26.8.10

EN RESUMIDAS CUENTAS: de músicos, fregonas y embarazadas

Y dura... y dura... y dura. El Concierto ya lleva meses aguantando estoicamente en la cartelera barcelonesa. Y, sin ser una mala película, la verdad es que no hay pá tanto. El rumano Radu Mihaileanu es su realizador, el mismo que en 1998 lograra, con El Tren de la Vida, una efectiva y ácida comedia muy al estilo del To Be Or Not To Be del maestro Lubitsch. Si en esa todo giraba alrededor de un gran engaño montado por un grupo de judíos para escapar del holocausto nazi, en El Concierto propone otro tipo embuste de coordenadas igualmente corales.

En su film, Mihaileanu muestra el resurgir de las cenizas de un director de orquesta que antaño perdiera su empleo al frente de la célebre Orquesta del Bolshoi por enfrentarse directamente con el régimen de Brezhnev. Aprovechando una invitación oficial no precisamente dirigida a él, decide reunir a sus viejos músicos judíos y, mediante a un artificioso engaño, organizar un gran concierto en el Chàtelet de Paris. Los fantasmas del pasado no tardarán en aparecer.

La comedia empieza bien. Promete sus buenos gags. Y los tiene, sobretodo en lo que hace referencia a su parte más coral, justo cuando retrata a algunos de los componentes de la antigua banda. Pero la cosa empieza a torcerse al forzar en exceso una abultada farsa que no acaba de resultar creíble. Y se desvía aún más cuando comienza a moverse (o, mejor dicho, resbalar) por terrenos sentimentaloides que acaban totalmente con su agradable aspecto paródico.

Los amantes de la música clásica y, en concreto, de Tchaikovsky, pueden disfrutar de lo lindo. Al resto de mortales, aparte de su gracioso arranque, siempre nos queda el consuelo de deleitarnos con la presencia de una espléndida Mélanie Laurent, la heroína de Malditos Bastardos, un nombre que ya apunta alto.


Más interesante me parece la propuesta de la neozelandesa Christine Jeffs quien, con Sunshine Cleaning, da una nueva vuelta de tuerca a un tema explotado en varias ocasiones a lo largo de los últimos años: el de las empresas de limpieza que se dedican a dejar impolutos los escenarios en los que se han producido muertes violentas. Primero fue Tú Asesina, Que Nosotras Limpiamos la Sangre y, hace muy poco, el thriller Cleaner.

Dos hermanas de caracteres opuestos son sus protagonistas. La una, madre soltera; la otra, una joven rebelde sin oficio ni beneficio. Ambas, a propuesta del policía amante de la primera, decidirán estrenarse al mando de una nueva empresa nada habitual para poder dejar atrás su latente miseria. Muy cerca de ellas, el padre de las dos y el hijo de la mayor, un niño con ciertos problemas de adaptación.

Sunshine Cleaning plantea su historia desde un prisma inequívocamente indi. Familias disfuncionales, un toque de crítica social y un perverso toque de humor vitriólico son las características principales de un film que posee muchos puntos de contacto con Pequeña Miss Sunshine (quizá demasiados), incluyendo la presencia de un insuperable Alan Arkin repitiendo su papel de abuelo. Atención, ante todo, al buen hacer de las dos actrices principales: Amy Adams (en un rol encantador y menos azucarado de lo que es habitual en ella) y la cada día más sorprendente Emily Blunt. El resto es lo de siempre en este tipo de productos, aunque bien llevado y con unos personajes perfectamente perfilados.


Mi Refugio, el nuevo trabajo del parisino François Ozon tras la desesperante Ricky (el Tobi con pretensiones intelectualoides), es un film intimista que peca por su exacerbada lentitud y por lo previsible que resulta su final. Un melodrama de armas tomar que, a pesar de los claros esfuerzos de su realizador por emocionar al espectador, no llega a despertar el más mínimo interés. Demasiados temas aglutinados en un solo título, apelotonados un tanto sin orden ni concierto, hacen de este un producto igual de presuntuoso que la mayor parte de su filmografía.

Heroína, drogadicción, muerte, amor, maternidad, homosexualidad, lucha de clases, soledad... ¿Quién da más? De todo un poco y al saco. Mousse es una chica que, tras la muerte por sobredosis de su pareja, deberá enfrentarse a su propia desintoxicación y al dilema de sacar adelante el embarazo que le acaban de diagnosticar. Refugiándose en una idílica casa campestre, sin familia y rechazada por los padres de su difunto compañero, tan sólo recibirá el apoyo del hermano del desaparecido.

