21.12.11

Silent Movie

A veces hay películas ante las que hay que sacarse el sombrero. Este es el caso de The Artist, un delicioso homenaje al cine mudo a través de una historia de amor entre un famoso actor, con problemas en su matrimonio, y una nueva estrella en plena subida de popularidad; una relación que estará a punto de romperse por culpa del nacimiento del cine sonoro. Él es George Valentín, un hombre que teme acabar sus días de fama al no amoldarse al nuevo sistema cinematográfico; ella es la joven Peppy Miller, una chica decidida a la cual la aparición del sonido le irá como anillo al dedo para potenciar sus dotes de actriz.

El parisino Michael Hazanavicius firma esta coproducción franco-belga desde el mismísimo Hollywood, esa meca del cine que a finales de los años 20 se convirtió en principal testigo del paso del cine mudo al sonoro. Un realizador que demuestra tenerlos muy bien puestos al tomar la decisión de rodar, en pleno siglo XXI, una película muda y en radiante blanco y negro: el único modo, por cierto, de enfrentar un producto que pretende rendir tributo a una época en concreto y, ante todo, a una manera de hacer y entender el cine.

El cariñoso modo de acercarse a sus dos personajes principales o la también delicada forma de arropar musicalmente todo cuanto ocurre en pantalla -a través de la flamante banda sonora compuesta por Ludovic Bource-, son sólo algunos de los numerosísimos detalles que han hecho posible una obra que, a buen seguro, obtendrá su merecida compensación en la próxima edición de los Oscar. A ello hay que sumarle la valentía del director al acercarse a un estilo y a una época muy concreta utilizando la tecnología actual, sin tener que copiar la caligrafía cinematográfica de entonces: sólo con su fotografía en blanco y negro, la ausencia de sonido y su apasionado y satírico guión ha conseguido uno de los mejores guiños al mundo del cine.

La sabia elección de su pareja protagonista es otro de sus grandes aciertos. Tanto Jean Dujardin como Bérénice Bejo -George y Peppy respectivamente- dan el pego como comediantes de esos tiempos, amoldándose a la perfección a una interpretación más física y extremadamente expresiva que la actual. Curiosamente, ambos ya habían colaborado con Hazanavicius en un par de cintas que satirizaban la figura de James Bond, las de la divertida serie sobre el agente secreto OSS 117.

Clara deudora de títulos anteriores como El Crepúsculo de los Dioses (Billy Wilder), Cliente Muerto No Paga (Carl Reiner) o La Última Locura (Mel Brooks), The Artist se alza como un modélico e indispensable complemento a todos ellos y, por extensión, como una mayúscula oda de amor al nacimiento del Séptimo Arte.

Comedia, melodrama y un sinfín de guiños cinéfilos a cual más sabroso. Atención, entre estos últimos, a la utilización del Love Theme del Vértigo de Bernard Herrmann para subrayar uno de los pasajes más emblemáticos de la cinta. Sencillamente, una maravilla. Sin lugar a dudas, una de las películas del 2011.

19.12.11

Los increíbles hombres de Ethan Hunt

Desde el pasado viernes, se exhibe en la cartelera española uno de los films de acción más sugestivos del panorama actual: Misión Imposible: Protocolo Fantasma, la cuarta entrega –y posiblemente la mejor junto con la primera de Brian De Palma- de la saga basada en una popular serie televisiva de los años 60. En la producción, Tom Cruise y J. J. Abrams. En la dirección Brad Bird quien, por vez primera, aparca el cine de animación para entrar de lleno en una trepidante cinta de espionaje y acción.

En esta ocasión el agente Ethan Hunt, junto con otros miembros del IMF –un cuerpo especial del servicio secreto norteamericano-, se verá envuelto en una trama de lo más clásico, en donde rusos y americanos se enfrentan en medio de una historia en la que siempre está presente el peligro de una inminente guerra nuclear. Escaramuzas en el interior del mismísimo Kremlin, vertiginosas secuencias en un rascacielos de Dubai o un genial guiño, perfectamente orquestado, a Monstruos S.A. desde el interior de un parking automatizado en el corazón de Bombay, son sólo algunos de los platos fuertes de una acelerada función sin desperdicio alguno.

