15.4.08

Encadenados


Hay películas que, por su belleza plástica y su fuerza descriptiva, se convierten en títulos imprescindibles. Una de ellas es Deseo, Peligro, del taiwanés Ang Lee, uno de esos productos que, estrenado hace ya 4 meses, pueden recuperar durante estos días gracias a su reciente edición en DVD. De todos modos, al menos en Barcelona, aún sigue proyectándose en las sesiones de madrugada (las llamadas golfas de fin de semana) de alguna que otra sala.

Personalmente, tenía pendiente su visionado desde que vio la luz en nuestro país. Posiblemente no lo haya hecho hasta ahora debido a la poca (o nula) pasión que suscita en mí el cine oriental. Pero Deseo, Peligro es otra cosa pues, de forma curiosa y a pesar de estar rodada en su mayor parte en Taiwán, su envoltorio y el modo de plasmar la historia (narrativa y técnicamente hablando) resulta completamente occidental; mucho más asequible y abierta, a mi gusto, que Tigre Y Dragón, el anterior paréntesis oriental del realizador desde que, en 1995, empezará a trabajar en los EE.UU.

Ambientada en el Shanghai de 1942, en plena ocupación japonesa de la ciudad, la cinta muestra la relación íntima que mantiene un colaboracionista chino con una amiga de su propia esposa. Él es Mr. Yee, jefe del servicio secreto y uno de los elementos claves dentro del gobierno impuesto por Japón; un tipo frío y de pocas palabras que goza de muy mala fama entre los de su propia raza. Ella es la señora Mak, la joven y atractiva mujer de un empresario, dedicado éste a la importación y exportación y cuyo oficio le obliga a permanecer largas temporadas fuera de su hogar... o, al menos, eso es lo que la muchacha finge ser ante la familia Yee y todo su selecto círculo de amistades.

Éste es el inicio de un film con numerosos puntos de contacto con la filmografía de Alfred Hitchcock. De hecho, posee cantidad de paralelismos con la magistral Encadenados, empezando por las imágenes que, de sus dos protagonistas principales (Cary Grant e Ingrid Bergman), asoman en la pantalla de un cine, aunque por separado y extraídas de otros títulos. Y no sólo se conforma con aproximarse a Encadenados pues, en uno de sus momentos más álgidos, en el que se demuestra lo difícil que es matar a un ser humano, orquesta un sangriento y compacto homenaje al pasaje más suculento de la discutida Cortina Rasgada.

Espionaje, dobles identidades, complots y suspense. Suspense y sexo; mucho sexo, ya que, para entender a la perfección la simbiosis establecida entre el déspota Yee y la sensual Mak, Ang Lee se decanta por mostrarse totalmente explícito a la hora de rodar los juegos que se montan en la cama tan atípica pareja de amantes. Pasión y repulsión. Amor y odio. Perdón y rencor. Sexo y sexo. Una amalgama de sentimientos y vivencias para construir el retrato de una mujer angustiada por sus propias contradicciones. Una mujer que se siente traicionada por los suyos y, a la vez, ultrajada por sus ideales.


La debutante y espléndida Wai Tang, una actriz china procedente del mundo de las top models, ha sido la encargada de dar vida, con todo lujo de detalles interpretativos, a esa joven que, escondiendo su verdadera personalidad por una causa que considera noble, sufre en silencio sus desarreglos emocionales; unos desarreglos que nacen de su vínculo con un hombre al que debería odiar en lugar de amar... Dicen que el amor es ciego aunque, en este caso, se engendra a causa del Kamasutra y de contar como partenaire con Tony Leung, una de las estrellas más populares del cine de acción hongkonés que, en Deseo, Peligro, da vida al amenazador Mr. Yee.

Descubran, por ustedes mismos, la maestría de un Ang Lee en plena forma. A pesar de su dureza, déjense llevar por uno de los mejores productos (junto con La Tormenta de Hielo) de un tipo que, por desgracia, llegó a aburrirme soberanamente con el ya citado Tigre y Dragón y el sobrevaloradísimo Brokeback Mountain.

Si todo el cine amarillo fuera igual de sólido, otro gallo nos cantara. Al menos, para un servidor.

14.4.08

Como la vida misma


La Familia Savages, a pesar de su más que evidente sentido del humor, no es una comedia. Ni siquiera es un melodrama, por mucho tono dramático que pueda desprenderse de su visionado. Se trata, sencillamente, de la visión voyeurista de un breve episodio de la vida de una familia tratado del modo más verídico y realista posible. Tamara Jenkins, su directora y guionista, ha optado por utilizar, en su narración, los tópicos de las relaciones humanas y familiares durante el devenir diario, otorgándole así un espléndido toque de naturalidad a su exposición: una historia en la que se aglutinan sentimientos, envidias y demasiados despropósitos.