Un exceso de planos muertos y silencios alargados hasta límites insostenibles se convierten en marca de la casa. Hasta el propio Haneke, ante tanta inmovilidad, podría sentirse celoso del trabajo de Ozon. Tan sólo cuatro apuntes al margen cargados de buenas intenciones, la belleza de los paisajes normandos fotografiados y el digno trabajo de Isabelle Carré, su protagonista femenina, se salvan de entre tanto aburrimiento y pedantería.

24.8.10

Abandonados

Toy Story 3 es, sin lugar a dudas, la película más interesante estrenada este verano. Al contrario que la saga Shrek, la cual empezó perfecta y fue yendo de mal en peor, los responsables de Toy Story se superan a sí mismos. Su derroche de imaginación, la forma de perfilar genialmente a todos sus personajes (del primero al último) y el trepidante ritmo otorgado a la historia, hacen de ella una entrega tanto o más compacta que sus dos predecesoras.

Una saga que no decae. Sus gags no dejan de sorprender. Se autohomenajean con gracia, mientras que sus no muy abusivos guiños cinéfilos resultan de una sutileza exquisita, nunca suenan a forzados. La aventura inicial a bordo de un tren, a modo y manera de la de Indiana Jones y la Última Cruzada, o la inesperada reconversión de Buzz Lightyear en un seductor latino y bailaor capaz de levantar la libido a la vaquera Jessie, son dos representativos pasajes que resaltan lo fantasiosas y metódicas que son las mentes capaces de perfilar las historias en las que se ven envueltos los juguetes creados por la gente de Pixar.

Con el fin de evitar vicios adquiridos en las dos anteriores. John Lasseter se ha alejado de la dirección, afianzándose más en aspectos de guión y producción y dejándole la batuta a su colega Lee Unkrich. Éste, que ya había co-dirigido Toy Story 2 con el propio Lasseter y Ash Brannon, demuestra dominar en solitario el cotarro como nadie. En Toy Story 3 no hay momento para el descanso. Incluso se muestra diestro en el dominio del 3-D, utilizándolo como una herramienta más sin entretenerse, a pesar del sistema. en buscar los efectos más espectaculares. Siempre prima la historia antes que el habitual (y cansino) efectismo de una técnica que hace que muchos olviden que el guión es lo más importante. Y, en este caso, Unkrich supera la prueba con nota altísima.

No dejen de verla. Acérquense al cine y denle su apoyo a unos juguetes que están pasando un mal rato. Ellos también tienen su corazoncito. Tantos años al lado de Andy, el niño de la casa, y éste, ya crecidito, me los abandona para largarse a la Universidad. ¿Cual será su destino?, ¿jugarán con otros niños?, ¿verán sus días acabados en un basurero?, ¿quedarán encerrados para siempre en un desván?... Ofrézcanles su aliento, pobretes, pues se lo merecen. En compensación, les divertirán e incluso les emocionarán. No tiene desperdicio.

Y ante todo préstenle especial atención a uno de los nuevos y sorprendentes personajes: un bebé tuerto y de lo más siniestro digno de los viejos films de terror de la Universal. Sencillamente impresionante.

17.8.10

Los timadores

Ávido de clásicos, el otro día compré un par de deuvedés que aún no poseía en mi amplia colección: El Signo del Zorro (la del 40, con Tyrone Power) y Los Girasoles (título emblemático de De Sica con Mastroianni y Sophia Loren). El primero editado por Fox y el segundo por IDA Films. Un par de engendros de ediciones. Un par de timos como dos catedrales. Les cuento:

Fox, en la que ellos llaman colección Studio Classics, tiene las santas narices de poner a la venta El Signo del Zorro, un clásico del cine de aventuras en magnífico blanco y negro, aunque escondiendo en su carátula que se trata de una asquerosa versión coloreada, sorpresa que uno se lleva cuando se dispone a ver la película y descubre las mejillas rosadas del Power y unos pastos de un verde subido tipo parchís chillón. Si les apetece pintarrajear películas, allá ellos, pero al menos que adviertan en su portada que los niñatos de la Fox se han dedicado, para esta versión, a estampar colorines a tutti plen. Las sombras y los múltiples matices grises de la fotografía original, a tomar polculo. Ni respeto por la obra ni por el cliente. Al menos, en EE.UU., la sacaron al mercado con las dos opciones en la misma edición. O sea: blanco y negro para los amantes del cine y coloreada para los más chorras de la casa. En España, sólo a todo color(eado).

Es más, los muy jetas ni siquiera avisan del coloreo del film en la publicidad que del DVD hacen desde su propia Web. Ver para creer ¡A robar carteras...!