Espectacular, divertida y, por primera vez desde el inicio de la serie, dotada del sentido del humor que Brad Bird otorgaba a sus películas animadas. De hecho, Misión Imposible: Protocolo Fantasma es una especie de cartoon con personajes de carne y hueso que poco tiene a envidiar al tono satírico y al sentido del ritmo con que el propio realizador construyó Los Increíbles, su segundo trabajo tras su debut con El Gigante de Hierro. Incluso Tom Cruise, contagiado por el espíritu más festivo de Bird, deja de tomarse tan en serio su papel de Ethan Hunt y opta por alejarse de esa (falsa) trascendencia con que lo afrontó en ediciones anteriores.

Por fin Cruise resulta menos omnipresente y deja espacio suficiente para que sus compañeros también puedan lucir palmito. Así, tanto Jeremy Renner como la macizorra Paula Patton o Simon Pegg, cobran una entidad especial en la historia. Posiblemente sea debido a la presencia de este último -reconvertido de técnico informático a agente de campo- que se haya abierto el tono de comedia a una serie que, dejando a un lado su sentido del ritmo narrativo, empezaba a acartonarse.

Tal y como demuestra esta Misión Imposible, no es necesario el (truculento) uso del 3D para realizar una buena, consistente y atractiva cinta de acción que atraiga al espectador a las salas. Brad Bird, con un presupuesto ajustadísimo, saca adelante el encargo de forma sobresaliente, no deja tregua al espectador y ofrece un vibrante espectáculo, de más de dos horas de duración que pasan sencillamente volando y siempre apoyadas por la magnífica sintonía original de Lalo Schifrin, arreglada para la ocasión por un respetuoso Michael Giacchino, el compositor habitual del cine del director. Personalmente, me lo pase pipa. Sólo me faltó la bolsa de palomitas para sentirme de nuevo como un niño.

13.12.11

El tiempo en sus manos

In Time es un film futurista de Andrew Niccol que, estéticamente, entronca con la hitchcockiana Gattaca, la brillante ópera prima de su realizador. Y digo “estéticamente” ya que, en lo que a guión e historia se refiere (dejando a un lado los temas genéticos), su nuevo trabajo se sitúa a las antípodas de lo que supuso su presentación en sociedad.

Es innegable que su premisa argumental resulta ciertamente original. Niccol nos plantea una sociedad futura en la que el gen del envejecimiento ha sido eliminado y en la que todos los pobladores del planeta se quedan plantados en su crecimiento físico al llegar a los 25 años. A partir de esta edad, tienen como bonus un año más de vida antes de morir. Para seguir cumpliendo años, es necesario negociar con el tiempo. El dinero ha dejado de existir. Ya no hay moneda con la que realizar intercambios comerciales. En su lugar, un reloj biológico implantado en el cuerpo suplirá sus funciones. Por ejemplo, un billete de autobús costará una hora y la compra de un automóvil saldrá por unos 15 años. Los más ricos, podrán acumular en su haber cientos y miles de años: una forma como otra de acariciar la inmortalidad; los más pobres, a duras penas podrán superar ese año extra otorgado tras cumplir los 25. Los millonarios ocupan zonas especiales y restringidas, mientras que los parias han de conformarse con compartir un desangelado gueto e ingeniárselas para subsistir día a día.

El problema de In Time es que no sabe ir más allá de su atractivo supuesto inicial. De hecho, se queda encallada en el personaje de Will Salas, un joven al que le queda muy poco tiempo y que, acusado falsamente del asesinato de un tipo que le ha regalado 100 años de vida antes de suicidarse, huirá de la justicia en compañía de la hija de un poderoso magnate, convirtiéndose, de este modo, en una cinta estándar sobre huidas y persecuciones. Por suerte, mantiene su interés debido a la curiosidad de ver el manejo del tiempo como si se tratara de dinero, del pillaje que ello supone en los barrios bajos y, ante todo, por la figura de Raymond Leon, el incansable personaje encargado de atrapar a Will; un hombre que forma parte del llamado cuerpo de “cronometradores”; un cuerpo que, en realidad, sustituye al de policía.

