Spike Lee, el realizador de color más prolífico y con poca suerte con sus estrenos en nuestro país, también colaboró en esa campaña oficial norteamericana promocionando el consumo de leche. Para ello no tuvo ningún reparo en dejarse manchar su bigote natural con ese líquido, posando de esta guisa para la cámara.
Bajo el lema global de where’s your moustache?, muchos han sido los famosos que han formado parte de una campaña iniciada hace unos cuantos años y que aún actualmente sigue en funcionamiento.
16.4.05
Posturas
Peter Sellers y Ringo Starr. Un actor y un músico. Dos caricatos. En el fondo, a los dos, les dominaba el arte de la tontería y no pudieron resistirse a que sus cuerpos optasen por tomar extrañas y complicadas posiciones. Ringo ya estaba acostumbrado a éste tipo de fotos con The Beatles, mientras que, en general, esos gestos ya formaban parte del oficio de Peter Sellers. De ahí ésta curiosa sesión fotográfica.
Amigos durante muchos años, incluso convergieron en una extraña y singular película como protagonistas, The Magic Christian, alucinantemente traducido su título en España por Si Quieres Ser Millonario No Malgastes el Tiempo Trabajando (próximamente en esta sala).
Amigos durante muchos años, incluso convergieron en una extraña y singular película como protagonistas, The Magic Christian, alucinantemente traducido su título en España por Si Quieres Ser Millonario No Malgastes el Tiempo Trabajando (próximamente en esta sala).
15.4.05
El estornudo
Tras Italiano Para Principiantes, la realizadora danesa Lone Scherfig dirigió su primer título de habla inglesa, Wilbur Se Quiere Suicidar. Éste intenta ser, en todo momento, una mezcla de comedia negra y melodrama. Pero sólo lo intenta, ya que a duras penas funciona en ninguna de sus dos vertientes: ni tiene gracia ni emociona; más bien da pena. Es uno de esos peñazos insondables que no hay por donde pillarlo.
Wilbur es un treintañero un tanto raro, con tendencias suicidas. Ha intentado quitarse la vida en muchas ocasiones, sin conseguirlo. Está amargado, pero a pesar de su extravagante carácter posee un fuerte gancho para con las mujeres. Por otro lado está Harbour, su hermano, un tanto mayor que él y mucho más cabal; ve las cosas desde el lado más positivo y se preocupa sobremanera por las tendencias destructivas de Wilbur. Ambos son copropietarios de una vieja librería heredada de su padre. La aparición de Alice en sus vidas, una misteriosa madre soltera, empleada como mujer de la limpieza en un hospital, hará que sus destinos cambien para siempre.
El film de Scherfig es, simple y llanamente, un plomo de mucho cuidado. Y la única que sale ganando con el invento es ella, su realizadora, pues la mujer parece haberse quedado descansada a base de meter en la historia, sin ton ni son, a personajes al borde del abismo y sin molestarse, en lo más mínimo, en contarnos qué narices les ha llevado a esas limítrofes situaciones en las que se encuentran. Y digo yo: si la Scherfig quería hacer terapia, en lugar de molestarnos a nosotros, se podría haber pagado un psicoanalista. Todo queda en el aire pues, por ejemplo, las rarezas de la joven Alice son tales, sin más, porque a la directora y a su coguionista (Anders Thomas Jensen) les ha picado por meter a saco a un personaje un tanto anormal; siempre queda bien, en el cine de autor, colocar a algún que otro tarado deprimido. Lo mismo hace con la extraña relación que mantiene Wilbur con las mujeres: el chico liga, se las pone en el bolsillo, pero cuando intentan pasar a mayores, el tío se cabrea y las desprecia; y ello, como en el caso de las disfunciones de la citada Alice, sin una mínima explicación que nos aclare tal frialdad ante el sexo.
Todo cuanto acontece en Wilbur es a cámara lenta. Sus personajes, del primero al último, viven o de sus silencios (que son muchos e interminables), o de largas e inmensas parrafadas existenciales que no conducen a ningún lado. De vez en cuando, rompiendo su monotonía narrativa, asistimos a uno de los suicidios del protagonista: ingestión de pastillas, espita del gas abierta, ahorcamiento, corte de venas en la bañera... Todo un completo catálogo de modos y maneras de cortar por lo sano tras el que, en teoría, se esconde su toque de humor negro. Personalmente, más bien lo bautizaría como humor patético. O penoso.
Y aquí no queda todo, pues en un alarde de ingeniosidad sin precedentes, monta un inesperado triángulo amoroso entre los tres personajes. Lo nunca visto en el cine. La lela Alice se enamora de Harbour, el hermano serio, pero inicia una imparable relación sexual con el suicida, sin lógica alguna, por el puro placer de la redención en los instintos de continua inmolación de éste. Y en medio de ellos se encuentra la hija de Alice, Mary, una niña de unos ocho años de edad que habla como un adulto ilustrado. Ésta parece estar cómoda ante la opción dual de su madre y, cómo no, al igual que los otros tres ganapanes, hará alarde de largos silencios y de monólogos profundos. La rehostia. Para suicidarse.
No contenta con todo este desaguisado de cretineces y de su alarmante falta de originalidad, la tal Lone Scherfig (más que un apellido, un estornudo), aprovechando que ese cuarteto de colgados cohabita en la trastienda de una librería, disfraza a la película de profunda e inteligente llenando sus diálogos de citas literarias. Sin venir a cuento de nada, pero quedan bonitas, adornan y, de paso, alegran la vida del más intelectual. Y es que a esta mujer incansable, a esta autora redomada, cineasta sin parangón, le pierde la estupidez y la pedantería más insultante. Ella, por si sola, nos ha descubierto el verdadero sentido de la vida. Y de la muerte. Y del sexo. Y de la enfermedad. Y de...
Eso sí: cuatro tíos, con gafas de montura de pasta, salieron del cine muy contentos. ¡Qué Tutatis les pille confesados!
Wilbur es un treintañero un tanto raro, con tendencias suicidas. Ha intentado quitarse la vida en muchas ocasiones, sin conseguirlo. Está amargado, pero a pesar de su extravagante carácter posee un fuerte gancho para con las mujeres. Por otro lado está Harbour, su hermano, un tanto mayor que él y mucho más cabal; ve las cosas desde el lado más positivo y se preocupa sobremanera por las tendencias destructivas de Wilbur. Ambos son copropietarios de una vieja librería heredada de su padre. La aparición de Alice en sus vidas, una misteriosa madre soltera, empleada como mujer de la limpieza en un hospital, hará que sus destinos cambien para siempre.
El film de Scherfig es, simple y llanamente, un plomo de mucho cuidado. Y la única que sale ganando con el invento es ella, su realizadora, pues la mujer parece haberse quedado descansada a base de meter en la historia, sin ton ni son, a personajes al borde del abismo y sin molestarse, en lo más mínimo, en contarnos qué narices les ha llevado a esas limítrofes situaciones en las que se encuentran. Y digo yo: si la Scherfig quería hacer terapia, en lugar de molestarnos a nosotros, se podría haber pagado un psicoanalista. Todo queda en el aire pues, por ejemplo, las rarezas de la joven Alice son tales, sin más, porque a la directora y a su coguionista (Anders Thomas Jensen) les ha picado por meter a saco a un personaje un tanto anormal; siempre queda bien, en el cine de autor, colocar a algún que otro tarado deprimido. Lo mismo hace con la extraña relación que mantiene Wilbur con las mujeres: el chico liga, se las pone en el bolsillo, pero cuando intentan pasar a mayores, el tío se cabrea y las desprecia; y ello, como en el caso de las disfunciones de la citada Alice, sin una mínima explicación que nos aclare tal frialdad ante el sexo.
Todo cuanto acontece en Wilbur es a cámara lenta. Sus personajes, del primero al último, viven o de sus silencios (que son muchos e interminables), o de largas e inmensas parrafadas existenciales que no conducen a ningún lado. De vez en cuando, rompiendo su monotonía narrativa, asistimos a uno de los suicidios del protagonista: ingestión de pastillas, espita del gas abierta, ahorcamiento, corte de venas en la bañera... Todo un completo catálogo de modos y maneras de cortar por lo sano tras el que, en teoría, se esconde su toque de humor negro. Personalmente, más bien lo bautizaría como humor patético. O penoso.
Y aquí no queda todo, pues en un alarde de ingeniosidad sin precedentes, monta un inesperado triángulo amoroso entre los tres personajes. Lo nunca visto en el cine. La lela Alice se enamora de Harbour, el hermano serio, pero inicia una imparable relación sexual con el suicida, sin lógica alguna, por el puro placer de la redención en los instintos de continua inmolación de éste. Y en medio de ellos se encuentra la hija de Alice, Mary, una niña de unos ocho años de edad que habla como un adulto ilustrado. Ésta parece estar cómoda ante la opción dual de su madre y, cómo no, al igual que los otros tres ganapanes, hará alarde de largos silencios y de monólogos profundos. La rehostia. Para suicidarse.
No contenta con todo este desaguisado de cretineces y de su alarmante falta de originalidad, la tal Lone Scherfig (más que un apellido, un estornudo), aprovechando que ese cuarteto de colgados cohabita en la trastienda de una librería, disfraza a la película de profunda e inteligente llenando sus diálogos de citas literarias. Sin venir a cuento de nada, pero quedan bonitas, adornan y, de paso, alegran la vida del más intelectual. Y es que a esta mujer incansable, a esta autora redomada, cineasta sin parangón, le pierde la estupidez y la pedantería más insultante. Ella, por si sola, nos ha descubierto el verdadero sentido de la vida. Y de la muerte. Y del sexo. Y de la enfermedad. Y de...
Eso sí: cuatro tíos, con gafas de montura de pasta, salieron del cine muy contentos. ¡Qué Tutatis les pille confesados!
14.4.05
Arriba y abajo
Tras el fuerte resbalón que supuso para su carrera la nefasta y cargante El Doctor T y las Mujeres, Robert Altman regresó, con Gosford Park, a su cara más cínica y ácida a través de una historia ambientada en la campiña inglesa, a principios de los años 30, y narrada, en dos frentes, de manera coral. Una excusa perfecta, para un gamberro como él, para poner a caldo a los miembros de la aristocracia británica y construir, de ese modo, un perfecto y diseccionado retrato de estos y de su servidumbre.
Dejando un tanto de lado su furibundo odio hacia el mundillo de Hollywood, aunque sin renunciar a utilizar a un par de personajes procedentes de ese ambiente (un engreido director norteamericano de filmes de serie B y un galán apuesto en la cima de su éxito en las grandes pantallas), Altman logra uno de sus filmes más redondos desde que presentara su magistral Vidas Cruzadas, dando la falsa impresión, al mismo tiempo, de ser un producto cien por cien inglés (el director es norteamericano de pura cepa, nacido y criado en el mismísimo corazón de Kansas City). Curiosamente, debido a esa ambientación más encorsetada y europeista, el realizador rompe un tanto con su estilo habitual, aunque se mantiene fiel a su narrativa coral y su maniqueismo escénico.
