9.4.07

Espía cómo puedas... pero poco a poco, sin prisas

Han pasado más de 13 años para que Robert De Niro, desde la espléndida Una Historia del Bronx, vuelva a colocarse tras una cámara. Trece años que, además de seguir interpretando, ha dedicado ha recoger información específica con la finalidad de poder filmar El Buen Pastor, una película que, entre otros temas, muestra el nacimiento de la CIA.

El film se centra, ante todo, en Edward Wilson, un hombre peculiar y de pocas palabras al que da vida Matt Damon y para cuya construcción se han inspirado -de manera muy libre- en la figura de James Jesus Angelton, el verdadero fundador de la CIA. La inexpresividad y la sosería habitual en el actor se han convertido en los únicos rasgos con los que definir la personalidad del tal Wilson, un tipo frío, en extremo meticuloso y (accidentalmente) maquiavélico.

El Buen Pastor se inicia en abril de 1961, justo después de la fracasada invasión de Bahía Cochinos; una operación militar frustrada, de clara ideología anticastrista y orquestada por la CIA; una intervención que despertó todo tipo de sospechas en la mente del presidente norteamericano, el por aquel entonces recién elegido John F. Kennedy. A partir de este punto, De Niro echará mano (de forma abusiva) de la técnica del flash back para dar un sobrio y extenso repaso a la existencia del citado Edward Wilson, uno de los agentes directamente implicados en el caso. Una dilatada y excesiva revisión, de más de dos horas y media de duración, en la que tendrán cabida todo tipo de hechos, tanto de su vida privada como de sus acciones como espía gubernamental.

Un festival Matt Damon que hará las delicias de los seguidores más acérrimos del actor y que, a partes iguales, irritará a aquellos que –como a un servidor- no le encuentran el truquillo al mismo. Y es que no hay una sola escena en la que el hombre no aparezca; un detalle, este último, en parte bastante lógico, ya que todo cuanto ocurre pasa por el tamiz de su mirada. Pero a mí entero parecer, y debido a su "obligada" permanencia en pantalla, otro actor con distintos recursos interpretativos le habría otorgado más entidad al film y al personaje.

Suerte que al menos, para paliar un tanto esa sobredosis Damon, se puede disfrutar del numeroso plantel de excelentes secundarios que arropan al protagonista de El Caso Bourne. Algunos de ellos muy desdibujados en sus roles; otros demasiado desaprovechados; pero todos, del primero al último (exceptuando a una Angelina Jolie muy poco creíble), cumpliendo con su labor de manera eficaz.

La morosidad narrativa es uno de los factores determinantes a la hora de enjuiciar un producto que, sin tanta perdida de tiempo injustificada, se podría condensar en tan sólo un par de horas de duración. Un poco más de nervio y agilidad habrían ayudado a su mejor digestión. Y es que esa falta de brío y la lentitud con que afronta ciertos pasajes, se contraponen, en parte, con la cantidad de lagunas, cabos sueltos y episodios no muy bien resueltos que va dejando a lo largo de su metraje.

Es innegable que De Niro, a pesar de su loable empeño en dar a conocer al espectador los inicios de la CIA, ha cuidado más la parte visual que la descriptiva. Teniendo en cuenta que la cinta transcurre a lo largo de casi tres décadas distintas (desde antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial hasta después del incidente de Bahía Cochinos), se puede calificar de excelente la minuciosidad con la que ha cuidado los detalles estéticos y de ambientación escenográfica. En este aspecto, no es de extrañar que el tiquismiquis de Francis Ford Coppola figure acreditado como productor ejecutivo: de todos es sabido su afán, casi enfermizo, de mimar la imagen final hasta extremos impensables.

Recelos y secretismo: dos conceptos que definen, a la perfección, todo cuanto rodea al protagonista de El Buen Pastor; una película bienintencionada pero fallida, en la que Robert De Niro, a pesar de colocar la cámara de manera brillante, se ha olvidado de dotar de vida a sus personajes. O mejor dicho, al personaje; a Edward Wilson, su casi único personaje.

8.4.07

Dios existe. Y es Uno y Trino

Ella había sido creyente y, al lado de su marido y su hija pequeña, llegó a ejercer como misionera en el Tercer Mundo. Un suceso fortuito y violento le hizo perder la fe, volcando desde ese momento todos sus esfuerzos en demostrar, de manera científica, la poca fiabilidad de cuantos “milagros” se registrasen en la faz de la Tierra. Todo parecía ir viento en popa, hasta que su presencia fue requerida en un pequeño y conservador pueblo de Louisiana, lugar en el que, tras la muerte de un joven, el río del lugar se tiñó por completo de rojo. El inicio de la vuelta de las 10 desoladoras plagas bíblicas parecía estar empezando de nuevo.


Ella es Hilary Swank, lo mejor, sin lugar a dudas, de La Cosecha, el nuevo film de Stephen Hopkins, el realizador de la interesante Bajo Sospecha y uno de los responsables directos de la serie televisiva 24. En él se baraja el cine fantástico con todo tipo de conceptos religiosos, con la única y descarada intención de vender la imagen de Dios sobre todas las cosas; una idea con la que, en los últimos años, parecen estar muy obsesionados en Hollywood.

Es innegable que la película de Hopkins tiene una buena factura visual (el impactante inicio en una apocalíptica ciudad sudamericana, así lo demuestra), maneja los efectos especiales de manera eficaz y, debido a su ritmo –sobre todo en su primera parte-, incluso acaba resultando un producto entretenido, aunque con demasiados puntos de contacto (tanto fotográficos como de estilo) con la popular serie CSI.