La película no aburre, aunque una vez superado el impacto preliminar tampoco sorprende. De hecho, para disfrutarla, hay que tomársela como si se tratara de una serie B, con sus aciertos y defectos correspondientes. Entre sus aciertos, cabe destacar ese gran guiño a Bonny y Clyde y a Robin de los Bosques que va tomando cuerpo a medida que avanza su metraje, y a la fuerza que le imprime a su papel de “cronometrador” perseverante el cada día más afianzado Cillian Murphy, mientras que, como defectos, citaría la nula entidad de su pareja protagonista (Justin Timberlake y Amanda Seyfried), a cual de los dos más anodino, y la forma rutinaria de afrontar su mínima y previsible intriga.

Lo más sugestivo de la propuesta reside, sin embargo, en descubrir que, con dinero o sin dinero, la sociedad seguiría siendo igual de podrida: cuatro acumulan las riquezas del mundo entero, mientras que el resto han de conformarse con las migajas que les sueltan después de haberles estado expoliando durante toda la vida. Búsquenle a In Time lecturas paralelas con la actual crisis mundial y descubrirán un montón de alarmantes coincidencias. El resto, si más no entretenido, es puro artificio.

12.12.11

El beatle que quiso ser hindú

El 29 de noviembre de 2001 moría aquejado de un cáncer George Harrison. A los 10 años de su defunción, el cineasta Martin Scorsese recoge las vivencias del músico en un documento excepcional de casi tres horas y media de duración: George Harrison: Living In The Material World, un trabajo que acaba de editarse en DVD y Blu-ray y que también se mantiene estos días en la parrilla de programación de Canal Pus.

No es la primera vez que Scorsese se acerca a una estrella del rock. Ya en el 2005 se aproximó a Bob Dylan a través de otro extenso e interesante documental, No Direction Home, demostrando que la relación del director con el mundo del rock es totalmente pasional. De hecho, la magistral Uno de los Nuestros, aparte de un retrato sobre la mafia italoamericana a lo largo de tres décadas, es también una revisión de la música que sonó en las calles de Norteamérica desde los años 60 a finales de los 80, un catálogo rítmico en el que no faltaban temas del propio Harrison ni de Eric Clapton, personaje este último que, debido a la amistad que le unió al desaparecido beatle, adquiere un relieve muy importante en Living In The Material World.

La película se acerca a la vida de George Harrison como integrante de The Beatles, la banda que posiblemente haya influido más en el desarrollo y la técnica de la música actual. Hace hincapié en los problemas que tuvo para colar sus brillantes canciones en medio de esa hermética sociedad que habían establecido Paul McCartney y John Lennon, compositores y letristas de la mayor parte de su discografía. Sus más y sus menos son plasmados con una exquisitez sibilina, al tiempo que muestra sus devaneos con el LSD y, ante todo, su proximidad (casi enfermiza) con la búsqueda de la espiritualidad a través de la cultura india y a partir de la música de Ravi Shankar.

La creación de su primer álbum en solitario, las muertes de Brian Epson y de Lennon, su faceta como productor cinematográfico y su relación con la enfermedad que acabó con su vida, así como un acercamiento a un episodio violento protagonizado por un tipo perturbado que seguía los pasos del asesino de Lennon, son otros de los aspectos que marcaron profundamente su existencia y que se exponen en Living In The Material World, un documental que, a buen seguro, hará las delicias de los seguidores del grupo de Liverpool y, en concreto, de la figura de Harrison, ese beatle que, durante la recta final del conjunto, decidió abrirse a un espacio más abierto y menos claustrofóbico para expresar mejor sus inquietudes personales y artísticas. De hecho, su primer trabajo fuera de The Beatles, All Things Must Pass, uno de los primeros discos triples de la historia del rock, estaba formado en su mayor parte por temas que nunca fueron incluidos en los vinilos del cuarteto de Liverpool.

Compositor, guitarrista, cantante y productor musical y cinematográfico. Una carrera fructífera narrada por el propio Harrison a través de imágenes de archivo y por gente tan cercana a él como Paul McCartney, Ringo Starr, Eric Clapton, Eric Idle, George Martin o Tom Petty, entre otros muchos, y conducido por la sabiduría de un todoterreno como Martin Scorsese, capaz de realizar un enérgico montaje plagado de imágenes nunca (o poco) vistas con anterioridad. A mí, particularmente, se me cayó la baba viéndolo. Disfrútenlo ustedes también.