Si se observan con detenimiento los graves problemas que han de superar los dos hermanos Savage, es posible descubrir que cuanto les sucede, y a pesar de estar enmarcado dentro de las coordenadas de la calamidad, resulta muy a menudo gracioso. Ellos, sin lugar a dudas, no pensarían lo mismo que el espectador; un espectador que, a buen seguro, también ha pasado (o pasará) por contrariedades similares a las de Jon y Wendy Savage, un par de personajes que, en un momento determinado, volverán a unirse para hacer frente a la demencia senil de un padre que, con su presencia, les ha devuelto a la memoria ciertos aspectos del pasado. La búsqueda de un asilo parece ser la mejor solución del conflicto.

Emociones confrontadas en el seno de un reencuentro forzado. Durante una buena temporada, Jon y Wendy deberán compartir sus vivencias bajo un mismo techo, el del hogar del primero, el domicilio más cercano de los dos al lugar en el que ha sido ingresado el padre. Jon, el mayor, es un literato frustrado y pirado por la figura de Bertolt Brecht que, desde hace mucho tiempo, ya había roto con las raíces familiares, desbravando sus neuras y su excentricismo mediante la escritura, la lectura y las clases que aún imparte como profesor de facultad. Ella, Wendy, la menor, sigue soñando en convertirse en una reputada autora teatral, aunque se gana la vida gracias a los numerosos empleos temporales por los que va pasando; un modo como otro de pagar el alquiler de su pequeño apartamento neoyorquino. La mentira compulsiva es su mejor defensa ante el microcosmos que le rodea.

Philip Seymour Hoffman y Laura Linney son Jon y Wendy Savage, un par de actores en uno de los momentos más álgidos y fructíferos de sus respectivas carreras. La química entre ambos es lo mejor que le podía ocurrir a un film como éste pues, cada vez que están juntos en pantalla, el ambiente se llena de ese contradictorio sentimiento de amor y odio que desprenden los dos hermanos a los que interpretan. A pesar de lo que Jon pueda suponer, la vida no le ha tratado mucho mejor que a su hermana. El falso engreimiento de su personaje es el contrapunto ideal a la (también falsa) modestia de Wendy.

Un absorbente e interesante retrato de dos seres solitarios y cargados de amargura quienes, de la noche a la mañana, se han visto obligados a desnudarse ante las dificultades de un día a día que habían dejado de afrontar. Y allí, impasible y en el centro de sus miradas, la inevitable figura paterna; una figura que les marcó ya desde su más tierna infancia y que ahora está consumiendo su última carga de batería: don Lenny Savage; un impagable Philip Bosco, enfurruñado en su nueva cama y soltando a sus hijos hirientes (aunque divertidos) destellos de mala leche; de una mala leche un tanto surrealista, de aquella en la que se mezclan al unísono una dosis de demencia y otra de cansancio.

Uno de los mejores productos estrenados durante este mes. Una película de ficción con un mucho de realidad: como la vida misma. Un buen ejercicio terapéutico para aprender a reírnos de nosotros mismos. A veces, no hay nada mejor que poner el dedo en la llaga para desvelar que, tanto en la desgracia propia como en la ajena, siempre hay un puntito de tierna comicidad. Y es que, ante los periodos más difíciles de la existencia, inevitablemente potenciamos, de forma inconsciente, los elementos más disfuncionales de nuestro desconocido engranaje.

Por cierto (y este es un añadido dirigido en concreto a los traductores de títulos): en castellano jamás se pluraliza el apellido de una familia. La Familia Savage hubiera sido lo correcto; sin la s final. O, mejor aún, Los Savage, para así respetar la integridad de su original (The Savages).

13.4.08

Ustedes los han querido: ADIVINA QUIÉN VIENE ESTA NOCHE

Trece días después de concluido el rodaje de Adivina Quién Viene Esta Noche, Spencer Tracy, a los 67 años de edad, fallecía de un ataque al corazón provocado por una grave infección pulmonar que empezó a sufrir durante la filmación. Murió en brazos de Katharine Hepburn cuando de madrugada, en su domicilio, se levantó para beber un vaso de agua. Un final made in Hollywood para uno de los actores más grandes del Séptimo Arte y que separó, para siempre, a una de las parejas eternas y polémicas del mundillo.

Con Adivina Quién Viene Esta Noche se cerraba una de las colaboraciones sentimentales y cinematográficas más largas del dueto Tracy-Hepburn. Nueve fueron los films en los que actuaron cara a cara. Es innegable que, tanto por su buen hacer como por su excelente química, sus trabajos en conjunto fueron uno de los mayores reclamos para la taquilla de la época.

La cinta, que se alzó con un Óscar para Katharine Hepburn y otro para su guionista, William Rose, es uno de los productos más recordados y emblemáticos de un tiempo (mediados de los años 60) en el que el cine se volcó en la lucha por la erradicación del racismo. Su desenfadado tono de comedia, la brillantez de un sinfín de diálogos ingeniosos y las fantásticas interpretaciones de todo su elenco significaron, sin lugar a dudas, los principales motivos de su merecido éxito. Un film que por su emotividad y sentido del humor encadiló a miles de espectadores.