Disfrazado, para la ocasión, de una especie de Berlanga yanqui, demuestra, a través de este film, encontrarse como pez en el agua barajando y moviendo a sus actores como si fueran títeres manejados por un ser diabólico y perverso, vertiendo, al mismo tiempo y a través de su frialdad descriptiva, cierto desprecio hacia casi todos ellos. Los criados en las dependencias inferiores; los señoritos, en las superiores. Arriba y abajo, como en esa entrañable serie inglesa de coordenadas similares. La lucha de clases está servida y la frontera, entre los dos niveles, puede ser rota en cualquier momento.
Cercana, en parte, a Lo que Queda del Día (sobretodo en cuanto a todo aquello que tiene relación con la servidumbre de una gran mansión), pero resultando mucho más hiriente que ésta, Gosford Park se convierte en un extraño y atractivo cocktail en el que se mezclan el cine de James Ivory, las novelas de Agatha Christie y la sátira social, incluyendo, como quien no quiere la cosa y con cierto sarcasmo, un pequeño guiño a La Pantera Rosa, la serie de comedias más emblemáticas de Blake Edwards, a través de la aparición de un comisario salido directamente de la escuela del mismísimo Jacques Clouseau.
Una cacería es la excusa perfecta para que Robert Altman haga lo que le de la gana con todos los personajes congregados durante un largo fin de semana en un gran caserón británico. Esa particularísima Escopeta Nacional, llena de personajes encopetados y snobs, de esos que van todo el día tiesos con la copa de Martini en una mano, le sirve al realizador para desvelar -con cierta mala leche (cosa habitual en él)- un montón de oscuros secretos de la mayoría de ellos, haciendo gala, a través de su maquiavélico guión, de un peculiar y corrosivo sentido del humor, consiguiendo geniales interpretaciones de su numeroso plantel de actores y, de su propia cámara, movimientos sorprendentes y elegantes... ¡Todo un señor, este Altman!
Dejando un tanto de lado su furibundo odio hacia el mundillo de Hollywood, aunque sin renunciar a utilizar a un par de personajes procedentes de ese ambiente (un engreido director norteamericano de filmes de serie B y un galán apuesto en la cima de su éxito en las grandes pantallas), Altman logra uno de sus filmes más redondos desde que presentara su magistral Vidas Cruzadas, dando la falsa impresión, al mismo tiempo, de ser un producto cien por cien inglés (el director es norteamericano de pura cepa, nacido y criado en el mismísimo corazón de Kansas City). Curiosamente, debido a esa ambientación más encorsetada y europeista, el realizador rompe un tanto con su estilo habitual, aunque se mantiene fiel a su narrativa coral y su maniqueismo escénico.
Disfrazado, para la ocasión, de una especie de Berlanga yanqui, demuestra, a través de este film, encontrarse como pez en el agua barajando y moviendo a sus actores como si fueran títeres manejados por un ser diabólico y perverso, vertiendo, al mismo tiempo y a través de su frialdad descriptiva, cierto desprecio hacia casi todos ellos. Los criados en las dependencias inferiores; los señoritos, en las superiores. Arriba y abajo, como en esa entrañable serie inglesa de coordenadas similares. La lucha de clases está servida y la frontera, entre los dos niveles, puede ser rota en cualquier momento.
Cercana, en parte, a Lo que Queda del Día (sobretodo en cuanto a todo aquello que tiene relación con la servidumbre de una gran mansión), pero resultando mucho más hiriente que ésta, Gosford Park se convierte en un extraño y atractivo cocktail en el que se mezclan el cine de James Ivory, las novelas de Agatha Christie y la sátira social, incluyendo, como quien no quiere la cosa y con cierto sarcasmo, un pequeño guiño a La Pantera Rosa, la serie de comedias más emblemáticas de Blake Edwards, a través de la aparición de un comisario salido directamente de la escuela del mismísimo Jacques Clouseau.
Una cacería es la excusa perfecta para que Robert Altman haga lo que le de la gana con todos los personajes congregados durante un largo fin de semana en un gran caserón británico. Esa particularísima Escopeta Nacional, llena de personajes encopetados y snobs, de esos que van todo el día tiesos con la copa de Martini en una mano, le sirve al realizador para desvelar -con cierta mala leche (cosa habitual en él)- un montón de oscuros secretos de la mayoría de ellos, haciendo gala, a través de su maquiavélico guión, de un peculiar y corrosivo sentido del humor, consiguiendo geniales interpretaciones de su numeroso plantel de actores y, de su propia cámara, movimientos sorprendentes y elegantes... ¡Todo un señor, este Altman!
13.4.05
Barbero & Martin: Tunantes
En realidad, ¿se necesitan a dos directores para conseguir un producto tan infecto e insustancial como Tuno Negro? La cinta, dirigida por un tándem de mucho cuidado, Pedro L. Barbero y Vicente J. Martín (Barbero & Martin, una alianza que más parece el logotipo de una empresa de transportistas), a pesar de resultar un trabajo desastroso (y vergonzoso), ha acabado convirtiéndose en un gran entretenimiento para los más gamberros de la casa, aquellos que siempre han babeado con el llamado cine basura (o cine casposo, elijan aquello con lo que más se identifiquen), tan reivindicado en los últimos tiempos.
Tuno Negro atiende a todas las constantes de aquellos viejos filmes hispanos que, protagonizados y dirigidos por Paul Naschy (y al que, indudablemente, se le echa de menos en esta película), pretendían atemorizar a las plateas de doble sesión, consiguiendo tan sólo enormes risotadas de los presentes. Todo se aúna en este tuno descarriado para convertirse, con todos los honores del género, en un título más de esos rancios productos ahora de culto.
Si en los 60 y 70, Naschy, Aguirre, Ossorio y compañía recurrían al universo creado por la gran Hammer británica, llenando las pantallas de hombres lobo y condes Drácula de tres al cuarto, Barbero & Martín (¿transportistas?) han decidido calcar un precedente más cercano y exitoso como es la taquillera trilogía de Scream. Así, el enmascarado asesino, de careta blanquecina y cadavérica, se convierte en un oscuro y violento tuno (¡qué canto más fermoso al españolismo!), y Maribel Verdú, la chica protagonista de su prólogo, en la innegable socias de la Drew Barrymore del primer Scream, aunque con grandes diferencias: mientras en el filme de Wes Craven la tensión enmudecía al espectador, en Tuno Negro, la misma brilla por su ausencia, anunciando tan sólo que tras ese inicio patatero se esconde un bravucón fabricante de risotadas.
La historia transcurre en una Universidad salmantina (¡empiece a temblar, REFO!), lugar en el que un tuno enloquecido empezará a asesinar maquiavélicamente a aquellas chicas que peores resultados obtengan en sus exámenes. ¡Basta la masificación universitaria! El tío se muestra muy sibarita en sus faenas, pues incluso, aparte de actuar con nocturnidad y alevosía, el muy pervertido va provisto de una web cam (pues Internet está de moda y era la manera de atraer al cine a cuantos más internautas mejor). Una joven estudiante recién llegada, con la cara de Silke (¡qué mal lo hace la muy pija!), se pondrá a investigar quien es el tunante que se esconde tras esas vestimentas oscuras.
No sólo es un festival barroco de las contrastadas malas artes de Silke, pues por Tuno Negro también pululan nombres de lo más florido de nuestro cine actual: Jorge Sanz, con esa habitual e incomprensible dicción suya (¿tanto le costaría pagarse a un educador de voz y vocalizar como las personas normales?); un inexpresivo Fele Martínez (¡quién te ha visto y quién te ve, chico!) y, como colaboración especial, Eusebio Poncela, en la piel de Don Justo, un sacerdote un tanto amanerado y muy, pero que muy sospechoso. Bueno, en realidad, en la cinta, no hay personaje que Barbero & Martin no hayan puesto en la picota, pues todos, del primero al último, hacen que resulten dudosos para el espectador. De eso se trata. De sufrir y de adivinar quién es el malo maloso de la función. Lo nunca visto.
Es horrible, patética, aunque les voy a recomendar que no le hagan ascos al trabajo de Martín y Barbero (tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando) y, si no la han visto, dispónganse a pasárselo en grande con una de las mayores bufonadas de nuestra filmografía. Piensen que, en menos que canta un gallo, se convertirá en una película de retrospectiva. Basura, pero de culto al fin y al cabo.
Por cierto: si algún día se enfrentan a ella, no se pierdan una de las escenas más delirantes de la historia del cine, en la que un policía, aplicando al pie de la letra eso tan manido de es mejor prevenir que curar, empezará a disparar con saña a todo tuno que se plante ante él. Una matanza gloriosa, sí señor.
Tuno Negro atiende a todas las constantes de aquellos viejos filmes hispanos que, protagonizados y dirigidos por Paul Naschy (y al que, indudablemente, se le echa de menos en esta película), pretendían atemorizar a las plateas de doble sesión, consiguiendo tan sólo enormes risotadas de los presentes. Todo se aúna en este tuno descarriado para convertirse, con todos los honores del género, en un título más de esos rancios productos ahora de culto.
Si en los 60 y 70, Naschy, Aguirre, Ossorio y compañía recurrían al universo creado por la gran Hammer británica, llenando las pantallas de hombres lobo y condes Drácula de tres al cuarto, Barbero & Martín (¿transportistas?) han decidido calcar un precedente más cercano y exitoso como es la taquillera trilogía de Scream. Así, el enmascarado asesino, de careta blanquecina y cadavérica, se convierte en un oscuro y violento tuno (¡qué canto más fermoso al españolismo!), y Maribel Verdú, la chica protagonista de su prólogo, en la innegable socias de la Drew Barrymore del primer Scream, aunque con grandes diferencias: mientras en el filme de Wes Craven la tensión enmudecía al espectador, en Tuno Negro, la misma brilla por su ausencia, anunciando tan sólo que tras ese inicio patatero se esconde un bravucón fabricante de risotadas.
La historia transcurre en una Universidad salmantina (¡empiece a temblar, REFO!), lugar en el que un tuno enloquecido empezará a asesinar maquiavélicamente a aquellas chicas que peores resultados obtengan en sus exámenes. ¡Basta la masificación universitaria! El tío se muestra muy sibarita en sus faenas, pues incluso, aparte de actuar con nocturnidad y alevosía, el muy pervertido va provisto de una web cam (pues Internet está de moda y era la manera de atraer al cine a cuantos más internautas mejor). Una joven estudiante recién llegada, con la cara de Silke (¡qué mal lo hace la muy pija!), se pondrá a investigar quien es el tunante que se esconde tras esas vestimentas oscuras.
No sólo es un festival barroco de las contrastadas malas artes de Silke, pues por Tuno Negro también pululan nombres de lo más florido de nuestro cine actual: Jorge Sanz, con esa habitual e incomprensible dicción suya (¿tanto le costaría pagarse a un educador de voz y vocalizar como las personas normales?); un inexpresivo Fele Martínez (¡quién te ha visto y quién te ve, chico!) y, como colaboración especial, Eusebio Poncela, en la piel de Don Justo, un sacerdote un tanto amanerado y muy, pero que muy sospechoso. Bueno, en realidad, en la cinta, no hay personaje que Barbero & Martin no hayan puesto en la picota, pues todos, del primero al último, hacen que resulten dudosos para el espectador. De eso se trata. De sufrir y de adivinar quién es el malo maloso de la función. Lo nunca visto.