7.12.11

Tres en un diván

David Cronenberg en su último trabajo, y tal y como hizo dos décadas atrás con la insufrible M. Butterfly, ha optado por disfrazarse de autor y adentrarse en una historia que, basada en un episodio real de la vida de tres ilustres psiquiatras, da un repaso a los primeros pasos del psicoanálisis como medicina curativa a principios del siglo XX. En Un Método Peligroso, nos acerca a la turbulenta relación entre Carl Junk y Sabina Spielrein, una nueva paciente rusa que, con el paso de los años, se convertiría en una de las psicoanalistas más influyentes de Rusia; una relación ésta seguida muy de cerca por el llamado padre del psicoanálisis, Sigmund Freud.

Con este título, Cronenberg se aleja del espíritu de sus dos últimos y brillantes trabajos (Una Historia de Violencia y Promesas del Este) para regresar a una de las constantes más presentes en su filmografía: la enfermedad. Si bien antes se acercaba a ella de manera más física y purulenta, amén de psíquica y buscando en general una óptica cercana al gore, ahora se aproxima desde una vertiente más intelectual y menos agresiva visualmente hablando. En este caso, buscando mostrar el dolor espiritual y de la mente e involucrando a los personajes de Junk y Freud en el tratamiento de sus pacientes, en eso que ellos califican como la “transferencia”.

Hasta aquí todo funciona mínimamente bien. Es más, la cosa promete. El problema se localiza en la insoportable pedantería que se destila de cada una de sus aburridísimas escenas y en la forma excesivamente lineal (y plagada de elipsis temporales) con que se desarrolla todo su metraje. La correspondencia tortuosa y enfermiza que se establece entre Junk y la futura doctora Spielrein está plasmada sin ángel, de manera forzada y sin terminar de definir ese (por otra parte existente) traspaso mutuo de fantasmas personales. Además, en este apartado, en muy poco ayudan las interpretaciones de Michael Fassbender y Keira Knightley. El primero se acerca a la figura de Carl Junk de modo desaborido (el único registro que hasta el momento ha revelado el actor), mientras que ella aborda a Sabina Spielrein a través de un histrionismo ciertamente apabullante: sus exageradísimos movimientos de mandíbula, acompañados de tics corporales y cierto tartamudeo, me hicieron pensar en el mismísimo Alien antes de zamparse a una de sus víctimas.

Completando el triángulo y de forma más breve (por no decir episódica), se encuentra lo mejor de la tediosa función: la contención interpretativa de Viggo Mortensen en la piel de Sigmund Freud; contención que rompe con la vacuidad de Fassbender y con el desmadre de la Knightley, por no citar la presencia de un desmelenado Vincent Cassel, visto y no visto (y no por ello menos irritable), dando vida a un degenerado paciente de Junk al que transmite su parte más oscura.

Un triángulo de ideas y pensamientos que se cruzan y entrecruzan en medio de conversaciones nada apasionadas o mediante simples envíos de cartas. Una cinta que, por su tratamiento, se me antoja como de otro tiempo, desfasada, justo cuando se inventaron eso del “arte y ensayo”; ese cine que provocaba bostezos a diestro y a siniestro y sólo gustaba a los gafapastas de la época (o eso al menos aseguraban por aquello del qué dirán). Personalmente, me quedo con el Cronenberg más ponzoñoso de sus inicios y, ante todo, con el de sus dos últimos thrillers.

1.12.11

Sospecha

El bonaerense Carlos Sorin, después de experimentar con un cine más cerrado y gafapastoso como hizo en La Ventana, a través de su nueva película, El Gato Desaparece, busca abrirse más al público mediante una claustrofóbica e inquietante historia protagonizada por un matrimonio dispuesto a empezar de cero tras haber vivido una experiencia desagradable.

El marido atiende por Luis. De profesión, profesor universitario. Recién acaba de regresar a su hogar tras pasar una larga temporada internado en un centro psiquiátrico. Un brote violento que le llevó a agredir a su socio en la cátedra fue la causa que le acercó hasta el manicomio. El alta médica le ha conducido de nuevo a su domicilio, aunque Donatello, el gato de la familia, no acepta cordialmente su retorno.

Ella atiende por Beatriz. De profesión, traductora. A pesar de la tranquilidad aparente de su marido tras la vuelta, la posibilidad de una recaída no dejará de inquietarla y los fantasmas personales se le aparecerán durante las primeras largas noches que pasará a su lado. Entre sus temores y la desaparición de su querido gato, la situación de la mujer se convierte en un sin vivir. La sospecha se acaba de apoderar de ella.