La historia es muy sencilla. A pesar de su apariencia teatral, no está basada en ninguna obra de teatro. Su guión, al igual que su realización, escarba en la naturalidad a través de situaciones altamente humanas. Su chispeante tratamiento, convierte al pasajero drama de la aposentada familia Drayton en una circunstancia creíble al cien por cien; uno de esos problemas con los cuales uno puede tropezarse en más de una ocasión. Una cosa es el decálogo ideológico personal; la otra, es saber aplicarlo a la realidad como si se tratara del asunto más normal del mundo.

Y es que el adinerado y liberal Matt Drayton (un pletórico Tracy que bien hubiera merecido el Oscar por su trabajo), propietario de un periódico de gran tirada en San Francisco, es un hombre de ideas abiertas y defensor a ultranza de la igualdad entre las distintas razas. O así, al menos, es como él y Christina, su esposa (una excelente Hepburn con el Parkinson ya visible), educaron a su hija Joanna (Joey para los más íntimos), una chica de 22 años que, tras pasar unos días de turismo en Hawai, regresa al domicilio familiar con la intención de presentar a sus padres al tipo con el que piensa contraer matrimonio, John Wade Prentice, un eminente doctor en medicina que, a los ojos del matrimonio Drayton, posee un gran problema difícil de superar: su piel es de color negro. El choque entre el ideario y el día a día tan sólo acaba de empezar.


El tal John Wade Prentice es un agobiado (aunque divertido) Sidney Poietier en plena forma. El duelo interpretativo entre éste y Tracy resulta impresionante. Dos posicionamientos distantes aunque "fundamentados". Dos maneras paralelas de ver y entender la vida. La lógica contra la lógica; el humanismo contra el humanismo; los sentimientos contra los sentimientos. Una contradicción en toda regla que ambos personajes, con sus respectivos postulados, potencian a altos niveles. Y allí, en medio de la tensión y disimulando su verdadero estado de ánimo ante el malestar provocado por la llegada de su prometido, se sitúa la joven Katharine Houghton, la pizpireta y enamoradiza Joey Drayton, una actriz que se estrenaba en la gran pantalla a través de un papel escrito a medida de sus posibilidades; un debut que, a pesar de sus buenos resultados, no llegó a cuajar pues, posteriormente, sólo se la volvió a ver en contadas ocasiones.

Una mención aparte merece la labor de un secundario como Cecil Kellaway, colocado en el film bajo los ropajes eclesiásticos de Monseñor Ryan, un sacerdote que mantiene una larga y duradera amistad con Matt Drayton; una amistad sincera, de las de verdad pues, entre otros detalles, el personaje de Spencer Tracy está reñido con la religión. Un cura atípico; el puntito de vaselina ideal para suavizar la tirantez con que que su amigo del ama ha recibido al que podría ser su futuro yerno.

Una película soberbia. Una comedia de lujo, de las que ya no se hacen. Un melodrama que no parece un melodrama y que, gracias a la sabiduría de su director, el todoterreno Stanley Kramer, nunca cae en la cursilería ni en el folletín. Adivina Quien Viene Esta Noche es un clásico con todas las de la ley que, además, se anticipa, en muchos años, a Spike Lee y a su constante reafirmación de que los primeros racistas son los propios negros. “Papa, tu piensas como un hombre negro; yo lo hago sencillamente como un hombre”, le dice Poitier a su padre durante una acalorada discusión con éste; un personaje que, al igual que Tracy, se niega a comprender la unión matrimonial entre un negro y una blanca; un tema que, a lo largo del metraje, sale a flote en diversas ocasiones mediante el rol de Isabel Sanford, la leal Tillie, una mujer de color, empleada como doncella en el hogar de los Drayton, que tampoco quiere entender la mezcla de los de su raza con los blancos.


Si no la han visto, denle una oportunidad y déjense seducir por los gruñidos de un Spencer Tracy descomunal, por la sensibilidad de Katharine Hepburn y por ese quijotesco Poitier en lucha contra molinos de viento. Una obra redonda y tan atractiva como la tentadora escenografía de la aburguesada mansión Drayton; una mansión desde cuya terraza se puede observar la magnitud del Golden Gate dominando la ciudad de San Francisco; un puente iconográfico y, en este caso, hasta simbólico. Cruzarlo de punta a punta es el largo camino que los padres de Joey deberán recorrer para comprender los sentimientos de su hija.

10.4.08

El rock del cocodrilo


Con la estimable Wolf Creek, Greg Mclean demostró de sobras su dominio para crear atmósferas tensas y embrutecidas. Ahora regresa con el mismo género, igualmente bajo el amparo de la serie B, aunque cambiando al sádico asesino del citado film por un voraz cocodrilo de considerables proporciones; un animal pendenciero que pulula por las aguas de un río del Norte de Australia. Rogue (o sea, Granuja) es su título original. Aquí, siguiendo la habitual teoría del caos y el desorden, se le ha bautizado como El Territorio de la Bestia.