Lo de Los Girasoles de don Vittorio de Sica, edición vía IDA Films, también tiene delito. Dejando ya a un lado su deficiente imagen, lo peor de todo es que cuando uno opta por verla en su versión original italiana subtitulada, los subtítulos en castellano son minúsculos. Peor que minúsculos: diría que casi microscópicos y mal contrastados, imposibles de leer sin situarse a menos de un palmo de la pantalla. Total, que para subsanar la imposibilidad de enfrentarse a los subtitulillos sin quemarse la vista, toca decantarse por la versión doblada en español. Jódete patrón. Y hete aquí cuando llega la segunda sorpresa, pues se trata de una banda de sonido totalmente deteriorada, en donde las voces quedan apagadas por culpa de un exceso de agudos en los efectos de sonido y en la inolvidable partitura compuesta por Henry Mancini, así como repleta de vibraciones insoportables debido a que la música patina y llora en multitud de ocasiones. Irritante e insufrible. Insultante. Todo un derroche de mal gusto que el cliente ha comprado totalmente engañado. ¡A robar carteras...!

De este film, por suerte, existen otras ediciones que supongo deben estar en mejores condiciones. No caigan en el error de comprar esta zafiedad de IDA Films.

La SGAE insiste en que las descargas de Internet son ilegales. Un servidor, después de pagar por esta mierda de copia y sin ganas de volver a gastar más euros por un título ya comprado, recurrió a la ilegalidad de Internet para disfrutarla en perfectas condiciones. O sea, buenos subtítulos y una banda sonora más que aceptable.

“No robarás un coche, no robarás un libro, no robarás una película..." y además sufrirás nuestro anuncio acusándote de pirata cada vez que nos compres un DVD, deberían añadir. Pero ellas, las editoras, tienen todo el derecho a timarte.

Zarrapastrosos, que son unos zarrapastrosos.

9.8.10

Sueños de grandeza (la gran boutade)

No contento con que la crítica dejara por las nubes mediante todo tipo de elogios a El Caballero Oscuro, Christopher Nolan se ha propuesto ahora rizar el rizo con Origen, un título que no dejará indiferente a nadie y que, entre otras cuestiones, intenta revolucionar el cine a través de su narrativa. Una pretensión que sólo esconde lo pagado de sí mismo que está el director.

Origen no es más que un Ocean’s Eleven planteado de forma rocambolesca para que los más sesudos crean que se encuentran ante la obra magna del siglo. En lugar de asaltar un casino, el grupo protagonista, por encargo de una corporación, ha de conseguir extraer un secreto muy bien guardado de la mente de un heredero millonario. Una Mision:Impossible de "ensueño", con un mucho de Matrix y con el claro referente implantado por clásicos (insufribles hoy en día) como El Manuscrito Encontrado en Zaragoza o El Año Pasado en Marienbad. La pedantería, aunque en formato blockbuster, está servida.

Nolan plantea la acción del film de manera que, en general, resulte difícil distinguir entre realidad y sueño. Nunca se aclara, a ciencia cierta, en cual de los dos niveles se encuentran sus protagonistas, a excepción de la claridad de su última media hora en la que se juntan tres sueños distintos, cada uno de ellos dentro de otro y jugando manipuladoramente con la ecuación tiempo/espacio. Una manera como otra de convertir la empanada en una Nada totalmente laberíntica y, si venir a cuento, colar un homenaje a las míticas escenas de nieve de la serie James Bond, uno de los momentos más innecesarios e inacabables de su abultadísimo metraje (casi dos horas y media de tomadura de pelo)

Sueños a la carta, con diseño de decorados y ambientación incluidos. La inducción del sueño. El no va más de la interpretación de los sueños. Freud, ante tamaña disertación, se la pelaría. Todo parece muy complicado y, por esa razón, Dom Cobb (el personaje al que da vida Leonardo DiCaprio), se pasa más de media película dando explicaciones de todo tipo. Aclarar, lo que se dice aclarar, aclara muy poco; en realidad, con sus acotaciones aún complica más el asunto. Entender, se entiende muy poco. La verdad es que, ante tan inmensa boutade, no hay nada que entender. Es así. Y punto... aunque a los más sabiondos del lugar les va a costar reconocer que se han quedado en Babia.

Cine de acción gafapastero. “No hay que conformarse con el clasicismo de un film de género al uso. Cuanto más lo compliques, más te veneran”, debió pensar el Nolan. Para él, lo lineal ya no mola. Hay que orquestar un espectáculo incomprensible que contenga una infinita (aunque falsa) posibilidad de lecturas en su argumento. El vacío es total, pero siempre se le va a encontrar algún que otro significado... aunque éste ni exista. Lo único interesante es que tenga ritmo (a pesar de que aburra hasta a los moscardones) y que la platea, en bloque, se espatarre ante la espectacularidad visual que genera la tecnología digital actual.