Es horrible, patética, aunque les voy a recomendar que no le hagan ascos al trabajo de Martín y Barbero (tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando) y, si no la han visto, dispónganse a pasárselo en grande con una de las mayores bufonadas de nuestra filmografía. Piensen que, en menos que canta un gallo, se convertirá en una película de retrospectiva. Basura, pero de culto al fin y al cabo.
Por cierto: si algún día se enfrentan a ella, no se pierdan una de las escenas más delirantes de la historia del cine, en la que un policía, aplicando al pie de la letra eso tan manido de es mejor prevenir que curar, empezará a disparar con saña a todo tuno que se plante ante él. Una matanza gloriosa, sí señor.
12.4.05
Ustedes lo han querido: LOS DUELISTAS
La verdad es que Los Duelistas, la ópera prima como director de largometrajes de Ridley Scott, no tiene nada que envidiar a sus dos logros más grandes y reputados, Alien y Blade Runner. Y, curiosamente, el hombre empezó en eso del cine completamente alejado del género fantástico. Basándose en un relato corto de Joseph Conrad (el artífice de El Corazón de las Tinieblas), nos trasladó a la Europa de principios del siglo XIX y, amparándose un tanto en el estilo visual ya utilizado por Kubrick en su sobrevalorada Barry Lyndon, nos enfrentó a una historia llena de rencores y de personajes obsesivos.
Los Duelistas narra un eterno duelo, tan surrealista como esas guerras que sus protagonistas -oficiales del ejército de Napoleón Bonaparte- estaban viviendo en esos tiempos. Corre el año 1800 y un soldado pendenciero y aferrado a eso tan ridículo del honor militar, un tal Ferraud, sintiéndose ofendido por otro hombre de su misma hueste, Armand D'Hubert, retará a éste a un duelo a muerte con espada. En realidad, la ofensa no es tal, ya que se trata de una mera nimiedad, un puro trámite castrense que el retado estaba llevando a cabo debido a una orden directa de sus superiores. Una absurdidad que, sin embargo, llevará a estos dos personajes a enfrentarse, cara a cara, a lo largo de más de veinte años.
Para dar vida a éste par de caracteres en lucha perenne, Scott contó con dos actores sabiamente elegidos. Por una parte Harvey Keitel, quien, a través de una controlada interpretación con algún que otro rasgo de feroz amaneramiento, se puso en la corrosiva piel del obstinado y obsesivo Ferraud, un hombre intransigente, de gesticulaciones casi infantiles, empecinado en batirse en duelo continuamente con su eterno rival. Y, por la otra, un compacto Keith Carradine, alias D'Hubert, el oficial acosado y acorralado por su enemigo: sobrio, pesaroso y sorprendido por la asfixiante situación.
Lo que para uno (Ferraud) es una compulsiva obnubilación, para el otro (D'Hubert), significa un temor pavosoroso que, al final, y con el paso de los años, se convertirá en la misma obsesión sintomática que la de su belicoso adversario. Una obsesión a dos bandas que, tanto el uno como el otro, ansían resolver de una vez por todas. Y Ridley Scott juega con ellos. Hace que se necesiten mútuamente y que alimenten su existencia con ese corrosivo rencor. Les rompe la vida por culpa de esa ciega obstinación y, a pesar de todo, consigue que tengan que recurrir a ella para seguir en pie. Nadie a su alrededor entiende su recelo. Y el honor, esa palabra estúpida, a través de los actos de esos dos hombres desesperados, se convierte en la bandera más ridícula jamás hondeada. Ridícula pero necesaria para los dos.
Los Duelistas es un melodrama que, a medida que va avanzando, va tomando dimensiones épicas. Esos duelos siempre inacabados, ese sentido del humor extremadamente negro y muy socavado (ante todo con el personaje del insolente Ferraud) y esa concisa descripción de esos dos seres angustiados, ya es más que suficiente para alzarse por encima de su claro antecedente cinematográfico, Barry Lyndon. Al contrario que Kubrick, Scott va al grano en todo momento. No se anda por las ramas y centra toda la fuerza del film en ese duelo múltiple (pero en realidad único) que enfrenta de manera violenta a Carradine y Keitel. La rabia como medio indispensable de vida. Y lo hace con garra, demostrando un dominio total con la cámara a la hora de filmar las luchas de ese par de tipos tozudos, amparándose en maravillosas elipsis narrativas que, como la cosa más normal del mundo, nos hacen saltar de año en año sin perder su hilo argumental. Y detrás de todo ello, presidiendo todos los actos, el suspense. No hay que olvidar ese suspense frío y gélido que vierte en el último duelo, haciendo esperar al espectador un tiempo prudencial, pero agobiante, para conocer la resolución real del mismo.
No sólo recuerda a la citada Barry Lyndon por su temática (duelos, honor, guerras napoleónicas), pues su fotografía es otro de los puntos paralelos que ligan a ambas películas. De todas maneras, en este caso, Scott copia a Kubrick, sobre todo en el sentido de la búsqueda perfeccionista de la composición escénica (y estética). Y, contra todo pronóstico, le sale redondo. Hay momentos que, a través de la oscura y pálida tonalidad impregnada a su imagen, y recreándose en luces naturales y sombras abrasivas, consigue verdaderas reproducciones animadas de viejos cuadros paisajísticos de la escuela flamenca. Y allí en medio, bien enmarcados para la posteridad, Feraud y D'Hubert dispuestos a saldar una extravagancia con demasiada solera.
Los Duelistas narra un eterno duelo, tan surrealista como esas guerras que sus protagonistas -oficiales del ejército de Napoleón Bonaparte- estaban viviendo en esos tiempos. Corre el año 1800 y un soldado pendenciero y aferrado a eso tan ridículo del honor militar, un tal Ferraud, sintiéndose ofendido por otro hombre de su misma hueste, Armand D'Hubert, retará a éste a un duelo a muerte con espada. En realidad, la ofensa no es tal, ya que se trata de una mera nimiedad, un puro trámite castrense que el retado estaba llevando a cabo debido a una orden directa de sus superiores. Una absurdidad que, sin embargo, llevará a estos dos personajes a enfrentarse, cara a cara, a lo largo de más de veinte años.
Para dar vida a éste par de caracteres en lucha perenne, Scott contó con dos actores sabiamente elegidos. Por una parte Harvey Keitel, quien, a través de una controlada interpretación con algún que otro rasgo de feroz amaneramiento, se puso en la corrosiva piel del obstinado y obsesivo Ferraud, un hombre intransigente, de gesticulaciones casi infantiles, empecinado en batirse en duelo continuamente con su eterno rival. Y, por la otra, un compacto Keith Carradine, alias D'Hubert, el oficial acosado y acorralado por su enemigo: sobrio, pesaroso y sorprendido por la asfixiante situación.
Lo que para uno (Ferraud) es una compulsiva obnubilación, para el otro (D'Hubert), significa un temor pavosoroso que, al final, y con el paso de los años, se convertirá en la misma obsesión sintomática que la de su belicoso adversario. Una obsesión a dos bandas que, tanto el uno como el otro, ansían resolver de una vez por todas. Y Ridley Scott juega con ellos. Hace que se necesiten mútuamente y que alimenten su existencia con ese corrosivo rencor. Les rompe la vida por culpa de esa ciega obstinación y, a pesar de todo, consigue que tengan que recurrir a ella para seguir en pie. Nadie a su alrededor entiende su recelo. Y el honor, esa palabra estúpida, a través de los actos de esos dos hombres desesperados, se convierte en la bandera más ridícula jamás hondeada. Ridícula pero necesaria para los dos.
Los Duelistas es un melodrama que, a medida que va avanzando, va tomando dimensiones épicas. Esos duelos siempre inacabados, ese sentido del humor extremadamente negro y muy socavado (ante todo con el personaje del insolente Ferraud) y esa concisa descripción de esos dos seres angustiados, ya es más que suficiente para alzarse por encima de su claro antecedente cinematográfico, Barry Lyndon. Al contrario que Kubrick, Scott va al grano en todo momento. No se anda por las ramas y centra toda la fuerza del film en ese duelo múltiple (pero en realidad único) que enfrenta de manera violenta a Carradine y Keitel. La rabia como medio indispensable de vida. Y lo hace con garra, demostrando un dominio total con la cámara a la hora de filmar las luchas de ese par de tipos tozudos, amparándose en maravillosas elipsis narrativas que, como la cosa más normal del mundo, nos hacen saltar de año en año sin perder su hilo argumental. Y detrás de todo ello, presidiendo todos los actos, el suspense. No hay que olvidar ese suspense frío y gélido que vierte en el último duelo, haciendo esperar al espectador un tiempo prudencial, pero agobiante, para conocer la resolución real del mismo.
No sólo recuerda a la citada Barry Lyndon por su temática (duelos, honor, guerras napoleónicas), pues su fotografía es otro de los puntos paralelos que ligan a ambas películas. De todas maneras, en este caso, Scott copia a Kubrick, sobre todo en el sentido de la búsqueda perfeccionista de la composición escénica (y estética). Y, contra todo pronóstico, le sale redondo. Hay momentos que, a través de la oscura y pálida tonalidad impregnada a su imagen, y recreándose en luces naturales y sombras abrasivas, consigue verdaderas reproducciones animadas de viejos cuadros paisajísticos de la escuela flamenca. Y allí en medio, bien enmarcados para la posteridad, Feraud y D'Hubert dispuestos a saldar una extravagancia con demasiada solera.
11.4.05
Sin que sirva de precedente, hoy no hay cine
En principio, hoy tocaba la sección Ustedes lo Han Querido, pero la guardo para mañana o pasado. No tengo el cuerpo demasiado dispuesto para redactar según que cosas. Llevo unos días posteando por los pelos, casi a última hora, atareado, sin tiempo ni para ir al cine y con los nervios un poco a flor de piel. Sin embargo, he intentado no dejar aparcado el blog, ya que ustedes, casi todos (fíjense en el casi) se merecen esto y más. Hace unos 20 días que en el universo Spaulding no existen ni los fines de semana. Hay momentos en que toca vivir a salto de mata y éste, para bien o para mal, es uno de ellos.
Tengo un montón de VHS por repasar. Mis series de televisión preferidas se están amontonando, una encima de la otra. Seis episodios de Urgencias por aquí, un par de Sopranos por allá y unos cuantos largometrajes por revisar, sin contar varios estrenos actuales pendientes. Esta semana, palabrita del niño Jesús, prometo ir a alguno de ellos. Y cuando tengo un par de horas sueltas para relajarme, la desgracia hace que me tope de frente con títulos como El Abrazo Partido... ¡Mandan cojones!... Suerte tuve, ayer por la mañana, que gracias a una de sus peticiones, pude mirar de nuevo Los Duelistas. Pero, como dije antes, eso lo dejo para mañana.
He de reconocer, de todas maneras, que el mejor relax de estos días lo encontré, por casualidad, en casa de los estimados Lametones de Amor. Esa gente es adorable, créanme. No paran de sorprenderme. Total, vayan a visitarlos porque, en ese rincón de Internet, hay un hueco para todo, incluso para la más masturbatoria de mis aficiones.