El calor, las moscas y la sordidez de los oriundos del lugar, supondrán la primera toma de contacto, con la tierra de los canguros, para un reducido grupo de turistas norteamericanos dispuestos a vivir su primera aventura en el país. Un angosto río, rodeado de terrenos selváticos, será la única visita que realicen, pues la brutal arremetida de un cocodrilo gigantesco dejará encallado, en un islote, al pequeño barco que los transportaba. Cae la noche. Las moscas continúan, y el saurio lleva días sin probar bocado. Los recién llegados, aislados en la diminuta isla, se convierten en apetitosas tapitas al olfato de la alimaña.

Con una premisa tan acotada, resulta magnífico lo que llega a orquestar Greg Mclean. No necesita caer en truculencias baratas para tener al espectador enganchado a la pantalla. Cuatro trazos con los que definir a sus personajes y un crescendo narrativo constante, son los elementos básicos con los que mantiene el suspense propuesto; una tensión acumulativa en la que entran en juego, al mismo tiempo, la destreza de los supervivientes y las mandíbulas del cocodrilo. Cruzar el río y pisar tierra firme es la única manera de dejar atrás el inseguro islote... pero el río es propiedad de la bestia.

Una hora y media brillante y efectiva; no hay tiempo para el aburrimiento. Una lección de economía cinematográfica, a todos los niveles, que se salda con una puntuación elevada. Atemoriza sin caer en el facil recurso de recrearse en las comilonas del animalucho; el gore macarrónico lo deja para otros directores menos inspirados. Lástima que, en sus últimos minutos, justo después de un angustioso y claustrofóbico episodio, apueste por un final demasiado típico (aunque perdonable) dentro de las coordenadas de este tipo de productos.

Un film recomendable a los amantes del cine con monstruos incluidos. Y es que éste, además de contar con un engendro anfibio que hace bailar a sus montaditos al son que más le apetece, posee en su haber a centenares de moscas, una cucaracha, un perrito y ¡por si fuera poco! a la Radha Mitchell..., la única (y potente) bella al lado de tanta bestia. ¡Quién fuera cocodrilo echarle un mordisco!

9.4.08

O Brother!

Los habituales del blog conocen de sobras mi desmesurada y enfermiza afición por descubrir parecidos físicos. Y hete aquí que el otro día, viendo La Noche Es Nuestra, descubrí entre sus intérpretes al hermano gemelo de Santi Millán. Se trata del actor Alex Veadov quien, en el citado film, encarna a Vadim Nezhinski, un malvado narco ruso sin ningún tipo de escrúpulos.

Aprovechando las similitudes entre ambos artistas, les propongo un juego: ¿Sabrían decirme, con total certeza, cuáles de las siguientes fotografías pertenecen al actor catalán? El máximo acertante ganará un Gallifante virtual.

8.4.08

La Prehisteria

El alemán Roland Emmerich siempre ha querido ir tras los pasos de Spielberg. Con su insano empeño, ha castigado a las plateas de todo el mundo, entre otros caos cinematográficos, con películas como Independence Day o El Día de Mañana. No satisfecho con ello, y sin ser completamente consciente de no llegarle ni a la suelo del zapato al director de Jurassic Park, va ahora y nos endilga, con toda la tranquilidad, una de cavernícolas a la que no hay por dónde pillar. 10.000 es su título y, en ella, plantea un batiburrillo de mucho cuidado en la que, excepto rigor histórico, hay un poco de todo.

Mamuts en plena efervescencia, tigretones desmesurados, tribus salvajes y civilizaciones perdidas (al más puro estilo de Stargate, otro de los fiascos del realizador), componen uno de los mayores desvaríos que jamás se hayan filmado sobre los tiempos prehistóricos. A su lado, la sencillez económica e infantil de viejas cintas de la Hammer como Hace Un Millón de Años o Cuando los Dinosaurios Dominaban La Tierra, se convierten en suculentas obras maestras.

Al Emmerich tanto le da que su trama no posea ni una pizca de coherencia. Él va de frente, pasando del guión, a lo bruto. Como (mayúsculo) argumento, presenta a un pequeño grupo de cazadores que, tras dejar atrás su aldea natal, se enfrascan en la persecución de los sanguinarios raptores de la bella Evolet, la llamada niña de los ojos azules y que, de hecho, es la novieta del joven D’Leh, el aguerrido joven que -cargando sobre sus espaldas con un nombre de rapero marginal- encabeza la expedición de rescate. En pocas palabras: Centauros del Desierto, en versión Picapiedra y bajo el prisma particular del miope cineasta. Añádanle unas gotitas (o directamente un chorro) de Apocalypto, y obtendrán el resultado final. Y es que el Emmerich es el copión número uno de la clase; tanto le encanta robar ideas que incluso, para su póster publicitario, se atreve a fusilar el cartel original de 300.