Intriga, acción, un despliegue de efectos especiales del copón y, de propina, una historia de amor traumática para que el DiCaprio pueda meter cara de oveja degollada como gran proeza interpretativa. Cuatro actores conocidos (aunque no deslumbrantes) haciendo de colchón, la presencia (fugaz) de Michael Caine en plan fetiche (ese siempre da prestigio) y la utilización de Marion Cotillard como excusa para un fácil y reiterativo guiño musical a su Edith Piaf de La Vida En Rosa.

Los sueños, sueños son. Y Origen, más que un sueño, es un calvario. El típico calvario que, en menos que canta un gallo, se termina convirtiendo en film de culto. Extravagancias de culturetas.

Conclusión: ¡qué gordo se nos ha puesto el Tom Berenger!

6.8.10

El arte del engaño

Debido a las numerosas medianías que se están estrenando este verano, he aprovechado mis vacaciones para revisar ciertos clásicos que, por un motivo u otro, me quedaban ya muy lejanos. Este es el caso de Golfus de Roma, un título que provocó en mi niñez un entusiasmo sin precedentes y que posteriormente, en su reestreno hacia finales de los años 80, me decepcionó ingratamente. Una decepción que con su nuevo visionado ha vuelto ha convertirse en admiración. Ya era hora de romper con esa dualidad de sentimientos contrapuestos.

Visto lo visto, el cambio de parecer se me antoja de lo más lógico. El preestreno de los 80 se hizo de la forma más patética posible: manteniendo dobladas al español las canciones que el gran Stephen Sondheim compuso para el original teatral que dio pie a la película, lo cual rompe con la elegancia y perfeccionismo con la que se llevó a cabo la producción. Y más si se tiene en cuenta que obtuvo, en su día, el Oscar a mejor Banda Sonora Adaptada. Una vergüenza desatinada que, por desgracia, aún se puede comprobar en la banda de sonido castellana de su edición en DVD. Por suerte, siempre nos queda el inglés subtitulado. Maravillas del formato digital. Y es así justo cuando Golfus de Roma recobra todo su esplendor, con Zero Mostel y su propia voz introduciendo al espectador en la que será una de las más alocadas historias sobre romanos que haya parido el cine.

Dirigida por un Richard Lester en plena forma tras sus delirantes experiencias con The Beatles (¡Qué Noche la de Aquel Día! y ¡Help!), el hombre supo otorgarle un ritmo vertiginoso y milimetrado a las experiencias vodevilescas vividas en una barriada romana por Pseudolus, un pícaro esclavo que, a cambio de su libertad, intentará conseguir para el hijo de sus propietarios a una cortesana virgen por la que éste siente una fuerte atracción amorosa. Y he aquí cuando el tal Pseudolus hace del engaño y la mentira todo un arte. ARTE en letras mayúsculas. Nada se le escapa de las manos. A cada bache busca nuevas soluciones, a cual más alucinada. A pesar del descontrol y de los numerosos imprevistos, el tipo siempre encuentra una salida de emergencia para seguir a delante, aunque sea a trancas y barrancas: camina desvergonzadamente sobre una débil maroma para llevar a cabo su plan, constantemente a punto de desplomarse al vacío; riza el rizo con una desfachatez asombrosa y, con sus improvisados parches, aún hace más difícil la situación creada. Toda una forma de vida.

Zero Mostel es Pseudolus, alma mater de un film al que en España nunca respetaron su larguísimo título original (A Funny Thing Happened on the Way to the Forum). Siempre al límite de la sobreactuación y sorteando a cada segundo el caer de lleno en ella, el actor convierte a su peculiar y gesticulante esclavo en uno de los personajes más emblemáticos de la comedia de los años 60. A su lado, y componiendo una fauna irrepetible de personajes, gente de la talla de Buster Keaton (el anciano Erronius que debe dar 7 vueltas a las colinas de Roma para desfacer un falso embrujo), Phil Silvers (el estresado propietario del lupanar del lugar) o un jovencísimo Michael Crawford (el enamoradizo y tontainas Hero) muchos años antes de convertirse en El Fantasma de la Ópera sobre los escenarios londinenses.

Tres son las casas que dominan la acción y, ante todo, su cuidada escenografía. En el centro, la casa del calentorro Senex, padre de Hero y casado con una mujer altiva y dominante; a su izquierda, la de Erronius, casi siempre vacía debido a las interminables caminatas de su propietario y, a su derecha, la de Marcus Lycus, un prostíbulo que pronto se convertirá en el centro de atención de una legión romana en busca de compañera para su soberbio centurión.

Yeguas sudadas, eunucos, impostores, gafes, putas, soldados engreídos, mujeres que en realidad son hombres, saltimbanquis, persecuciones de cuádrigas... El enredo en toda regla. Hay de todo en la villa del crápula Pseudolus, incluidas música, canciones y coreografías no muy al uso. Pero, ante todo, numerosas puertas que se abren y se cierran, un exceso de confusiones y un sinfín de lumbreras desfilando y desapareciendo ante cámara. El ilusionista, sin embargo, tiene nombre propio: Richard Lester.