Planteada como una cinta de misterio al más puro estilo hitchckoniano, Sorin consigue excelentes escenas de suspense a partir de la más pequeña nimiedad aunque para ello, y de forma perdonable, tenga que colar algún que otro truco narrativo a lo largo de su desarrollo, tal y como hace con un par de pesadillas ciertamente turbadoras. A ello hay que sumarle el clima amenazador y enfermizo que se crea en el interior del otro tercer gran protagonista de la historia: la inmensa y lujosa casa en la que habitan; una vivienda que, rompiendo con uno de los tópicos del género, en lugar de ser lúgubre y oscura se muestra lujosa y luminosa. Un micro universo insano que abriga los malos pensamientos de ella y la aparente bondad y calma de él.

Melodrama, thriller psicológico y comedia; un brebaje interesante y sorprendente salpicado con gruesas gotas de humor negro. Añádanle a ello la excelente interpretación de Beatriz Spelzini en el rol de la esposa desconfiada y el mayúsculo trabajo de Luis Luque, el marido, un tipo que, de lanzar la mirada más terrorífica y amenazadora es capaz de pasar, en cuestión de segundos, a aparentar la más absoluta de las mansedumbres.

Un producto diferente y no por ello menos atractivo. Y es que las perturbaciones mentales no dejan indiferentes ni a los mininos. Saboréenla y disfrútenla como se merece. La ironía está servida.

29.11.11

Adiós al maestro del delirio

El gran transgresor del cine británico, Ken Russell, se ha ido para siempre. Ayer, a los 84 años de edad, desde La Guarida del Gusano Blanco y mientras dormía, El Novio de la perturbación emprendió el viaje de no retorno. El suyo era un Cerebro de un Millón de Dólares tocado por la extravagancia y siempre dispuesto a iniciar un Viaje Alucinante al Fondo de la Mente. Los más osados aseguraban de él que sufría una extraña enfermedad denominada Lisztomania que le obligaba a mezclar, en sus alucinaciones y a ritmo de Ópera Rock, lo Gótico con La Pasión de Vivir.

Admirador de Valentino y enganchando a las máquinas de millón por culpa de la afición desmesurada de su amigo Tommy a las mismas, en sus últimos años se alejó de los pinbals y recogió una Sombra En El Pasado que le atormentaba: empezó trabajando en televisión y terminó sus días realizando de nuevo telemovies.

El que muchos consideraban El Mesías Salvaje del Séptimo Arte, retrató de forma delirante la vida de una Puta en La Pasión de China Blue, una de tantas Mujeres Enamoradas que inspiraron su cine.

Hoy, Los Demonios querrían velar por él.

Descanse en paz. Echaremos en falta un poco de su locura en el cine actual.

28.11.11

Cazadores de nazis

John Madden, el realizador de Shakespeare In Love y La Verdad Oculta, ha regresado este año a las pantallas de todo el mundo con un thriller dramático, La Deuda, un remake de la homónima israelí de 2007 no estrenada en España. En ella se narra la historia de tres agentes del Mossard que, a mediados de los 60, viajaron hasta Berlín del Este para detener y entregar a las autoridades de su país a un nazi que había experimentado con los cuerpos de varios judíos en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau.

La película transcurre en dos tiempos: por un lado muestra los hechos acaecidos en los 60 y, por el otro, se acerca a los protagonistas, convertidos en héroes nacionales, en un presente inmediato ambientado en 1997, justo cuando los sucesos del pasado vuelven a salir a flote debido a la publicación de un libro que, sobre éstos, ha escrito la hija de la única agente femenina que tomó parte en la búsqueda del llamado Cirujano de Birkenau.

En comparación con el material original de Assaf Bernstein, la cinta de Madden se muestra más sólida y mucho mejor construida. El emblemático dibujo del perfil de los tres oficiales del Mossad le da mayor profundidad a la historia, potenciando al mismo tiempo un inesperado giro de guión bien avanzado su metraje, cosa que la película de Bernstein planteaba ya de buenas a primeras, rompiendo así parte de su intriga; intriga que el realizador británico sabe potenciar y dosificar en todo momento, sobre todo en aquellas escenas que hacen referencia a la estructura del plan para atrapar al nazi, en la ejecución del mismo y en su recta final, en donde una soberbia Helen Mirren destaca con luz propia.