El abuso efectista de trampas y sustos innecesarios a lo largo de su narración, merman un tanto la profesionalidad del realizador, pero la presencia de una insuperable Hilary Swank hace potable muchas de las insostenibles situaciones de una trama que, con otra protagonista, posiblemente se habrían ido al traste. Y es que la endeblez de su guión es tan alarmante que ésta se manifiesta en cada una de las forzadas líneas de diálogo.

La Cosecha, por su delirante carga religiosa y su desfachatado posicionamiento ideológico al respecto, acabará engrosando –en un futuro- la larga lista de títulos que, cada Semana Santa, emiten los diversos canales televisivos. En ella no salen gladiadores ni apóstoles, pero los milagros están a la orden del día.

Y digo yo, ¿algún día volveremos a ver una película modélica, en el género fantástico, como fue La profecía original de Richard Donner? En ella se hablaba del Bien y del Mal, al igual que ocurre en La Cosecha. Su protagonista era el Anticristo. Y, no por ello, Donner se vió obligado a malgastar su tiempo en vendernos la imagen de Dios contra viento y marea. Es de perogrullo que, si en la película existe el Diablo, también ha de quedar patente su polo opuesto. El espectador no es tonto y desde hace muchos años ya sabe leer entre líneas, sin necesidad de discursos fervorosos en busca de nuevos adeptos.

Cada cual que crea (o no) lo que le venga en gana. Pero, por favor, no me sermoneen en la platea de un cine. Para eso me voy a misa a que Mosén Churriguera me cuente eso tan majo y estimulante sobre San Isidro Labrador, un gandul de tomo y lomo que cada día, cuando acudía a maitines, utilizaba a un ángel y a sus bueyes para que hicieran por él sus tareas diarias.

7.4.07

Porky's

Keith Richards: una leyenda viviente a la que aún le sigue gustando potenciar al máximo su mito de rebelde autodestructivo. Sin ir más lejos, la semana pasada. la prensa se hacía eco de unas declaraciones del guitarrista de los Stones en las que, hablando sobre su relación con las drogas, aseguraba que, un tirito con las cenizas de su propio padre, era lo más extraño que se había metido por las fosas nasales.

Por un momento, al leer tal aseveración, hice una composición de lugar y, a mi perversa mente, acudió rauda la imagen siguiente.


¿Se lo imaginan? Snuuurfff y "pa dentro" ¡Lo que es capaz de hacer uno para ahorrarse unas perras en camellos! ¡Vaya cerdícola! Está claro que el Richards, aparte de un tipo rarísimo, también es un marranote de mucho cuidado.

De todos modos, y en este caso, creo más en las ansias de seguir alimentado esa áurea de pasado de rosca y muerto viviente cultivada a lo largo de su carrera artística, que en la remota posibilidad de una esnifada tan macabra.

Sea como sea, el miércoles de ceniza ya hace días que saltó del calendario.

5.4.07

Million Dollar Babys

Con motivo de la presentación de La Cosecha, el otro día tuve la posibilidad de asistir al Photocall que, con la presencia de Hilary Swank, se realizó en el hotel Ars de Barcelona. Lógicamente y con la intención de aproximarme a tan bella muchacha, me armé de una cámara y, camuflado de señora de los lavabos, pude colarme en esa sesión fotográfica. Y allí, entre flashes y el inconfesable batiburrillo de emociones sensoriales que provocó en mí esa ganadora de dos Oscar, descubrí que, a pesar de los años que las separan, la Swank y Carly Simon tienen un parecido más que razonable.

Juzguen ustedes mismos.



4.4.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Nacidos el 4 de julio

Regreso al Infierno es una desangelada mezcla entre Los Mejores Años de Nuestra Vida, El Regreso y Nacido el 4 de Julio, tres títulos emblemáticos en los que se trataba el tema de la vuelta al hogar de los soldados norteamericanos que combatieron en el frente de batalla. La Segunda Guerra Mundial –en el caso del primero- y Vietnam, eran las guerras a las que estos hacían referencia.

Era de esperar (por no decir inevitable) que algún director, en este caso el irregular Irwin Winkler, realizara algo similar con la polémica guerra de Irak. Regreso al Infierno recoge el testimonio de un grupo de militares que, justo el día antes de partir hacia casa, se ven envueltos en una emboscada sangrienta en el corazón de la ciudad de Al Hayy. Los efectos psicológicos y físicos les acompañarán en su teórico retorno a la normalidad, aunque algunos de ellos jamás podrán reintegrarse al cien por cien.

Su estructura en exceso televisiva y la previsibilidad de todo cuanto expone –por muy bienintencionado que sea-, hacen de éste un producto innecesario y bastante aburrido que, al mismo tiempo, se muestra incapaz de ofrecer nada nuevo al espectador sobre el tema. Un montón de insubstanciales interpretaciones (de entre las que destaca el histrionismo de Samuel L. Jackson y la sosez de Jessica Biel) y ese vacilante temor que muestran Winkler y su guionista por posicionarse claramente a favor o en contra del gobierno Bush, sellan definitivamente una película cuyo único interés reside en su bien filmada escena bélica inicial.


Estrenada con un par de años de retraso en España, Harsh Times (Vidas al Límite) es otra revisión sobra la integración en sociedad de otro militar; en este caso, la de un marine traumatizado psicológicamente tras haber luchado en la Guerra del Golfo. Su amistad con un joven desempleado y sus idas y venidas automovilísticas por las calles de Los Ángeles -cargados de alcohol y marihuana y siempre a punto de meterse en líos-, acercan este título al estilo empleado por Antoine Fuqua en su espléndido Training Day. Y no es de extrañar, pues su debutante director, David Ayer, fue quien escribió el guión original para la película protagonizada por Denzel Washington.