No saben cuanto me alegro de haberme reconciliado con el frescor de una joya como ésta. Noventa y nueve minutos a los que no les sobran ni un solo segundo. Todo está en su sitio, perfectamente cuadrado. Un buen ejemplo de ello son sus magníficos títulos de crédito finales: valen un potosí.

3.8.10

¡Olé con los Sanfermines!

Poco o nada tiene que ver este Noche y Día con anteriores trabajos de su director, James Mangold, como Copland, Identity o la más reciente El Tren de las 3:10. En este caso, el realizador neoyorquino opta por un film de entretenimiento, de pura acción y para ello, para contentar a la taquilla, echa mano de dos de los rostros más populares del Hollywood actual: Tom Cruise y Cameron Diaz. Él ejerce de espía acosado, ella de mujer pizpireta metida accidentalmente en una historia que ni le va ni le viene. Y, por en medio, el McGuffin de turno: una batería de carga perenne muy cotizada. Detrás de ellos (y, por supuesto, de la batería de marras), un montón de agentes de la CIA y los hombres de un narco andaluz (con el careto de Jordi Mollà) dispuestos a hacerse con tal preciado material.

El punto de partida en un aeropuerto, con la toma de contacto de los personajes interpretados por Cruise y Diaz, promete un divertimento atractivo. Utiliza (elegantemente) la comedia como base y, a pequeñas dosis (aunque siempre con un ritmo trepidante), va soltando pistas para que el espectador sepa por dónde van a ir los tiros (que, de haberlos, hay muchos). Una vez la parejita ha embarcado en el avión se inicia una astracanada imparable, mezcla de mascarada y cine de acción. A partir de ahí, todo puede suceder.

De hecho, Noche y Día no es más que un festival de muecas (cargantes) y posturitas de sus dos protagonistas. Por mucho que se empeñe Mangold, la química entre ambos no funciona ni a golpe de bombazos. Ellos, cada uno por su lado (aunque vayan juntitos), buscan chupar cámara a la mínima de cambio. El interés de la historia, por muy acelerada que sea, resulta mínimo y sólo queda el disfrutar (por cojones) con las boberías de los dos y con el sinfín de elipsis narrativas que el realizador se saca de la manga para ahorrarse demasiadas explicaciones en un guión que hace aguas por todas partes.

Hostia va, hostia viene. Persecuciones de todo tipo: en coche, a pie, en moto... Tiroteos a tutti plen. De todo un poco (incluidas unas transparencias que tumban de espalda), aunque metido a saco y sin sentido alguno. El esperado film de acción se ha convertido en un gran circo, con payasos pasados de rosca, que nos pasea por tierra, mar y aire.

Y, como guinda exquisita y muestra de la incultura (o tozudez) de sus responsables, un epílogo (motorizado) que transcurre durante los tradicionales Sanfermines pamplonicas... ¡¡¡pero trasladados al corazón de la mismísima Sevilla!!! ¿Recuerdan las falleras también sevillanas de Mission: Impossible II? Pues esto es similar, aunque ampliado a la máxima expresión. Y, curiosamente, en las dos pelis está el amigo Cruise. Hágaselo mirar, buen hombre.

Por cierto, ¿la sardana es el baile tradicional de la comunidad de Madrid? Y es que ya puestos...

8.7.10

Un corto

Estoy pero no estoy. Me encuentro de vacaciones. Volveré.

28.6.10

Un par de oasis argentinos

Con la sequía de buenos productos cinematográficos por la que estamos pasando, es todo un placer descubrir dos pequeñas joyas del cine argentino subsistiendo en la nada placentera cartelera de los últimos meses.

La primera de ellas es Mentiras Piadosas, una estimulante comedia negra que data ya del 2008, tremendamente ácida y con un acentuado tono melodramático. La historia, dirigida por Diego Sabanés, está inspirada libremente en un cuento corto de Julio Cortázar. De hecho, la base de la historia -en la cual los miembros de una familia inventan una sarta de mentiras para esconderle a una madre la suerte de un hijo que partió a Francia en busca de fortuna-, es lo que más se acerca al original literario pues, el tal Sabanés, con ese punto de partida, logra una brillante radiografía de la familia como grupo y de las falsas apariencias que se ven inmersas en tal microcosmos.