La Deuda se mueve como pez en el agua a través de los dos tiempos de su narración, conjuga a la perfección los caracteres de los actores más jóvenes (Jessica Chastain, Marton Csokas y Sam Worthington) con sus equivalentes de más edad (Helen Mirren, Ciarán Hinds y Tom Wilkinson) y le otorga una entidad muy especial a la sorpresa que amaga su historia; un golpe turbador de guión que colocará al espectador en una perspectiva distinta a la hora de juzgar a sus personajes principales.

Un trabajo consistente, brillante en sus escenas de suspense y modélico por el interesante retrato que hace del trío cazador de nazis. Un remake estupendo que, gracias a su lúcido e inteligente guión, llega a superar en interés al ya de por sí correcto título original.

24.11.11

Cuando Dexter encontró a Emma

One Day era una de esas películas que a priori no me tentaban en absoluto. La estaba dejando escapar de cartelera y, por suerte, la he podido recuperar. Digo por suerte ya que, esta adaptación cinematográfica del best seller de David Nicholls Siempre el Mismo Día, se trata de un trabajo distinto, perfectamente acabado y con dos actuaciones soberbias, la de un Jim Sturgess más maduro que en otras ocasiones y la de una Anne Hathaway en alza quien, a pesar de forzar en exceso su acento para ponerse en la piel de una chica muy british, logra sacar adelante con nota alta su papel; un complejo rol que complemente a la perfección a la de su sorpresiva y modélica interpretación de una joven aquejada de Parkinson en la admirable Amor y Otras Drogas.

Vendida de forma engañosa como si se tratara de una comedia sentimental al uso, One Day es, en realidad, un melodrama amargo y triste escrito para el cine por el propio David Nicholls. Estructurado de manera poco convencional y demostrando un dominio total de la elipsis narrativa por parte de su directora, la danesa Lore Scherfig (la misma de la también interesante An Education), la cinta muestra la historia de amor que nace entre dos amigos a lo largo de dos décadas. Él es Dexter, un muchacho algo alocado, poco juicioso y con pretensiones de triunfador; ella es Emma, una chica idealista, de clase trabajadora y que sueña con mejorar el mundo.

La cinta se inicia un 15 de julio de 1988, justo la noche de graduación universitaria de ambos y durante la cual entablaron contacto por vez primera. Y, a partir de este punto, la película tirará de la elipsis para repasar, año tras año y siempre en la misma fecha (ese 15 de julio iniciático), la vida de los dos personajes durante veinte años. Encuentros, desencuentros, frustraciones y emociones, siempre en busca de la felicidad y de la posibilidad de encauzar su amor para siempre. Una mirada agridulce -en ocasiones fría y distante, y en otras cálida y conmovedora- a la existencia de dos seres humanos a través de sus contradicciones y debilidades más evidentes.

One Day empieza de forma un tanto dicharachera, como si se tratara de una nueva revisión de Cuando Harry Encontró a Sally, aunque pronto, casi al año siguiente, abandona su tono de comedia para entrar de lleno en el terreno del melodrama; un melodrama de tintes trágicos amparado en la originalidad y ternura de su tratamiento. Una sensibilidad que, por cierto, los detractores del film tildarán de cursilería. Y ello, como todo, es cuestión del color del cristal con que se mire.

23.11.11

Bienvenidos a Tontoland

Sí en Bienvenidos a Zombieland, su primera película, Ruben Fleischer se cachondeaba de las películas de zombis funcionándole el invento tan sólo a medio gas, en su segundo título, la recién estrenada 30 Minutos o Menos, apuesta por una sátira sobre las buddy movies que arrasaron los cines en los años 80. Y, al igual que hiciera con su ópera prima, lo hace a modo de comedia; una comedia que, a pesar de su pinta de tratarse de una gamberrada con tintes cinéfilos, no le funciona casi en ningún aspecto.