Mucho más crítico con el sistema que el film de Winkler, Harsh Times es un film violento y crudo, aunque igualmente plagado de connotaciones televisivas. De todos modos, su aparente poco presupuesto y su excesivo metraje, se ven compensados por las compactas interpretaciones de Christian Bale y Freddy Rodríguez, mientras que Eva Longoria, a pesar del fuerte carácter que se le quiere imprimir a su nimio personaje, no deja de ejercer de mujer florero.

En el fondo, se trata de una propuesta interesante que, sin embargo, trastabillea un poco debido a la falta de nervio narrativo en muchos de sus pasajes y que, aparte de mostrar el impacto emocional de las guerras en el ser humano, ofrece una nueva visión de la violencia callejera en una ciudad tan conflictiva como Los Angeles y una de las miradas más cínicas sobra la institución al FBI.

3.4.07

Dos mujeres

Con cierto retraso llega a España Diario de un Escándalo, una película excelente y vibrante, protagonizada por dos grandes damas de la pantalla: Judi Dench y Cate Blanchett, ambas nominadas al Oscar en su última edición, la primera como actriz principal y la segunda como secundaria; Oscar que, sin embargo y a pesar de sus magníficas interpretaciones, les fue arrebatado, respectivamente, por una también espléndida Helen Mirren (The Queen) y la debutante -e irregular- Jennifer Hudson (Dreamgirls).

Su realizador es el ingles Richard Eyre, un respetado hombre de teatro que actualmente ostenta el cargo de director del Royal National Theatre. Y, como hombre procedente del mundo de los escenarios, ha demostrado su gran valía como director de actores, induciendo a sus dos actrices principales a un duelo interpretativo genial. Un reto entre dos mujeres, de distintos caracteres, muy difícil de olvidar.

Diario de un Escándalo está ambientada en una escuela pública de secundaria, en Londres, y narra la extraña amistad que nace entre dos profesoras del centro. Una de ellas es Sheba Hart, una atractiva y joven maestra recién llegada al lugar; la otra es Barbara Covett, una mujer madura, amargada y solitaria que, a pesar de sus férreas ideas, lleva varios años trabajando en la misma institución Un inconfesable secreto de Sheba será el detonante que cambiará bruscamente el ritmo de la relación establecida entre ellas.

El realizador, por un lado y valiéndose del personaje de Judi Dench, hace un retrato perfecto de una mujer ya mayor, obsesiva y frustrada, capaz de llegar a extremos impensables con el fin de conseguir sus objetivos y, por el otro, a través de Cate Blanchett, dibuja a una chica insegura, débil e infeliz al lado de su marido y sus dos hijos (uno de ellos afectado por el síndrome de Down), la cual, por culpa de un error, se verá inmersa en un callejón sin salida, lleno de trampas y presiones psicológicas de todo tipo.

El miedo a que nuestros secretos más íntimos sean desvelados, los celos, la soledad, los amores inalcanzables y el intento de salvar, al precio que sea, una vida que lleva años desmoronándose por estar edificada sobre la mentira y el engaño, son las principales claves para entender y disfrutar con la propuesta de Richard Eyre quien, para adaptar la novela What Was She Thinking: Notes on a Scandal de Zoe Heller, contó con la colaboración de Patrick Marber, el guionista de Closer y nominado, al igual que sus dos actrices, por este trabajo.

Un guión perfecto, detallista; de esos guiones en los que no queda ningún cabo suelto. Una historia construida a partir de la envolvente y dura voz en off del personaje de la dañina Barbara Covett y que, a pesar de lo malsano de ciertos pasajes, rehuye en su narración cualquier tipo de aspecto morboso, sabiendo excusar, de forma sutil, los presumibles delitos morales y psíquicos de ambas protagonistas.

Una cinta sobria, sombría y elegante, en la que la fotografía del prestigioso Chris Menges -de tonos apagados y oscuros-, junto a la rotunda (y también nominada) banda sonora de Philip Glass -en una de sus composiciones más asequibles- juegan un papel importante y definitivo a la hora de resaltar aún más la acidez que envuelve la inestable y peligrosa dependencia creada entre Sheba y Barbara.

Un film grande, y no precisamente por tener un presupuesto desorbitado. Grande como sus dos mujeres protagonista, Dench y Blanchett. Y aún más grande debido a ese guión cínico y magistral que posee; un guión cerebral e hiriente que no cede en ningún momento ni a un mínimo asomo de desmesura. Lo que les digo: GRANDE; así, tal cual. Y con mayúsculas.

2.4.07

Ustedes lo han querido: EL PORTERO

Nunca me he sentido cómodo con el cine de Gonzalo Suárez. Es más, en general, sus películas se me antojan plomizas, cargadas de un halo de pedantería y de segundas y terceras lecturas demasiado cargantes. La sobrevalorada Remando Al Viento, la incomprensible Don Juan en los Infiernos o la laberíntica e imposible El Detective y la Muerte, son buenos ejemplos del grado sumo de petulancia al que puede llegar un cineasta al que le cuesta distinguir entre su noble faceta de literato y sus incursiones tras la cámara. Seguramente, debido a esta desconfianza mía hacia el realizador, la propuesta de El Portero me sorprendió gratamente, por su extremada sencillez y, ante todo, por saber darle un giro ciertamente esperanzador a su carrera cinematográfica.