Mentiras Piadosas desgrana, a dosis iguales, mala leche y sentido del humor. La mentira, a golpe de ensancharla, acaba formando parte de la existencia real de los integrantes de la familia. Tan grande se ha hecho la bola que no podrán vivir sin ella, girando todo su devenir diario alrededor de la misma. Se autoalimentan de ella y, al mismo tiempo, se olvidan de otros quehaceres diarios, como el de mantener apropiadamente el negocio familiar. Lo único que importa es tener a la madre engañada.

Su tono costumbrista inicial es sólo un esbozo, un modo como otro de entrar en materia. Pronto se aleja de él, suelta las riendas y se aproxima al mayor de los absurdos, alzándose como un inteligente canto a la sin razón y al surrealismo y en el que sobresale (aparte de sus buenas interpretaciones) la sobriedad de una realización que apuesta por la claustrofobia escénica. Los interiores y la oscuridad son dos de sus grandes constantes; unas constantes que ayudan a reflejar el encorsetamiento de ciertas (malas) costumbres familiares y el miedo a descubrir demasiado del exterior. Las sombras y los fantasmas serán los únicos vecinos de una familia entregada devotamente a una ficción.

Dos Hermanos es el otro título argentino destacado. La familia, de nuevo, convertida en centro de atención de esa cinematografía. Dirigido por el prestigioso Daniel Burman tras la excelente El Nido Vacío, muestra la extraña (y tensa) relación que mantienen Marcos y Susana, dos hermanos setentones que acaban de enterrar a su anciana madre. Los trapicheos inmobiliarios de ella y el conformismo de él marcarán su existencia.

Susana es una arpía de mucho cuidado; una mujer hipócrita, manipuladora y falsa hasta la médula. Por su parte, Marcos destila buenos sentimientos a través de todos sus poros y se muestra capaz de soportar, con suprema paciencia, los desmanes de una hermana totalitaria. De todos modos, la vejez la pasarán separados, a temporadas, debido a la distancia. Mientras ella reside en su piso de Buenos Aires, él se acomoda en una vieja casona que Susana compró, por cuatro chavos, en un pueblecito del Uruguay, justo al otro lado del río.

Una obra emotiva, sencilla y sincera. La clara demostración de que, en cine, no es necesario gastarse una fortuna para narrar una buena historia. Labrada a golpe de sentimientos, Dos hermanos resulta una película magnética: atrapa en su costumbrismo (genial el modo de acercarse a los habitantes del pueblo uruguayo); sorprende por su (agrio) sentido del humor y convence, ante todo, por las magistrales interpretaciones de sus dos actores principales, Graciela Borges (toda una diva del cine argentino) y Antonio Gasalla, un humorista del país no muy conocido por nuestros lares.

16.6.10

¡Jo, qué nochecita!

El canadiense Shawn Levy es un realizador del montón al que le suelen encargar comedias del montón. Tal cual. La Pantera Rosa del 2006 o Noche en el Museo y su secuela, son sólo algunos de los (olvidables) títulos que definen a la perfección el carrerón de un hombre que empezó como actor televisivo y acabó alternando su faceta de intérprete con la de director. Quizás más le valdría no haberse situado jamás tras una cámara. Ahora, con Noche Loca, ha llegado a la cima de su filmografía ya que, sin ser nada del otro mundo, se deja ver con cierto agrado, desmarcándose un tanto de sus fantochadas anteriores.

La idea de Noche Loca no es, ni mucho menos, original. De hecho, se trata de un cruce bastardo entre Con la Muerte en los Talones y Jo, ¡Qué Noche!. Del film de Hitchcock roba la confusión de personajes (Thornhill por Kaplan y aquí Foster por Tripplehorn), mientras que del de Scorsese, la idea de hacer transcurrir buena parte de su acción durante una noche de lo más insomne y estrafalaria. El resto lo deja en manos de un (siempre) efectivo Steve Carrell, uno de los comediantes actuales con menos tendencia al histrionismo.

La cinta se acerca a la noche infernal por la que pasará un matrimonio de Nueva Jersey que decide ir a cenar a un restaurante de moda en la ciudad de Nueva York. La apropiación indebida de la reserva de mesa de otra pareja y la aparición de un par de matones que les toman por quienes no son, forman el grueso del leitmotiv del film. A partir de aquí, un sinfín de enredos y de situaciones (más o menos divertidas) con alguna que otra sorpresa en su haber, como la genuina y autoparódica aparición de un Ray Liotta muy puesto (y gracioso) en su habitual rol de matón o la presencia de un fornido espía internacional, de torso desnudo (a lo Charlton Heston), guaperas y follador, al que da vida un inesperado Mark Wahlberg.