Vaya, que el otro día, ojeando ese blog, me fijé en un apartado en el que aún no había caído. En fermosas letras leí la palabra Lametetris. Pulsé sobre ella y.... ¡oh!, ¡ahí estaba mi gran vicio onanista, superior incluso a relamerme escuchando a Sinatra en la intimidad!... El Tetris.... Ese juego alucinante, infernal, al que le había perdido la pista desde hace varios años. Pulsé el botón de play... y... ¡¡¡¡ahhhhhh!!!!.... que gran placer orgásmico: de nuevos esas piezas rectangulares, cuadradas, en forma de letra ele o de zeta, cayendo del cielo y apilándose una encima de la otra, en total conjunción simétrica, copulativa... Uffffff... cuanto tiempo sin una partida. Ahí estaba yo, hace una semana y pico, ante esa pantalla llena de figuritas geométricas, de abajo a arriba, menguando y volviendo a crecer. ¡Así! ¡Así! ¡Más rápido! Mengua y crece, crece y mengua. De abajo a arriba... Pufffff... que salivera...
Tengo un montón de VHS por repasar. Mis series de televisión preferidas se están amontonando, una encima de la otra. Seis episodios de Urgencias por aquí, un par de Sopranos por allá y unos cuantos largometrajes por revisar, sin contar varios estrenos actuales pendientes. Esta semana, palabrita del niño Jesús, prometo ir a alguno de ellos. Y cuando tengo un par de horas sueltas para relajarme, la desgracia hace que me tope de frente con títulos como El Abrazo Partido... ¡Mandan cojones!... Suerte tuve, ayer por la mañana, que gracias a una de sus peticiones, pude mirar de nuevo Los Duelistas. Pero, como dije antes, eso lo dejo para mañana.
He de reconocer, de todas maneras, que el mejor relax de estos días lo encontré, por casualidad, en casa de los estimados Lametones de Amor. Esa gente es adorable, créanme. No paran de sorprenderme. Total, vayan a visitarlos porque, en ese rincón de Internet, hay un hueco para todo, incluso para la más masturbatoria de mis aficiones.
Vaya, que el otro día, ojeando ese blog, me fijé en un apartado en el que aún no había caído. En fermosas letras leí la palabra Lametetris. Pulsé sobre ella y.... ¡oh!, ¡ahí estaba mi gran vicio onanista, superior incluso a relamerme escuchando a Sinatra en la intimidad!... El Tetris.... Ese juego alucinante, infernal, al que le había perdido la pista desde hace varios años. Pulsé el botón de play... y... ¡¡¡¡ahhhhhh!!!!.... que gran placer orgásmico: de nuevos esas piezas rectangulares, cuadradas, en forma de letra ele o de zeta, cayendo del cielo y apilándose una encima de la otra, en total conjunción simétrica, copulativa... Uffffff... cuanto tiempo sin una partida. Ahí estaba yo, hace una semana y pico, ante esa pantalla llena de figuritas geométricas, de abajo a arriba, menguando y volviendo a crecer. ¡Así! ¡Así! ¡Más rápido! Mengua y crece, crece y mengua. De abajo a arriba... Pufffff... que salivera...
Pues nada, que empecé a jugar como poseso y, pobre gente, a la primera de cambio, les rompí el récord establecido. Sé de buena tinta (para eso tengo cuñados que me lo chivan todo), que don Casimiro, el gran lametón, se sorprendió ante mis habilidades casi taurinas. Y ahora, el buen hombre, anda picado intentando superar mi récord.
Desde aquí, y con el permiso lamedor, les invito a entrar en el juego y a romper mi puntuación. Don Zeros Metallium ya está pisándome los talones. Prueben ustedes y bájenme del pedestal. Aunque lo tienen difícil. Y si lo hacen, sepan que volveré a engancharme hasta que los vuelve a atrapar de nuevo. Prepotente que es uno. O, al menos, eso es lo que opina de mí alguien con vocación de linotipista.
Desde aquí, y con el permiso lamedor, les invito a entrar en el juego y a romper mi puntuación. Don Zeros Metallium ya está pisándome los talones. Prueben ustedes y bájenme del pedestal. Aunque lo tienen difícil. Y si lo hacen, sepan que volveré a engancharme hasta que los vuelve a atrapar de nuevo. Prepotente que es uno. O, al menos, eso es lo que opina de mí alguien con vocación de linotipista.
10.4.05
El sudaca polaco
Hacía tiempo que no me aburría tanto con una película como ayer por la tarde. Y no sólo aburrirme, ya que El Abrazo Partido incluso me llegó a indignar, pues se trata de una pedantería vacía como la copa de un pino. O más... casi, casi, como una catedral. Vaya rollazo inconsistente y sin nada que contar, excepto darle vueltas y más vueltas a la misma anécdota.
En parte me jode bastante que me haya defraudado, pues desde hace unos cuantos años estoy ciertamente enganchado al cine que nos llega desde Argentina. En general se trata de un cine fresco, con ideas nuevas y con guiones muy cuidados, siempre al límite de la fatuidad pero sin caer de lleno en ella. Pero alguien tenía que romper el molde y caer de lleno en la ampulosidad verborreica más cargante. Y ese alguien ha sido Daniel Burman, el director de El Abrazo Partido.
Su idea es muy simple, aunque atractiva. Un joven argentino, de veintipocos años, con ascendencia polaca, ante el caos económico vivido en su país, decide emigrar a Europa pero, para ello, necesita poder demostrar que su origen es claramente polaco. Al hurgar en su pasado se encontrará con la enigmática figura de su padre, un hombre al que jamás llegó conocer, pues éste, justo al nacer él, se divorció de su esposa y se largó a Israel. Sólo tiene referencias de su progenitor gracias a su propio hermano (ocho años mayor que él), a su madre y a la vieja cinta de vídeo de su propio bautizo. Todo parecerá revolverse en contra suya cuando el padre aparezca, por vez primera, en su vida.
Inexplicablemente, en su estreno, recibió un montón de críticas favorables. Después de tragármela enterita, aún no he entendido el por qué de esos exagerados elogios. Supongo que debe ser debido a la coartada intelectual, por eso del “que dirán de mí los cuatro cultos si me cargo esta bazofia”. Ese miedo a quedar como un tontainas ante un film de coordenadas progresistas. Pero vale la pena aparcar la necedad a un lado y dejar bien claro que el film del Burman es una verdadera lata, sin pies ni cabeza y en donde no ocurre absolutamente nada.
Claro que, posiblemente. algunos consideren “pasar algo” el ver (y oír, sobretodo oír), durante hora y media, a un jovencito locuaz, amante de la voz en off, incansable en el habla y que no cesa de decir sandeces, una detrás de otra, sin ningún tipo de limitación. Eso sí, para darle el toque de cine culto, el Burman ha optado por filmar su producto como si formara parte del Dogma. Dogma a la argentina, poco hecho, vuelta y vuelta, a lo bruto, sin miramientos. Y, lo que es peor, sin venir a cuento de nada, por pura estética vanguardista. Hay que estar a la última. O sea: terremoto en Buenos Aires. El truco está en contratar a un cameraman que sufra de Parkinson, obligarle a coger la cámara en mano y perseguir, a todos partes, a cuantos personajes se crucen ante él, encuandrándolos (y desencuadrándolos) en borrosos y rápidos primeros planos. Y si esta persecución la hace corriendo, mejor que mejor. Hay que marear al personal, hay que mover compulsivamente la fotografía para que todo parezca más intelectualillo, como un docudrama y así, de paso, no merece la pena ni enfocar. A lo bruto... Total, el personal estará contento igualmente y así, al mismo tiempo, se disimula la falta de una historia compacta. La excusa para enmascarar su mínimo guión es fácil: cuatro citas religiosas, cuatro históricas, un poco de pena judía y un toquecito sentimental en su parte final, siempre suavecito para que no lo comparen luego con En El Estanque Dorado. En pocas palabras: hay que zarandear al personal para motivarlo.
Casi todo el film transcurre en el agobiante escenario interior de unas galerías comerciales, excusa ideal para que su protagonista, el joven locuaz, gesticulante imparable, describa a todos los tenderos del lugar una y otra vez, como si fuéramos sordos y no nos hubiésemos enterado a la primera de cambio. Esboza un par de situaciones prometedoras, pero sólo se queda en eso, en una promesa, ya que nunca llegan a desarrollarse, como si el guión hubiera desaparecido dentro una alcantarilla, lanzado a la nada por los vaivenes de la cámara inquieta.
Recuerdo una teleserie de TV3, sencilla, un tanto chorra, pero muy distraída, que también transcurría en unas galerías comerciales. Unas galerías situadas en una gran estación de ferrocarriles. Se trataba de Estació d’Enllaç (Estación de Enlace). Era una tontería, pero su falta de pretensiones la convertía en un producto entrañable. Todo lo contrario que El Abrazo Partido.
En parte me jode bastante que me haya defraudado, pues desde hace unos cuantos años estoy ciertamente enganchado al cine que nos llega desde Argentina. En general se trata de un cine fresco, con ideas nuevas y con guiones muy cuidados, siempre al límite de la fatuidad pero sin caer de lleno en ella. Pero alguien tenía que romper el molde y caer de lleno en la ampulosidad verborreica más cargante. Y ese alguien ha sido Daniel Burman, el director de El Abrazo Partido.
Su idea es muy simple, aunque atractiva. Un joven argentino, de veintipocos años, con ascendencia polaca, ante el caos económico vivido en su país, decide emigrar a Europa pero, para ello, necesita poder demostrar que su origen es claramente polaco. Al hurgar en su pasado se encontrará con la enigmática figura de su padre, un hombre al que jamás llegó conocer, pues éste, justo al nacer él, se divorció de su esposa y se largó a Israel. Sólo tiene referencias de su progenitor gracias a su propio hermano (ocho años mayor que él), a su madre y a la vieja cinta de vídeo de su propio bautizo. Todo parecerá revolverse en contra suya cuando el padre aparezca, por vez primera, en su vida.
Inexplicablemente, en su estreno, recibió un montón de críticas favorables. Después de tragármela enterita, aún no he entendido el por qué de esos exagerados elogios. Supongo que debe ser debido a la coartada intelectual, por eso del “que dirán de mí los cuatro cultos si me cargo esta bazofia”. Ese miedo a quedar como un tontainas ante un film de coordenadas progresistas. Pero vale la pena aparcar la necedad a un lado y dejar bien claro que el film del Burman es una verdadera lata, sin pies ni cabeza y en donde no ocurre absolutamente nada.