Es posible que la presencia del escritor Manuel Hidalgo, como co-guionista y adaptando su propio relato, le otorgara una frescura poco habitual en los trabajos de Gonzalo Suárez. Más próximo al cine de Berlanga que a su anterior filmografía, El Portero se mueve por derroteros corales y, al mismo tiempo –para sorpresa de propios y extraños-, rezumando un sentido del humor y una ternura que pocas veces se había visto antes en su cine, a no ser que retrocedamos hasta 1992, año en el que dirigió la fantochada de La Reina Anónima y en la que el hombre, sin descabalgar de su engreimiento, intentó una fallida aproximación al universo del Pedro Almodóvar de Mujeres al Borde de Un Ataque de Nervios.

El Portero está ambientada en España, concretamente en un pueblecito marítimo de Asturias en 1948, lugar al que llega Ramiro Forteza, un cancerbero del Real Madrid que, debido a la guerra, ha cambiado la Primera División por un trabajo mucho menos estresante: el de viajar, de aldea en aldea, para mostrar a los lugareños sus proezas ante una portería, al tiempo que reta a estos, en su espectáculo y a cambio de unas monedas, a que le batan metiéndole penaltis.

Corrían tiempos oscuros en España. Los maquis estaban escondidos en las montañas, mientras muchos de sus familiares convivían, en los pueblos cercanos, al lado de las fuerzas vivas. Una tensión palpable que sin embargo, tal y como muestra a la perfección el film, todos intentaban disimular. Una desagradable y falsa situación que Gonzalo Suárez aprovecha para retratar, con cierta sorna y un loable tono satírico, a ciertos personajes habituales del entorno, como ocurre con el entrañable párroco de la localidad (interpretado con mucho dinamismo por Roberto Álvarez), un sacerdote un tanto crápulilla y espabilado, o el Sargento Andrade (un genial Antonio Resines), el máximo exponente del destacamento de la Guardia Civil, el cual, repartiendo sus obsesiones entre dar caza a los maquis y pelotear al ex jugador del Real Madrid, no se dará cuenta de la cornamenta que su mujer le está poniendo con el mismísimo alcalde.


No sólo recurre a la comedia pues, a través de los ojos de su protagonista -ese portero ambulante al que da vida un siempre brillante Carmelo Gómez-, el espectador va desgranando las miserias y desgracias que ha dejado la Guerra Civil entre la población; una guerra que imprimió marcas imborrables en demasiadas personas, como ocurre con Manuela (una Maribel Verdú en su rol más típico), una mujer soltera, y madre de un hijo de color, que se siente repudiada por la mayor parte de los habitantes del lugar.

Su estructura narrativa es muy cercana a la del western de toda la vida: una pequeña aldea, un forastero recién llegado -al que no todos ven con buenos ojos- y que, en un momento dado, al igual que todos los héroes del género, tendrá que tomar partido al lado de uno de los dos bandos enfrentados. Y esa aproximación al western la hace de manera sutil, sin forzar en nada la situación, aunque ayudado de forma soberbia por la banda sonora de Carles Cases; una banda sonora cuyos acordes musicales recuerdan a centenares de películas emblemáticas, empezando por la mítica Raices Profundas, título con el que guarda ciertos paralelismos argumentales.

Esa España partida en dos, estigmatizada por la prepotencia de unos y la rabia de otros, queda perfectamente retratada en su segmento final. En él, sin tener que ampararse en subterfugios pseudointelectualoides ni en parábolas indescifrables, el director urde uno de los mejores y mayores cantos a la solidaridad que ha dado el cine español en la última década.

Un film inesperado, capaz de romper con la tónica habitual del cine de su autor y, al mismo tiempo, planteando un tema duro de nuestro pasado, de modo fresco y sin recurrir, para ello, a esa típica inflexión de tragedia con la que se suele envolver a este tipo de productos. Si a todo ello le añaden la cuidada fotografía de su propio hermano, Carlos Suárez, y la vibrante (e imprescindible) orquestación del citado Carles Cases, descubrirán en El Portero el mejor y menos pretencioso trabajo del abigarrado realizador.

31.3.07

Grupo Salvaje

Hay encuentros que me dan miedo y me erizan todos los pelos del cuerpo. La foto de abajo aparece en la edición de hoy de El Periódico de Catalunya. La noticia que acompaña a la surrealista imagen, cita el interés de las religiones mayoritarias por salir más en los medios de comunicación.

Las tres cabezas más representativas del Tripartit catalán en el centro. A un lado, un monje islámico, una especie de pope serbio y un representante judío; al otro, un obispo católico y un evangelista. Mañana, Domingo de Ramos, se inicia la Semana Santa. Una instantánea para reflexionar seriamente. Y es que, como dijo Woody Allen en Annie Hall, "el universo se expande".

Hace cuatro días, Carod se cachondeaba de las creencias religiosas colocándose una corona de espinas en la cocorota. Joan Saura, un verde izquierdoso, tendría que dormir abrazado al Manifiesto Comunista. Y Montilla..., pues eso...: Montilla, el Presi, el que corta el poco bacalao que le da Zapatero. ¿Qué se puede esperar de todo ello?

Empiecen a temblar. El Grupo Salvaje de Peckinpah, a su lado, era un juego de niños.

29.3.07

Un largo adiós

El Último Show es el legado cinematográfico de Robert Altman quien, pocos meses después de su rodaje, murió a causa de las complicaciones causadas por un cáncer en estado avanzado. Quizás es debido a esta razón por la que el cineasta, conociendo su pronta partida, realizara la película; una película premonitoria en muchos aspectos ya que, en ella, se habla de largas despedidas, de la muerte y en la que se nos recuerda, constantemente y aunque a muy pocos nos guste la idea, que todo tiene un principio y un final.