30 Minutos o Menos busca rizar el rizo sin conseguirlo en cada una de sus escenas y con cada uno de sus personajes quienes, en homenaje al género ochentero antes citado, actúan siempre en pareja. Por un lado, las víctimas teóricas de la historia: un repartidor de pizzas harto de su mal pagado empleo (Jesse Eisenberg) y su mejor amigo, un irritable aunque temeroso maestro de escuela (Aziz Ansari); por el otro, los malvados de la peli, un par de tipos descerebrados, discípulos directos de Beavis y Butt-Head: el perverso hijo de un militar retirado agraciado con la lotería (Danny McBride) y su fiel y leal escudero (Nick Swardson), un mentecato de muchísimo cuidado. Éstos, en su afán de contratar a un asesino a sueldo para que acabe con la vida del militar y así disfrutar de una tentadora herencia, deciden secuestrar al pizzero, arropar su cuerpo con una bomba de relojería y obligarle a atracar el banco local, con cuyo botín pagarían la elevada factura del sicario.

La ficción planteada y, ante todo su desarrollo, no es más que un desatino continuo. Sus numerosos chistes, aparte de forzados, resultan totalmente zafios, mientras que el par de delincuentes idiotizados, además de estar caricaturizados hasta extremos insoportables, se me antojan de lo más insufrible, tanto por la sobreactuación de sus dos intérpretes (ante todo un verborreico Danny McBride) como por el cliché con el que han sido construidos ambos personajes. Y ello por no hablar de la aparición de un tercero en discordia, un Michael Peña repitiendo en su sempiterno papel de matón latino y dejándose llevar por el mayor de los histrionismos.

Si algo resulta mínimamente salvable entre tanto desmelene apayasado es el correcto trabajo del siempre eficaz Jesse Eisenberg quien, repitiendo a las órdenes de Ruben Fleischer, lleva a buen puerto y de la mejor manera posible su imposible (y valga la redundancia) personaje, el del pizzero intimidado, convertido en hombre bomba y sobre el que recae el mejor y más sutil guiño cinéfilo de la cinta; un guiño que tiene mucho que ver con Facebook y, por extensión, con la espléndida La Red Social, cinta en la que el actor dio vida a su creador.

Simple y llanamente una gansada más, fruto de este imparable afán actual por confeccionar comedias disparatadas muy al estilo Apatow: es decir, sin sustancia y con muchas gilipolladas insertadas a saco. El cine políticamente incorrecto mola, eso está claro. Pero, en este caso, aparte de presentar a un sinfín de personajes y situaciones disfuncionales, no hay nada más. El vacío total. Suerte que la tontería no sobrepasa los 80 minutos.

22.11.11

La jubilación puede esperar

Asesinos de Élite significa la ópera prima de Gary McKendry, un film de acción al servicio de Jason Statham que, siguiendo las coordenadas enérgicas del cine de John Frankenheimer, acerca al espectador a lo que asegura ser “una historia real”. Lo de historia real, como casi siempre suele suceder, me suena a apostilla falsa para colar una crónica no demasiado creíble. Sea como sea, en EE.UU. no tragaron y se convirtió en un sonado fracaso de taquilla.

De veracidad y coherencia, la verdad es que hay muy poca. Eso sí, de desgaste de adrenalina y de viajes a lo largo y ancho de este mundo (en plan James Bond) hay un montón. No nos hemos de engañar: Asesinos de Élite es puro entretenimiento y, al argumento que nos propone, no hay que buscarle peras al olmo. Tan sólo se trata de dejarse llevar por el nervio imprimido al relato e intentar disfrutar con sus bien filmadas y numerosas escenas de acción. Peleas cuerpo a cuerpo, tiroteos, persecuciones automovilísticas y otras a pie por los tejados de la ciudad de Londres. Un poco de todo, sin apenas descanso y buscando un estilo más clásico que, por suerte, la aleja de esos montajes acelerados y sincopados en los cuales resulta casi imposible saber que narices sucede en pantalla cuando los protagonistas empiezan a atizarse.

Su personaje principal es Danny (o sea, el amigo Statham), un mercenario entrenado en el arte de matar que, justo cuando decide retirarse del oficio, ha de realizar una misión especial para un jeque árabe quien, como coacción para obligarle a aceptar el trabajo, tiene secuestrado a Hunter (un fugaz Robert De Niro), su buen amigo y mentor. El encargo consiste en eliminar, como si se tratara de un accidente, a los tres agentes del SAS (Servicio Aéreo Especial británico) que asesinaron a tres de los hijos del jeque, grabando su confesión antes de matarlos.