Claro que, posiblemente. algunos consideren “pasar algo” el ver (y oír, sobretodo oír), durante hora y media, a un jovencito locuaz, amante de la voz en off, incansable en el habla y que no cesa de decir sandeces, una detrás de otra, sin ningún tipo de limitación. Eso sí, para darle el toque de cine culto, el Burman ha optado por filmar su producto como si formara parte del Dogma. Dogma a la argentina, poco hecho, vuelta y vuelta, a lo bruto, sin miramientos. Y, lo que es peor, sin venir a cuento de nada, por pura estética vanguardista. Hay que estar a la última. O sea: terremoto en Buenos Aires. El truco está en contratar a un cameraman que sufra de Parkinson, obligarle a coger la cámara en mano y perseguir, a todos partes, a cuantos personajes se crucen ante él, encuandrándolos (y desencuadrándolos) en borrosos y rápidos primeros planos. Y si esta persecución la hace corriendo, mejor que mejor. Hay que marear al personal, hay que mover compulsivamente la fotografía para que todo parezca más intelectualillo, como un docudrama y así, de paso, no merece la pena ni enfocar. A lo bruto... Total, el personal estará contento igualmente y así, al mismo tiempo, se disimula la falta de una historia compacta. La excusa para enmascarar su mínimo guión es fácil: cuatro citas religiosas, cuatro históricas, un poco de pena judía y un toquecito sentimental en su parte final, siempre suavecito para que no lo comparen luego con En El Estanque Dorado. En pocas palabras: hay que zarandear al personal para motivarlo.
Casi todo el film transcurre en el agobiante escenario interior de unas galerías comerciales, excusa ideal para que su protagonista, el joven locuaz, gesticulante imparable, describa a todos los tenderos del lugar una y otra vez, como si fuéramos sordos y no nos hubiésemos enterado a la primera de cambio. Esboza un par de situaciones prometedoras, pero sólo se queda en eso, en una promesa, ya que nunca llegan a desarrollarse, como si el guión hubiera desaparecido dentro una alcantarilla, lanzado a la nada por los vaivenes de la cámara inquieta.
Recuerdo una teleserie de TV3, sencilla, un tanto chorra, pero muy distraída, que también transcurría en unas galerías comerciales. Unas galerías situadas en una gran estación de ferrocarriles. Se trataba de Estació d’Enllaç (Estación de Enlace). Era una tontería, pero su falta de pretensiones la convertía en un producto entrañable. Todo lo contrario que El Abrazo Partido.
9.4.05
8.4.05
Llamada para el muerto
Uno de los protagonista de Scream, en un pasaje del film, define perfectamente este título al afirmar que los personajes del mismo parecen estar dentro de una película de Wes Carpenter. Una broma personal y totalmente consciente, ya que la cinta es un claro homenaje a las Pesadillas en Elm Street (cuyo principal artífice era el propio Wes Craven, el realizador de Scream) y a las noches de Halloween (detrás de las cuales se escondía el maestro John Carpenter). Un guiño socarrón, tomado con mucho sentido del humor y con ciertas ganas de destruir mitos cinematográficos concretos (Freddy Krueger y Michael Myers), atreviéndose a afirmar incluso, no sin cierta razón, que la primera de Elm Street fue la única buena de la serie (curiosamente realizada por el propio Craven).
En realidad, a mi gusto, el mejor trabajo de este autor es, sin lugar a dudas, el que ahora nos ocupa, Scream. De hecho, su argumento central no es en absoluto original: un asesino enmascarado atemoriza a un pequeño y tranquilo pueblecito, sembrándolo de adolescentes descuartizados; la originalidad va más allá y recae en su especial tratamiento, en el sistema utilizado para cometer sus crímenes (recurriendo siempre a una llamada telefónica a la víctima, anterior a la acción criminal), en la rotura continua de las leyes del género y, ante todo, en su sorprendente final, capaz de revolucionar, tras su estreno, todo lo que se había visto hasta ese momento en esa materia. Tras este film, los serial-killer quebranta-teenagers-pijos-cortitos sufrieron un curioso cambio en su estilo, aunque ninguno de ellos ha logrado superar, por el momento, la fuerza con que Craven afronto el producto.
Y es que este hombre, mediante esta película, subió muy alto, tocó techo y consiguió –casi sin proponérselo- todo un clásico. Un film de culto con quince minutos iniciales magistrales, copiados y satirizados (en simplonas comedias) hasta la saciedad: un prólogo tenso, abrumador y espeluznante, capaz de dejar sin respiración al más pintado y que nos resume, de manera trepidante, todo lo que nos espera después, a través de un sobrecogedor episodio protagonizado por la peculiar Drew Barrymore; un cuarto de hora brutal que, por sí solo, se convierte en una impagable lección de suspense y de cine al cien por cien.
Aún recuerdo que, el día en que la vi en el cine, un par de espectadores entraron en la sala una vez acabada esa maravillosa introducción y, para mi interior, pensé “¡qué se jodan, por llegar tarde y por mamelucos!”. Y los muy jamelgos vieron todo el resto del metraje sin enterarse que lo mejor de la función se les había escapado.
Muchos han intentado achacarle a Wes Craven, después de éste rotundo prólogo, el no saber mantener el mismo ritmo inicial pero, francamente y para fortuna nuestra, de haber seguido con el mismo trote, habríamos generado demasiada adrenalina. De todas maneras, a lo largo de la película, tiene otros momentos dignísimos, de alta tensión, perfectamente medidos y controlados, como todo aquel fragmento que hace referencia a las cámaras de televisión y a su desajuste temporal -de lo que están filmando- respecto a su emisión por los monitores. Otra genialidad más de una cinta modélica que, inevitablemente, generó dos secuelas. Y ninguna de ellas logró superar a la primera, sino todo al contrario, aunque Craven, tanto en la una como en la otra, supo tomarse a broma a sí mismo. Y eso siempre es un detalle a tener en cuenta.
En realidad, a mi gusto, el mejor trabajo de este autor es, sin lugar a dudas, el que ahora nos ocupa, Scream. De hecho, su argumento central no es en absoluto original: un asesino enmascarado atemoriza a un pequeño y tranquilo pueblecito, sembrándolo de adolescentes descuartizados; la originalidad va más allá y recae en su especial tratamiento, en el sistema utilizado para cometer sus crímenes (recurriendo siempre a una llamada telefónica a la víctima, anterior a la acción criminal), en la rotura continua de las leyes del género y, ante todo, en su sorprendente final, capaz de revolucionar, tras su estreno, todo lo que se había visto hasta ese momento en esa materia. Tras este film, los serial-killer quebranta-teenagers-pijos-cortitos sufrieron un curioso cambio en su estilo, aunque ninguno de ellos ha logrado superar, por el momento, la fuerza con que Craven afronto el producto.
Y es que este hombre, mediante esta película, subió muy alto, tocó techo y consiguió –casi sin proponérselo- todo un clásico. Un film de culto con quince minutos iniciales magistrales, copiados y satirizados (en simplonas comedias) hasta la saciedad: un prólogo tenso, abrumador y espeluznante, capaz de dejar sin respiración al más pintado y que nos resume, de manera trepidante, todo lo que nos espera después, a través de un sobrecogedor episodio protagonizado por la peculiar Drew Barrymore; un cuarto de hora brutal que, por sí solo, se convierte en una impagable lección de suspense y de cine al cien por cien.
Aún recuerdo que, el día en que la vi en el cine, un par de espectadores entraron en la sala una vez acabada esa maravillosa introducción y, para mi interior, pensé “¡qué se jodan, por llegar tarde y por mamelucos!”. Y los muy jamelgos vieron todo el resto del metraje sin enterarse que lo mejor de la función se les había escapado.
Muchos han intentado achacarle a Wes Craven, después de éste rotundo prólogo, el no saber mantener el mismo ritmo inicial pero, francamente y para fortuna nuestra, de haber seguido con el mismo trote, habríamos generado demasiada adrenalina. De todas maneras, a lo largo de la película, tiene otros momentos dignísimos, de alta tensión, perfectamente medidos y controlados, como todo aquel fragmento que hace referencia a las cámaras de televisión y a su desajuste temporal -de lo que están filmando- respecto a su emisión por los monitores. Otra genialidad más de una cinta modélica que, inevitablemente, generó dos secuelas. Y ninguna de ellas logró superar a la primera, sino todo al contrario, aunque Craven, tanto en la una como en la otra, supo tomarse a broma a sí mismo. Y eso siempre es un detalle a tener en cuenta.
Días trágicos
Joaquín Luqui, Jiménez del Oso, El Papa Bobdylan y Rainiero. Esta tarde, detrás de ellos, parece que también ha caído HaloScan. Crucemos los dedos, toquemos madera y oremos fervorosamente por una pronta recuperación.
7.4.05
La vida es puro teatro
El otro día les hablaba de En el Estanque Dorado, una película realizada para lucimiento de un actor, en ese caso de Henry Fonda. Hoy voy a centrarme en una película más actual, aunque ambientada en el Londres de finales de los años 30 y que, dirigida por el húngaro István Zsabó, potencia al cien por cien la figura de Annette Bening. Se trata de Conociendo a Julia, la película por la cual, y de manera merecida, Bening fue nomida al Oscar por su espléndida interpretación y que aún se puede recuperar en algún cine de Barcelona.
Se trata de un film muy sencillo, una comedia agradable sin muchos secretos que desgranar que, basado en una novela del siempre estimulante Somerset Maugham, retrata el carácter de un personaje engreído, Julia Lambert, una actriz teatral vanidosa, resabiada y un tanto cínica. Endiosada por el público, debido al apabullante éxito obtenido en sus numerosas representaciones, extrapolará sus identidades en el escenario a su ámbito más íntimo y familiar, convirtiéndose en un ser intratable y falso que incluso malvive con ella misma precisamente por culpa de ese fingimiento perenne que ha otorgado a su persona.
Conociendo a Julia está narrada en clave de comedia, aunque, a lo largo de su proyección, asoman varios toques melodramáticos, mínimos pero necesarios, para reflejar la amargura que conlleva Julia Lambert. Zsabó, su realizador, se centra, ante todo, en la fría (pero tolerante) relación matrimonial que esa mujer tiene con su esposo (un efectivo Jeremy Irons), un ex actor metido a empresario teatral, y en la relación infiel y tormentosa que inicia con un chico mucho más joven que ella, un norteamericano un tanto trepa e interesado.
La cinta de Zsabó no tiene sorpresas. Es muy llana, pero resultona. Sus máximos valores se encuentran en la naturalidad con que transcurre todo lo narrado, en el perfecto trabajo de ambientación y, tal y como he citado antes, en la maravillosa interpretación de Annette Bening. En la cinta, la actriz, maneja dos registros totalmente distintos: por una parte la Julia arrogante e impulsiva, esa mujer destructiva e imparable, falsa, un tanto histriónica, situada por encima del resto de los mortales y, por otra, está la Julia más íntima, aquella que en sus momentos más calmados reflexiona sobre sí misma, conoce y acepta sus defectos, que se ama y se odia a partes iguales y que a duras penas entiende el envejecimiento de su cuerpo. Y, en esas dos facetas del mismo personaje, Bening está magnífica, demostrando, al mismo tiempo, ser totalmente valiente al aceptar ser fotografiada sin esconder sus arrugas y casi sin maquillar; y eso ocurre en numerosas ocasiones y a través de primerísimos planos.
Puro teatro, llevado al límite hasta fuera del escenario; la disección satírica de una mujer mortificada por no querer ser ella misma; que opta, aún odiándolo, por beber champagne en los actos sociales antes que tomar su brebaje preferido, una buena y fresca pinta de cerveza. Y las falsas apariencias, en general, acaban siendo mucho más dolorosas que la sinceridad.
