4.4.05

Ustedes lo han querido: JUSTINO, UN ASESINO DE LA TERCERA EDAD

Cuando vi Justino en el festival de Sitges, hace casi 10 años, ya me pareció muy poquita cosa. Vuelta a revisar este fin de semana he tenido clarísimo que se trata de una mala película. Pésima, para ser más exacto. Su hora y media de proyección se me ha antojado larguísima. Un bucle dentro de un bucle que no avanza en ningún sentido y que demuestra que La Cuadrilla (Santiago Aguilar y Luis Guridi), sus responsables más directos, no tenían ningún tipo de sentido del ritmo a la hora de afrontar su ópera prima como realizadores de largometrajes.

No se puede negar, de todos modos, que las intenciones de la película son muy buenas, encomiables: plasmar la frustración que supone para muchos la jubilación anticipada valiéndose, para ello, de la figura de un puntillero de una plaza de toros, un hombre acostumbrado, durante toda una vida, a dar el remate final al toro moribundo tras cada corrida. Un recurso tan surrealista como (tristemente) localista que, al mismo tiempo, era mucho mejor que el haber echado mano de un administrativo en ciernes de su retiro laboral. Y más si se tiene en cuenta el uso que de su adorable puntilla hará en un futuro.

Justino es una extraña mezcla de comedia negra (negrísima) y de crítica social que, en realidad, no acaba de funcionar ni como una cosa ni como la otra. Su guión hace aguas por todas partes, no profundiza en la angustia del personaje y opta, de buenas a primeras, por convertirlo en un serial-killer senil para paliar, así, la mala leche que le ha provocado su jubileo. Sus chistes resultan facilones y extremadamente patéticas sus escenas de teórica tensión, como aquella en la que acosa a un tullido borracho en plena noche. El ritmo narrativo es un punto desconocido para los dos integrantes de La Cuadrilla, capaces de invertir quince inútiles minutos de metraje en mostrarnos, sesudamente, la obstinación del puntillero asesino en deshacerse del cuerpo de una vecina envuelto en una manta. Una charlotada sin gracia alguna, repetitiva, interminable e innecesaria. De esas escenas que acaban con la paciencia del más templado de los espectadores.

Es de suponer que decidieron rodarlo en blanco y negro como homenaje a aquellos viejos films españoles, de los años 50, que utilizaban el humor negro como medio de expresión y así, de paso y de manera muy sutil, lanzarles un guiño a gente como Ferreri, Berlanga o Fernán Gómez. Pero tanto Guridi como Aguilar quedan muy lejos de esos grandes cineastas y la utilización de ese tipo de fotografía acaba resultando incluso vergonzosa. No saben jugar con los múltiples matices que les ofrece el blanco y negro y, lo que es peor, su operador, Flavio Martínez Labiano, demostró, en esa ocasión, no saber usar la iluminación necesaria para su fotografía, quedando totalmente quemada en la mayoría de escenas que transcurren a la luz del sol.

Y aquí no acaba todo ese cúmulo interminable de despropósitos, pues las pésimas interpretaciones de sus dos protagonistas principales también tienen delito. Tanto Saturnino García como el desaparecido Carlos Lucas (o lo que es lo mismo, Justino y su amigo del alma, Sansoncito), demuestran, con sus respectivos trabajos, lo que es la antítesis total de una actuación mínimamente natural, pues ambos se dedican a recitar sus diálogos como si estuvieran en el escenario teatral más arcaico. Y ello ya sin hablar del resto de colaboraciones. Ni uno sólo se salva de hacer el ridículo en esta olvidable película.

Tras Justino, La Cuadrilla volvió a atacar de nuevo con un par de largometrajes más, Matías, Juez de Línea y Atilano, Presidente, incluso peores que su terrible ópera prima, que ya es decir. Por suerte, desde 1998, no han vuelto a intentar ninguna barrabasada más. Y espero que, por muchos años, se mantengan al margen de la industria.

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