La película se deja ver. Y punto. Aparte de un giro argumental bastante previsible, no hay mucho misterio en la propuesta, aunque si varias incongruencias narrativas, sobre todo en el modo de conseguir las confesiones de los autores de los asesinatos ya que, alguna de ellas (en concreto, la de la tercera víctima), brilla por su ausencia.

A nivel actoral, Jason Statham hace lo de siempre: fruncir el ceño, disparar y repartir hostias a diestro y siniestro; dudo que este hombre funcione en cualquier otro registro que no sea el de héroe de acción brutote. De Niro pasa por allí y, con su nombre y (mínima) presencia, le da cierto empaque comercial al producto, mientras que Chris Owen, el tercero en discordia y dando vida a un obstinado y peleón miembro del SAS, con ojo de cristal y bigotito incluido, da la impresión de estar totalmente perdido en su delirante y poco definido papel.

Nada, que la cosa no molesta, pero tampoco lleva a ningún lado. Que de cintas de acción hay de mejores y más originales. Y es que ésta, a pesar de su trepidante ritmo, en su recta final acaba resultando pesada por reiterativa.

21.11.11

Entre cuatro paredes

Roman Polanski está en un momento creativo espléndido. Tras la contundencia de El Escritor regresa con la adaptación de Le Dieu du Carnage, la exitosa obra teatral de la francesa Yasmina Reza titulada en España Un Dios Salvaje. Escrita mano a mano entre Polanski y la autora en condiciones poco salubres mentalmente hablando (mientras el director permanecía en arresto domiciliario en Suiza), la cinta relata, en tiempo real, el encuentro de dos matrimonios en el apartamento de uno de ellos para hablar de la pelea callejera que ha enfrentado a sus dos hijos.

Lo que empieza como una visita cordial y afable, en donde la diplomacia priva por encima de todo, la cosa empezará a torcerse al salir a flote el lado más oscuro de cada uno de ellos. Las neuras personales y los rencores irán acumulándose a lo largo de 80 minutos. Las reglas del juego han terminado. Cada matrimonio se asocia y desasocia con su pareja según por donde sople el viento. En su dialéctica no hay aliados que valgan. El ego y la mala leche imperan en una trifulca en donde todos salen heridos psíquica y moralmente hablando.

Una comedia caustica y visceral tras la que se esconde una disección de las debilidades del ser humano. Un enfrentamiento que, a pesar de significar un drama tremendo, provoca las carcajadas del público y que, conteniendo diálogos espléndidos, se apoya principalmente en cuatro armas de gran envergadura: sus cuatro actores protagonistas. Ninguno de ellos hace sombra a los demás. Todos están en su lugar, manejando a sus conflictivos personajes a la perfección aunque, eso sí, siempre según los antojos de un Polanski en estado de gracia.

Jodie Foster y John C. Reilly forman el matrimonio cuyo hijo es la víctima del incidente; ella es una mujer intelectual comprometida con las causas sociales, mientras que él, un hombre más plano y totalmente dominado por ella, alardea de su profesionalidad como representante de productos de ferretería. En el otro bando se sitúan Kate Winslet y Christoph Waltz, los padres del atacante; ella es yuppie experta en temas fiscales y en teoría muy segura de su control, y él, un abogado elitista, engreído y siempre pendiente del móvil, que lleva entre manos la defensa de una empresa farmacéutica con un producto dañino en el mercado. Cuatro interpretaciones modélicas que, con sus subidas y bajadas de tono correspondientes, moldean con un rigor incontestable el mal rollo y el pésimo ambiente que se apodera del interior del domicilio neoyorquino de la primera pareja.

Polanski, un hombre en cuyo cine siempre ha dominado la sensación de claustrofobia (Repulsión, La Semilla del Diablo, El Quimérico Inquilino), se mueve como pez en el agua por las cuatro paredes que encierran al par de matrimonios en disputa y de las que, en claro homenaje a El Ángel Exterminador, no pueden huir por mucho que se lo propongan.

Un Dios Salvaje atrapa al espectador al igual que a sus cuatro únicos personajes, a pesar de que, por sus caracteres y acciones, resulte muy difícil simpatizar con alguno de ellos. Una mirada atroz y con un sentido del humor diabólico hacia una sociedad cansada y estresada. Un film totalmente recomendable del que es imposible renunciar.