Se trata de un film muy sencillo, una comedia agradable sin muchos secretos que desgranar que, basado en una novela del siempre estimulante Somerset Maugham, retrata el carácter de un personaje engreído, Julia Lambert, una actriz teatral vanidosa, resabiada y un tanto cínica. Endiosada por el público, debido al apabullante éxito obtenido en sus numerosas representaciones, extrapolará sus identidades en el escenario a su ámbito más íntimo y familiar, convirtiéndose en un ser intratable y falso que incluso malvive con ella misma precisamente por culpa de ese fingimiento perenne que ha otorgado a su persona.
Conociendo a Julia está narrada en clave de comedia, aunque, a lo largo de su proyección, asoman varios toques melodramáticos, mínimos pero necesarios, para reflejar la amargura que conlleva Julia Lambert. Zsabó, su realizador, se centra, ante todo, en la fría (pero tolerante) relación matrimonial que esa mujer tiene con su esposo (un efectivo Jeremy Irons), un ex actor metido a empresario teatral, y en la relación infiel y tormentosa que inicia con un chico mucho más joven que ella, un norteamericano un tanto trepa e interesado.
La cinta de Zsabó no tiene sorpresas. Es muy llana, pero resultona. Sus máximos valores se encuentran en la naturalidad con que transcurre todo lo narrado, en el perfecto trabajo de ambientación y, tal y como he citado antes, en la maravillosa interpretación de Annette Bening. En la cinta, la actriz, maneja dos registros totalmente distintos: por una parte la Julia arrogante e impulsiva, esa mujer destructiva e imparable, falsa, un tanto histriónica, situada por encima del resto de los mortales y, por otra, está la Julia más íntima, aquella que en sus momentos más calmados reflexiona sobre sí misma, conoce y acepta sus defectos, que se ama y se odia a partes iguales y que a duras penas entiende el envejecimiento de su cuerpo. Y, en esas dos facetas del mismo personaje, Bening está magnífica, demostrando, al mismo tiempo, ser totalmente valiente al aceptar ser fotografiada sin esconder sus arrugas y casi sin maquillar; y eso ocurre en numerosas ocasiones y a través de primerísimos planos.
Puro teatro, llevado al límite hasta fuera del escenario; la disección satírica de una mujer mortificada por no querer ser ella misma; que opta, aún odiándolo, por beber champagne en los actos sociales antes que tomar su brebaje preferido, una buena y fresca pinta de cerveza. Y las falsas apariencias, en general, acaban siendo mucho más dolorosas que la sinceridad.
6.4.05
The Bodry (El Peñazo)
Un sacerdote con el careto de Antonio Banderas, una arqueóloga enamoradiza, un esqueleto sagrado y unos cuantos terroristas (claros discípulos de Pierre Nodoyuna) conforman The Body (El Cuerpo), un thriller barato que amaga una patatera intriga religiosa. El Vaticano (años antes del óbito actual) y el Muro de las Lamentaciones se encuentran en el centro del tablero.
Resulta curioso (por no decir triste) que Antonio Banderas se sintiera totalmente implicado en la producción de esta aburrida y ridícula película que, por cierto, parte de una premisa ciertamente interesante: durante unas excavaciones en el centro de Jerusalén, una arqueóloga israelita descubrirá un esqueleto, el cual, según todos los indicios, podría tratarse del cuerpo de Jesucristo; un hallazgo que, por otra parte, podría acabar con todos los esquemas de la religión occidental ya que, sin existir la resurrección, tampoco existiría el hijo de Dios.
La historia no da más de sí y, tras sus diez primeros minutos de exposición, el guión empieza a hacer aguas por todas partes, a marchas forzadas, desde el momento en que el personaje de Banderas, el padre Matt Gutiérrez (sin coñas, pues ese es su nombre en el film), un sacerdote sudamericano, es contratado por altas jerarquías del Vaticano para que se desplace a la ciudad santa e investigue que cojones se esconde tras el molesto descubrimiento. A partir de ahí, un sinfín de desaguisados risibles se irán sucediendo, uno detrás de otro.
Todos los personajes que se nos presentan son meros mamarrachos en manos de un guionista descontrolado, los diálogos establecidos entre ellos suenan a perogrullada total y las situaciones (teóricamente) tensas a los que les someten resultan de lo más absurdo. Por ejemplo: una intentona de profanar la tumba se convierte en una lucha al mejor estilo Roberto Alcázar y Pedrín, convirtiendo a los chulescos hombres que custodian la misma en un calco, a imagen y semejanza, de los típicos porteros de discoteca barriobajera con intenciones de gran local. Y mamporrazo va y mamporrazo viene. ¡Pardiez, que inteligencia!
Banderas, en el soso papel del sacerdote liberal que empieza a cuestionar su propia fe, está de lo más inaguantable (cosa habitual en él, por otra parte), mientras que Derek Jacobi, en una nefasta colaboración, consigue una de las sobreactuaciones más espectaculares de toda su carrera. Difícil de superar. Todo, en la película, chirría insosteniblemente, excepto la belleza de Olivia Williams (la esposa de Willis en El Sexto Sentido), la mujer que conseguirá que Matt Gutiérrez empiece a plantearse que hacer con su sotana. Y es que a nadie le amarga un dulce. Ni al curilla Matt.
Seguramente, en los años 70, José Antonio De La Loma o, sin ir más lejos, el misimo Antonio Isasi, con una de aquellas coproducciones hispano-franco-italo-germanas, le habría sacado mucho más provecho a la historia. Porque, en realidad, viendo The Bodry (perdón, The Body), si se fijan en ese look visual tan barato y en su pueril guión, plagado de gilipolleces, descubrirán que éste no se encuentra tan lejos de productos como Razzia (La Redada), El Magnífico Tony Carrera o Las Vegas 500 Millones. Y estos títulos citados, tan sólo por su cutrez innata y asimilada, le dan mil vueltas al trabajo de Jonas McCord (su realizador, quien, a juzgar por su nombre de pila, se inspiró desde el interior mismo de una ballena). Ver para creer.
Si les he de ser sincero, al final me importó un bledo el descubrir si el esqueleto era el de Jesús o no. Lo único que me dejó un tanto preocupado es saber si el personaje de Banderas se quedaba con la Arqueóloga o con el Arzobispo.
Resulta curioso (por no decir triste) que Antonio Banderas se sintiera totalmente implicado en la producción de esta aburrida y ridícula película que, por cierto, parte de una premisa ciertamente interesante: durante unas excavaciones en el centro de Jerusalén, una arqueóloga israelita descubrirá un esqueleto, el cual, según todos los indicios, podría tratarse del cuerpo de Jesucristo; un hallazgo que, por otra parte, podría acabar con todos los esquemas de la religión occidental ya que, sin existir la resurrección, tampoco existiría el hijo de Dios.
La historia no da más de sí y, tras sus diez primeros minutos de exposición, el guión empieza a hacer aguas por todas partes, a marchas forzadas, desde el momento en que el personaje de Banderas, el padre Matt Gutiérrez (sin coñas, pues ese es su nombre en el film), un sacerdote sudamericano, es contratado por altas jerarquías del Vaticano para que se desplace a la ciudad santa e investigue que cojones se esconde tras el molesto descubrimiento. A partir de ahí, un sinfín de desaguisados risibles se irán sucediendo, uno detrás de otro.
Todos los personajes que se nos presentan son meros mamarrachos en manos de un guionista descontrolado, los diálogos establecidos entre ellos suenan a perogrullada total y las situaciones (teóricamente) tensas a los que les someten resultan de lo más absurdo. Por ejemplo: una intentona de profanar la tumba se convierte en una lucha al mejor estilo Roberto Alcázar y Pedrín, convirtiendo a los chulescos hombres que custodian la misma en un calco, a imagen y semejanza, de los típicos porteros de discoteca barriobajera con intenciones de gran local. Y mamporrazo va y mamporrazo viene. ¡Pardiez, que inteligencia!
Banderas, en el soso papel del sacerdote liberal que empieza a cuestionar su propia fe, está de lo más inaguantable (cosa habitual en él, por otra parte), mientras que Derek Jacobi, en una nefasta colaboración, consigue una de las sobreactuaciones más espectaculares de toda su carrera. Difícil de superar. Todo, en la película, chirría insosteniblemente, excepto la belleza de Olivia Williams (la esposa de Willis en El Sexto Sentido), la mujer que conseguirá que Matt Gutiérrez empiece a plantearse que hacer con su sotana. Y es que a nadie le amarga un dulce. Ni al curilla Matt.
Seguramente, en los años 70, José Antonio De La Loma o, sin ir más lejos, el misimo Antonio Isasi, con una de aquellas coproducciones hispano-franco-italo-germanas, le habría sacado mucho más provecho a la historia. Porque, en realidad, viendo The Bodry (perdón, The Body), si se fijan en ese look visual tan barato y en su pueril guión, plagado de gilipolleces, descubrirán que éste no se encuentra tan lejos de productos como Razzia (La Redada), El Magnífico Tony Carrera o Las Vegas 500 Millones. Y estos títulos citados, tan sólo por su cutrez innata y asimilada, le dan mil vueltas al trabajo de Jonas McCord (su realizador, quien, a juzgar por su nombre de pila, se inspiró desde el interior mismo de una ballena). Ver para creer.
Si les he de ser sincero, al final me importó un bledo el descubrir si el esqueleto era el de Jesús o no. Lo único que me dejó un tanto preocupado es saber si el personaje de Banderas se quedaba con la Arqueóloga o con el Arzobispo.
5.4.05
El viejo bobo
Les puedo asegurar que nunca me cansaría de mirar En el Estanque Dorado, la comedia sentimental que en 1981 dirigiera Mark Rydell, un viejo artesano que había tocado todos los géneros hasta ese momento. Soy consciente de que muchos la encontrarán blanda, dulzona, muy poquita cosa. Pero, para mí, es una de esas películas que cada vez que la reviso me vuelve a emocionar. Siempre descubro un nuevo detalle que me reconforta. E, inevitablemente, es de esas en las que, en su parte final, me encanta soltar la lagrimita, dejarme llevar hasta el límite por los sentimientos. Debe de ser como una especie de terapia para mí.
La base de la película es extremadamente sencilla. Basada en una obra teatral de Ernest Thompson, y guionizada por el propio autor, nos habla de un matrimonio mayor, de la tercera edad. Aprovechando su jubilación, deciden pasar unos días en la vieja casa que poseen junto a un idílico lago, el Golden Pond. Él, Norman Thayer, es un viejo gruñón, un cascarrabias amargado por su jubilación que destila un trato un tanto cínico para con los demás. Ella, su esposa, es Ethel Thayer, una buena mujer, enamorada aún de su peculiar marido, que intentará lo imposible para hacer más llevaderos esos días en el lago junto a él, su viejo bobo, tal y como le llama de manera cariñosa. La aparición de la hija de ambos, Chelsea, junto a su nuevo prometido y el hijo de éste, cambiará un tanto los planes de la anciana pareja.