Además de ser un calco de varios productos ajenos, remezclados sin orden ni concierto, 10.000 tan sólo se apoya en una inmensa croma, un montón de efectos especiales y poco más. Una manada de mamuts, cuatro embestidas de éstos, algún que otro monstruito en forma de T.Rex (¿o de flamenco cavernario?) y un mucho de cultura egípcia con pirámides incluidas: casi, casi, los mismos efectos provocados por una dosis de LSD. Los actores - pésimos todos ellos y contratados en un mercadillo de rebajas- podrían haber sido sustituidos por muñecotes informáticos y, a buen seguro, el espectador habría salido ganando... a pesar de que ya no sería posible el entretenimiento de descubrir la presencia de un anciano Omar Sharif (en plan ¿Dónde está Wally?) interpretando a uno de los personajes del film. Tela marinera.

Como mínimo, y teniendo en cuenta que lo que más le gusta al titánico Emmerich es la cosa esta de los monstruos, podría haber cuidado más al detalle el tema de las proporciones entre éstos y los humanos. Hay planos en los cuales los indígenas no llegan ni a la altura de las pezuñas de los mamuts y en cambio, en otros, alcanzan el nivel de las rodillas de los mastodónticos animalejos... ¡Para qué luego algunos vayan diciendo por ahí que el tamaño no importa!

Y tengan cuidado que, en la actualidad, este tipo anda metido en un remake de la deliciosa Viaje Alucinante. Sí Fleischer levantara la cabeza...

7.4.08

Los Albóndigas en remojo

El australiano Bruce Feresford, afincado desde hace muchos años en el star system norteamericano, es uno de esos llamados artesanos dedicados, casi por completo, al cine por encargo. Un artesano de los que sabe colocar la cámara en el sitio y momento adecuado pero que, a pesar de su corrección, se ha labrado una carrera ciertamente irregular. Capaz de lo peor y de lo mejor, llega ahora y con dos años de retraso, su último producto, The Contract, una cinta que pasará a formar parte de la estantería en la que, por orden alfabético, el director tiene archivados sus títulos más olvidables.

El mayor (por no decir único) aliciente de The Contract se encuentra en su pareja protagonista: un correcto John Cusack y el inconmensurable Morgan Freeman, un tipo, este último, capaz de lograr una memorable interpretación a pesar de estar metido en un film tan manido e ineficaz como éste. En él, el actor de color encarna a un militar, separado ya del ejército y encargado de la ejecución de misiones soterradas bajo encargo de altos cargos gubernamentales; en definitiva, un experto sicario de la alta política que, por azares del destino, se cruzará en el camino del personaje de John Cusack, un hombre viudo, profesor de educación física, que decide pasar un fin de semana de acampada, al lado de su conflictivo hijo, en los salvajes bosques que circundan Spokane (Washington). Lo que tenía que ser una terapia reconcialiadora con el adolescente, se transformará en una aventura infernal al lado de un profesional de la muerte. Los cuatro sanguinarios colegas de Freeman, la policía local, un buen número de hombres del FBI y algún que otro personajillo relacionado con las altas esferas del poder, intentarán dar caza al criminal y, por extensión, a sus accidentales compañeros de excursión.

A pesar de contar con una historia sobada y de coordenadas geográficas y escénicas similares a las que utilizó Roger Spottiswoode en la estimulante Dispara a Matar, la cinta de Beresford posee un prometedor inicio. Un hombre frío y cínico y dos teóricos pardillos, enfrentados cara a cara y con un decorado, al aire libre, en el que puede ocurrir cualquier cosa. La caza del hombre (o, mejor dicho, de los hombres) acaba de empezar. El espíritu de aquella serie B en la que primaba, ante todo, el entretenimiento y la acción se deja entrever, pero jamás abre la puerta de par en par. Sólo se queda en un esbozo de gran aventura, pues rápido pierde su ingenio y se adentra en una serie de lances a cual menos creíble. Para evitar el spoiler, no citaré la ingente cantidad de detalles imposibles de cuadrar en el devenir de los sucesos que enmarcan The Contract, pero sí que les puedo avanzar que el realizador y, ante todo, sus dos guionistas (Stephen Katz y John Darrouzet), se han quedado lucidos (que no lúcidos...)

Siendo la chicha tan escasa (y en muchas ocasiones hasta ridícula), de nada sirven las hirientes, graciosas y bien colocadas réplicas de Morgan Freeman a John Cusack para levantar el interés del espectador. Ni siquiera llega a motivar la trabajada y brillante fotografía de un clásico como Dante Spinotti. Y es que el gran problema estriba en que se trata de una película sin ángel, más cercana a un telefilm barato que a un buen producto de acción en el que, para más INRI y a pequeñas dosis, se cuelan retazos de cursilería en pos de la unidad familiar y de la gente de buen corazón.