La cosa funciona con cierta soltura hasta que ha de enfrentarse al último cuarto de hora. Allí el tal Levy patina estrepitosamente y pierde el control por completo. La moderada exageración de situaciones con las que ha ido avanzando a lo largo de su metraje va a más, dando paso a una astracanada precipitada, sin sentido y con un puntito de moralina sobre la monotonía en el matrimonio y en la vida familiar. Es justo, en ese momento, cuando uno recuerda que el principal responsable es también el artífice, entre otras, de la citada Noche en el Museo, Gordo Mentiroso y Doce en Casa.

No se pueden pedir peras al olmo.

11.6.10

La male leche de Dios siempre es perdonable

Legión forma parte de ese grupo de películas fantásticas llenas de (molestas) connotaciones religiosas. Dios, ángeles y castigos divinos a manta. Poca cosa nueva para el debut como director de Scott Stewart, hasta el momento un hombre metido de lleno en la industria de los efectos especiales. De hecho, su film, es todo un conglomerado, un tanto desordenado, de títulos como Terminator, Los Diez Mandamientos y Río Bravo, entre otros muchos.

Dios esta mosqueado. Los hombres le han salido rana y, para sacarse de encima las malas pulgas y poner fin a tanto desmadre en la Tierra, decide enviar un batallón de ángeles para proceder al temido Apocalipsis. Pero Michael, un angelote que decide desobedecer los órdenes del supremo, opta por convertirse en improvisado guardián de una joven embarazada en cuyo vientre acuna al que podría ser el Salvador de la Humanidad. La homilía religiosa no ha hecho más que empezar.

La película arranca bien, con ritmo. En cuanto a la llegada a la Tierra de Michael, fusila, sin reparos, el inicio de la segunda entrega del citado Terminator, pero en plan halado y siguiendo los tics de la serie B. Hace gala de una presentación de personajes excelente. La manera de acercarse al grupo que está reunido en el interior del bar de Bob Hanson es encomiable. Con los mínimos detalles posibles, logra que el espectador se haga una idea rápida de cada uno de los personajes protagonistas. El resto ya es pura cinefilia: un local solitario en medio del desierto; una tensión extrema en espera de próximos sucesos y algún que otro susto bien metido en la historia.

La cocción parece perfecta. El primer aviso del peligro que se avecina tiene su coña (atención a la anciana dentada) y su engranaje sigue prometiendo lo mejor. Pero “lo mejor” se acaba pronto, a la media hora de proyección. De repente, los tópicos empiezan a sucederse uno detrás del otro y todo el buen planteamiento inicial se desmorona como un castillo de naipes, dando paso a un trabajo previsble cargado de una fuerte dosis de religión vía intravenosa. Suerte que, para compensar, se monta un inmenso guiño argumental a esa oficina sitiada del sheriff en la magistral Río Bravo.

Ángel va y ángel viene. La filosofía de la película tumba de espaldas: Dios todopoderoso existe. Castiga a la Humanidad con escarmientos de lo más violentos porque sus criaturitas se han vuelto malvadas. Él no tiene mala leche, lo hace por nuestro bien. Aunque parezca un cabronazo de mucho cuidado, Dios es bueno.

Pues eso. Un planteamiento exquisito, un desarrollo de lo más cantado y, como propina, un sermón religioso de los duros, de los de la vieja escuela. Lo que hay que aguantar en el cine.

7.6.10

Infectados

En 1973, cinco años después de la (para mí) sobrevaloradísima La Noche de los Muertos Vivientes, George A. Romero, fiel a su espíritu zetoso, se descolgaba con una película que, de tan cutre, tumbaba de espaldas. The Crazies era su título y, en ella, se acercaba a los efectos que provocaba un virus letal entre los habitantes de una pequeña población cercana a Pennsylvania. La guerra bacteriológica y los tejemanejes gubernamentales y militares se convertían en los principales centros de atención del producto, así como en la locura que trastornaba a todos los contaminados.

Ante un film tan basurero como éste, lleno de planos y escenas imposibles, el único entretenimiento para el espectador estribaba en descubrir cual de los pésimos actores de su elenco resultaba el peor de todos. Una cuestión francamente difícil de resolver, por no decir imposible. La verdad es que, ante tamaña y risible ignominia de aspecto visual cercano al de las pelis pornos setenteras, cuesta creer que, con el paso de los años, el amigo Romero se haya convertido en un director de culto. Hacer siempre la misma película, con mayor o menor fortuna, ha sido siempre su truco (o, mejor dicho, su gran engaño). Está claro que, en muchas ocasones, el mundo del Séptimo Arte está directamente orquestado para el disfrute de impostores.

No contento con haberla filmado (y castigado a las plateas) en una ocasión, ahora, casi cuatro décadas más tarde, el cineasta se disfraza de productor ejecutivo y, contando con un tal Breck Eisner en la dirección (todo un hombre de paja), se embarca en el remake de tan pésima cinta. El título es idéntico,The Crazies, y sus constantes son bastante similares aunque, por el camino, se haya perdido el espíritu políticamente incorrecto que lucía en su puesta de largo.