Ante todo, En el Estanque Dorado es una película de actores. O, mejor dicho, una película para lucimiento de un actor mayúsculo, Henry Fonda. De hecho, la cinta es un regalo de Jane Fonda (Chelsea en el film) a su padre, pues ella tomó parte activa en la producción de la misma, para ofrecérsela en bandeja de plata a su progenitor. Y Henry Fonda, el gran Fonda, aprovechó la ocasión para desgranar uno de sus mejores personajes en la pantalla grande, el del citado Norman Thayer. Y es que ese personaje siempre me ha tocado en lo más profundo. Su carácter, su corrosivo sentido del humor y su latente miedo a la muerte siempre me han hecho pensar en mí mismo cuando llegue a esa edad, a esa temida tercera edad. Allí, Fonda, metido en la piel de ese émulo de un Groucho senil, me hace reír y llorar a partes iguales. Sus diálogos desgranan inteligencia y él, modélicamente, supo aprovechar al cien por cien esa gigantesca oportunidad que le brindó su propia hija. Y, gracias a su espléndido e inmejorable trabajo, se hizo con el Oscar a la mejor interpretación de ese año. Cuatro meses después de recibir el preciado galardón, el actor nos dejaría para siempre.
Katharine Hepburn también consiguió la estatuilla por su labor en la misma, aunque ella ya llevaba acumulados, en esa época, la cantidad de tres Oscar. Tocada fuertemente por el Parkinson, en el film de Rydell, afrontó con carácter el rol de Ethel, una mujer dura, conocedora de todos los puntos débiles de su antipático marido y que, con sus buenas artes, intentará romper para siempre las rencillas que han mantenido distanciados a éste de la de hija de ambos, una Jane Fonda anulada y ridiculizada por el despótico carácter que demuestra su padre con ella.
Mark Rydell, para llevar a cabo la traslación cinematográfica de En el Estanque Dorado, optó por una realización plana pero relajante, placentera, dejando el protagonismo tan sólo a sus estupendos actores y utilizando su cámara de manera casi testimonial. Sin disonancias visuales innecesarias y quedando totalmente en un estimable segundo plano, se apoyó en la tierna banda sonora -compuesta por un inspirado Dave Grusin- para resaltar los pasajes más delicados de la narración. Rydell, a través de su discreción, demostró ser totalmente consciente de estar enfrentandose a dos monstruos de la interpretación y a un guión lleno de diálogos agudos. Un guión que apuntaba, sin lugar a dudas, a la emotividad más sincera, sin truculencia alguna. No en vano, su libreto también fue premiado ese mismo año en la ceremonia de los Oscar.
En el Estanque Dorado tiene un poco de todo. De todo y bien. Habla de la vejez, de la enfermedad, de la amargura, del amor y del odio. Deja bien clara la estupidez del género humano, capaz de buscar malos rollos en donde nunca tendrían que haber existido, sólo para alimentar la malsana autocomplacencia. Es una joya de película. Pequeñita, sin pretensiones, pero una joya que, con los años, se ha ido revalorizando.
Por cierto, si algún día la miran, fíjense en el extraordinario parecido entre el anciano Henry Fonda y el Clint Eastwood actual, Y si mucho me apuran, empiecen a imaginarse a Joan Manuel Serrat un poco más mayor y verán en él a una mezcla entre Fonda y Eastwood.
La base de la película es extremadamente sencilla. Basada en una obra teatral de Ernest Thompson, y guionizada por el propio autor, nos habla de un matrimonio mayor, de la tercera edad. Aprovechando su jubilación, deciden pasar unos días en la vieja casa que poseen junto a un idílico lago, el Golden Pond. Él, Norman Thayer, es un viejo gruñón, un cascarrabias amargado por su jubilación que destila un trato un tanto cínico para con los demás. Ella, su esposa, es Ethel Thayer, una buena mujer, enamorada aún de su peculiar marido, que intentará lo imposible para hacer más llevaderos esos días en el lago junto a él, su viejo bobo, tal y como le llama de manera cariñosa. La aparición de la hija de ambos, Chelsea, junto a su nuevo prometido y el hijo de éste, cambiará un tanto los planes de la anciana pareja.
Ante todo, En el Estanque Dorado es una película de actores. O, mejor dicho, una película para lucimiento de un actor mayúsculo, Henry Fonda. De hecho, la cinta es un regalo de Jane Fonda (Chelsea en el film) a su padre, pues ella tomó parte activa en la producción de la misma, para ofrecérsela en bandeja de plata a su progenitor. Y Henry Fonda, el gran Fonda, aprovechó la ocasión para desgranar uno de sus mejores personajes en la pantalla grande, el del citado Norman Thayer. Y es que ese personaje siempre me ha tocado en lo más profundo. Su carácter, su corrosivo sentido del humor y su latente miedo a la muerte siempre me han hecho pensar en mí mismo cuando llegue a esa edad, a esa temida tercera edad. Allí, Fonda, metido en la piel de ese émulo de un Groucho senil, me hace reír y llorar a partes iguales. Sus diálogos desgranan inteligencia y él, modélicamente, supo aprovechar al cien por cien esa gigantesca oportunidad que le brindó su propia hija. Y, gracias a su espléndido e inmejorable trabajo, se hizo con el Oscar a la mejor interpretación de ese año. Cuatro meses después de recibir el preciado galardón, el actor nos dejaría para siempre.
Katharine Hepburn también consiguió la estatuilla por su labor en la misma, aunque ella ya llevaba acumulados, en esa época, la cantidad de tres Oscar. Tocada fuertemente por el Parkinson, en el film de Rydell, afrontó con carácter el rol de Ethel, una mujer dura, conocedora de todos los puntos débiles de su antipático marido y que, con sus buenas artes, intentará romper para siempre las rencillas que han mantenido distanciados a éste de la de hija de ambos, una Jane Fonda anulada y ridiculizada por el despótico carácter que demuestra su padre con ella.
Mark Rydell, para llevar a cabo la traslación cinematográfica de En el Estanque Dorado, optó por una realización plana pero relajante, placentera, dejando el protagonismo tan sólo a sus estupendos actores y utilizando su cámara de manera casi testimonial. Sin disonancias visuales innecesarias y quedando totalmente en un estimable segundo plano, se apoyó en la tierna banda sonora -compuesta por un inspirado Dave Grusin- para resaltar los pasajes más delicados de la narración. Rydell, a través de su discreción, demostró ser totalmente consciente de estar enfrentandose a dos monstruos de la interpretación y a un guión lleno de diálogos agudos. Un guión que apuntaba, sin lugar a dudas, a la emotividad más sincera, sin truculencia alguna. No en vano, su libreto también fue premiado ese mismo año en la ceremonia de los Oscar.
En el Estanque Dorado tiene un poco de todo. De todo y bien. Habla de la vejez, de la enfermedad, de la amargura, del amor y del odio. Deja bien clara la estupidez del género humano, capaz de buscar malos rollos en donde nunca tendrían que haber existido, sólo para alimentar la malsana autocomplacencia. Es una joya de película. Pequeñita, sin pretensiones, pero una joya que, con los años, se ha ido revalorizando.
Por cierto, si algún día la miran, fíjense en el extraordinario parecido entre el anciano Henry Fonda y el Clint Eastwood actual, Y si mucho me apuran, empiecen a imaginarse a Joan Manuel Serrat un poco más mayor y verán en él a una mezcla entre Fonda y Eastwood.
4.4.05
Ustedes lo han querido: JUSTINO, UN ASESINO DE LA TERCERA EDAD
Cuando vi Justino en el festival de Sitges, hace casi 10 años, ya me pareció muy poquita cosa. Vuelta a revisar este fin de semana he tenido clarísimo que se trata de una mala película. Pésima, para ser más exacto. Su hora y media de proyección se me ha antojado larguísima. Un bucle dentro de un bucle que no avanza en ningún sentido y que demuestra que La Cuadrilla (Santiago Aguilar y Luis Guridi), sus responsables más directos, no tenían ningún tipo de sentido del ritmo a la hora de afrontar su ópera prima como realizadores de largometrajes.
No se puede negar, de todos modos, que las intenciones de la película son muy buenas, encomiables: plasmar la frustración que supone para muchos la jubilación anticipada valiéndose, para ello, de la figura de un puntillero de una plaza de toros, un hombre acostumbrado, durante toda una vida, a dar el remate final al toro moribundo tras cada corrida. Un recurso tan surrealista como (tristemente) localista que, al mismo tiempo, era mucho mejor que el haber echado mano de un administrativo en ciernes de su retiro laboral. Y más si se tiene en cuenta el uso que de su adorable puntilla hará en un futuro.
Justino es una extraña mezcla de comedia negra (negrísima) y de crítica social que, en realidad, no acaba de funcionar ni como una cosa ni como la otra. Su guión hace aguas por todas partes, no profundiza en la angustia del personaje y opta, de buenas a primeras, por convertirlo en un serial-killer senil para paliar, así, la mala leche que le ha provocado su jubileo. Sus chistes resultan facilones y extremadamente patéticas sus escenas de teórica tensión, como aquella en la que acosa a un tullido borracho en plena noche. El ritmo narrativo es un punto desconocido para los dos integrantes de La Cuadrilla, capaces de invertir quince inútiles minutos de metraje en mostrarnos, sesudamente, la obstinación del puntillero asesino en deshacerse del cuerpo de una vecina envuelto en una manta. Una charlotada sin gracia alguna, repetitiva, interminable e innecesaria. De esas escenas que acaban con la paciencia del más templado de los espectadores.
Es de suponer que decidieron rodarlo en blanco y negro como homenaje a aquellos viejos films españoles, de los años 50, que utilizaban el humor negro como medio de expresión y así, de paso y de manera muy sutil, lanzarles un guiño a gente como Ferreri, Berlanga o Fernán Gómez. Pero tanto Guridi como Aguilar quedan muy lejos de esos grandes cineastas y la utilización de ese tipo de fotografía acaba resultando incluso vergonzosa. No saben jugar con los múltiples matices que les ofrece el blanco y negro y, lo que es peor, su operador, Flavio Martínez Labiano, demostró, en esa ocasión, no saber usar la iluminación necesaria para su fotografía, quedando totalmente quemada en la mayoría de escenas que transcurren a la luz del sol.
Y aquí no acaba todo ese cúmulo interminable de despropósitos, pues las pésimas interpretaciones de sus dos protagonistas principales también tienen delito. Tanto Saturnino García como el desaparecido Carlos Lucas (o lo que es lo mismo, Justino y su amigo del alma, Sansoncito), demuestran, con sus respectivos trabajos, lo que es la antítesis total de una actuación mínimamente natural, pues ambos se dedican a recitar sus diálogos como si estuvieran en el escenario teatral más arcaico. Y ello ya sin hablar del resto de colaboraciones. Ni uno sólo se salva de hacer el ridículo en esta olvidable película.
Tras Justino, La Cuadrilla volvió a atacar de nuevo con un par de largometrajes más, Matías, Juez de Línea y Atilano, Presidente, incluso peores que su terrible ópera prima, que ya es decir. Por suerte, desde 1998, no han vuelto a intentar ninguna barrabasada más. Y espero que, por muchos años, se mantengan al margen de la industria.