La cinta muestra el último espectáculo de A Prairie Home Companion, un espacio radiofónico ficticio (aunque basado en uno real) que, durante más de 30 años, cada sábado por la noche y desde el escenario del viejo teatro Fitzgerald de Minnesota, ofrecía su show musical en directo, a todo el país, a través de la emisora WLT. Se trata de un espectáculo anclado en el pasado. Un show tan entrañable como la propia película, en él que los músicos y cantantes actuaban en directo, de cara al público, al tiempo que se radiaba a través de las ondas hertzianas. Incluso las cuñas publicitarias se realizaban en directo, cantadas por el enigmático conductor del programa y acompañadas por su fiel orquesta, sin playback alguno. Una clara defensa de la artesanía con la que el propio Altman afrontó la mayoría de sus largometrajes y, sin lugar a dudas, un inmenso homenaje a la radio de antaño; a esa radio ingeniosa y trepidante que aún no tenía que luchar con las audiencias televisivas.

En El Último Show, la mayor parte de los integrantes del espectáculo ignoran que, en realidad, están ejecutando su postrera actuación para A Prairie Home Companion. Los tiempos han cambiado. La televisión arrasa con todo y el espectáculo que ofrecen ya no puede competir con las nuevas tecnologías. O eso es, al menos, lo que piensan los nuevos propietarios de la cadena radiofónica: el espectáculo debe morir esa misma noche. Y el simbólico teatro Fitzgerald será derribado para construir un parking en su lugar. El country dejará de sonar desde la WLT y sus protagonistas tendrán que buscarse otro modus vivendi.

Es cierto que El Último Show no es el producto más brillante de Robert Altman, aunque en él se puede apreciar lo mejor del cineasta. Se trata de una película elegante, emblemática, de un estilo muy personal, cosechado durante largos años por el autor de Vidas Cruzadas. En ella, Altman se mueve como pez en el agua, mezclando y remezclando una fauna humana tan atípica como afectuosa. La dirección de actores es excelente, al igual que las numerosas relaciones entre sus distintos personajes, entrando y saliendo de los camerinos y que, aprovechando los tiempos muertos antes de salir al escenario, desgranan sus envidias y ambiciones con una naturalidad excelente. Y allí, siguiéndolos por los pasillos y enfrentándose también a ellos sobre la escena, se encuentra la cámara del viejo Altman, el ojo indiscreto del espectador; una cámara sinuosa, de movimientos suaves y capaz de captar el mínimo detalle de todo cuanto acontece delante y detrás del entarimado del Fitzgerald Theater.


La comedia, la música y el melodrama se aúnan a la perfección. Todo está bien medido, controlado al cien por cien. Y, para desfacer el entuerto que supuso Quintet, su única incursión en el fantástico, se atreve a adornar su último film con una presencia fantasmagórica, angelical, que, enfundada en una gabardina blanca y con el bello rostro de Virginia Madsen, aterriza en plena representación del definitivo A Prairie Home Companion con la misión de acompañar a alguno de sus miembros en su viaje final. Un ángel de la muerte con el que Altman -conocedor de su oscuro futuro inminente y a través del último plano del film (en el que el cuerpo de Virginia Madsen se acerca al objetivo de la cámara hasta taparlo)- urdió el guiño más macabro de su dilatada cinematografía.

Puede que les ocurra como a mí y que, en un principio, les cueste entrar en la propuesta que ofrece El Último Show. Denle un cuarto de hora y déjense encandilar por esta historia mágica y musical. Disfruten con las miserias de las hermanas Johnson (un genial Meryl Streep y una Lily Tomlin que cada día me recuerda más a Rosa Maria Sardà), las únicas supervivientes de una estirpe de cantantes melódicas y religiosas; con la socarronería que desprenden Dusty y Lefty (maravillosos Woody Harrelson y John C. Reilly), un par de cowboys amantes de la música country y propensos a la aerofagia y, ante todo, no se pierdan la presencia de un inmejorable Kevin Kline quien, bajo el nombre de Guy Noir, da vida a un muy particular detective privado; el hombre encargado de la seguridad del show radiofónico y que podría ser el hermano bastardo del mismísimo inspector Clouseau.

El Largo Adiós de un rebelde que jamás se vio tentado por los envenenados lujos de Hollywood. Un film extraño, diferente y original. El particular Noises Off de Robert Altman, aquel teatral “por delante y por detrás” que adaptara Bogdanovich, hace unos cuantos años, en la divertida ¡Qué Ruina de Función!

28.3.07

EN RESUMIDAS CUENTAS: Made in Medem

Julio Medem regresa a las pantallas pero, en esta ocasión, en funciones de productor y a través de dos documentales de temáticas paralelas. Dos trabajos muy sensibles y humanos que marcan, cada uno en su estilo, un par de realidades sociales de las que generalmente se pretende olvidar su existencia: el síndrome de Down y la esquizofrenia.

¿Qué Tienes Debajo del Sombrero?, realizado al alimón por Lola Barrera e Iñaki Peñafiel, muestra el caso real de Judith, una mujer de 62 años, sordomuda y afectada por el síndrome de Down que, tras haber estado aislada y en pésimas condiciones durante 26 años en un psiquiátrico, volvió a tener contacto con el mundo exterior cuando, tras unas gestiones de su propia hermana, pudo regresar al lado de sus familiares y acudir a diario al Creative Growth Art Center de California, un centro destinado a enseñar manualidades a discapacitados. Allí empezó a hacerse famosa debido a sus extrañas y ahora cotizadas esculturas, realizadas con materiales de todo tipo.