Una sencilla suma de títulos define, a la perfección, las intenciones y los despropósitos del film de Beresford: Dispara a Matar + Los Albóndigas En Remojo + Shooter = The Contract.

6.4.08

La marabunta dejó de rugir

A los 84 años de edad se nos ha ido Charlton Heston, ese hombre del rifle que, a pesar de su posicionamiento radicalmente derechista, ha sido y será uno de los iconos cinematográficos por excelencia. No se trataba de un gran actor, pero su sola presencia llenaba la pantalla de punta a punta. Su imagen de machista sin redimir, otorgó una gigantesca prestancia a cuantos héroes dio vida a lo largo de su dilatada carrera.

Más de 120 títulos avalan su innegable popularidad. Con su muerte, el cine épico ha perdido al mayor de sus representantes. Y es que, en el fondo, tras Ben-Hur, uno de sus personajes más recordados, se escondía La Historia Más Grande Jamás Contada.

A pesar de alimentar su espíritu con cierta Sed de Mal, destacó como uno de Los Últimos Hombres Duros; en realidad fue El Más Valiente Entre Mil al codearse con Los Indomables del Séptimo Arte. Desde los años 50 a los 80, la aparición de sus pectorales desnudos en muchos títulos significó El Mayor Espectáculo del Mundo. El público femenino se rindió a sus pies, incluidas las monas que poblaban El Planeta de los Simios. Su paso entre ellas provocó algún que otro Terremoto, pues Heston era, a la vez, El Tormento y el Éxtasis.

Se nutrió de galletas Soylent Green; pasó 55 Días en Pekín; montó a lomos del caballo de El Cid y, amparándose en La Ley de los Fuertes, jamás cumplió a rajatabla con Los Diez Mandamientos que regían su doctrina religiosa.

Hoy se ha cavado Una Tumba al Amanecer para el Mayor Dundee en El Valle de la Furia; una sepultura para El Último Hombre Vivo; un hombre que llegó a ser Príncipe y Mendigo.

Descanse en paz... aunque sea abrazado a su inseparable rifle.

5.4.08

Ustedes lo han querido: TOBI

A Tobi, el pequeño y único hijo de un matrimonio de clase obrera, le aparecen dos preocupantes bultos en la espalda, los cuales, al poco tiempo, se transmutarán en un par de alas angelicales. Ante tamaño fenómeno, la medicina convencional no encontrará explicación posible, mientras que un grupo de científicos, pertenecientes al Instituto Nacional de Biología Molecular, pretenderán convertirlo en su mayor conejillo de indias. Los medios de comunicación van locos por conseguir una entrevista en exclusiva con los padres de tal rareza viviente; unos padres que sufren en silencio el circo que se ha montado alrededor de su querubín.

Esta es, ni más ni menos, la trama principal (y única) de Tobi, una película escrita y dirigida por un Antonio Mercero que, en la confección de su delirante guión, fue ayudado por Horacio Valcárcel, el mismo que un año antes, en 1977, colaborará con el realizador en la brillante y divertida adaptación de la novela de Miguel Delibes La Guerra de Papá. De hecho, el éxito obtenido por la citada cinta, provocó que se recurriera de nuevo a su principal protagonista, el niño Lolo García, con la finalidad de orquestar un producto (en teoría, similar) para su absoluto lucimiento. La diferencia entre ambas estriba en que, a pesar de su sencillez, la intimista historia de Delibes (en donde se retrataba, de manera ingeniosa, el particular universo de los más pequeños de la casa), resultaba mucho más trabajada y atractiva que la pésima propuesta de Tobi.

Y es que Tobi -aparte de ser un film precipitado que transmitía una fábula cursi con angelito incluido-, no posee ni una gota del frescor que se desprendía del visionado de La Guerra de Papá. El intentar repetir la misma fórmula, aunque dotándola de un imposible tono fantástico para distinguirla de la anterior, fue el principal error de un cineasta irregular que, sin embargo, ha demostrado su valía en varias ocasiones. Aunque siempre con sus defectos a cuestas, su cine pocas veces ha sido tan ampuloso y engañoso, adentrándose, con mayor o menor fortuna, en la plasmación de temas muy populares. Por desgracia, en este ridículo cuento, no fue así, llegando incluso al extremo de perseguir, con todo el descaro del mundo, la lágrima del espectador durante los minutos finales de proyección.

A Lolo García, el serafín, se le nota forzado; la naturalidad de su anterior interpretación se extinguió por completo. El salto de ese entrañable Quico de La Guerra de Papá al repelente Tobi no le sentó nada bien. No es de extrañar que, a excepción de alguna que otra (y mínima) aparición posterior, se apartara definitivamente del mundo del cine, dedicando su existencia a otros quehaceres más positivos para él: un niño prodigio que jamás llegó a desarrollarse con total plenitud.