No se puede negar, de todos modos, que las intenciones de la película son muy buenas, encomiables: plasmar la frustración que supone para muchos la jubilación anticipada valiéndose, para ello, de la figura de un puntillero de una plaza de toros, un hombre acostumbrado, durante toda una vida, a dar el remate final al toro moribundo tras cada corrida. Un recurso tan surrealista como (tristemente) localista que, al mismo tiempo, era mucho mejor que el haber echado mano de un administrativo en ciernes de su retiro laboral. Y más si se tiene en cuenta el uso que de su adorable puntilla hará en un futuro.
Justino es una extraña mezcla de comedia negra (negrísima) y de crítica social que, en realidad, no acaba de funcionar ni como una cosa ni como la otra. Su guión hace aguas por todas partes, no profundiza en la angustia del personaje y opta, de buenas a primeras, por convertirlo en un serial-killer senil para paliar, así, la mala leche que le ha provocado su jubileo. Sus chistes resultan facilones y extremadamente patéticas sus escenas de teórica tensión, como aquella en la que acosa a un tullido borracho en plena noche. El ritmo narrativo es un punto desconocido para los dos integrantes de La Cuadrilla, capaces de invertir quince inútiles minutos de metraje en mostrarnos, sesudamente, la obstinación del puntillero asesino en deshacerse del cuerpo de una vecina envuelto en una manta. Una charlotada sin gracia alguna, repetitiva, interminable e innecesaria. De esas escenas que acaban con la paciencia del más templado de los espectadores.
Es de suponer que decidieron rodarlo en blanco y negro como homenaje a aquellos viejos films españoles, de los años 50, que utilizaban el humor negro como medio de expresión y así, de paso y de manera muy sutil, lanzarles un guiño a gente como Ferreri, Berlanga o Fernán Gómez. Pero tanto Guridi como Aguilar quedan muy lejos de esos grandes cineastas y la utilización de ese tipo de fotografía acaba resultando incluso vergonzosa. No saben jugar con los múltiples matices que les ofrece el blanco y negro y, lo que es peor, su operador, Flavio Martínez Labiano, demostró, en esa ocasión, no saber usar la iluminación necesaria para su fotografía, quedando totalmente quemada en la mayoría de escenas que transcurren a la luz del sol.
Y aquí no acaba todo ese cúmulo interminable de despropósitos, pues las pésimas interpretaciones de sus dos protagonistas principales también tienen delito. Tanto Saturnino García como el desaparecido Carlos Lucas (o lo que es lo mismo, Justino y su amigo del alma, Sansoncito), demuestran, con sus respectivos trabajos, lo que es la antítesis total de una actuación mínimamente natural, pues ambos se dedican a recitar sus diálogos como si estuvieran en el escenario teatral más arcaico. Y ello ya sin hablar del resto de colaboraciones. Ni uno sólo se salva de hacer el ridículo en esta olvidable película.
Tras Justino, La Cuadrilla volvió a atacar de nuevo con un par de largometrajes más, Matías, Juez de Línea y Atilano, Presidente, incluso peores que su terrible ópera prima, que ya es decir. Por suerte, desde 1998, no han vuelto a intentar ninguna barrabasada más. Y espero que, por muchos años, se mantengan al margen de la industria.
3.4.05
Lo que fue de la Dolores
Hace ya casi 10 años que se estrenó en Televisión Española una de las series actuales de más prestigio, Urgencias. Una serie amparada por Steven Spielberg, a través de la Amblin, su productora, y de Michael Crichton, el ideólogo de la misma y guionista de su episodio piloto.
Su primera temporada empecé a verla de manera bastante escéptica, pues nunca me han llamado mucho la atención las películas con esos seres de bata blanca, especialmente ególatras, que se han situado siempre por encima de los mortales. A mi mente vienen otras añejas series, como Marcus Welby o Centro Médico, que no eran más que pura melaza y una exaltación (un tanto vergonzosa) de la clase médica en general: pequeños dioses, insultantemente honrados y buenos que jamás tenían un mínimo error en sus diagnósticos y tratamientos.
Urgencias, a pesar de estar centrada en esos personajes, supo dar un enfoque más humanos sobre estos y acabó atrapándome en sus redes. Sus numerosos protagonistas estaban perfectamente perfilados, el ritmo narrativo era trepidante, mientras que su frenética y original filmación rompía un tanto la monotonía de otras series televisivas anteriores. Incluso llegaban a convertir el mínimo caso clínico en un tema desbordante de suspense y tensión, llegando a rozar, en muchas ocasiones, el gore más sangrante. Cosa lógica, por otra parte, al estar ambientada, toda ella, en el Servicio de Urgencias de un hospital de Chicago.
Sus responsables, siempre dispuestos a estar a la última, se arriesgaron a la hora de afrontar ciertos episodios. Por ejemplo, uno de ellos, abriendo una temporada, fue realizado en directo, en tiempo real y, como curiosidad, citar que el penúltimo de su primera época estuvo dirigido por Quentin Tarantino, haciendo gala, en el mismo, de sus típicos diálogos y del look habitual de sus personajes. Era la época en que, tras el rodaje de Abierto Hasta el Amanecer, acababa de conocer a George Clooney, uno de los intérpretes de la serie en sus inicios y en la que daba vida a un pediatra un tanto libertino.
Actualmente, TVE1 está emitiendo la décima y última temporada producida hasta el momento. E, inevitablemente, se nota el cansancio de sus guionistas y productores. La serie está cayendo, demasiado a menudo, en los tópicos de las películas sobre médicos: todos los personajes mínimamente malvados han sido eliminados o bien suavizados; la mayoría de sus capítulos buscan, con total descaro, la lágrima fácil del espectador y ese ritmo tan acelerado a que nos tenía acostumbrados brilla por su ausencia, conservando, tan sólo, ese toque violento y salvaje (a veces ofensivo) en sus escenas de quirófano. Un toque que, por otra parte, ha sido aumentado respecto a temporadas anteriores, quizás para paliar de este modo la falta de originalidad de sus cansinos y adormecidos guiones.
Urgencias ya tuvo otro bajón considerable hace unos tres años. Sus historias resultaban demasiado dulzonas y sus situaciones ya no tenían el gancho de antes. Pero se trató tan sólo de un bache, ya que la serie supo remontar y volver al apasionado ritmo con que se había estrenado en televisión. Pero, en esta ocasión, me da la impresión de que esos médicos de Chicago están pidiendo a gritos su jubilación anticipada. Y, la verdad, es que ya les toca.
Otro tema, al margen de la serie, es el penoso y vergonzoso tratamiento que de la misma ha hecho Televisión Española desde sus inicios. Ha ido saltando, de día en día, en la parrilla de programación. A veces a las diez de la noche y otras a las tres de la madrugada. O a la una. En ciertas épocas se han llegado a programar dos episodios seguidos y, en ocasiones, emitidos sin orden ni concierto, mezclando diferentes temporadas. Algunos días ha desaparecido misteriosamente de la programación e incluso, últimamente, se ha llegado a proyectar algún episodio de manera no cronológica.
Y, lo peor de todo, es que eso ocurre en todas las televisiones y con todas las series. Eso como mal menor, pues generalmente desaparecen definitivamente de nuestros hogares sin tener la posibilidad de conocer el final real de las mismas, como en el caso de Expediente X, Treinta y Tantos o Policías de Nueva York, sólo por nombrar una cuantas.
¿Para cuando la tercera temporada de la maravillosa 2 Metros Bajo Tierra en la 2? ¿O ya se habrán olvidado de ella?
Su primera temporada empecé a verla de manera bastante escéptica, pues nunca me han llamado mucho la atención las películas con esos seres de bata blanca, especialmente ególatras, que se han situado siempre por encima de los mortales. A mi mente vienen otras añejas series, como Marcus Welby o Centro Médico, que no eran más que pura melaza y una exaltación (un tanto vergonzosa) de la clase médica en general: pequeños dioses, insultantemente honrados y buenos que jamás tenían un mínimo error en sus diagnósticos y tratamientos.
Urgencias, a pesar de estar centrada en esos personajes, supo dar un enfoque más humanos sobre estos y acabó atrapándome en sus redes. Sus numerosos protagonistas estaban perfectamente perfilados, el ritmo narrativo era trepidante, mientras que su frenética y original filmación rompía un tanto la monotonía de otras series televisivas anteriores. Incluso llegaban a convertir el mínimo caso clínico en un tema desbordante de suspense y tensión, llegando a rozar, en muchas ocasiones, el gore más sangrante. Cosa lógica, por otra parte, al estar ambientada, toda ella, en el Servicio de Urgencias de un hospital de Chicago.
Sus responsables, siempre dispuestos a estar a la última, se arriesgaron a la hora de afrontar ciertos episodios. Por ejemplo, uno de ellos, abriendo una temporada, fue realizado en directo, en tiempo real y, como curiosidad, citar que el penúltimo de su primera época estuvo dirigido por Quentin Tarantino, haciendo gala, en el mismo, de sus típicos diálogos y del look habitual de sus personajes. Era la época en que, tras el rodaje de Abierto Hasta el Amanecer, acababa de conocer a George Clooney, uno de los intérpretes de la serie en sus inicios y en la que daba vida a un pediatra un tanto libertino.
Actualmente, TVE1 está emitiendo la décima y última temporada producida hasta el momento. E, inevitablemente, se nota el cansancio de sus guionistas y productores. La serie está cayendo, demasiado a menudo, en los tópicos de las películas sobre médicos: todos los personajes mínimamente malvados han sido eliminados o bien suavizados; la mayoría de sus capítulos buscan, con total descaro, la lágrima fácil del espectador y ese ritmo tan acelerado a que nos tenía acostumbrados brilla por su ausencia, conservando, tan sólo, ese toque violento y salvaje (a veces ofensivo) en sus escenas de quirófano. Un toque que, por otra parte, ha sido aumentado respecto a temporadas anteriores, quizás para paliar de este modo la falta de originalidad de sus cansinos y adormecidos guiones.
Urgencias ya tuvo otro bajón considerable hace unos tres años. Sus historias resultaban demasiado dulzonas y sus situaciones ya no tenían el gancho de antes. Pero se trató tan sólo de un bache, ya que la serie supo remontar y volver al apasionado ritmo con que se había estrenado en televisión. Pero, en esta ocasión, me da la impresión de que esos médicos de Chicago están pidiendo a gritos su jubilación anticipada. Y, la verdad, es que ya les toca.
Otro tema, al margen de la serie, es el penoso y vergonzoso tratamiento que de la misma ha hecho Televisión Española desde sus inicios. Ha ido saltando, de día en día, en la parrilla de programación. A veces a las diez de la noche y otras a las tres de la madrugada. O a la una. En ciertas épocas se han llegado a programar dos episodios seguidos y, en ocasiones, emitidos sin orden ni concierto, mezclando diferentes temporadas. Algunos días ha desaparecido misteriosamente de la programación e incluso, últimamente, se ha llegado a proyectar algún episodio de manera no cronológica.
Y, lo peor de todo, es que eso ocurre en todas las televisiones y con todas las series. Eso como mal menor, pues generalmente desaparecen definitivamente de nuestros hogares sin tener la posibilidad de conocer el final real de las mismas, como en el caso de Expediente X, Treinta y Tantos o Policías de Nueva York, sólo por nombrar una cuantas.
¿Para cuando la tercera temporada de la maravillosa 2 Metros Bajo Tierra en la 2? ¿O ya se habrán olvidado de ella?
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