La ternura y el humanismo son las armas que utiliza la cámara de los cineastas para acercarse a la figura de Judith, una mujer que, aislada en su propio mundo, creó un sinfín de esculturas enigmáticas y surrealistas; aquello que los más cultivados han bautizado como el arte outsider. La tierna forma de acercarse a la enfermedad y de analizar las reacciones emotivas de Judith, es lo mejor de un film tras el que se esconde cierto aire de esnobismo. El querer reivindicar, a toda costa, los inverosímiles objetos nacidos del trabajo de esa mujer (la mayoría de ellos, una masa ingente de objetos apilados sin sentido y en forma de shawarma) y considerarlos como verdaderas obras maestras, me parece tan falso y ampuloso como defender, a capa y espada, el ya denostado arte abstracto.

Personalmente, me parece mucho más interesante y honrado Uno Por Ciento, Esquizofrenia, dirigido por Ione Hernández y en el que Medem, aparte de productor, ha ejercido como montador. La película, siguiendo en parte el esquema utilizado en la interesante y valiente La Pelota Vasca, está compuesta por numerosas entrevistas, en las que el rostro del entrevistado y sus palabras son las únicas referencias visuales y auditivas para el espectador. De este modo, psiquiatras, psicólogos, enfermos de esquizofrenia, familiares de afectados y todo tipo de profesionales de la sanidad, exponen su parecer sobre uno de los males psíquicos que más han aumentado en una sociedad tan estresante como la actual.

La película es fría y concisa, aparte de clarificadora. La guerra ideológica y de posición entre psiquiatras y psicólogos queda patente, así como la simpatía de los verdaderos afectados por el trato asignado hacia ellos por los segundos. Un título rodado sin trampa ni cartón que, por vez primera y de manera honesta, intenta acercar al ciudadano de a pie al laberíntico misterio de la esquizofrenia, una enfermedad mental de la que la medicina, por ahora, aún no ha encontrado una solución viable.

Ambos documentales, a pesar de su rigurosidad y seriedad en sus respectivas intenciones (y a pesar de ese tono falsamente snob del primero), no han podido ser peor estrenados en nuestro país. Dos únicas copias de cada uno de los films se exhiben en España, y ello gracias al interés demostrado por la buena gente que gestiona los cines Verdi. Sólo Barcelona y Madrid podrán disfrutar de su visión. No me gustaría pensar que esa es la manera de pasarle factura a Julio Medem por haber tenido la valentía de realizar una película tan sobria como La Pelota Vasca. El mundo de la exhibición cinematográfica, a veces, es ciertamente sorprendente.

26.3.07

El Coyote y el Correcaminos en Las Termópilas

Desde hace tiempo, no hay temporada cinematográfica en la que no se estrenen una o dos adaptaciones de cómics por todo lo grande (sin contar las innumerables cintas de serie B amparadas en el género). Unas con mejores resultados que otras, pero siempre producidas con todo lujo de detalles y bajo un millonario despliegue técnico e informático. Este es el caso de 300, el nuevo y esperado film de Zack Snyder tras su sorprendente, personalísimo e ingenioso remake de Zombi, El Amanecer de los Muertos, uno de los títulos que más me sorprendieron del alud de cintas que inundaron el 2004.

300 es otra historia, totalmente distante a la de esa visión del film de Romero que nos ofreció el realizador. El sentido del humor que desprendía su ópera prima parece haberse diluido en medio de las numerosas contiendas que pueblan la película, pues ésta -y a través de la base gráfica del tebeo homónimo de Frank Miller (un prestigioso autor de cómics que últimamente aparece hasta en la sopa), recrea la cruenta Batalla de las Termópilas; una guerra que enfrentó a 300 espartanos al mando del Rey Leónidas con toda la inmensidad del ejército persa, este último capitaneado por el sanguinario y travestido Emperador Jerjes.

La cinta, al igual que el original de Frank Miller, no guarda ningún rigor histórico, pues apuesta sin reparos por el divertimento, la estética visual y una violencia inusual que muchos (con cierta razón) han calificado de apología de la misma. Y es que, entre brazos, piernas y cabezas cercenadas, saltan al aire centenares de miembros amputados sin escatimar en detalles. Se trata de una batalla cinematográfica que, sin lugar a dudas, va mucho más allá de la contienda final de El Señor de los Anillos.

300 está narrada, en su parte más épica y guerrera, como si se tratara de un video-game; una clara estrategia comercial para potenciar el juego basado en la película. La batalla no se resuelve en un único combate, pues ésta se compone de varios capítulos, a cuál más brutal y sanguinario. La cuestión es ir pasando pantallas para subir de nivel, al tiempo que los 300 espartanos musculados, sudorosos y aceitosos (y que indudablemente harán las delicias del público gay), van ganando episodios y plantando cara de manera estoica al brutal enemigo. Un poco como ocurría en los cartoons del Correcaminos y el Coyote, en los que el segundo (léase el ambiguo Emperador Jerjes), tras cada derrota, ideaba nuevas y cada vez más atroces estrategias para zamparse al Correcaminos (aquí Leónidas y sus fornidos muchachotes). Un divertimento que, por agotamiento, acaba resultando reiterativo.

Lo más destacable del film de Zack Snyder se localiza en su cuidada puesta en escena, la cual, recogiendo el testimonio anterior de Sin City, apuesta por respetar al máximo el aspecto gráfico del tebeo, aunque rehuyendo el blanco y negro empleado por Robert Rodríguez en su cinta y decantándose por una fotografía amarronada y cargada de tonos azules y rojizos, resaltando, de este modo, las capas de los espartanos y el color de los incontables chorros y salpicaduras de sangre; una fotografía en la que, por otra parte, la croma juega un papel esencial, pues sobre ella se insertaron, en la postproducción, todos los decorados y efectos que envuelven las hazañas de los 300 héroes del título.