De nada sirvió que, para potenciar tal desmelene, colaboraran rostros tan conocidos de la pequeña pantalla, en esa época, como los de Manuel Martín Ferrand o Joaquín Prat. La historieta no daba para más y, durante su metraje, luchó, sin resultados positivos, para aposentarse a medio camino de la comedia y del melodrama. Para ser sincero, Tobi funciona mucho mejor en sus mínimos esbozos de comedia palurda, muy a lo spanish show, que en sus momentos teóricamente emotivos. En ese aspecto, el personaje del padre, un honrado trabajador de una fábrica de bombillas al que dio vida Francisco Vidal (un tipo con cierto parecido físico con Fernando Guillén Cuervo), logró los más recordados y casposos chistes de la función: “A Tobi le han salido alas porque tú, María, le das demasiado pollo para comer”, le dice el hombre a su esposa no sin antes haber afirmado, de forma rotunda y ante un desmayo de la susodicha, “mi mujer acaba de sufrir una linotipia. Éstas, como mero ejemplo de la locuacidad de tal ejemplar hispano, son tan sólo un par de las múltiples frases que ese padre alterado desgrana al más puro estilo de los payasos de la tele. Y es que ese tipo, que además atiende por el nombre de Jacinto, no tiene desperdicio.

Un producto, en definitiva, difícil de tragar. Tramposo y tópico, de los que enfrentan la figura del Bien y del Mal de manera patatera. El ángel Tobi vs. El diabólico Doctor Burman (un patético Ángel Mejuto), el científico perverso que desea, a toda costa, experimentar con los apéndices plumíferos nacidos en la espalda del desamparado niño. Añádanle, a todo ello, la exagerada aparición de una malvada Silvia Tortosa en el rol de una publicista sin escrúpulos y sabrán, en verdad, lo que significa putear a un ángel.

Tres años después, en 1981, Antonio Mercero se embarcó en la dirección de una de las series más veces emitidas por TVE, Verano Azul. Non Comment. Suerte que, en 1988, tras una de las casposidades más infumables del cine español como fue Buenas Noches, Señor Monstruo, volvería a recuperar parte de su fuerza inicial gracias a la sencilla y funcional Espérame en el Cielo, una ficción satírica sobre la presunta existencia de un doble de Francisco Franco.

4.4.08

La familia Grusinsky (A la sombra de Lumet)

La Noche Es Nuestra es una película de una factura impecable pero de resultados irregulares y sospechosos. James Gray, su director, es un hombre que no acaba de arrancar del todo en sus propuestas, tal y como ya demostró en sus dos anteriores trabajos, Cuestión de Sangre (Little Odessa) y el más reciente La Otra Cara del Crimen, pues en ellos caía en los mismos errores que ahora.

En La Noche Es Nuestra se introduce de lleno en lo que se podría denominar un thriller de connotaciones familiares ya que, ante todo, su cámara busca las tensas relaciones que se crean entre algunos de los miembros de los Grusinsky, una estirpe cuya mayor parte de integrantes ha formado (o forma) parte del cuerpo de policía de la ciudad de Nueva York. Concretamente se interesa por Albert Grusinsky, jefe de policía y al mismo tiempo padre de Joe y Bobby. El primero de los hermanos ha seguido la vocación y la carrera de su progenitor, mientras que el segundo, además de adoptar como primer apellido el de la madre, Green, ha desviados sus intereses hacia facetas laborales que, en muchas ocasiones, pueden derivar hacia asuntos al margen de toda legalidad.

El retrato inicial de los tres personajes resulta meticuloso y perfectamente escrito. Papá, su niño del alma y la oveja negra (excelente y moderadísimo Joaquin Phoenix). Una oveja negra a la que, sin embargo, intentarán llamar de nuevo al redil para que colabore, al lado de la ley, en un oscuro asunto que se interfiere en su trabajo como mánager de El Caribe, una macrodiscoteca de moda en Brooklyn... y es que un posible narcotraficante ruso, de altos vuelos, puede estar pasando su mercancía en el recinto que controla Bobby.

La descripción del ambiente nocturno y marchoso de las calles y centros de ocio del Nueva York de finales de los 80 es, sin lugar a dudas, uno de los puntos sobresalientes de La Noche Es Nuestra y que, en parte, recuerdan al estilo empleado por Spike Lee en Summer of Sam, una de sus mejores y menos reconocidas cintas. Una época que estuvo marcada por el boom de la música disco en los 70 y por la consecuente aparición de numerosos locales al estilo del ya mítico Studio 54.

La historia que se establece entre los dos hermanos y el padre, entra de pleno en las claves del thriller policiaco; historia a la que se acerca desde un prisma muy cercano al que hubiera utilizado Sidney Lumet de haber caído en sus manos la realización de este film. La sobriedad y la gélida calma con la que muestra las idas y venidas de la familia Grusinsky y el dibujo del íntimo círculo policial que les rodea, hacen pensar en ciertos aspectos ya esgrimidos por el director de Serpico en La Noche Cae Sobre Manhattan. Incluso, al igual que ocurre durante los primeros minutos de éste, James Gray orquesta, hacia media película, un brutal tiroteo que lo emparienta directamente con él.

