estructural ya que, en todo lo demás, se asemeja a un telefilm de sobremesa de pésima catadura: barato, aburrido y vacío, muy vacío. Una nimiedad insoportable con pretensiones de cine de autor. Y es que Jieho Lee, su realizador -un hombre de origen coreano aunque nacido en Nueva York-, ha querido volar demasiado alto con una ópera prima que a duras penas consigue despegar.
El modo de relacionar los episodios resulta en extremo banal. De originalidad nula, la película avanza a ritmo cansino hacia ninguna parte, siendo lo más destacable de ella el personaje de "Dedos" (un brillante Andy García), un gángster cuyas maniobras pasarán factura al resto de protagonistas, incluido al soseras de Brendan Fraser quien, con esa cara de embelesado que mete a todas horas, da vida a uno de los sicarios del mafioso; un sicario enamoradizo y de buen corazón.
Lo del Viaje Al centro de la Tierra ya es otra cosa. De ella no se puede decir que sea aburrida, pero sí en extremo infantil. De hecho, viendo las constantes por las que navega, ésta va dirigida a los más pequeños de la casa. Sus pueriles diálogos, su acartonada puesta en escena y sus descuidados efectos especiales (muy de estar por casa todos ellos), lo demuestran claramente. Es más: la paciencia del espectador adulto tiene un límite y su íntegro visionado -que ni siquiera supera los noventa minutos- termina por rebasarlo.
Ideada para ser exhibida en 3-D (cosa que no ocurre en ningún cine de nuestro país), la cinta, en lugar de basarse directamente en el texto original de Verne, utiliza la novela a modo de manual de instrucciones al servicio de un científico tontolculo (cómo no, interpretado por el bobalicón del Brendan), su sobrino y una joven guía cuando, tras quedar accidentalmente atrapados en una cueva alojada en el interior de un volcán, vayan a parar al mismísimo centro de la Tierra.
Un montón de situaciones de lo más previsible se suceden una detrás de otra. Roba un poco de lndiana Jones y otro poco de las anteriores versiones sobre el libro. Y, como gran fiesta multicolor, Eric Brevig -su debutante director y todo un experto en el arte de los efectos especiales desde mediados de los 80- remoza hasta el último rincón de su trabajo con digitalizaciones varias. Pajaritos en forma de luciérnaga (al estilo Campanilla de Peter Pan), veloces dinosaurios o peces gigantescos y voraces, se alternan en medio de una aventura fantástica de lo más trillado.
Por mucho que se empeñe Brevig en darle aspecto de parque de atracciones temático, mucho me temo que ni el público infantil acabará de conectar del todo con tan irregular revisitación de la obra de Verne... ¡Con lo maja, entrañable y artesanal que resulta la del 59 dirigida por Henry Levin, pardiez!
La última película de Giuseppe Tornatore, La Desconocida, llega con cierto retraso a las pantallas españolas, pero al menos, y con respecto a otras cintas interesantes que jamás caerán en los circuitos comerciales de nuestro país, ésta ha tenido su oportunidad. Y bien que se lo merece.
Ennio Morricone se viste de Bernard Herrmann y, echando mano de un ejército de violines de fina catadura, puntúa con su inquietante música el agobio de esas escaleras circulares (y por momentos rocambolescas) por las que subirá y bajará, en numerosas ocasiones, su protagonista femenina. El de ella es un recorrido orquestado con la única finalidad de lograr un propósito que a algunos les parecerá oscuro e incluso inmoral. Pero todo es válido en su personal trayecto. Los efectos colaterales le importan un bledo. Y es que, para conseguir su objetivo, deberá salvar (y saldar) un montón de obstáculos.
Ella es Irena (excelente la composición que hace con su papel la actriz rusa Kseniya Rappoport), una mujer ucraniana, inmigrante en tierras italianas, que ha escapado de las mismísimas garras del diablo. En su fuga se ha hecho con un suculento botín monetario. Atrás, deja un mundo lleno de vejaciones y malos rollos. Ahora sólo queda recuperar aquello que le fue arrebatado... aunque su plan no es tan fácil como parecía a simple vista. El pasado suele interferirse, resultando en extremo molesto y doloroso.

Tornatore afila bien su cámara y su ingenio. Aprovecha el recorrido metódico, accidentado y emotivo de la desesperada Irena, para situar en la picota a la trata de blancas, a las mafias procedentes del este de Europa y a la despiadada adopción ilegal de niños. Y lo hace con energía, mediante un sinfín de flash-backs rápidos y escalofriantes; imágenes, todas ellas, que describen a la perfección el desconsuelo de una mujer dispuesta a todo con tal de borrar un ayer que le roba el sueño.
La Desconocida es un film que duele. Perturba y suelta verdades como puños, sin necesidad de recurrir a trasnochadas discursivas. Va al grano, arremetiendo con todo aquello que le estorba. La cuestión es extirpar cuanto antes la espina que Irena lleva clava en lo más hondo de su corazón. A veces, para ello, Tornatore hace trampa y juega demasiado con lo imposible. Pero, en este caso y debido a la contundencia de la propuesta, merece la pena desviar la mirada de cuantas truculencias y detalles no muy creíbles se escondan en su guión.
Y al final, para hacer más digeribles la cantidad de bofetadas que ha soltado a lo largo de la proyección, el director siciliano obsequia a la platea con un epílogo tierno y emotivo, de lo más dulce y sin caer en momento alguno en el maniqueísmo de la lágrima fácil. Un tipo inteligente el Tornatore.