Los actores cumplen con su papel de manera sobria, aunque conscientes de que, ante tantos mamporrazos y alardes técnicos, se convertirán en el punto menos atractivo de la película. Y, a pesar de ello, tanto Gerard Butler –en el rol de Leónidas- como una atractiva Lena Headey (una mujer a la que tendrían que ofrecerle más papeles y que aquí da vida a la Reina Gorgo), destacan sobremanera con sus respectivas interpretaciones.

Un producto realizado con oficio al que, sin embargo, le sobran varios minutos de metraje. Con un par de batallitas menos, hubiera resultado un producto mucho más alentador y distraído. A mi gusto, estaba mejor mesurado su trabajo anterior, ese excelente El Amanecer de los Muertos, tanto en su excelente ritmo narrativo como en el sanísimo humor negro que desprendía su también violenta historia. Lo que sí está claro es que 300 generará, en los cines en los que se proyecte, una venta espectacular de palomitas. Y eso es tener mucha vista comercial.

24.3.07

El hombre que fotografió el Mal

Hace una semana, justo el sábado 17 de marzo, nos dejaba otro hombre de cine, el británico Freddie Francis; un realizador artesanal, al igual que Rosenberg, aunque de ideas y coordenadas muy distintas a las de éste. En realidad, Francis era un mago de la imagen, pues alterno su faceta de realizador con la de director de fotografía, labor en la que destacó sobremanera, tanto por el sello personal que su otorgó a sus trabajos como por la inspiración visual que demostró en todos ellos.

Prestigiosos nombres como los de Martin Scorsese, David Lynch, Robert Mulligan o Jack Clayton, entre otros, contaron con su colaboración para realizar la fotografía de algunos de sus productos. Así, películas como el El Cabo del Miedo, Dune, Una Historia Verdadera, Un Verano en Louisiana o la espléndida y tenebrosa ¡Suspense! han quedado, para siempre, selladas con su insuperable tratamiento fotográfico. La Academia reconoció su valía, en esta faceta artística, otorgándole el Oscar en dos ocasiones: por Días de Gloria de Edward Zwick y Sons and Lovers de Jack Cardiff.

Aparte de la maestría demostrada en el campo de la fotografía, también tuvo una larga y consistente etapa como director, casi siempre al servicio de la Hammer y la Amicus, las productoras más significativas en el campo del fantástico británico. Gracias a la Hammer, en 1962 y sin acreditar, realizó sus primeros pinitos en la sobresaliente La Semilla del Espacio, la versión cinematográfica de la brillante novela de John Wyndham The Day of the Triffids, aunque no empezó a destacar hasta que, ese mismo año, estrenara Venganza (El Cerebro), película en la que se mezclaban mad doctors, transplantes cerebrales y efectos telepáticos.

Doctor Terror, The Evil of Frankenstein, La Maldición de la Calavera, Drácula Vuelve de la Tumba, Vinieron de Más Allá del Espacio y Condenados de Ultratumba, fueron algunos de sus títulos más celebrados; títulos que, por cierto, siempre quedarán en la memoria (y en las estanterías) de los más acérrimos seguidores del inimitable estilo impuesto por la Hammer y su rival Amicus.

Freddie Francis, que en paz descanse.

22.3.07

El caníbal mocoso

El viernes pasado se estrenó la nueva vuelta de tuerca sobre Hannibal Lecter, uno de los personajes ficticios que, a pesar de su maldad, se ha destacado por la gran popularidad alcanzada desde que Jonathan Demme realizara la estupenda El Silencio de los Corderos. Y es precisamente, por esa popularidad, que Hannibal, el Origen del Mal me parece una película totalmente innecesaria, ya que dedicar dos horas enteras a excusar la maldad de su protagonista es una verdadera estupidez. El pérfido Hannibal, por sí mismo, ya se ganó el favor y la simpatía del público desde el primer momento. O al menos, por lo que a mí respecta, obtuvo con rapidez un rinconcito en mi corazón sólo verlo, bajo el rostro de Anthony Hopkins, dialogando con Jodie Foster a través de un cristal blindado.

Hannibal, el Origen del Mal es una precuela, igual que El Dragón Rojo; pero una precuela que retrocede muchos años atrás, justo hasta la infancia de Hannibal Lecter, pues en el inicio del film, ambientado en una Europa del Este machacada por la Segunda Guerra Mundial, nuestro exquisito gourmet no era más que un menor de edad en pleno crecimiento. Un trauma psicológico y la preparación de una posterior venganza en su adolescencia (ocho años después de los hechos narrados al principio de la cinta), serán los principales puntos de apoyo de la película de Peter Webber, el realizador de la anodina La Joven de la Perla.

La morbosidad que podría causar en el espectador los antecedentes de Hannibal Lecter, es una de las cuestiones fundamentales por las que se ha realizado este producto. Pero todo en él resulta tan plano que, a los pocos minutos de proyección, es fácil adivinar las pocas sorpresas que ofrece esta nueva visión del personaje. Sus cuatro líneas de diálogo, aparte de repetitivas, son de lo más básico que se puedan imaginar. En el fondo, una silent movie hubiera resultado mucho más efectiva para las simples pretensiones de Webber. Todo cuanto ocurre en pantalla se me antoja de perogrullo, a excepción de un par de escenas, de alta tensión, que sin duda provocarán las delicias del público más gore, tales como el asesinato de un obeso carnicero mediante una afilada katana, o un degüelle realizado con la ayuda de un árbol y un caballo.