Sólo hasta aquí llegan las coincidencias y paralelismos con el cine de Lumet ya que, al contrario que éste (el cual habría optado por una resolución más fría y cínica), da un giro radical en su posicionamiento ideológico inicial y se tuerce, inevitablemente, hacia posturas más moralistas y un tanto fachendas. En el epicentro del cambio se encuentra una de las decisiones de Bobby, el hermano descarriado; una decisión forzada, no muy comprensible y pésimamente plasmada en pantalla. De hecho, el único personaje del que se entienden a la perfección sus acciones es el de Amada, la novia latina de Bobby, interpretada de manara compacta y creíble por una sorprendente y guapísima Eva Mendes (¡quién la pillara!).

En definitiva, y a pesar de su intachable e interesante hora inicial, La Noche Es Nuestra abriga una peligrosa línea moralista y religiosa de elevada envergadura. Tan elevada se me antoja que, personalmente, su parte final me llegó incluso a ofender. Y es que, esa furibunda redención a través de la expiación de los pecados que propone, me transporta a mis años de juventud en un colegio de salesianos. Es una pena que los buenos conocimientos cinematográficos que denota James Gray, los aplique a un producto tan ultraconservador y, al mismo tiempo, defensor a ultranza, de los métodos policiales más expeditivos. De hecho, su título original es sacado textualmente del lema propagandístico que, en los 80, utilizaba la policía de Nueva York para imponer su imagen al ciudadano.

2.4.08

La felación

¿De qué modo se desenvolverá la vida sentimental y familiar de una mujer adulta cuando, a sus 18 años, cometió un acto inconfesable con el que tendrá que vivir a cuestas el resto de sus días? Esta es la cuestión principal que pretende desentrañar el neoyorquino Bob Goldthwait en Los Perros Dormidos Mienten, una comedia independiente y de bajo presupuesto aunque de resultados gratamente satisfactorios.

Una noche, durante su época de universitaria, la joven Amy, aburrida y sola en su apartamento, se siente más atraída por la visión morbosa de los genitales de su perro, que por la lectura del libro que tiene entre sus manos. Su inquietud por el pene erecto del animal es tal que, en la intimidad y el silencio que le otorgan las cuatro paredes del cuarto de baño, no podrá evitar realizarle una felación a su mascota..., un bóxer de tamaño considerable. Sin duda, se trata de un error que jamás volverá a repetir pero que, inevitablemente, marcará sus posteriores relaciones de pareja cuando sus compañeros pretendan sonsacarle algún que otro secretillo del pasado. Pero, a sabiendas que más que de un secretillo se trata de una guarrería de mucho cuidado, la chica tendrá serias dudas entre contar la verdad o inventarse alguna que otra mentirijilla para salir del paso...

Éste es el inicio de la sencilla aunque ingeniosa película de Goldthwait. Una cinta que se basa, ante todo, en la frescura de sus diálogos y cuyo mayor aliciente se localiza en la falta total de pretensiones. De hecho, su plana realización y sus flojitos actores (de entre los que tan sólo cabe destacar la solidez de su protagonista femenina, Melinda Page Hamilton), hacen pensar en las formas y maneras de un producto (sin serlo) amateur. Y les puedo asegurar que esa llaneza interpretativa, narrativa y de realización que desprende, más que un defecto se convierte en una de sus grandes virtudes; una cualidad que se ve potenciada por la melodramática comicidad de la experiencia vivida por la traumatizada Amy.

Con esta excusa, Los Perros Dormidos Mienten se plantea si es necesaria esa tan cacareada sinceridad, al cien por cien, que se exige para con la pareja habitual o, por el contrario, es mejor guardar en un cajón bajo llave ciertas nimiedades del pasado... aunque esta frivolidad sea la de haberle practicado una mamada a un bóxer. Al mismo tiempo, muestra los posibles efectos que tal descubrimiento causaría si llegara a oídos de la familia más inmediata; una familia, como ocurre con la de Amy, extremadamente conservadora y de misa diaria.

Un dilema moral, llevado con mucho tacto y sentido del humor, del que cabe subrayar un par de divertidas y gamberras referencias sexuales sobre el pasado (ficticio) de dos míticos personajes como Elvis Presley y Roy Orbison y que surgen, improvisadamente, de la confesión que una madre, ya mayor, hace a su hija durante una charla sobre la franqueza total (o no) en el matrimonio.

Estrenada casi de tapadillo y desgraciadamente con muy poco futuro en la cartelera actual, éste es un film al que vale la pena darle un vistazo lo antes posible, a pesar de sus evidentes irregularidades y su innegable pinta de cine amateur. No se trata de ninguna joya en bruto, pero sobresale al lado de otros títulos recientes que, con más aspiraciones y publicidad, ocupan la mayoría de salas españolas.