En este caso, sus dos protagonistas principales, una pareja compuesta por el sheriff y la doctora de la localidad, al menos están interpretados por dos rostros conocidos, lo cual no quiere decir que lo hagan bien ya que, seguramente influidos por las actuaciones del film primitivo, también están de lo más patético. Él es Timothy Olyphant (Hitman) y ella Radha Mitchell (Melinda y Melinda).

Si en algo positivo se diferencia de la original radica en que su planteamiento inicial resulta ciertamente brillante y tentador. A partir del mismo, los desaguisados son iguales e incluso mayores que en la del 73, recurriendo incluso a la repetición de algunas de sus escenas aunque, en general y por su pinta de road-movie, termine por asemejarse mucho más (pero en malo) a Infectados (Carriers), el eficiente título norteamericano que, dirigido por los hermanos catalanes Álex y David Pastor, se acercaba igualmente al fin del mundo tras los devastadores efectos de una pandemia vírica. Y es que, más que una influencia, por momentos, da la impresión de tratarse de un calco descarado de la misma.

A pesar de ser técnicamente superior a la primera (un mérito mínimo teniendo en cuenta los avances actuales en el campo de los f/x), su estructura es idéntica a ella. Una vez sobrepasados los minutos iniciales, The Crazies entra en una imparable espiral de precipitaciones narrativas. El factor tiempo/espacio deja de existir con la única finalidad de que su protagonistas, tocados por su pútrido y vacío guión, se muevan a su libre albedrío por los distintos escenarios de la historia.

Un remake tan innecesario como estúpido. Con una única fantochada teníamos más que suficiente. Si no quieres caldo, dos tazas.

5.6.10

Amarcord a la Tornatore

Baaría es el nuevo film de Giuseppe Tornatore, un realizador que desde 1988, año en que dirigiera su compacto Cinema Paradiso, parece buscar, sin conseguirlo, un trabajo que iguale su indiscutible obra maestra. Y es que Baaría, una mezcla entre el título citado, Amarcord y Novecento, no logra ir más allá de la corrección escénica y de un buen puñado de aciertos visuales.

Planteada como un gran homenaje a la ciudad siciliana en la que naciera su director y, al mismo tiempo, como un fresco histórico capaz de retratar parte de los primeros ochenta años del pasado siglo XX, Baaría peca de una falsa opulencia cinematográfica que desdibuja la mayor parte de pasajes de una cinta construida de modo lineal aunque de forma sincopada, dando la impresión de tratarse de un conglomerado de pequeños cortometrajes que, en su unión correlativa, dan (más o menos) vida al devenir de tres generaciones de una misma familia del lugar, los Torrenuova, aunque centrándose ante todo en Peppino, uno de los miembros de la generación intermedia, un pastor en su infancia que, de mayor y a golpe de injusticias sociales, optó por militar en el Partido Comunista.

Un poco de todo (y de todos los colores) al servicio de una película cargada de pretensiones épicas. Fantasía, romance y una elevada dosis de crítica social y política son sus principales ingredientes. Arremete contra la mafia, los poderes fácticos, la Democracia Cristiana y el comunismo. No en vano, en este aspecto, el mismísimo Silvio Berlusconi, propietario de Medusa Film, productora de Baaría, se ha mostrado satisfecho con los resultados finales.

A pesar de sus 150 minutos de metraje y de causar cierta sensación de precipitación en todo cuanto expone, no aburre en absoluto. Su formato narrativo está provisto de una energía y un ritmo imparable, lo cual hace perdonable su (ficticia) dispersión argumental. Apunta bien en sus numerosos momentos de comedia, aunque aún atina, más y mejor, con aquellos fragmentos que ha de afrontar a través de un subido tono de emotividad, la verdadera especialidad de Tornatore y en los que, a ciencia cierta, juega un papel fundamental la excelente y sensible banda sonora compuesta por Ennio Morricone, uno de sus colaboradores habituales.

En definitiva, Baaría se me antoja un producto irregular, cargado de buenas (y no tan buenas) intenciones, pero que destaca sobremanera por la fuerza que emana de muchas de sus imágenes. La carrera por las calles de la población con la que el pequeño Pietro (el hijo de Peppino) abre la cinta, o la escena en la que una brillante Margareth Madé decide refrescar el suelo de su casa ante el sofocante calor exterior, son una buena muestra de ello. Por lo demás, resaltar la eficiente colaboración de una envejecida Ángela Molina o el ingenioso cameo de una fugaz Monica Bellucci en un claro guiño a la estanquera de la felliniana Amarcord.

Un mucho de cine sin pulir al cien por cien.