Por otra parte, también ha desaparecido esa elegante entidad que otorgaba Anthony Hopkins al inteligente devorador, ya que el joven Gaspard Ulliel no lo consigue en absoluto, ni física ni interpretativamente hablando. Es más, la presencia en pantalla del actor francés, debido a sus facciones, me ha remitido constantemente a ese pelmazo Neng que lanzó a la fama Andrés Buenafuente a través de su exitoso programa de medianoche.

De todos modos, y al igual que sucedía con El Dragón Rojo, este es un título vacío de contenido, incapaz de aportar algo novedoso a la saga. Se trata de un producto realizado, con todo el descaro del mundo, para sacar un poco más de rentabilidad a un personaje que ya fue explotado al máximo (y con más sobriedad) por el oscarizado film de Demme y su posterior secuela, ese Hannibal de Ridley Scott que, en el fondo, ofreció una lectura totalmente distinta a la de El Silencio de los Corderos, sobretodo por la sutileza maligna con la que afrontó su negrísimo sentido del humor.

Por cierto, ese olvidado Hunter de Michael Mann, pésimamente estrenado y anterior al título de Demme, bien merecería una revisión inmediata por dos razones muy concretas: por ser el primero en llevar a Hannibal Lecter a la gran pantalla y por lograr una adaptación de El Dragón Rojo mucho más atractiva que la de Brett Ratner en el 2002. Y, por si fuera poco, con un incipiente William Petersen (aka Gil Grissom) como protagonista.

21.3.07

El indomable Stuart ya es leyenda

Stuart Rosenberg nos dejó el pasado 13 de marzo a los 89 años de edad. Para muchos, los más jóvenes, es posible que su nombre no les diga nada. Pero se trataba de uno de esos artesanos que, durante una buena época, sembraron las calles de Hollywood. Un artesano de los duros; un verdadero idealista cuya escuela real se localizó en el mundo televisivo, en el que se formó como realizador dirigiendo numerosos episodios para series tan míticas y prestigiosas como Los Intocables, Alfred Hitchcock Presenta o The Twilight Zone, entre otras.

En 1960 debutó en la gran pantalla con El Sindicato del Crimen, un título que, considerado por muchos como una obra de culto, significó un paso adelante en la renovación de las coordenadas del cine negro; un género que siguió cultivando en films como Con El Agua al Cuello (la estimable secuela de Harper, Detective Privado) y San Francisco, Ciudad Desnuda, un violento y crudo thriller en el que, Walter Matthau y Bruce Dern, destacaban con sus respectivas y brillantes interpretaciones.

Con La Leyenda del Indomable, fechada en 1967, llegó su obra maestra; un film que soltó un sonoro estacazo al sistema penitenciario norteamericano, al tiempo que le otorgaba, en bandeja de plata, uno de los mejores papeles de su carrera a Paul Newman, el del rebelde Luke Jackson, un tipo condenado a trabajos forzados por reventar, durante una borrachera, los parquímetros de una pequeña localidad. Un producto duro, contundente y radical, con muy pocas concesiones a la taquilla y en donde una ingente cantidad de huevos duros obtendrían un protagonismo especial. En 1980, aunque con menor fortuna, volvió al mundo carcelario a través de Brubaker, una película hecha a la medida de Robert Redford que, a pesar de sus indiscutibles y buenas intenciones, no llegó a alcanzar en ningún momento la fuerza de la de su rebelde Luke.

La sobrevalorada pero efectiva Terror en Amytiville, otro film considerado de culto entre los más fervientes seguidores del cine de terror, fue su única incursión en el fantástico.

Hoy, Stuart Rosenberg, ya es leyenda. Descanse en paz.

20.3.07

Yo escucho canciones..., él las escribe

Hoy, por primera vez en este blog (y sin que sirva de precedente), voy a recomendarles un disco. Es posible que esté influido por el parentesco directo con el autor del mismo, o que aún añore la presencia del padre de éste, el desaparecido Josep Maria Bardagí, primo hermano mío y padre de la criatura que ha parido este Jo Faig Cançons, Jofre Bardagí. Llámenle tráfico de influencias o como quieran, pero la verdad es que –con la mano en el corazón- les aseguro que el álbum de Jofre bien merece un buen repaso. Hacía mucho tiempo que no me encontraba con un disco tan personal y sincero, de esos que te ponen la piel de gallina.

Jo Faig Cançons es un álbum que va directo al estómago, repleto de reminiscencias beatlerianas (en honor al querido y siempre presente Josep Maria) y de baladas emotivas. Un disco cerebral; una confesión musical y poética, en toda regla, de un joven que, a buen seguro, seguirá escribiendo y componiendo canciones durante mucho tiempo.

Grábense bien su nombre en la memoria: Jofre Bardagí. Un artista con voz propia, valiente y rompedor. Atrás queda ya su espléndida etapa como voz solista de Glaucs, un grupo que no tuvo la merecida acogida que se merecía. Ahora empieza su carrera en solitario. Y yo le doy mi total respaldo pues, aparte de un músico como la copa de un pino, es un cinéfilo empedernido: a la menor ocasión, una vez al año, hace las maletas y se pira a Buenos Aires para disfrutar con el Festival de Cine Independiente de esa ciudad.

Jofre: un petó al front, una forta abraçada i a seguir endavant. Y ustedes, a rascarse los bolsillos y a comprar un ejemplar del disco. Está cantado en catalán, pero me comprometo, si es necesario, a traducirles las letras a los que no lo entiendan.