José Luis Sáenz de Heredia, el encargado de llevar a la gran pantalla la fascistoide y propagandística (y hoy en día risible) Raza –escrita por el innombrable Francisco Franco-, se planteó Historias de la Radio como un sentido homenaje al mundo de la radio y a todos aquellos que la hicieron posible. Una radio totalmente distinta a la que conocemos en la actualidad: la televisión aún no había llegado a España, y ese instrumento de comunicación era la única distracción de los que poblaban un país sometido a las absurdidades de una férrea dictadura.Los espacios cara al público se convirtieron en los más populares de la década. Precisamente, sobre estos concursos, giran las tres historias de la que consta la cinta. Tres episodios que, sin renegar de un sano (y blanco) sentido del humor, rezumaban cierta moralina social y política y, ante todo, una fuerte carga de solidaridad y de espíritu de sacrificio.
Magníficos resultan los dos primeros de ellos. El que abre la película (sin lugar a dudas el más fresco de todos), protagonizado principalmente por los entrañables Pepe Isbert y Gustavo Re (con la colaboración incluida de gente como Tony Leblanc o José Orjas), mostraba la pugna entre dos hombres de edad avanzada que, disfrazados de esquimales y con la compañía de un perro, acudían raudos a los estudios de Radio Madrid tras oír, a través de las ondas radiofónicas, la llamada a presentarse a lo largo de un concurso vestidos de esa guisa. Al que llegara antes, le sería entregado un codiciado premio en metálico. Una overtura deliciosa antes de entrar en disquisiciones sociológicas más discutibles.
La segunda propuesta narra los avatares (en exceso moralistas y con una fuerte carga religiosa a cuestas) de un hombre desesperado que, justo en el momento en que está robando en el domicilio de su casero, atiende una llamada telefónica realizada, al azar y en directo, durante la retransmisión de un concurso radiofónico. Acudir al estudio y acreditar ser la misma persona que consta en la guía telefónica, son los dos únicos requisitos necesarios para ganar una considerable suma de dinero. Un sobresaliente Ángel de Andrés daba vida a ese individuo dispuesto a cambiar su ruinoso destino con un pequeño hurto.
Curiosamente Woody Allen, inició la espléndida Días de Radio con un gag calcado al anterior; un detalle éste que hizo correr ríos de tinta y comentarios de todo tipo sobre la posibilidad de que el realizador de Vicky Cristina Barcelona sacara la idea del guión urdido en 1955 por José Luis Sáenz de Heredia. Robado o no, las intenciones de cada uno de ellos fueron totalmente distintas: mientras el español aprovechaba para disertar sobre el arrepentimiento y el catolicismo, Allen (¡por suerte!) no cayó en ningún tipo de reflexión ética.
El toque coral y rural, tan típico de nuestra filmografía, también tenía su rinconcito en el corte que cerraba Historias de la Radio. En él, un niño enfermo con la oportunidad de salvar su vida sometiéndose a una operación quirúrgica en Suecia, se ve apoyado por la solidaridad de todos los vecinos de su pueblo. Entristecidos por no haber recaudado la cantidad suficiente para gestionarle el viaje, decidirán enviar al maestro de la aldea a concursar en el Doble o Nada de Radio Madrid. Los desaparecidos José Luis Ozores y Xan Das Bolas, vistiendo el primero una sotana y el segundo el uniforme de Guardia Civil, encarnaban, junto a otros grandes secundarios del cine español, a las fuerzas vivas de un país entristecido que sólo tenía en el cine y la radio sus únicas vías de escape (siempre que la censura lo permitiera)
A pesar de sus claras (y tendenciosas) intenciones políticas, Historias de la Radio ha quedado como un título clásico de una época en concreto. El oficio de sus actores y la virtuosa artesanía de Sáenz de Heredia tras la cámara, obraron el milagro. Hoy en día se ha de disfrutar como una obra de arte arcaica e irrepetible y, ¡cómo no!, como un tierno y bienintencionado tributo a aquellos que hicieron posible la fantasía de la radio en un tiempo imposible; una radio que, con sus lógicos cambios y avances, aún en la actualidad, sigue siendo tanto o más popular que entonces. Diez años después, el avispado Pedro Masó, contando con el mismo director y siguiendo un esquema argumental similar, produjo Historias de la Televisión.
De parte de Spaulding, reciban un fuerte beso en la frente todos los profesionales del mundo radiofónico (excepto ese cizañero insolente que trabaja en la COPE)

Empezó en eso del cine a muy temprana edad, trabajando como botones en los madrileños Estudios Chamartin. En 1954 llevó a cabo su primer guión (Como la Tierra) y un par de años más tarde, escribió y produjo el largometraje coral ¡Aquí Hay Petróleo!, debutando en la dirección, un par de décadas después, con Las Ibéricas F.C. Atendía por el nombre de Pedro Masó y hoy, con su muerte, desaparece un pedazo inmenso de la historia del Séptimo Arte en España y, por extensión, de todo un país.
Descanse en paz.
Una manera distinta (y sin embargo clásica) de filmar el horror: poco a poco, sin prisas, igual que una muerte lenta y agónica, creando tensión a cada paso que da. Un ambiente enfermizo y terrorífico, capaz de potenciar al género hasta límites no muy explorados, jugando con lo manido aunque sin caer en el tópico ni resultar repetitivo; siempre en la frontera. Un producto altamente recomendable a todos aquellos que añoren al John Carpenter de hace unas cuantas décadas; igual que en las más angustiosas noches de Halloween, pero sin calabazas ni caramelos.